20 noviembre 2009

Estampas de santos. Por el reverendo Belcebú von Bleu

DIOMEDES DEVORADO POR SUS CABALLOS de Gustave Moreau (1851)

Queridos hermanos, me llevo fijando desde hace unos meses en la cantidad de poetas y pintores que rivalizan entre sí por representar la muerte prematura del adolescente. Me anonado con los mitos pre judéico cristianos, en especial. Ahí tenemos a Dafnis, ese jóven pastor siciliano muerto de amor. Al cabrero Acis, amado por Galatea, asesinado una y otra vez (¡qué saña!¡qué hideputez!) por el celoso Cíclope. Al rubiales de Hipólito, siempre cayéndose de la cuádriga por la agitación de unos caballos con el baile de San Vito (gran santo). A Orfeo (el que no era negro) descuartizado por mujeres (las que no estaban puestas de caipirinha, se entiende). A Crísipo, (¿quince años tal vez tiene este Amor?) que se suicidó por verguenza: sepan que lo amaba Layo, que le dio todo (un oficio de auriga, mismamente) y le hizo su amante en Tebas (hay quien sostiene que lo asesinó la esposa de Layo con la espada del marido mientras el niño dormía al lado del hombretón. ¡Le atravesaba el vientre, tan revuelto después de una velada intensa con un maromo de gran espada!). Pobre Crísipo, sea cual fuere su talento. El de Icaro se llamaba, sobre todo, alas pero como eran caseras se derritieron por el sol. ¿Quién le mandó a él volar tan cerca del astro rey?. Eso sí, sadismo por un tubo en sus representaciones. Cayendo en picado y de cabeza en el Egeo. Búsquenlo en todas las artes, mayores y menores.

Quizá todo parta de la idealización extrema de fragilidad del menor en el pasado. No pasa eso ahora, pues se le supone prepotente y asesino, qué curioso. Cómo han cambiado los tiempos. Los medios de comunicación nos atiborran con sucesos de esta índole. Homicidas barbilampiños, violadores de la merienda. Y aunque en este sistema decadente en el que malvivimos la ambiguedad campa a sus anchas (por un lado se protege en exceso al varoncito, tal vez sólo por ocupar otra especie en el hit parade de peligros sociales un rango superior: el pederasta que le ronda; por otro se abomina de manera radical, tachándolo de pequeño lucifer para con el sexo opuesto, para con el sexo propio, para con los profesores y padres, para con el mobiliario urbano y pare usted de contar) lo que más se lleva es el tonto debate de "qué es lo que estamos haciendo con nuestros teens", con los coleguis de Miguel Carcaño y similares, por ejemplo. Como si las muertes de hijos como James Dean o, antes, las calamidades de los Dead End kids (post Depresión) no hubieran bastado para zanjar un debate estéril por lo reiterante. Y en pleno siglo 21, son ahora ellas, las nínfulas o hembrazas, las delicadas. En la antiguedad no lo fueron. Comprueben si no el destino del bello Elpenor, que no pudo evitar romperse el cuello al desplomarse desde el tejado del palacio de la pesada Circe. Hubo dos Atis memorables. Uno amado por Cibeles, que se emasculó al no aguantar la presión de tantos leones a su alrededor, que parecía la cristianita Fabiola del cardenal Wiseman en sus mejores actuaciones. Ella no. A Cibeles le fue muy bien en la vida (como bien sabrá la guerrera Espe), no le faltó ni protección ni rango de gran Madre. El otro fue un muchacho indio que Perseo destrozó al no entender tanta donosura morena (el componente racista de los semidioses también debería contar en un juicio de titanes).
Y así un largo etcétera que incluiría al fatal Faetonte (Zeus se cebó con este sublime vástago de Apolo), Jacinto o Narciso. Muertes todas terribles, donde la pasión y la tradición se funden en un mismo sacrilegio por culpa de una perfección física imperdonable.

El efebo, amigos. Nada más y nada menos. Para mirar y no tocar. ¿Reparamos en el santo de hoy?. En este lienzo de Moreau debería aparecer un rey tracio con barba hasta las tetas caídas, Diómedes, pero Moreau lo ve de otra forma. Rey involucrado por su odiséico destino en el octavo trabajo de Hércules (fíjense que éste es representado en el muro del fondo como una figura imprecisa). ¿En qué consistía su octavo trabajo?. Pues en capturar las cuatro yeguas encadenadas por el rey, quien las alimentaba con carne humana. Hércules dejó inconsciente a Diómedes y lo arrojó a las yeguas para que lo devorasen. Moreau recurrió a lo largo de su vida al mito en diversas ocasiones pero ninguna de forma tan atroz como aqui, pues transformó a la víctima madura en lo que estáis viendo, una criatura preadolescente, completamente indefensa y hermosa, lo que daría a entender la inquietante comprensión iconográfica que de la mitología aplicada a la figura del efebo efectuaba un pintor francés tan afecto a los erotismos retorcidos. ¡Y mucho antes de los guarros japos del manga postal!.


AMEN

1 comentario:

Diegogue dijo...

enfermiza y bella imagen, no conocía nada de este pintor francés