06 octubre 2009

SOLO PARA SIBARITAS

IVOR NOVELLO (1893-1951)

Cuando uno tiene los ojos puestos en aquel Londres de los años veinte y treinta es imposible no verlo como a un príncipe de la frivolidad (prince of Wales), exquisito en modos y maneras, como un dandy que viniese a prorrogar los afeites decadentistas de un Wilde. Sin embargo, Novello no pertenece a la generación de Dorian Gray y sí a la de esa nueva sensación que es Coward, inventor de una nueva moral, que más que moral era amoralidad absoluta, perfecto sátiro de la juventud internacional, descreído de sus fiestas eternas y sus cocktails desmedidos. Novello era tan polifacético como lo podía ser aquél pero debió siempre sujetarse al sambenito de galán, con las limitaciones que esto entraña. La primera, la de conservar una imágen neoromántica propia de los matiné idols. Era demasiado hermoso como para que las señoras no suspirasen creyéndole un sustituto nacional de Valentino o Novarro. El era el más pálido, el más flemático, con ese aire enfermizo de narciso mustio, como si se hubiera salvado durante la Gran Guerra de los demoledores efectos de la gripe española. Piel fina de galés, en el fondo.

Su madre le inculcó el amor por la música. Era ella una gran cantante y se empecinó en que su hijo entrase a cantar en el coro del Magdalen College. De ahi hasta la fecha de su retirada, Ivor compondría alrededor de 250 canciones, incluidas en sus espectáculos de opereta en el West End y, por lógica, trascendiendo a la calidad de standards muchos de ellos, susceptibles de ser versionados por cientos de artistas anglosajones. Asi que, pálido, elegante y apuesto, pronto atrajo las miradas de los productores de cine. Al menos, era el polo opuesto de las estrellas del cine inglés que triunfaban en las carteleras. Ya no había bigotes ni estómagos cómicos. Tuvo la suerte de encarnar a personajes atormentados en melodramas sobre los barrios bajos. Los años veinte son su década más cinematográfica. Carnival y The bohemian girl fueron las primeras y figuran entre las cinco películas inglesas más taquilleras en Estados Unidos de aquella. Hollywood lo requirió también, trabajó con Griffith en The white rose (1923) junto a la griffithiana Mae Marsh, pero resultó decepcionante (no era el latin lover que estarían buscando). Asi que volvió a Inglaterra donde tuvo mayor fortuna. En The man without desire (1922) vivía con angustia casi etérea su reencarnación en los años veinte (pues era en realidad un playboy veneciano del siglo XVIII). Su primer rufián lo hizo en The rat (1925). De alguna manera, aquel papel atrajo seriamente la atención de un juvenil y primerizo Hitchcock que lo requirió para dos trabajos consecutivos. En ambos perfiló un prototipo fundamental dentro de la galeria de personajes masculinos hitchcockianos: el del falso culpable. En este sentido, Novello bien podría entenderse como una premonición del futuro Cary Grant. El enemigo de las rubias (1926) es un filme muy deficiente. Pese a todo, se salva esa sugerente atmósfera de terror, idónea para recrear una historia con muchos puntos en común con la que destripaba la prensa de la época a diario en torno al destripador oficial, de nombre Jack. Lástima que tan pronto viésemos a Novello en escena dudásemos de que fuera él ese terrible asesino de rubias (antes sospecharíamos del propio realizador). Sin embargo, los personajes que lo rodeaban no pensaron lo mismo, llevándolo a extremos de enorme desesperación. El toque Hitch se empieza a presentir en una escena emocionante: la del linchamiento. Pero aún le quedaba mucho por recorrer. Mientras tanto fue solventando parcialmente sus errores con técnicas semejantes a las del expresionismo alemán. El exceso de rótulos vino a perjudicar aún más si cabe el resultado final. El estreno se demoró pero, curiosamente, fue un éxito de público. Su siguiente filme para un Hitchcock ¡todavía con pelo! se llamó Downhill (1927), una historia contada ya con sorprendente seguridad e inventiva visual, de un muchacho expulsado de un colegio privado por robo cuya vida se convertía, a consecuencia de ello, en un infierno.
En cualquier caso, la fama de Ivor Novello subió como espuma de champagne. En 1926 era considerado por la revista Kinematograph Weekly el segundo actor más taquillero de Gran Bretaña (detrás de Rodolfo Valentino). Un año más tarde ganaba entre 3.000 y 4.000 libras por película. Se encontró con Noel Coward en The Vortex, donde encarnó al maduro Nicky Lancaster: los críticos de su época dictaminaron que no había sido una elección muy afortunada. Pero se pudo resarcir con su brillante interpretación de Lewis Dodd, un hombre de gran afición musical, en La ninfa constante (enorme triunfo), que fue votada como la mejor película de 1927 por los lectores de la revista Film Weekly. Con la llegada del cine sonoro, retornó a los Estados Unidos pero los resultados fueron, una vez más, decepcionantes. Los productores, aquejados de ese terror microfónico que les hacía firmar cartas de despido indiscriminadas destinadas al medio Hollywood, no aceptaron el estilo del galés, al que verían demasiado afectado para aquellos nuevos tiempos (su voz era suave y melosa, aunque dudo mucho que sus gestos fuesen los de la mona Chita, actriz que como todos ustedes sabrán hizo mucha carrera en el sonoro, pese a sus múltiples manierismos). Entonces surgió ese insolite que supuso escribir los diálogos de Tarzan de los monos (1932), caso sin explicación alguna y que haría sonreir al propio Coward que veía como su amigo, alumbrando monosílabos y verbos en conjugación de infinitivo, estaba perdiendo el rumbo en aquellas tierras soleadas. El lo debió de notar también y se despidió definitivamente del cine refugiándose en la escena teatral de su país. Desde luego, era su hábitat natural, donde deberemos siempre enjuiciar la personalidad y el talento de este bello y versátil gentleman.

