27 octubre 2009

SEMANA ESPECIAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (1)

Mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988 (continuación de INFANCIAS VERDES)


Capítulo vigésimo tercero


La radio no cierra por vacaciones
No se me borró por meses el feliz encuentro pasado con los magos de Radio 3. Era julio en La Coruña cuando me propuse idear un guión de programa de radio alucinante. En el piso de la playa, con la enorme máquina de escribir, salvada de la ruina / suspensión de pagos, y un buen fajo de folios, fuí pergeñando los contenidos de mi flamante proyecto. ¿Disponía de tanta imaginación como para ser original?. No, ni mucho menos. Pero me había traído en una cajita docenas de tiras del periódico El País, donde aparecían las parrillas de programación de su emisora. Además contaba con unos cuantos Tele Radios y, desde luego, con esos picoteos absolutos que me proporcionaba la televisión de entonces gracias a espacios innovadores como Tablón de anuncios, Pop qué y La edad de oro. Docenas de nombres en mi cabeza se mataban por que les adjudicase tal o cuál sección. Iba a parir desde la fantasía un super bombazo rompe audiencias. La créme de la créme de la modernidad me lo estaba pidiendo a gritos. No me lo creerán pero ese mes llené casí 200 folios equivalentes a un año de emisiones. Figuraban en ellos todos los debates con sus invitados, las entrevistas pormenorizadas, los folletines capítulo a capítulo (en breve sinopsis). Lo que más me engatusaba era la preponderancia dada a las unidades móviles, al juego constante con las gentes de Madrid (sería un programa para y por los madrileños, pero de cobertura nacional) en sus calles y plazas, desde las tascas y colmaos. Luis Mario Quintana, Patricia Godes y Moncho Alpuente de cuchipanda mañanera rompiendo discos de Queen en la Puerta del Sol. La Romántica Banda Local confesando algo que ya sabíamos: que no les gusta el rock y las Vainicas, desde Casa Lucio, que les encantaban los huevos del buen chef. Jorge de Ilegales dándose de hostias pugilísticas con Loquillo en un gimnasio para amantes del box parecido a un antro serie noir mientras Urrutia y Haro Ibars, desde las Ventas, retransmitían con emoción castiza la última espantá del mítico Curro Romero. En el estudio, con Salvador Valdés, Cristina Peri Rossi y Matías Antolín de tertulia patafísica disfrazados de mesas camilla de Ruiz de la Prada. Silvestre, el gran Wyoming y Poch de refriega en el rastro pujando por una guitarra de los Sirex. Luis Pastor tocando en el metro mientras Arrabal, a su lado, de lazarillo, se desnudaba en una sarta de poemas de alto contenido pornográfico. Y asi un largo etcétera frondoso y florido, que para eso teníamos a Barceló que lo pintaba todo de azul cielo y a Ouka Lele que las avenidas sobrantes las coloreaba en preciosos tonos pastel. Poco me importaba que sus personalidades fuesen diferentes, que congeniasen o no dentro de aquel cocidito ilustre que para mí venía siendo el mundillo recoleto del Madrid de la cadena del báter y el fanzine. Aquello era la quintaesencia de la radio que yo querría oir. La radio desvergonzada, loca como un cencerro, cultureta y muy ácrata.
Con tantos proyectos en run run ya sólo era cuestión de ponerme manos a la obra. La pasión me vino por descontada. Todo salía a chorro. ¿A qué estilo literario pertenecía aquello?. Al periodístico, quizá. Pero no el que estilaban Tom Wolfe, Umbral y Capote. Sino al del anónimo currante de la redacción, cuya labor diaria, sacrificada y poco agradecida consistía en cubrir las penúltimas páginas de la prensa. Lo más parecido al encargado de las esquelas o las secciones de contactos, si no era el mismo. Insustituibles en el medio, como sabrán, pero minusvaloradísimos con respecto al autor de una editorial o al director que tiene la última palabra en portadas. Para mí era el proyecto de fín de carrera: el trabajo adelantado para el próximo otoño, si es que se producía una llamada repentina en agosto de Ferreras o superior con el ánimo de que les ofreciese un buen proyecto personal. Y lo tenía. Era evidente. El equivalente en radio de cualquier colossal de Cecil B. DeMille.
