19 octubre 2009

Televisión de culto

* En horario infantil:

HOWDY DOODY (1947-1960)

Fue el primero y el más longevo de los programas infantiles de la televisión americana. El tal Howdy Doody era una marioneta que representaba a un niño pecoso (de 48 pecas, cada una correspondiente a un Estado de la Unión) que charlaba amigablemente con sus otros compañeros de trapo, con los personajes de carne y hueso y con los niños reales, invitados en el plató. El programa sufrió numerosos cambios: desde el horario al equipo artístico, pero siempre se mantuvo una constante divulgativa y pedagógica que crearía estilo. No están muy lejos de aspectos fundamentales de lo pre escolar que luego retomaría la celebrada Sesamo Street. Pero también hubo veces en que se apuntó muy alto, puerilizando enormes joyas de la literatura universal, como el Macbeth de W. Shakespeare, mediante la comprensión de ilustraciones en las que aparecían árboles humanizados como trasunto naif de los personajes del drama.
El conductor del espacio fue Bob Smith (aka Buffalo Bob), un cantante profesional con un personalidad muy marcada desde los años cuarenta en los programas de radio en Nueva York. Es por eso que siempre introdujo canciones en el show, algo que vemos muy lógico en un lugar donde se pretende enseñar deleitando. Junto a Bob cabría resaltar la presencia hasta 1952 del payaso Clarabell, de expresión triste y que carecía de habla (se comunicaba a toque de claxon). Se cuenta que este mimo abandonó el programa por disputas crematísticas. Hay otros que dijeron que fue despedido porque su personaje no gustaba a los niños. No es tan fácil creer que esto último fuese cierto porque, viendo episodios sueltos, el público nos parece demasiado estático y silencioso como para que sonsaquemos en algún momento que les interesaba cualquiera de esos individuos que pululaban a su alrededor. Las risas infantiles, el bullicio necesario surge de cintas pregrabadas que le restan esa espontaneidad natural para dotar a un programa infantil de esa calidez y ternura. Tal vez sea en los ojitos de los críos donde hallemos el perfecto retrato de una nueva generación de norteamericanos, nacidos en plena posguerra, que crecían al amparo de unas marionetas cándidas pero lo suficientemente integradas en el sistema consumista yanqui y que, en plena mayoria de edad, se irían a topar de bruces con el petate mayúsculo de una guerra en cierto Vietnam. Para los responsables del programa (gran éxito para la cadena NBC) era tan o más primordial que los renacuajos aprendiesen las cuatro reglas como que supiesen tararear el soniquete pegadizo que promocionaba un dentífrico, un cacao o un palote de caramelo y que terminaría por transformarles en consumidores standard.
La emisión de cine cómico mudo fue una iniciativa admirable. Porque se recuperaba un patrimonio cultural de extraordinario valor y, además, con la aparición de los típicos letreros, se incentivaba el esfuerzo en la lectura, tan primordial en esas cortas edades. Howdy Doody (abreviatura, tan slang, tan de comic de la expresión How do you do?) dio el primer paso para todo lo que vendría después a esas horas tan entrañables de la merienda. O del desayuno, pues hubo un tiempo en que salía en antena los sábados por la mañana. En la fantasía de los niños (al menos los del otro lado de la caja tonta) no había relojes que valiesen pues su instinto los guiaba de manera exacta y puntual para no dejar de acudir a aquella cita tan obligada. Como la pregunta/saludo de Bob: Say kids, what time is it?. A lo que respondían ellos: It's Howdy Doody time!





JOHNNY JUPITER
(1953-1954)

Más infantiles con marionetas. Aqui el protagonista era Ernest P. Duckweather (el actor Vaughn Taylor, que se curró muchas series durante dos décadas y que a escala internacional sólo podría recordársele por un único papel, el del jefe de Janet Leigh en la mítica Psicosis), conserje en una estación de televisión que por las noches limpia un plató. Jugueteando con los mandos, consigue contactar con el planeta Jupiter, donde surgen dos personajillos graciosos, bibelots para jugar con ellos: Johnny Jupiter y su colega B-12. Estos solucionarán los entuertos del patoso protagonista, los cuales normalmente eran unas nimiedades sin mayor relieve ni trascendencia. Al menos, desde una mentalidad contemporánea y adulta los guiones son muy tontos. Lo más destacable de esta fugaz serie es: el empleo de esos muñecos mágicos, sus características externas (Johnny Jupiter era un robot con cabeza en forma de cubo, su amigo un cilindro con gafas), el posible paralelismo entre Ernest y el futuro Jerry Lewis de It's only money (1962), la musiquita encantadora de su sintonía y, cómo no, esos momentos de publicidad de los caramelos M&M's, con sus tableros donde se transcribía la letra para que asi los pequeños, desde casa, pudiesen tararearla mientras aprendían de paso a leer (y consumir).
Tras 39 episodios, Johnny Jupiter dejó de emitirse. Y es una lástima, porque en sus orígenes la serie prometía la alucinante innovación del formato 3d. Es posible que naciese de una quimera o antes de tiempo, porque el formato terminó adecuándose a las habituales, comunes dimensiones que encajan a la perfección en las 625 líneas.






