25 noviembre 2009

SEMANA ESPECIAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (2)


Capítulo vigésimo octavo


Cómo me pica la nariz
El asunto de los cuescos aún no me llamaba la atención. Digamos que un pedo sonoro de mi chico ideal no tenía porque ser equivalente ninguno de una trompeta que anunciase mi presencia en los dominios de Eros. Estas historietas de los escapes de gas en el aula se llevaban con discreción. Lo malo es que muchas veces las consecuencias de los olores eran imprevisibles. En tanto que anecdóticas debería reparar un poco en ellas. Bien saben ustedes que las nalgas de los adolescentes ejercían sobre mí una fascinación casi religiosa. Sin embargo, pasaba por alto la natural función que tiene el orificio anal, que es la expulsión de ventosidades y, desde luego, cosas mayores. En mis fantasías de antaño éstas nunca estaban presentes. Omitía cuanto detalle escatológico me fuera posible. Todo lo más un leve aroma cular estaba bien visto, dadas mis mínimas experiencias olfateadoras en el quiosco del cole. Aquél maromo en blue jeans, recién pedorreado (y su culo era tan barroco y femenino como para que su acción no constituyese rango de especialidad parafílica digna de sacarle tajada económica), me estimuló demasiado. Fue un relativo shock, mezcla de desilusión y resignación por lo que debería tragar si quería seguir con aquellas veleidades culares masculinas. Por supuesto que no renuncié en ningún momento a ellas. El culo pasó a un papel preponderante, incluso por encima del paquetillo (ya no hablo de los piés, nuca, brazos y... no sigo que me pierdo en la carnicería del deseo), algo que no dejaba de ser insólito en un muchacho que estaba deseando, no sin terror, a perder el himen cacal.
Entre el grupo, los pedos furtivos eran bien celebrados. La intensidad de las risas se medía según la sonoridad de los mismos. Delante mío tuve durante mucho tiempo a un crío que era un verdadero reloj. A las diez menos cinco, todas las mañanas, soltaba uno mudísimo pero que nos dejaba levemente estupefactos a los de alrededor (como sea que ocupábamos las primeras filas, más de una vez el profesor tuvo que salir a la ventana para abrirla, con la disculpa de que llegaba la hora del relevo y había que airear). Mosteirín se llamaba el pedorro. Un chiquito pequeño y repolludín, ancho de espaldas y muy moreno, de buenas espaldas y preciosa nuca. Para mi gusto una agradable presencia. De perfil era también retratable. Me recordaba a un adolescente James Carrol Jordan, ídolo de prepubertad que hacía el papel de Billy Abbott en Hombre rico, hombre pobre, cuando el segundo tomo del best seller llegó a Tricia Nixon, el Village y la folk song. Este actor ya casi tendría treinta años cuando me embaucó a finales de los setenta pero, no olvidemos que él mismo ofreció su debut moreno, en los albores de esa década, en capítulos sueltos de series de corte más familiar y que yo solía celebrar sobre el regazo de mi madre, como Los Partridge o Los Waltons, de ahí que al cabo de los ochenta mi instinto recobró parte de una iniciación simplemente afectuosa por un rostro bien parecido, all american /Vietnam style, en la figura del pedorrín silente.
En cambio, en el curso 85-86 hubo un pedorro oficial, oficial sui generis pues no merecía la categoría de condecorable ni por esto. El motivo principal es que su falta de personalidad, de comunicación con los demás impedían que nadie estuviera dispuesto a volverlo popular de ninguna forma posible, ni en el peyorativo rango de lo porcile. Este compañero se situaba en el fondo derecha de la clase y se llamaba Pedro. Sus gases putrefactos provocaban en la zona arcadas de tragedia. Tal vez su incapacidad para contar un chiste con gracia le hiciera especializarse en estas sonoras y olorosas bombas fétidas, posiblemente líquidas, que también resultan "chistosas" pero que dejaban el flanco sur a la altura de un paisaje postnuclear.
Benditos los congestionados porque ellos entrarán en el reino de los ambientadores. Por fortuna había chicos muy limpios, obnuviladores en potencia, de hechuras sólo vistas en telefilmes americanos o museos atenienses. Eran veteranos de mis ensoñaciones, habían estado en mi casa incluso, montando un Scalextric. Emilio seguía allí, evolucionando en un físico cada vez más atlético, armonioso, con su obcecación por los pantalones ajustados de pana fina en colores azul noche y beige. Sus nalgas eran de una perfección asombrosa. Se convirtieron una vez más en centro de mis delirios. ¿Cómo podría hacer para capturar una mínima parte de su esencia?. Durante una breve temporada actué de manera clandestina a las horas del recreo. Me quedaba a las once en punta rezagado del grupo, hasta encontrarme solo en el aula. Entonces me aseguraba de que no apareciese nadie por los pasillos e iba hacia el pupitre de Emilio. Restregaba mi rostro en todo el sillín. Aún estaba caliente, lo que producía el efecto común de una erección fulminante. Jamás olió mal aquella tabla. Al contrario, desprendía aromas de ropa limpia. Sólo en casos excepcionales, cuando la primavera nos hacía sudar, sí noté imperceptibles excrecencias glandulares. Pero mi juego era peligroso. Me puse machacón con los vahos. Asi que al final alguien me tuvo que frenar los ímpetus. El marica seudo oficial del grupo, no sé si vigilando mis extrañas quedadas o por ese sexto sentido que tenemos los del ramo, apareció justo en el momento en que me iba a orar la silla de Emilio. Soltó un sarcástico, brujil, despectivo: "¿Qué estás haciendo?", a lo que le respondí con un "nada especial". Eso sí, mis mejillas rojo tomate ya habrían respondido antes que mi rápida lengua. No había, pues, necesidad de disculpas.