Operetas como Theodor and co. (1917), Glamorous night (1935) o The dancing years (1939) son perfectos ejemplos de ese estilo característico que albergaría en el West End a tantos sombreros de copa, bastones y fracs. Frivolidad, cursileria, buenos modales y mucha ironía. Los tiempos en que los hermanos Astaire causaban sensación, cuando Jack Buchanan se unía a la compañía de revistas de André Charlot, con Jessie Matthews de compañera. Nombres hoy olvidados vendrían a engrosar una lista extensa de entertainers que, siguiendo o no los pasos de Novello, deleitaban a la burguesia inglesa ávida de halagos hedonistas. El bailarín Jack Hulbert (y señora, lady Cicely Courtneidge) al que todo le iba maravillosamente bien hasta que un tal Fred Astaire apareció en la pantalla, el exótico Hutch aireando el máximo precepto de la nueva moral: las mejores cosas de la vida son gratis; el cómico Arthur Askey poniéndose restricciones a su dosis nocturna de champán, el pizpireto Bobbie Howes presumiendo de un amor imposible en la Amazonía o el lánguido Al Bowley susurrándole intrascendencias de parque nocturno mal iluminado a su chica tan melancólica como él. Risas, suave jazz, delicados adulterios y recurrentes valses en épocas que presagiaban lo peor. Ruiseñores en Barkley Square. My fair ladies paseando su romanticismo en compota por el señorial Mayfair. Impresiones del The Sketch, el último Tatler. Háblame mejor de Coleridge, recítame cualquier verso de Keats, enséñame qué exquisitez prepara esta temporada Beaton. En 1933, Ivor rescató del olvido a la gran Zena Dare incluyéndola en espectáculos.
En cuanto a su vida privada, nunca trató de esconderla. Era bien conocida su homosexualidad. Durante 35 años fue amante del también actor Bobbie Andrews, aparte del affaire mantenido con el poeta y novelista Siegfried Sassoon. Entre su círculo más personal de amistades estaban Noel Coward y Laurence Olivier.
Durante la segunda guerra mundial fue condenado a ocho semanas de prisión por un fraude con cupones de carburante, una verdadera ofensa en aquel tiempo belicoso para el Imperio Británico. Durante su encarcelamiento conoció al criminal Frankie Fraser. Los años que le restaron los consumió escribiendo para el teatro. Justo en 1951, una trombosis puso fin a su vida.
Su legado es importante, sobre todo en los paises de habla inglesa. Tal vez, la prueba irrefutable de ello sean los Premios que llevan su nombre y que concede anualmente la industria discográfica a compositores, arreglistas y cantantes. Su memoria sigue siendo promocionada por The Ivor Novello Appreciation Bureau.


Algunas de sus canciones:

*Waltz of my heart
*And her mother came too
*I can give you the starlight

*What a Duke should be
*Why isn't it you?

*The land of might-have-been

-todas incluidas en el filme de Robert Altman, Gosford Park (2001)-

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