26 octubre 2009

SEMANA ESPECIAL AQUELLOS JUNCOS SALVAJES (1)

Mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988


Capítulo vigésimo segundo


Desoladoras ondas capitalinas

La cuarta evaluación había dejado la friolera de siete suspensos y la nota del tutor dentro de mi agenda académica donde clamaba finamente un escueto "Las mismas de la evaluación anterior". El hombre, como quiera que se llamase, era clemente, en el fondo. Porque, si bien es verdad que eran las mismas, a todas ellas se les sumaba Lengua gallega (pasaba de un suficiente a un insuficiente). Terrorífico. Nada auguraba que fuese a acabar bien segundo de bachillerato. Además, aún mantenía colgadas dos asignaturas de primero (matemáticas y ciencias naturales). Las tareas se me acumulaban en la recta final y no daba pie con bola. Era incapaz de ponerme al mismo nivel ya no digo de los chapones oficiales sino del más mediocre del conjunto, el autoasumido mediocre, el exultante mediocre que comparado conmigo era una estrella polifacética digna de un reality a lo Gran Hermano. Desde mi discrección era peor que Máximo pues el espacio que ocupaba en el aula era menos importante que el cubo de la basura. Al menos este cumplía su función: ser canasta, isla rodeada de papeles, escupidera ocasional. A mi ni para escupirme en la cara. Mis amigos renqueaban pero se iban defendiendo en todo. No me explicaba cómo podían encontrar espacio para el estudio, puesto que yo en casa apenas encontraba minutos, tan ocupado estaba con mis mundos paralelos y la televisión de todos (los españoles). Esto me amargaba lo indecible. Sacaba la conclusión que ni siquiera en la burrez se me era fiel. Ortiz, Carlos o Mario eran unos falsos muy listos, pragmáticos y eficientes hijos de papá. Ahora no lo puedo asegurar pero es más que probable que todos ya supiesen a qué carrera destinar su futuro en un par de años. Y todas universitarias. Era cuando me sentía más solo que la una.
Llegaba junio y volvía al suplicio. Mi habitación era la prisión. Cerraba las carpetas y libros y encendía la radio. Sonaba Tiempos modernos y ya era otro. Qué respiradero para un crío malcriado, que inspiración para un hueco aprendiz de enfant terrible. Cuánto jolgorio había en Madrid, a pesar de la posmodernidad, del cierre de Rock Ola, de los años que no pasan en balde para el pop español. Y yo aqui metido, sin más consuelo que un dial inmóvil en un punto concreto. Las radios locales me habían dejado de suministrar el oxígeno que tanto necesitaba. La Fm de mi ciudad la acaparaba en audiencias un ser aberrante, un esperpento gritón, de voz postiza y mascachicle, como de pijo veinteañero super diyei ochentas, que había conseguido desde el populacherismo teen convertirse en un fenómeno de masas acnéicas a nivel interior. Hablo del demencial Vidal López (ustedes no tienen porqué conocerlo aunque les advierto que en nuestro país hay de estos a puñados) y su programa de dedicatorias, fórmula infalible en provincias, fórmula que no admite mayores innovaciones ni quebraderos de cabeza. El locutor impersonal con vocación de alcahuete enrolladito al servicio de la muchachada del insti. Coletas y mechitas que a la hora de comer se ponían locas a llamar a la emisora para solicitarle horrísonos Max Mix en busca de un ligoteo tan práctico y perdurable como un tampax. Asi se liga en heterolandia desde temprana edad. No era mi mundo aquél, por tantas razones...
Hubo un tiempo que no se hablaba más que de aquel programa de mis tormentos. Y Vidal se hizo un nombre. Para mí suponía la radio más carca del mundo. Sólo se enmendó una temporada larga, ya en los años noventa, intentando dar cabida en su "taller de música" a los nuevos valores pop/ rock de mi ciudad. Pero, sinceramente, tanto esfuerzo no merecía la pena. Mi ciudad sólo dará criaturas del folk, del heavy (que para eso tenemos a Los Suaves), del trash metal y nada más (lo comentaba años después con Emilio José, de Apeirón, y aunque él ya pertenecía a una generación posterior a la mía, era intercambiable su sentido de la desesperanza ante este desierto creativo). Oasis sonoros como Cosecha Roja no serían ejemplo de nada, simplemente despuntaron para una minoría navegando contracorriente, con la erudición musical por bandera y el buen gusto como marca de fábrica. En cuanto a la última máscara de mi odiado Vidal López, hombrecillo vinculado al PP, lameculos del concejal de cultura de turno, ha sido a partes iguales la de animador de fiestas locales, presentador de reivs del jaus en la plaza mayor (con su tonillo superguay del paraguay), seudo Abellán rodeado de efebos y, a día de hoy, gigoló de aspecto amariconao (que para eso se ha currado el mundo de la noche más tesno) para marujas laboriosas. No ha podido culminar mejor este listillo tan prosáica trayectoria. Estaba cantado (en su caso, voceado). A un veinteañero tan poco rebelde las puertas de la derechona le estarían bien abiertas llegados los cuarenta (cuando uno se ha asentado en el medio episcopal y el ayuntamiento es de quien es). Pero, sin politizar, el mismo se explica: si es que esta ciudad no dá para más. Alguien debía cumplir su función de entretener a los paisanos, sin competencias ni rivales cojoneros. Qué lejanos los tiempos del No pillo vena, las inciativas del Bosco, las del unidimensional pero tan reconfortante Charly Suaves con su decisivo programa nocturno El lobo urbano (él fue quien me dio la oportunidad de ponerme ante un micrófono y retransmitir la revolución rosa). Lobos urbanos que, en realidad, eran cuatro gatos pardos mal contados.

