28 octubre 2009

SEMANA ESPECIAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (1)

Mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988 (continuación de INFANCIAS VERDES)


Capítulo vigésimo cuarto


Carne ó caldeiro

Aparecía papá el viernes por la noche con unas ganas de tirarse en la cama hasta el lunes que no veas. Tras una semana laboral de autónomo hiper estresado emprendía la ruta de esos doscientos kilómetros que nos separaban. Fin de semana en familia, tomando el sol y poco más. Dos días se pasan volando. Los domingos por la mañana, según si hacíamos planes previos con los propietarios, nos íbamos a su finca. Hablo de mis tíos, o bien los de Oleiros (sí, mis primos Albertito y Dani) o a los más paisanos de Cambre (Silvina y cía). Yo de mal a mal prefería a los segundos. Me comprometían menos. No había chavalería de mi edad. Eran gente de campo. O, habría que puntualizar, de mar pues todos trabajaban en el muro (venta de pescado). Era un ambiente que no me resultaba tan hostil, nada enviciado como el de mis otros primines, su mujeriego padre y su demasiado progre mami. Además la finca de tía Silvina era enorme. Podía perderme en el riachuelo, conversar para mis adentros (incluso para mis afueras) bien a gusto, sin tener que pasarme las horas de la siesta encerrado en el coche mientras los otros no paraban de hablar, alargando hasta lo indecible el tradicional "café, copa y puro".
Sin embargo ahí estaba, ceremonial, siempre, la terrorífica hora de la comida. Juntarnos en una enorme mesa al aire libre hasta veinticinco personas, algunas ignotas para mí. Mi timidez enfermiza me obligaba a digerir los abundantes platos con enorme malestar. Y me terminaba odiando, incapaz de culpabilizar a nadie pues aquellos eran manjares deliciosos. Nunca he vuelto a comer unos cachelos, una carne ó caldeiro, unos bistecs adobados como los que preparaban las mujeres de la finca. Trabajaban con esmero, sin duda. Ahí radicaba el misterio. Cada una aportando su toque personal (y multirregional, pues había una andaluza y otra mañica) pero, ante todo, manejándose en equipo con la idea fija de que las cosas debían estar siempre en su punto.
Llegábamos al mediodia y Silvina y sus amigas ya estaban en esa faena. Mi madre dejaba en la mesa unos pastelitos comprados durante el trayecto y Silvina le decía con ese aire suyo tan poco sofisticado, tan de mujer del pueblo, que para qué nos habíamos molestado, si aqui había de sobra y que hartos nos íbamos a ir. Mientras tanto, los hombres hacían cosas propias de su sexo. Algunos se iban a pescar, otros a cortar hierba o a recoger patatas. Lo que tocase. Gente del mar que luego en secano procuraban mantenerlo todo productivo y fértil. La única persona de mi edad era mi prima Silvinita, que a veces estaba por allí y otras no. Jamás pregunté por nadie. Es más, rara vez abrí la boca por si a mi tía se le ocurría llenármela con una buena morcilla casera. Su obstinación para que me nutriese sólo se entiende desde mi extrema delgadez de entonces. Me vería anémico o parecido. También mi prima era una muchacha bastante delgada y, por ello, me caía muy bien. Me resultaba atractiva. Por su pelo largo, lacio y color rojo panocha, su rostro lleno de pecas, su piel blanquísima, lechosa, con algo de palidez lunar, su fragilidad Rosetti o Millais. Toda ella era una gran novedad. Y tan tímida como yo. Tanto que casi nunca coincidíamos en escena alguna por si acaso nuestras miradas se cruzaban. Ni recogiendo moras ni huyendo de algún diablo en forma de insecto a la orilla del río aquél. Pero eran horas de paz, de buscada soledad, que sólo se trastocaban durante la larguísima hora de la pitanza. Cuándo podría levantarme de la mesa sin parecer un maleducado era una incógnita. Prefería aguantar apretando los puños. Todo ese mundo adulto me resultaba tedioso, noble pero tedioso.
Una sobremesa de ese mes de julio del 85, acabados los postres, aconteció algo imprevisto y que de nuevo respondía en argumentos al reclamo de Eros. Un cuerpo espléndido, al principio no identificado, surgía de no sé qué divino cuadro renacentista. No era un camarero. Tampoco un animador con ínfulas de stripper para una despedida de solteras. Era el primo de mi prima, un jóven algo mayor que nosotros, agraciado en extremo, moreno de verde luna y con la suficiente labia como para encantar hasta a una serpiente. Estuvo sentado cerca mía todo el rato, me hubiera fijado si me hubiera atrevido a levantar la mirada como dios manda en alguna ocasión; por ejemplo, entre plato y plato. Se había levantado de la mesa el primero dispuesto a darse un chapuzón en la piscina. Lo cierto es que a este chico yo lo había visto muy poco esa mañana. Tal vez había llegado a última hora, rezagado del grupo por la resaca del sábado noche.
