29 octubre 2009

SEMANA ESPECIAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (1)

Mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988 (continuación de INFANCIAS VERDES)


Capítulo vigésimo quinto

Dobletes (en busca de afines)
Resultados finales en la primera semana de septiembre. De las seis asignaturas del curso, sólo había recuperado dos. De primero, Matemáticas, aprobada con un Bien. A Ciencias naturales de 7º de EGB no me había presentado por verguenza. Y la verguenza con mayúsculas vino luego. En casa ardió Troya. ¿Mi paso por el colegio había llegado a su fín?. De ser así sería algo que ansiaba en el fondo de mi alma, pero también el miedo a un futuro encerrado en el comercio de papá no me dejaba motivos para un simple suspiro. Por lo tanto, me agarré a la posibilidad in extremis de continuar mi periplo degradante repitiendo curso. No hubo conversaciones drásticas con el director ese año para convencerle de nada. Simplemente permanecía mi plaza, era un alumno cuyo padre pagaba religiosamente las cuotas mensuales y se le consintió. Prefería lo malo conocido aunque también es verdad que en este bis lo que iba a primar sería lo bueno por conocer. Pensaba en los amigos que iba a perder con el trasvase, jamás en los que se agregarían a mi paupérrima lista de confidentes, que iban a ser gloriosos, tan o más perdurables que los que en apariencia dejaba atrás (o en un curso superior). El dolor de desaparecer del mundo cotidiano de Carlos, por ejemplo, me atenazó durante las primeras semanas. Cuando nos veíamos a la salida de clase, él había incrementado la cuota de amigos. Su snobismo y pragmática recalcitrante le hacían lucir radiante con sus nuevos libros, sus nuevos profesores, su nueva opción (de Letras), más cerca del Parnaso de los Poetas muertos. Seguía siendo superior a mí intelectualmente, creatívamente. Ahora ya la distancia iba a ser infinita. Me sentí desplazado. El tampoco procuró eliminar mi sensación de abandono quizá porque tampoco se la dí a entender jamás. Por fortuna, la vida te trae contínuas sorpresas, enganches de estreno y, lo que antes comentaba, la aparición de otros amigos capaces de soportar mis rarezas que, a lo mejor, también eran las suyas. En cuanto a papá, abandonó la idea de volver a matricularme en una pasantía o de alquilar un profesor particular. La economía no era nada boyante en casa. Además, era de suponer que si el hecho de repetir otra vez, desde la primera página, un mismo curso no me bastaba para sacarlo adelante es que ya no había por qué mantenerme pegado a un pupitre jamás.
Los nuevos compañeros me ayudaron mucho en lo tocante a eliminar ciertos miedos autoimpuestos. Los viejos ya me tenían muy calado. Estos me calarían tarde o temprano, pero en ese factor de madurez que uno tiene ya a los quince, aún cabía la opción de ir moldeando una máscara o un caparazón que me mantuviera en incógnita hasta el final del curso. Iluso de mí. Yo era incapaz de permanecer en el anonimato. Mi personalidad estaba lo suficientemente asentada como para no dejar de venderla constantemente. Tenía facultades literarias, gran sentido del humor, tendencia al gamberreo más salvaje, cultura extraescolar abundante. Buscaría presto a mis afines entre esa turbamulta. No lo hice los primeros días. Los observaba. Lo primero en que reparé fue en quién era el más sexy, quién el más guapo de cara. En mi repaso visual las clases de gimnasia eran primordiales. Ya había escogido a un sex symbol indiscutible. Un cachorro