La llegada de la troupe
Radio 3 era el mejor sitio para encontrar diferentes, a falta de radios libres, a falta de todo. Y Radio 3 preparaba una semana viajera por tierras gallegas. Y hasta aqui llegó Ferreras, un jueves luminoso de primavera inolvidable. No tengo ni idea porqué no me presenté a primera hora en el lugar de retransmisión. Creo que me había quedado en la cama buscando un guiño, un aviso, un algo. Me vestí y salí pitando a casa de Mario, aún rezagado en sus labores de toilette. No me atrevía a irme solo a presenciar en directo el programa. Pensamos en llevar nuestro fiel radio casette para hacer unos montajes con los profesionales de verdad pero esto, antes de cerrar la puerta de su casa, se nos terminó antojando una soberana majadería. Qué no tendrían ellos, que para algo Radio 3 era una radio nacional de todas las Españas ¡desde la lejana posguerra!.
Aparecimos de incógnito en el recinto: una sala mal iluminada, medio vacía, con público de treinteañeros de ambos sexos que atendían distraídamente las evoluciones dialécticas de unos conferenciantes que no eran otros que Ferreras, Javier Rioyo y un par de invitados más (invitados que no reconocí pero que probablemente formarían parte de la intellingentsia de mi ciudad en ese momento, pasados los bohemios tiempos de los artistiñas). Entre el público me percaté de que sonreía el director de mi sala de cine favorita. Y me fijaba en Ferreras. Entonces ya era un manojo de nervios. Mi ídolo allí, dios mío, que chiquitajo que se le veía. Pero agudo como una liebre, medio agazapado en un infernal marasmo de cables, con unos auriculares buenos de verdad y ese look de moda Madrid me mata que a él desde luego le mataba. Pero qué importaba eso si dominaba el verbo, sabiamente pautado por su fiel Rioyo. Miraba al reloj de vez en cuando. Encima de una canción preguntaba a su equipo si había venido alguien. Malhumorado al no encontrar respuesta rastreaba con la mirada entre las gradas.
Pronto me dí cuenta de que me estaba buscando a mí. Desde hacía tres horas. Me sonrió (era el único menor, Mario aparte) y me dijo que viniese pero YA, que me había estado llamando a casa. Me agarré a Mario. Pero Mario en seguida me soltó. Nadie me recibió con aplausos porque yo era una incógnita. Entonces, entre palmoteos y murmullos me senté a la derecha del Padre. La canción se desvaneció y Manolo se dirigió a mi, mientras yo luchaba con unos cascos que de vez en cuando vomitaban a mis tímpanos la voz de sobra conocida de Poblet. Con la expectación total de que soltase algo gracioso. No recuerdo mi intervención como graciosa. Fue patética, lo venía siendo desde las últimas llamadas al contestador. No sé qué coño le dije a Poblet con marcado acento de la jungla del grelo que se escojonó sobre los pitidos horarios de las doce del mediodia. Todo había rematado, mientras yo seguía mi proceso de degradación. Sinceramente, sin saber contar chistes estaba desviando el total interés de la región gallega hacia Vigo (Reixa y cía.) y, un poco menos, a La Coruña. Rioyo me sonrió efusivo. Todos se preparaban para marcharse con la música a otra parte. Hubo personas que se me acercaban y me daban la mano. Debían ser la cultura de la provincia en su estado más fresco y transgresor. Una agraciada señorita me soltó un: Ah, pero entonces ¿tú eras aquél?. Y yo: Si, era yo todo el rato. Y ella: ¿Sabes?, aunque tus llamadas parecían una tontería en el fondo tenían un mensaje. Y yo: Lo tienen, claro. Cómo no la van a tener. Son mensajes en el contestador. El medio es el mensaje. Soy el mensajero de la muerte. No, ahora en serio, son imbecilidades con mucho sentido.
Pero a mi lo que me importaba en eses momentos no era el halago fácil sino la invitación de Ferreras de que me fuese con él, de que empacara mis cuatro cosas en la roulotte, de que me arrancase de este tormento de una vida familiar desastrosa, de un colegio oprimente y que amenazaba con llevarme a la locura menos productiva. Pero Ferre estaba con éste y con el otro, con mil cosas a la vez. Volví a Mario, oculto en un despacho de la planta baja, robando nosequé historias. Me advirtió que regresara con el grupo. A mi el grupo ya me daba igual. Quería compartir con mi amigo nuevas aventuras de niño malo. En el fondo, ya no nos veíamos tanto desde que se cambió al instituto, sabía que tenía nuevos cómplices, que había empezado a fumar, que yo ya había pasado a un papel secundario en su vida. Cogió unos cuantos bolígrafos y libretas y se largó del edificio. Me fuí detrás. Abandoné a la troupe sin la conciencia de haber sido mascota para un maestro de ceremonias que deja de reparar en mí no bien consigue sus fines. Dejaba atrás aquello de Madrid y volvía a la pota casera, al tedio, a la terrible culminación de un curso con más puntos rojos que una carita picaíta de viruela.