Prueba de vestuario

Ninguna mariquita perversa podía refrenar mis impulsos fetichistas. Los vaqueros, la pana, los chandals, los calzones deportivos de los primeros ochenta eran auténticos dictadores del calentón. Es lógico pues, que en el gimnasio me volviese loco y procurase hacer de las mías, pero no a la altura de las duchas, pues jamás me interné en esos sacrosantos lugares de esparcimiento, juventud y jolgorio. No por nada. No tenía sentido que un crío como yo, que jamás sudó la gota gorda, ni siquiera la camiseta, se duchase con la mayoría deportiva. Es más, hubiesen sospechado que vendría a destruir la jabonera. Mis momentos de clandestinidad los fijaba en medio de los partidillos de voleibol. Era un latazo un lunes por la mañana estar sentado con tu equipo de inútiles, allí en el banquillo, esperando a que los otros cuatro o cinco equipos acabasen de jugar sus perfectos juegos. Y aún lo es más tener que estar escuchando sandeces de Estudio estadio en cuanto a las hazañas del domingo de tal o cual guerrero en calzoncillos de la Primera División (y sandeces dobles, habida cuenta de que el pelotón de los torpes estaba analizando gestas de las cuales no tomarían como ejemplo en sus horas de ocio, vistas sus fofeces y su nulo sentido de lo deportivo). Así que en un disimulo abandonaba la zona de canchas y me perdía en el vestuario a oscuras. Sabía con exactitud donde estaban la mochilas de mis más deseados sex symbols. Emilio era uno de ellos, desde luego. Recuerdo como una emoción inmensa el abrir aquella cremallera y toparme con sus slips de colores que, era de suponer, llenaba con primor de maniqui. Me trajeron sensaciones irresistibles. Al principio me bastaba con tocar las prendas, olerlas profundamente. Siempre esa limpieza, ninguna liviana pestilencia que desmitificara mis opiniones deísticas con respecto al jóven. Pero, con el tiempo, me volví más arriesgado. Y cometí un error garrafal. Me puse su slip. Mi flacura fue la ruina. No me quedaba tan bien como a él. No llenaba. Y el pantalón pana mítica me caía. Fue un desastre. Me privé de probar más veces. Me limitaba a esnifar y capturar manchas (caí en la cuenta de que el microscopio podía tener al fin una utilidad, pero...).
Alternaba mis inspecciones entre Emilio y el compañero del año más fornido, más deportista, más poseur... Lo era tanto que sus gayumbos blancos, abanderados de todos los goles adolescentes, los colgaba a guisa de trofeo en un gancho cualquiera, junto a sus jeans talla cuarenta y tantos (quien llegara a esa talla de cintura...¡y sin que te llamasen bola de sebo!)... De nuevo sólo hallé limpieza. Esto en la FP no sucede. Fragancias de detergente y suavizante. Ni resquicio de vellos púbicos pues era un chicarrón lampiño. El acto en sí me henchía de gozo. Eran segundos que me proclamaban el más valiente entre mil. Resultaba más doloroso luego concentrar mi mirada en sus desnudeces, llegados al final. Este chicarrón, curiosamente, era el caprichito del profesor de gimnasia, un gilipollas que vino a sustituir al eterno enano Mostachez. Lo que hacía un profesor en el vestuario, sonriendo, entreteniendo al jabato que aún estaba con los cojoncillos al aire, con su cinta métrica (sospechosa per se) abriéndola y cerrándola por el centímetro 20 y apoyado a una baranda, como Ingrid Bergman a lo parisiènne se apoyaba a una farola esperando que algún cliente la pasase por el Arco de Triunfo, es algo que me escamaba. Y me ponía de muy mala hostia, claro está. Y eso que el sustituto en estas cosas del físico era un treinteañero lo suficientemente apetecible para cualquier mariquita sobreactuada.
