24 noviembre 2009

SEMANA ESPECIAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (2)

Mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988 (continuación de INFANCIAS VERDES)

Capítulo vigésimo séptimo

Ultimos juguetes, primeros bibelots
Uno de los últimos regalos frustración de las navidades de mi menoría fue el que me trajo papá a principios de enero de 1986. Un microscopio, nada menos. Bien bonito de formas, de un tamaño adecuado y con unas funciones ajustadísimas para los críos de mi edad. Con sus tubitos y probetas, sus placas de plástico y su libro de instrucciones. Ni que decir tiene que al verlo se me quedó cara de fiscal de Miguel Servet. ¿A santo de qué?. Papá me dijo que me sería muy útil para la Física y para la Química aquella de mis tormentos. Y, desde luego, para las Ciencias naturales de 7º de EGB, gran trauma, espantosa asignatura arrastrada desde hacía tres o cuatro años como una tara de las más vergonzantes. Pero, ¿qué pretendía papá junto al libro de rigor?. ¿Que matase una cucaracha y la pusiera en mi nuevo punto de mira hasta que me aprendiese su belleza interior, que no dudo que la tengan?. Fue por ello que el microscopio no me sirvió, en principio, para nada. Ocupó un hueco en mi habitación, si. Al lado de los últimos juguetes conservados, sabrá Falomir por cuál milagro de supervivencia. Por lo menos, el juguete culto aquél era menos nocivo que la Quimicefa famosa, que seguro portaba elementos tóxicos que me hubieran envenenado a la mínima de cambio (el Jerry Lewis de El profesor chiflado era inimitable).
Yo con que me regalaran un bloc de cien mil folios ya era feliz. Para llenarlos de palabras. Prácticamente no me inspiraba ya nada la habitación. Me motivaban más las primeras horas matutinas en el aula, pariendo líneas con enorme interés, sin levantar la vista del papel más que de vez en cuando, y sólo para cerciorarme de que el profesor no estaba reparando en mí. Desconectaba como bien podía del grupo, con eses murmullos que no cesaban y que amenazaban con hacerme perder la concentración. Rellenado el texto diario lo leía para mis adentros, autoconfirmando una calidad de periodista de opinión que no tenía el niño aquel pelirrojo de mi derecha, que sólo sabía limpiarse los salones. La Otan era el gran tema político. La saña contra Felipe y sus secuaces me hizo reflexionar sobre mi militancia sociata de hacía tres temporadas. Yo ya estaba más a la izquierda que Lenin y Stalin juntos. Ni siquiera la recién fundada Izquierda Unida podía satisfacer unas demandas de rojerío extremo, habida cuenta de que los que la promocionaban desde el mundo del artisteo me producían arcadas. Un Victor y Ana cantándole a La Puerta de Alcalá a todas horas era demasiado para mis oídos modernos. Estaba decidido a cambiar mi pantalón de pana negro (en todos los sentidos) por algo parecido a la lycra (en el único sentido que este fibra ha adquirido con los años). La Alaska, el Canut y el Berlanga me parecían mejores ejemplos a seguir. Pero ni Miguel Ríos ni el asturiano con la Fortunata me enviaban buenas vibraciones. En cualquier caso, Macistín luchaba, envuelto en contradicciones y actitudes caprichosas, tan típicas de la edad del pavo, por encontrar un verdadero modelo a imitar en ese fin de siglo. Supongo que algo de ésto escribí en su día, entre Matemáticas y Religión. Hubo muchos escritos de cine. Fue agradable aquél dedicado a Fellini tras haber visto Y la nave va... Probablemente un homenaje a su esposa más que al maestro, dado que por aquél entonces estaba muy sensibilizado en la ternura y humanidad de los rostros del cine italiano de posguerra.