De este primo lejano controlaba su biografía incluso menos que la de Silvinita. Lo recuerdo en invierno, con bonitos ojos y no menos bonitos jerseys de lana de muchos colores y formas. Recuerdos fugaces en la cocina, compartiendo intimidades con ella y yo sobrando, como si en el fondo ambos viviesen su pequeño mundo de novios a la altura de un cuento de hadas prerrafaelitas mientras que mi papel era como mucho el del inocentón lector que abría su libro con ansias de que se me confesara tan atractiva historia de amor. Formaban una hermosa pareja. Pero muy diluida en mi pensamiento para que alcanzasen en mi apreciación veraniega rango de mito.
Y el mito, esta vez individualizado, dionisíaco, se consolidó aquella tarde de marras. Porque, de pronto, el jóven se destapó (en todos los sentidos) como un hermosísimo atleta. Mientras duró su baño, sesión de nado en la piscina que apenas divisaba nadie desde la mesa, ni la más mirona, dada la distancia, fue centro de los cuchicheos del grupo de mujeres. Hablaban de cortes de digestión pero lo que prevalecía era lo torito, lo fuerte como un roble que era el mancebo. Tales disquisiciones me empezaron a inquietar. Mi inquietud fue taquicardia cuando salió del agua y se vino donde nosotros con la chulería del que se lo ha pasado bomba sin ningún peligro físico. Sin embargo, el peligro físico para mí era aquel Tony Curtis. Es más, al que estuvo a punto de darle un corte de digestión fue al niño Betanzos, que aún tenía toda la comida en la boca, tal era la galanura, las prendas (poquísimas) del visitante. Nunca había visto un ejemplar de adolescente tan perfecto en el colmo de la desnudez. Si acaso en algunas esculturas de Fidias, que miren que llovió. Ataviado con un minúsculo slip de natación, lucía tan glamouroso que inmediatamente me provocó una congoja callada, congoja que no me ocurría desde la primera vez que ví a Warren Beatty en Esplendor en la yerba, en la tierna niñez. Venía chorreando, su piel morena lanzaba unos destellos por el reflejo del sol, como de purpurina, que acabaron por cegarme. Estaba rojo como un tomate, incapaz de bajar la mirada hasta el meollo de sus indecencias. Afortunadamente las mujeres, de actitud natural aunque achispada por los efluvios del Ribeiro, hacían balance sin cohibirse y aún les daba tiempo de encontrar peculiaridades. Por ejemplo, repararon en el pelo del jóven dios. Era cierto. Adonis había ido a la peluquería y mostraba gallardo una pelambrera rizada sólo entendible al haberse entregado al arte de la permanente en frío. Qué escándalo, que osadía. Tan viril y recurriendo al unisex. ¿Era acaso una premonición del hombre Beckham del siglo 21?. Es posible que lo hubiera copiado de alguna teleserie o de algún jugador de fútbol que lo hubiese puesto de moda entre los lectores del Marca. Sólo sé que a él le sentaba de maravilla. Que era un angelote Lenzi en la edad del pavo. Que sus bucles iguales a los de Johnny Sheffield cuando se llamaba Bomba, el chico de la jungla. Que yo en el fondo me había enamorado de este expatriado de las Olimpiadas de Los Angeles y que no aportaban gran cosa los cotorreos de aquellas hacendosas Aldonzas que no me ofrendase en 3d la madre naturaleza en forma de genuino tritón. Todo lo más, sería bienvenida la comentarista deportiva Paloma del Río, profesional en lo suyo y de una picardía deliciosa en tanto que había en ella una sexualidad latente que enriquecía sus retransmisiones. El bello e imposible no le tenía nada que envidiar al Maxwell Caufield de Los Colby o al Bobby de Dallas. Estos pipiolos habitualmente practicaban el beefcake en sus respectivas piscinas de culebrón con la constancia de quien se quiere relanzar como producto para consumo femenino. Carne de Playgirl. Y para otras sensibilidades.
Bajando al terruño, sin Olimpos que me excusasen, la realidad es que el impacto del aldeano Venerandito de mi preadolescencia, hacía tres años, reaparecía para mi dolorosa dicha. El sustituto de aquél tampoco duró gran cosa. Fue un episodio piloto (para integrados), un espejismo pictórico de estilo naturalista (para apocalípticos). O, tal vez, el recordatorio bien directo de que en los pueblos, la materia prima siempre es de primera calidad, incluso superior a la de las capitales, invadidas por la aséptica moda ochentera del gym cura- estrés y el fitness suburbial.



continuará mañana

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