17 noviembre 2009

Dirigido por...fa: Supernatural (1933. Victor Halperin)

No se dejen embaucar por los antipáticos (pero, taaan prestigiosos) críticos de la publicación especializada Dirigido por... por lo que hayan podido expresar de ésta o de cientos de cintas más. Ya sabemos de qué pie cojean, qué política siguen ellos, como de sobra conocemos la de la antaño rival en kioscos Fotogramas. Dirigido por... han sido capaces de ensalzar a directores anodinos sólo por haber nadado a contracorriente, gastado miles de palabras admirativas con hábiles artesanos de la serie B hasta el punto que cualquier profano pero degustador de vaqueradas pensará que Budd Boetticher está en el Olimpo a la diestra del padre John Ford. Todas estas salidas de tono, muchas veces motivadas por el alumbramiento snob o por la esquizofrenia de querer hacer justicia antes que nadie a todo lo injustificable (abogados de pleitos pobres, diría mamá), no parten de la nada, antes bien es defecto que viene de atrás, cuando en los años sesenta los cachorros de Film Ideal trataban de emular a los dictadorcillos de la francesa Cahiers en batir records de parir boutades con criterios que hoy en día han caído por su propio peso (pesado).
Y es que no hay cosa más pesada que la crítica pedante. Y odiosa. Pues su sola lectura aleja irremediablemente a los públicos sensibles del producto artístico que tratan de promocionar. Entre innumerables citas ajenas, viajando en anacronismos disparatados, analizan secuencias hasta el milímetro buscando ese aspecto único que convierta un acierto (surgido de la inspiración, casualidad, técnica) en la octava maravilla de auteur. Autoritis, si. ¿Qué pensarían Victor Halperin o Edgar Ulmer, o Gordon Douglas o Albert Lewin de sus exégetas si algún día leyeran traducidos sus espesitos ditirambos?. Lo peor no es eso, sino la poca motivación que al espectador/lector esporádico de la revista le entra por acercarse a una obra ignota de la cinematografía norteamericana del precode como Sobrenatural. Pero no exigamos al crítico que sea además publicista. Mucho menos, escritor. Eso sería despojarle de su verdadera función en la vida. Que es, simplemente, ser crítico. Pero prestigioso. Y algo frustrado, pues uno tiende a pensar que como cameraman en horas extras sería una lumbrera. Tomás Fernández Valenti o el señor Latorre son hoy por hoy unos intocables, magisters en el género fantástico, de coherencia ética ejemplar al no caer jamás en la veneración inaudita de fenómenos puntuales como Jess Franco o Ed Wood, a quienes dejan para sus discípulos más histéricos made in fanzines, raza chalada que evidencia que la nueva generación de críticos se ha devaluado hasta extremos insoportables con tanta cultura basura. A fuerza de reivindicar a la serie B añeja con pasmosa pedantería, los venerables apóstoles del Dirigido por... se han ganado un status de buen gusto que jamás se empañará con presencias freak tan fuera de lugar. Los unos mean fuera de tiesto mientras que los otros orinan dentro de búcaro.