EDGAR BERGEN TV SHOW
(1950)


Bergen fue el ventrílocuo más conocido que dio la industria del espectáculo USA en el siglo pasado. Su poderío alcanza múltiples plataformas de comunicación como la radio, el cine, el teatro, las salas de fiestas... Y, claro, apareció muchísimo en lo catódico. Era muy bueno. No me refiero a que no se le notase mover la boca cuando hablaba con su muñeco Charlie McCarthy, porque eso se les nota a todos y a todas (no creo que éste sea un motivo de crítica para este tipo de profesional pues lo que en verdad cuenta y les hace artistas es su enfermiza relación coloquial con el muñeco, ese desdoblamiento esquizofrénico que ha dado en cine muestras magníficas de bizarrismo en el género del terror). Edgar Bergen empezó muy pronto a reirse de si mismo en la boca ajena, de madera de su Pinocho ideal: un crío monstruoso pero fascinante, que vestía con chaqué, sombrero de copa y monóculo. Charlie era sardónico, mordaz, hiper crítico con la sociedad de su país, capaz de darle réplicas magníficas al genial W.C. Fields o a Mae West, probablemente los cómicos de la primera mitad de siglo más originales (junto a Groucho) en el terreno de la verborrea políticamente incorrecta.
El paso de Bergen por la radio fue también destacable constando en su haber una anécdota legendaria (aunque fuese por pasiva), ya que fue responsable de la histeria colectiva a raiz de la invasión extraterrestre ficticia retransmitida por Orson Welles a partir del texto de La guerra de los mundos. La fatídica noche en la que este hombre del Renacimiento leyó en su programa literario de la cadena rival a la de Bergen el texto de HG Wells, la audiencia mayoritaria la tenía el ventrílocuo, pero éste animó en un momento dado a que zapeasen el programa del otro. Evidentemente se habían ya perdido el principio, cuando Orson explicó que se iba a desarrollar una ficción. Al encontrarse con todo aquello, la gente se volvió loca y se produjo lo que todavía hoy se sigue recordando como uno de los hitos fundamentales de la radio (me imagino que esa noche, desde la otra estación y sin apenas oyentes, Charlie McCarthy fue feliz).
Woody Allen también se acordó de Bergen y su muñeco en Dias de radio. Justo cuando el padre de aquella familia judía le recriminaba a su esposa la idiotez que suponía estar escuchando a un ventrílocuo por la radio, puesto que no se sabía si estaba o no moviendo los labios. Los que lo conocieron nunca dudaron de que el poderío de Bergen en un medio donde no se le podía ver fuese menor como cuando actuaba delante de un público en un escenario, y ahi radicaría el acierto de sus diálogos. Sin embargo en su paso por este show de 1950 se evidencia una escasa sabiduría técnica y de ideas mediáticas para dotar al showman de un entorno propio, a su medida. Porque la media hora de emisión consistió en la repetición de un espectáculo teatral o de vaudeville, con su escenario, sus cortinones que abren y cierran las distintas partes, para, finalmente, acabar con un tema musical con los actores en el más puro estilo de Broadway. Sólo la inclusión de un commercial de la Coca Cola dan al experimento un toque genuino dentro de lo que entendemos hoy como show televisivo. El tono entre familiar e infantil tampoco ayudó a ubicarse al cómico. Donde sí alcanzará la adecuación total es en sus múltiples colaboraciones en programas ajenos (como el de Jack Benny, Johnny Carson o el de Judy Garland) entendiendo su número como un ingrediente más a añadir en una tarta de variados sabores y testuras.
Como anécdota, destacar que en Screen Snapshots (1952) debutó junto a él su hija, una rubia niña de seis añitos que durante los años sesenta se formaría como actriz destacable, top model emergente y belleza de radiante cinegenia que respondía al nombre de Candice.





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