En mis aventuras de vestuario también reparé en otro zagalito de mi ranking particular. He olvidado su nombre pero sé que era venezolano. Sin embargo, su estancia en ese país imagino que fue tan sólo de unas horas pues hablaba sin acento ninguno. Su belleza era impactante, más cercana al Bronx inventado por un talent scout de Hollywood para vender a Tony Curtis que a los concursos de misters de una república bananera. Era también moreno, de pelo rizado, de ojos verdes y morros bardotianos pura sensualidad. Su cuerpo era tan apolíneo como el del kouros de Sounion. Si no exacto no desmerecería en las panatenaikas que pasaban tanto por la Segunda cadena. Con él me reprimí de hurgarle en la mochila. Siempre se duchaba y su regreso a los vestuarios era para un gran plano de cuerpo entero y al ralentí. Envuelto en una toalla blanca, con el pelo aún mojado, con su torso moreno y sin vello... Una vez más, mis miradas deberían de ser autocontroladas al milímetro pues cualquier exceso podría delatarme. Es más, si la providencia hacía chocar la mía con la suya durante una décima de segundo, la de él siempre contenía un ligero desprecio, no sé si debido a que yo una vez más no había probado la purificación del agua o por que lo mío, en reglas generales, saltaba a la vista.
Con el tiempo, me volví a reencontrar con el mozo. Lo ví por televisión, como si fuese una canción pop de esas que tanto me gustan. Sigue espléndido, con sus sienes parcialmente plateadas. Desde una cadena local. Venía acompañando a dos de los máximos responsables de un ciclo de clásicos del cine (irrisoria voluntad de erigirse en Garcis de multisalas). El era el representante de la juventud interesada en el llamado séptimo arte en este siglo XXI. Su aparición me conmocionó. Apenas hablaba, escuchaba a sus mayores, como años atrás lo conocí, atento a los profesores comunes. Luego habló un poco de películas, fueron una sarta de tópicos muy bien dichos que hicieron babear a sus compañeros de tertulia. Entre unas cuantas imágenes del pasado colegial, me pregunté para mis adentros si no sería interesante el reencuentro. Partiría desde coordenadas ya completamente distintas, tal vez desde la coincidencia de aficiones, pero sin revelar mi identidad, pues lo más seguro es que no sólo se hubiera olvidado de mi mirada extraña de vestuario, veinticinco años atrás, sino de mí. ¿Le apasionaba el cine antiguo?. Qué majo. ¿Desde cuándo?. Ahora, y en una pequeña pantalla de plasma, mis viejos impulsos por él eran recobrados, con ánimo renovado, a partir de una espléndida conservación física. En cuanto a sus gustos cinéfilos, todos de acuerdo, nada que objetar: su actor favorito era John Wayne.





continuará

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