05 octubre 2009

Televisión de culto

HEY MULLIGAN (1954-55)

El eterno adolescente americano. Ese fue Mickey Rooney, antes que Michael J. Fox o Matthew Broderick (epítomes de la especie en los años 80 pero sin la mitad de encanto y versatilidad del original). Fue un todoterreno, y bien es verdad que como tal muchas veces resultó algo pesado. Se salvó de la quema por su alto grado de perfeccionismo (cualidad intrínseca de los de esta raza de artistas) y su optimismo a prueba de bomba. Si en su niñez y adolescencia demostró de sobras su entidad de torbellino, en la madurez, con la amenaza del estigma has been logró convencernos que desde la locura peterpanesca el azogue no habría cesado, aún podía ocupar con dignidad su lugar en la industria del entretenimiento.
Cuando en los años cincuenta Rooney saltó a la televisión, la familia americana lo acogió desde la adhesión más cariñosa, porque formaba ya parte del folclore yanqui, a la altura de un Bob Hope, un Bing Crosby o una Judy Garland. El rostro patético de los caídos con la pubertad se solapó con la divina mueca de lo grotesco. Pues si el zagalin aquel tan nervioso, tan malote nos lo creíamos desde la inconsciencia del travieso patriota ahora de igual manera aceptamos al treinteañero, enano y tendente a la obesidad, pues supimos que en él se proyectaba la sombra melancólica de un Puck inmerso en el devenir implacable y cruel del Tiempo. Que es como decir que fue un superviviente de fábula. Tuvo la suerte además de seguir haciendo mucho cine en aquella década de crisis (y de crisis al cubo para todos los niños prodigio de antaño). Trabajador incansable, caótico Casanova en su vida privada, este -en el fondo- gigante exhibía una vez más una hiperactividad que no puede hacer más que asombrarnos. Los sesenta ya fueron otra cosa. Pero si vemos su interpretación del japonés irascible y ridículo de Desayuno con diamantes (1961) entendemos que la transición entre los cantables briosos junto a la incomparable Judy y el disfraz caricaturesco que le regaló su amigo Blake Edwards tenía nombre de teleserie y se llamó Mickey Mulligan.
Hey Mulligan le permitió ahondar en el transformismo, en los trucos del gag visual. Y entonces surgieron las risas en off y los buenos sentimientos. La televisión estaba dando sus primeros pasos. Los que aportó Mickey, desde la locura blanca (y sin ánimo de molestar), fueron bien derechitos, los suficientes para consolidar a la sitcom como género preferente. Contó con muchos medios económicos (estaba detrás la cadena NBC), un plantel de gratos colaboradores en el reparto (el magnífico Joey Forman, que fue su contrapunto ideal) y una pequeña galería de artistas invitados que ampliaban el interés (fue pequeña porque también la serie duró poco. No llegó a los cuarenta capítulos). Y algo muy importante, contaba con unos guiones (y autores de personajes) excelentes, ideados por unos señores que empezaban y que estaban destinados a convertirse en piezas clave de la nueva comedia americana (años 50 y 60, sobre todo). Ni más ni menos que el ya mentado Blake Edwards y Richard Quine.

Resulta chocante ver a Mickey en el seno de un hogar haciendo el papel de hijo. Sin duda, su status personal se estaba adelantando a las características de los futuros hogares de clase media donde por hache o por be los jóvenes prorrogan su estancia en el nido hasta extremos inverosímiles (y nada cómicos, más bien patéticos). En el caso de Mickey, lo suyo no sería por falta de trabajo, pues lo tenía y remunerado: era técnico de una imaginaria cadena de televisión. Este último detalle aportó bastante originalidad al asunto, pues los espectadores primerizos no conocían aún las interioridades del nuevo invento. Además ayudaba a incrementar las localizaciones dentro de una acción que, al tornarse disparatada, no reparaba en convertir el mismo plató en un mundo irreal, de espacios muy abiertos, donde Rooney, siempre soñando una vida mejor, desbarataba todo lo que podía y le dejaban. El despacho del jefe nos recuerda al de cualquier magnate de Hollywood, sólo que a escala reducida. Los pasillos donde conversan Rooney y su amigo del alma es decorado con retratos de artistas muy famosos (y reales) que, por cuestiones diversas, ahora estaban metidos en lo catódico (Groucho, Jerry Lewis y Dean Martin, entre otras estrellas de la NBC, incluido Jackie Gleason). Y es muy agradable todo ese ambiente. Hay quien dice que este tipo de comedia ha envejecido mucho. Yo opino lo contrario. El solo hecho de recurrir a la fantasía ya le asegura una perennidad. Además me atraen estos sitios, del mismo modo que me parece excepcional que un filme de esta época como Artistas y modelos fuese capaz de enseñarnos lo que se cocía en los emporios editoriales del comic.

No he visto la serie completa, al parecer está disponible en DVD, pero con lo conseguido me reafirmo en la capacidad de transmitir alegria y buen humor de un Rooney fisicamente en la cuesta abajo. Capítulos como The moon or bust (con Rooney y Forman adelantándose al Tony Leblanc y cía de El astronauta -eran los tiempos de la amenaza outer space- construyendo una cápsula espacial desastrosa a base de las indicaciones leidas en un pulp, vestidos de astronautas o recolectores de miel y saliendo despedidos a un par de millas a la redonda, justo cuando creían haber llegado a la Luna, confundiendo -y siendo confundidos-a un par de viejos hillbillies con extraterrestres), The Lion Hunt (o la caza de un león dentro de casa. Finalmente la fiera -pero no tanto, sobre todo para los que tuvieron a la MGM como su verdadero hogar- acababa en la bañera y Rooney atrapado en su propia red), The Bronc Buster (con Rooney de rodeos e improvisando a la luz de luna del west alguna tonada de cowboys cantantes), The Other Woman (excelente historia sobre la revelación involuntaria de un adulterio de los vecinos al asistir estos al pase de unas películas caseras rodadas por Rooney) o Diamond in the rough (otra joyita de guión, en donde la situación cómica de verle jugar muy mal al golf se entrecruzaba con una trama de ladrones de esmeraldas ocultas en las propias pelotitas) resultan entretenidísimos. Es una lástima que en ninguno de los citados aparezca una juvenil Angie Dickinson, participante ocasional de la serie, a título de jóven promesa invitada.
El arranque y despedida de cada episodio son excepcionales. Ahi Rooney nos reserva esa golosina breve y chispeante que nos adelanta en tantos conceptos el sinsentido de un inspector Clouseau para la serie de la Pantera Rosa. Rooney al principio de su carrera encarnó a un personaje del comic de tanta solera como fue Mickey McGuire. Con su Mickey Mulligan, como salido de una viñeta, recuperaría esa tradición. Con grandes resultados. Es una lástima que durase un suspiro (esta brevedad alimentaría con el tiempo su status de serie de culto) pero la competencia que suponía el show de Jackie Gleason la perjudicó grandemente, no logrando los resultados de audiencia esperados. Los nostálgicos de tantas cosas buenas que nos ha dado el viejo showbusiness norteamericano podemos disfrutar de ambas sin complejos de ninguna clase gracias al magnífico invento del DVD y al particular mimo que demuestran por lo suyo las firmas reeditoras de oldies.














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