Tras desglosar doscientos y pico menús mañaneros cogí unos folios más grandes y en ellos apunté el número de secciones. Subían a un total de cien. Un par de líneas explicaban el contenido de cada una. Llené otros tres folios. Luego los grapé y dí la tarea por lista. El programa, tan nervioso como yo, iba cambiando de título según el trimestre. De Tiempos nuevos pasó a llamarse Jóvenes airados. Me gustaba más el segundo, lo encontraba más original.
Lo mejor de todo es que aquel malgaste de tiempo no me impedía cumplir con otros compromisos lúdicos que el verano coruñés me traía irremisiblemente año tras año. El aprovechamiento de los minutos era indispensable, aunque también recuerdo el paso de las horas tumbado a la bartola, a pleno sol o a la sombra de unos pinos, rascándome el costillar o sacándome pelotillas del ombligo. Se sobreentiende, viendo mis antecedentes, que mientras el cuerpo se abandonaba a la pereza de las siestas y sus sensaciones únicas, la mente no paraba de bullir ideas.
También me entretuve como televidente. Ese verano de 1985 fue el de la inauguración del canal autonómico gallego. El día de Santiago Apostol. Tarde-noche que viví con verdadera ilusión. El poder contar con un canal más era de aquella un bien del cielo. Llevábamos toda la vida de bipolaridades. Este sería integramente hablado en gallego, claro. Yo sabía que los catalanes y vascos se nos habían adelantado (como en todo) y podía sospechar, pues estaba al tanto de sus programas, cuales serían las películas y series de las que se nutriría la nuestra (por afinidad comercial). Fue la más ansiada la serie Dallas, de la que se prometían un montón de episodios inéditos, justo a partir de donde la dejó TVE, o sea, a partir del fatídico momento del atentado a J.R. Este iba a ser el plato fuerte de la noche del 25, previo a los fuegos artificiales en la plaza del Obradoiro. Sin embargo el choque idiomático resultó en casa una total decepción, pues el idioma era considerado un dialecto. Mamá, además, no se acordaba de que J.R se había quedado tumbado. Yo, sí... pues J.R. era Maciste. Pero el doblaje nos sentó como un tiro, el mismo que derrumbó al texano del peluquín. Terminamos con la idea amorfa de que los Ewing eran una familia de narcos de la ría de Arousa o algo parecido. Y eso que la escuela de doblaje gallega siempre ha sido excepcional. Cuestión de habituarse. En lo que no reparamos fue en el primer rostro que se asomó a la pantalla de la TV de Galicia: un chiquitajo rubio, cuarentón de poco pelo y cara simpática que respondía al nombre de Jose Ramón Gayoso, uno de los personajes más señeros de este pobrecito canal y responsable del terrible Luar, show musical del viernes noche de tanta longevidad que padece a estas alturas de demencia senil. De hecho, aún sigue con sus Fangorias y Boney M, sus Sabelas y Ana Kiros, sus chistosos y sus gaiteiros, sus Pantojas y sus Bertínes... Un milagro cocoonista gracias al respaldo de una audiencia rural muy mayor que no puede pasar sin su ración de gayosidades, de igual manera que tampoco puede hacerlo de la sopita en la cena, la misa de doce o el lacón con grelos los domingos de invierno. Pero en el 85, Gayoso aún no era una amenaza. Era tan sólo expectación.