Evidentemente, si leemos la crítica que en su día Valenti escribió sobre Supernatural deberíamos sacar la conclusión que su director se anticipó a La mujer pantera y a la corta obra de Albert Lewin. Y no es cierto. Estamos ante un filme correcto, muy elegante, sujeto a una estética concreta que es la que le colocó la productora Paramount en los años treinta, época en que el género fantástico o, simplemente, el recurso a lo maravilloso aún podía encajar en la política de calidad de los grandes estudios. De eso ya hemos tenido unos cuantos ejemplos en esta misma serie, cuando hablamos de filmes como Just imagine (1930) o La vida futura de Korda. Y esa holgura de medios se nota en el acabado de Supernatural que ahonda en cuanto a temática en el espiritismo y las añagazas de los farsantes mediums, en los mad doctors y su obsesión por la reencarnación del alma y se eleva a fetiche lo siniestro de un mobiliario tan peligroso como puede ser una silla eléctrica (objeto siempre presente en los en boga filmes de gangsters). No convendría exagerar sacándole tres pies al gato. Halperin es un eficaz director y no el que inventó el cine como emoción (que ese fue Griffith). Con La legión de los hombres sin alma logró su mejor trabajo poco después (un hito histórico pues supuso la puesta de largo de los zombies, señores tan desprestigiados hoy por hoy), amén de contener en esta "sobrenatural" peripecia una de las interpretaciones más pintorescas de la reina de la comedia Carole Lombard, que aqui se llama Roma y es poseída por el espíritu de una asesina y, como tal, reaccionará con una expresividad inaudita (torva, con arqueo de ceja y nula sonrisa) en una dama que nos hacía reir tanto. También son curiosos los efectos especiales, transparencias y proyecciones que procuran llevarnos al terreno lóbrego del más allá, aquel que por desconocido nos infunde terror. Pero esos son logros de la técnica que en nada procuran aportar algo de sensibilidad a lo sobrenatural. Es una pena que una herencia tan alemana sea reducida por Hollywood a la simple cáscara. El expresionismo habla del mundo interior. Aqui todo se transforma en impresionismo (el motivo ocasional). Tan sólo afecta a nuestros nervios. Y aún así...
En poco más de sesenta minutos de metraje Halperin no logra inquietar hasta el tramo final. Hay diez minutos en que la endemoniada Lombard se los pasa pretendiendo llevar a cabo algo que todos sabemos que pasará (de una u otra manera): el crimen al malvado espiritista. Algo que encima va a lograr de refilón, pues el pánico arrebata al otro que acaba colgado como un pelele por la cuerda de amarre del yate en el que se encuentran.
Yates, mansiones lujosas, las cejas perfiladas de Carole, el look Paramount, pues. El dichosito glamour se suma al aquelarre de las brujas y fantasmas. Ya no es necesario un escenario tétrico, de enmarañados pasadizos en mansiones lúgubres, como se estila en la Universal. Tampoco las selvas donde el sonido cobra vital importancia (la fauna espanta fuera de campo). Si a esto le añadimos la dictadura arrebatadora del estilo decó, donde objetos, mobiliarios, marcados y atuendos se ponen al servicio de una tentación chic, el resultado no difiere en gran medida al de un cocktail post Depresión de tan agradable como fugaz sabor. Recordemos que en esas tesituras, también ese mismo año, Mirna Loy de china rara (as usual) se enfrentaba a la cándida Irene Dunne por las cosas del horóscopo asesino en Thirteen woman (1932.George Archimbaud), título tan o más reivindicable que éste al contener mucho mayor grado de corrosiones por metro de película.
Mientras esperamos una oda al disparate zodiacal, se hace recomendable que gocemos sin histerismos cinéfilos de lo que surgió con aroma anómalo y etiqueta inédita, al puro artificio, en aquella década suprema. Del agradable y suave scherzo de una Lombard vestida de luto y tapado su rostro con un velo, silenciosa, subiendo las escaleras que la conducen a la habitación de su hermano gemelo fallecido y todo lo que a partir de ahí suceda (ese mirarse en el espejo, ese cuadro de la asesina electrocutada, esas manos blancas que destrozan una copa con inusitada rabia interior y que indican que ahora hay dentro de la reina de la Comedia una estranguladora loca por salir. Pero también ese perrito -más humano que ninguno de los humanos- que busca las zapatillas de su amo muerto, a quien tanto echa de menos). Hasta es posible que alguien desvíe su atención de lo macabro del asunto y repare a fondo en lo bien que le sienta el smoking a un juvenil Randolph Scott apoyado en la chimenea, donde solían fotografiarse (by Beaton) todos los galanes deco-rativos. Y en tanto no se produzca la aparición sibilina del Espíritu burlón de Noel Coward, un mitómano aprendiz de dandy bien podrá contentarse, entre tanto, con este ejemplo gracioso de esoterismo para lectoras del Photoplay. Que Dorian Grey (más concretamente, su atroz acuarela), me da a mí, le queda bastante grande. Pese a lo que digan los exagerados del Dirigido por...

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