de atleta llamado Moure, capaz de mantener durante minutos el desnudo integral en los vestuarios al término de las hazañas en la cancha. También los había afeminadillos en el lote del año. No reparé en ellos más que un segundo. A otros los conocía de pasada, por amistades comunes. Me hizo gracia encontrar dos o tres caretos conocidos, que habían repetido también. Era el caso del niño Pedro, quien todavía no contaba con mi aprecio. No sabía de qué iba el zagal y ahora no pensaba descubrirlo. Los compañeros próximos de pupitre me preguntaban a veces, no sin recelo, cosas de las materias. Poco les podía ayudar, más allá de unos chismes inanes sobre tal o cual profesor. Particularmente, me sentía igual de aterrado ante aquello que debía sonarme de algo pero que no me sonaba en absoluto. No tenía retentiva más que para los autores de la literatura universal. Incluso el latín, que tan bien se me dió luego, era un hueso. La evasión estaba a la vuelta de la hoja. En una cuartillla en blanco me ponía a lo mío, ¿desbarajustar el mundo?. Retomé las Faunadas, aquellas columnas diarias sobre temas de actualidad que entregaba a Carlos a las diez de la mañana. Pero, ¿para qué?. No tenía lectores que me siguiesen. Al menos, de momento.
Pronto llegaron dos. Cerca de mí estaban Marcos y Eulogio, ambos amiguetes de Carlos. Eran dos tipos bien distintos. Casi némesis. Pero les unía el gusto por el rock sinfónico y las guitarras de los mamuts de los setenta. Marcos era ya un sapientín, un impenitente lector. Eulogio no leía más que las partituras de las canciones de Eric Clapton. Marcos en el terreno frívolo de la sexualidad parecía mantenerse al márgen. Eulogio daba cachondo. Y aunque ninguno me despertaba instintos predadores, me encontraba bien a gusto en su compañía. Hubo feeling. Más acusado en Eulogio. Más discreto en Marcos. En hora de redacción para la clase de Lengua española, Eulogio se volvía loco rellenando folios con sus épicas fantasías. Mis fantasías iban del hiperrealismo al costumbrismo de un pasado familiar, incluso no rechazaba la carga social, lo que debía dejar algo noqueado al profesor de turno (curilla progre que tomaría todo mi comunismo como un alegato de cristiano de base). A mi coleguilla se le antojaba imposible que él, habiendo escrito tanto, no superara el cinco de nota, mientras que yo con medio folio había sido puntuado con un notable alto. También a mí me sorprendía, ya no sólo porque solía errar más de lo que debiera en las acentuaciones y en ortografía en general, sino porque venía de la novela río, sin concesiones. Creo que esa etapa de frugalidad léxica pasaba por mi contínua escucha de las dedicatorias radiofónicas de Fernando Poblet en Tiempos modernos, que no ocupaban más de una carilla. De hecho, ese otoño comencé a parir las mías sobre un montón de gentes. También probé con la poesía. De vez en cuando me sentía gongoriano y escribía con una retórica rarísima, como de repente saltaba a los malditos franceses del diecinueve. Hubo poesías que remitían a La Polla records porque me obsesionaba su Canción del productor. La luna de Madrid puso el resto, esos toques de posmodernidad en mi estilo sin estilo. Aquello no tenía freno. Muchos de esos textos me causan ahora verguenza enorme, infinita. Entonces los concebía con total intención. Salvaría uno o dos, no más, con la prudencia de quien no ha conservado de aquello más que la mitad. Ahora que lo pienso, aquel año de repetidor me lo tomé como un año de lo más sabático.