¿Para cuándo cisne?
Seguía sin arriesgarme a pisar a fondo en el terreno del ligue en la Coruña. Tenía miedo de hacerlo desde un local de ambiente, lugar donde se desarrollan más a menudo los desfloramientos homosexuales. Me resistía a perder una virginidad frágil como las mejores cosas que hay en la vida. Me bastaba con mis fantasías subidas de tono, después de mucho mirar y escuchar, culminando las tensiones con pajas diarias. Benditos minutos. Cuanta más excitación venía acumulando a lo largo de la jornada, más intenso el orgasmo que me esperaba. Recuerdo como una escabrosidad muy rica mi obsesiva atracción por "sufrir" un atentado sexual a la hora (nocturna) de bajar la basura al contenedor. Me quitaba el calzoncillo y, con mi pijamita ceñido a la piel o aquél otro que se me medio bajaba por el culo al agacharme, montaba en el ascensor toqueteándome para que el impacto de mi pene en erección no dejase lugar a dudas al transeúnte ocasional de mi predisposición. Soñaba con el asalto de cualquier borracho de mal corazón, de un gitano de regreso a la chabola cargado de ferralla o de un vulgar ratero yonqui de los que habían echado por cierre del parque de Santa Margarita con ganas de dar caña a algún menorcillo. Me veía arrinconado, ultrajado en una esquina del portal, con los pantalones en los tobillos por el ajetreo, mientras con una navaja al cuello el desalmado me cacheaba los testículos y el orificio anal. Luego, con ojos de perdido, me daba un brutal empujón antes de irse malhadado al no haberme encontrado objeto empeñable en el Monte de Piedad. Esto nunca acontecía. Pero a mi me bastaba como burda sinopsis para mi paja posterior.
Antes de retomar el ascensor de vuelta a casa subía hasta el entresuelo. Eran oficinas por el día, de noche yo estaba allí seguro. Me tumbaba boca abajo sobre el suelo frotándome contra la baldosa hasta el punto de eyaculación. Me parece que siempre me reprimí de dejar mi semen allí. No buscaba el riesgo tonto. De dejar mis huellas que fueran acompañadas de las de un titán, pensaba.
Tenue exhibicionismo, confesión de pecadillos. Poco a poco creyéndome un jóven dios, ya que nadie parecía tenerme en cuenta. Posiblemente cualquier loca de retrete estaría deseosa de desvirgarme, pero eso no era lo que quería. Quería que lo hiciese alguien del mundo real, como un antihéroe neorrealista, por ejemplo. Prefería a cualquier quinqui pasoliniano con acento del Friuli antes que a un adefesio que se creyera Lola Puñales en la intimidad.
Y suddenly last summer.... Hubo una tarde en la que yo sentado en la enorme cancha de baloncesto del parque de Santa Margarita presenciaba atento la evolución muscular de unos chavales que jugaban en el centro de la pista. Juro que estaba estático: absorto en sus cuerpos, es posible, pero sin amaneramientos de ningún tipo que hiciesen sospechar a nadie mi deleite por lo que estaba mirando. Confiaba en la discrección de unas gafas negras. El caso es que unas cuantas gradas más abajo había una pandilla de muchachos de edades comprendidas entre los 18 y los 20 años. Comían pipas y gritaban sin reparo. Debían ser amigos de los otros. Eran todos pijales, apetecibles, insolentes. Uno de ellos reparó en mí, no se qué debió decirles a los compañeros que se reían por lo bajinis. Procuré no perder la compostura y seguí a lo mío. Evoluciones de glúteos y huevos, básicamente; ensimismamiento ante un cuello buey, un rostro aniñado, unos pectorales definidos (sin alharacas), unos muslos bien torneados o unas espaldas de anchura perfecta. O sea, lo normal: como estaba comiendo que no se me molestase. Luego de unos segundos, el de antes me volvió a mirar. Esta vez me dijo algo a mí, sin gritos pero directo. Sus ojos eran de enfermedad del sexo. Sus palabras no se me han olvidado todavía: Vente para acá, morenito y chúpanos la polla. Ni que decir tiene que aquello me sublevó, me sonaba a piropo pero me sublevó. Me giré la cabeza escuchando más risitas timidas durante unos segundos y me fui de allí al cabo de poco rato. Tal vez actué mal, porque una situación de éstas jamás se repitió en mi vida. Tal vez no. Tal vez lo que prime ahora sea analizar las situaciones con una perspectiva adecuada al tiempo en que sucedieron. Entonces, simplemente, me encontraba aturdido, como la Cinquetti cuando cantaba aquello que ganó en Eurovision '64, con algo de verguenza diurna, siempre delatora de nuestros sentimientos más ocultos, confundiendo a sátiros que ofrecían y requerían placer con ladronzuelos de poca monta. Esa noche me corrí pensando en sus bultos, en sus curvas deportivas, en el timbre de voz, en la cadencia poética de una frase punk, en su insolente malicia, en lo que pudo haber sido y no fue. Y justo al eyacular aparecía yo, embellecido por primera vez en mis sueños, como un sex symbol capaz de levantar pasiones anómalas en lugares tan poco propicios para el ligoteo homosexual (era un parque para familias). Desde esa tarde dejé muy lentamente de sentirme el patito feo del cuento, el niño triste y gris. Pero seguía intacto; o sea, disconforme, deseando que me jodiese alguien guay de una puta vez. Acaso necesitaba pillar un poco más de moreno de Riazor para que se produjese la tan ansiada profanación del duro de roer niño Betanzos.

continuará mañana

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