Sin embargo, de entre todo el laberinto de papeles adolescentes, destacó uno en especial por su sinceridad casi suicida. Uno que dediqué a los aspectos más sórdidos de la homosexualidad, que habían entrado en mi vida privada en calidad de elementos erótico- iniciáticos, como las viejas putas del barrio chino entraban tarde o temprano en las del machín con ansias de unas tetas hasta la barriga. Iba incluído en mis dedicatorias y se titulaba: a los buscones de báter y callejuela. Entre paréntesis: a mí, en particular. Aunque mejor fuera que lo hubiera rubricado con un simple Aschembach en la Limia: hubiese puesto la medida exacta a mi absurda ambición. Texto parido, en esta ocasión, en casa con el fondo de un clásico de Polnareff llamado Love me, please, love me repetido una y otra vez. Su sentido emocional me hizo levitar y aunque yo no sospeché ni un minuto en que la sublime melodía estaba copiada de otro tema de Ray Charles dedicado a su Georgia del alma, mi instinto me hizo identificarme con el francés de forma total, a través de unos pizzicatos, unos crescendos, un falsete algo grotesco pero que en cambio a mí me sonaba a orgasmo con fines escolásticos de artista ambíguo y provocador. Y así lo fueron mis líneas. Escribía en primera persona, haciéndome pasar por una mariquita vieja, en sus largas caminatas invernales buscando amor desesperado o tal vez, a la vuelta de su rutina. Anciano al borde de la ruina física y moral, con toda la carga de frustración encima (no superior al dolor de juanete y de rodilla que lo mataban por las cuestas) pero también con un bagaje cultural detrás que me hacían acercarme a él con cariño y hasta admiración. Era la única forma de convertir en fumable mi invento. Por un lado, estaba elevando al homosexual culto a una categoría de ser superior (pese a su decadencia, o tal vez gracias a ella) y, por otro lado, permitían lucirme en mis conocimientos de un pasado sofisticado y grandioso, con referencias a Pasolini, Visconti y Thomas Mann (mis tios abuelos). Aquella reflexión sobre el paso del tiempo y la decrepitud del homosexual de provincias volvieron aquél texto imperfecto y sonrojante (como todos los que uno afronta a los quince años) en un cántico libre (de alguien prisionero) que si lo cogía como reto de cara al futuro podía abrirme vías de escape creativo en mi labor de escritor y, desde luego, originalidad. Original porque partía de la reflexión en torno a detalles de mi realidad más oscura. Estaba claro que las visitas a los báteres eran cada vez más frecuentes, que empezaba a familiarizarme con los rostros, los cuerpos, las voces, los gemidos de todos aquellos espantajos deseosos de acogerme como socio. En alguno de mis tantos anocheceres, caminando sin rumbo pero en erección, es posible que me hubiera topado con algún carcamal de respiración deficitaria, que iba de vuelta a su triste soledad hogareña. Lo vería, pues, cansado, pero con una mirada cómplice que significaría mucho. Sabía perfectamente lo que quería decirme, como de igual modo sabía donde habría pasado la tarde el fulano. Todo lo literaturicé, llenándolo de referencias superiores, que al pobre mentecato le habrían desbordado de conocer lo que había inspirado el fugaz encuentro callejero. En cambio, pese a la fabulación, había algo en mí, Tadzio criticón, muy sincero que me distanciaba del personaje, que no de su modelo, acercándolo a un obsceno realismo. Acababa con esta sentencia: Visconti sólo hay uno y a tí te encontré en la calle. Hubiera cambiado el Visconti por el muy nombrado Aschenbach que se entendería igual, a la primera.
Hoy por hoy, este texto me dá escalofríos. Y más me darán según avance mi vida. Por su precocidad, por la autoconfesión y, por encima de todo, por el grado de identificación con un estereotipo al que no sé aún si me veré abocado (en el caso que llegue a esas edades de la ancianitud). Ya por el solo hecho de haberme incluido en el gremio, el propio título actuaría como un conjuro al destino. Una acojonante declaración de subido pesimismo.
A Marcos le pareció el mejor escrito que le había pasado hasta la fecha. Es de suponer que se quedó con las referencias, pedante que era, sin bajar al meollo de la sordidez. No entrar en detalles lo honraba como modelo de virtudes. Para mí fue un paso de gigante para reconocer ante otra persona mi diferencia. A la larga me di cuenta de que esto no había sido así, pues Marcos tardó años en ser consciente de mis preferencias sexuales, cuando una crisis emocional no me dejó más salida que revelarlas (y desde los estadios más agónicos. Tenía yo veinte años y se llevó una enorme sorpresa. Siempre confié en su falta de hipocresía, por lo tanto, me la creí).

Imbuído por el personaje de marras, amén de mi cada vez más grotesca filia exhibicionista, llegué muy lejos en mis pretensiones de vivir mi literatura. Sucedió una tarde oscura y gélida de invierno en la que estaba preso de la lascivia. Y preso nunca mejor dicho, pues la cosa fue entre rejas. Todavía estaba la prisión provincial en el centro de la ciudad. Por la parte de atrás existe un caminito que comunica con dos barriadas importantes, camino separado por el río Barbañica y que, a mediados de los ochenta, no estaba tan urbanizado como hoy en día. No así el edificio de la cárcel que, aún clausurado, sigue ahí, en estado de abandono. Solían los internos mirar por los barrotes de sus mazmorras, matando sus largas horas de tedio, como contacto único con el exterior y que yo percibía con verdadero desasosiego siempre que me tocaba atravesar aquél lugar. Sin embargo, el morbo repentino me sugirió pasear aquella vez con la bragueta bajada, amparándome en la total oscuridad sólo trastocada por unas lejanas farolas iluminadas y, desde luego, por los mecheros de los propios reclusos cuyas voces despertaban mis deseos más prohibidos. Después de dejarme ver bien, me semi retiré hasta un pequeño hueco de garaje de uno de los portales. Entonces me bajé los pantalones poniendo a la vista de quién fuese mi culín virginal en pompa. De los murmullos se pasó a un obsceno grito en el cual se me recriminaba mi acción de forma muy ambigua: Cabrón, espera a que salga. Te voy a poner el culo como un bebedero de patos. Fue de las primeras veces que me sentí puta. Mejor dicho, putana con algo de Jane Birkin. Medio Mamma Roma (en espíritu), medio francesita de Gainsbourg (en lo físico). Aquel trapichero, ladrón o asesino me había puesto tan en mi lugar que casi me corro allí mismo. Desde luego que no lo hice pero fingí un orgasmo que provocó el interés de otro compañero del anterior que salió a mirar desde la celda contígua. Seguí luego mi camino, con la lengua de fuera, los libros a medio caer y loco por descargar en casa, pensando en mi mala acción, en las mejores secuencias, inventándome su noche a partir de mi numerito. Es como si hubiera filmado en imágenes algo que Genet en su Chant d'amour ya habría hecho desde el malditismo de los festivales europeos hacía la friolera de treinta y cinco años.

continuará

1 comentario:

maciste II dijo...

Ay, no me sigas la pista que voy a terminar hundido, como en el juego de los barcos. Digamos, al interesado, que estoy en el cogollito del horror,no en el extrarradio