Platón en el pupitre de enfrente
En medio del desastre académico, tanto el inminente 1986 como 1987 fueron profundamente fecundos. Nunca antes ni después hubo tal torbellino de asimilaciones, de conocimientos, de revelaciones. El cine, la literatura, la música, el adiós al virgo (¿por qué no?). Todo estalló al fín en mi vida aciaga. No era un crío feliz, había sufrido mucho con mi otredad. Pero también es cierto que gracias a esos cambios que estaban por llegar pude solventar tanta precariedad con paso firme, con la seguridad de que la vida era maravillosa gracias a la cultura. Me dejé arrastrar por el marasmo sin darme cuenta que dentro de mi cerebro algo no marchaba bien. Mi timidez me hartaba y la quería superar por medio del exabrupto, del pataleo, del exhibicionismo. Pero jamás la vencí. En mi interior seguía habiendo un acomplejado. Por una sexualidad distinta, por un físico cochambroso de patito feo, por una nula valía para los estudios, por el miedo a un futuro al que era imposible diseñarle una entidad según mi gusto absurdo y surreal. Durante esos dos años clave fue agudizándose mi neurosis. Y fue una gran tortura intentar luchar contra mí sin ayuda de nadie. Miedo a la gente, a comunicarme con los demás. Incluso a reunirme con mis padres durante las comidas. En cambio, necesitaba que alguien me jaleara, me llevase la corriente, o ya puestos, que compartiese mi mundo con la confianza de que era de los dos. Gran parte de mi timidez era motivada, reincido, por mi tendencia sexual. Eso lo sé de sobras. Me parecía absurdo que esto me dañase a esas alturas del siglo. Yo era un mocito que se sabía el Poeta en Nueva York de memoria. Entendía La Gata sobre el tejado de zinc caliente. Padecía lo de James Dean. Gozaba de facultad para reirme de mi mismo hasta la extenuación. ¿Por qué entonces me dejaba embargar por los miedos hasta el desequilibrio emocional, si en el fondo, yo era virgen y nunca nadie quiso lapidarme por una tendencia hasta la fecha llevada tan en privado?. Siempre quedaba ese último momento, el de la soledad, el vacío de encontrarme más solo que la una y reconocer que así iba a ser por el resto de mis días. Un libertino de fachada en cuyo interior se iba haciendo añicos un masoca puritano, a lo mejor eso estaba siendo el inteligente Maciste.
Segundo de BUP toma 2, al menos, partía de la novedad de unos chavales que no me habían colocado tal o cual etiqueta. Surgieron poco a poco apegos entrañables, encantadores, memorables, que degeneraron con el trato en amoríos platónicos, jamás correspondidos, acaso sólo intuidos. Y nada más. Que ya es bastante. El crío en cuestión se llamaba Oscar. Platón en el pupitre de enfrente. Era dulce, aniñado, tenía mucho de niña, pero no era un afeminado. No había pluma en Oscar. Era deportista, además. Nadador del pabellón. Madrugaba todos los días muy temprano para entrenar durante una hora. No era el típico mazas altísimo de anchos hombros, aunque estaba muy bien proporcionadito. Lo que pasa es que era retaco. Pero su cara me trastornaba. Han pasado los años y Oscar vuelve a mí a través de un olor a jabón. No a cloro de piscina. Sino a jabón de sales.
Pasamos muchos recreos juntos. Fue el primer chavalito que me hizo sufrir con sus caprichosos estados de ánimo y también a babear con su apabullante generosidad y alegría. Capaz una mañana de confesarme que le gustaba a horrores un compañero del aula, sin el menor rubor, sin antes haberles puesto adjetivos a nuestras inclinaciones adolescentes. Cupido clavaba más honda su flecha. Era un triple dolor. Uno, por la carga homoerótica de sus palabras, inéditas hasta la fecha dentro de mi círculo; segundo, porque a mí quien él deseaba tambien me hacía tilín y eso me enrabiaba de celos en múltiples direcciones; y tercero, porque Oscar me usaba como confidente y nada más, lo que me disminuía aún más si cabe ante el espejo, dados mis complejos y a pesar de ser yo más alto que mi amigo. Es verdad que formaban una bonita pareja, pero el otro era un tonto redomado que ante cualquier avance del querubín quedaba noqueado, incapaz de pillar por completo sus oscuras (pero bien sencillas) intenciones. Cuando sacó algo en conclusión, oí sus comentarios fuera de lugar, preguntando a su alrededor, sin cautela si Oscar era maricón o qué le pasaba. Lo aireó todo aunque yo no lo quise oir. El seducido me cayó como el peor hijoputa del mundo. Niñato capaz de romper una situación tan curiosa con un halitósico cacareo de gallo herido en su virilidad. El interfecto me ponía mucho pero pronto se devaluó ante mis ojos. Lo encontraba repugnante, tal como él halló asquerosa, probablemente, una declaración de amor valiente, desnuda, a lo kamikaze. Ignoro en qué consistió el avance, aunque recuerdo que el pequeño nadador a la desesperada podía llegar a ser muy directo. Sin embargo, Oscar había quedado de aquélla abatido. Además del rechazo del ser que amaba, se le juntaba el nacimiento de la duda del grupo en torno a su anormal conducta. A la larga sería una señal de alerta de que había que andar con los pies de plomo en estas cuestiones de los sentimientos raros.
Oscar me fascinó durante mucho tiempo. Exactamente los diez meses que estuvimos juntos en clase. Los recreos que me concedía eran mi séptimo cielo. A él le dediqué, por supuesto, unas líneas ingenuas, cursilísimas, parrafadas para antiguas lectoras de Florita, en mi santoral 86 que aquí transcribo. Han pasado veintitres años de esto y aún me provocan leves regustines de un amorcillo platónico ído con el primer acné de los sagrados oficiantes de Puberilandia:

Santo Oscar, pequeña coqueta

Consagró toda su vida a la coquetería. Excitante, perverso, insinuante. Manifestó desde temprana edad su voluntad de dedicarse a tareas acuosas: inmersión, emersión, submarinismo. Encandiló por su olor a Heno de Pravia y su limpieza virginal. Enamorado de las caras blancas, sin excrementos de espinillas. Prefirió entregar su corazón a seres de su tamaño. Y con su insinuante e inocente sonrisita de niño bien, con su naricita pilla, con sus ojitos de querubín y con su caminar de asumido presumido me enamoró. Pero también enamoró a todos los que cayeron en sus redes. Santo Oscar que estás en los cielos, nunca te olvidará uno que te quiere. Coqueta que dañas el alma.Amor imposible del invierno del 86. Me llevaste el corazón, ratita presumida.

continuará mañana

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