En la jaula oyendo bombas de palenque
Por la tarde en clase de física y química le radié las mejores jugadas a Ortiz. El Chafallas, profe progre, de lo mejorcito, nos lanzó un par de miradas asesinas que fulminaron mi excitación por lo acontecido horas antes. Pero incluso esa mirada iba a ser luego, tras el sonrojo y en el cambio de clase, motivo de nuestras risitas malévolas. Eramos tremendos, éramos crueles, nada ni nadie se libraban de nuestra mofa y escarnio. Con Lisardo, gran muchacho, nos cebábamos con sus marcas imposibles de pantalones vaqueros. Con el apocado Torres, nos explayábamos tan a gusto con su penosa relación con el timorato Darío. Despellejábamos vivo al crío poco deportista que, paradójicamente, siempre venía en chándal al colegio. Y no digamos los de pueblo que por serlo los encontrábamos desubicados en nuestra aula (los curas practicaban un tipo de segregacionismo bien sutil, separando a estos hijos de la emigración y lo rural en la aula B con la disculpa de haber elegido, por propia voluntad o a la fuerza, el idioma francés) o el hijo de la limpiadora, noblote pero muy asilvestrado y que tanto juego nos daba cada vez que habría la bocaza en clase de inglés. Nuestras sangrías las cometíamos a lo zorrito, pues si aquello fuese escuchado por el cándido Abner, por ejemplo, no dudo que hubiésemos a la primera de cambio acabado muy mal parados y con los dientes desperdigados por el patio del centro de un puñetazo. Incluso una persona de mi círculo más allegado como Carlos no se libró de las chanzas, por su manera parsimoniosa de caminar del pupitre al encerado.
Con estos entretenimientos llegó el final del curso. Me entregaron las notas. Había cargado seis asignaturas. Era imposible aprobar en septiembre por lo menos cuatro para poder pasar a tercero.
Sin pensar en las consecuencias que iba a dejarme todo aquello, me volví a evadir con la semana del Corpus. Vinieron a las fiestas La Unión (Rafa Sanchez en el máximo esplendor de su belleza) y Ole Olé (con una a punto de marcharse Viky Larraz). Durante aquellas noches de verano, con el jolgorio de las tómbolas y las atracciones, con el gentío bullicioso, el olor a polvora y garrapiñada y la esperanza de encontrar a algún muchacho tan herido como yo que me dejase acariciarle en la penumbra de un callejón, lucí mis mejores galas de quinceañero (prácticamente ropa apretada y sin gayumbos) que no eran otras que el uniforme de todo aventurero sentimental y desarraigado que vaga por tierras ignotas. Sin embargo nunca me pasó nada emocionante, nunca me asaltó ninguna fiera ni me tocó la chochona en una rifa, salvo mis aprovechamentos en las aglomeraciones o la propia visión de mis ídolos del pop con su actuación estelar. Es una lástima que perdiesen tanto algunos de ellos en los conciertos. No me preocupaba tanto el sonido como la tontería de muchos de sus líderes, jaleándonos como si fuésemos gilipollas a cantar por ellos o adoptando posturitas mesiánicas que a mi me provocaban rechazo en tanto que las asimilaba a muchos figurones del rock casposo. De esas fiestas del 85 sólo guardo el recuerdo de lo mal vestida que vino la divina Viky y de la atención especial que le reservé a su no menos divino batería, Juan Tarodo, al que consideraba por entonces como un auténtico adonis de la posmodernidad, modelo ideal para posar algo de Manuel Piña en cualquier extra de La Luna de Madrid. Ocupaba la esquina derecha del escenario callejero, tocaba tan graciosamente aquella bateria electrónica, su pelo era tan corto, su cara tan aniñada que me embelesó durante los bises del Voy a mil. El iba a más. Detrás de un árbol, me pajeé a su salud sin ser correspondido por el formidable músico tan siquiera con un leve vistazo de reojo. Llevaba el ritmo con la cabeza, muy mecanizado y no estuvo de ser. Creo que venía drogado del Foro. Yo sólo había tomado Burmarflash.


continuará mañana

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