21 octubre 2009

Macisterotique


* Está la cosa muy parada. Al menos de una semana a esta parte. Cambio radical de temperaturas y uno se pone muy apático. Piensa en su salud y se desespera porque la doctora le aconseja que prorrogue los análisis cuanto más tiempo mejor. Estoy deseando salir de esta historia y debo renunciar, pues, a algunos ligues sobre los que pende la sombra de una duda. El porno ya no me afecta tampoco. Ni squiera me ilusiono con lo que veo por la calle, porque cuando uno está así les aseguro que no ve nada interesante por lo que suspirar y/o perseguir.

* No me mato por el osito veinteañero, un rapazuelo bien opíparo, de cándida faz, de pene torcido, con el que compartí media docena de encuentros locos en el pasado reciente. Me desilusionó que se fuese aquel día con la horrible maricona vieja y calva de los demonios, la que suele buscar cualquier homeless de parque, alcoholizado y tirado en los bancos, vaya a saber usted para qué fines destructivos.
El osito me pone pero lo he rechazado un par de veces. La última no. Probé el morbo de los espacios públicos a pleno sol. En el jardinillo de marras, ahora semioculto por unas obras de reparación. Me la saqué delante de él y comenzé a masturbarme. Esto le cortó bastante. Se refugió detrás del vestuario de los obreros enseñándomela unos segundos. No entendí el motivo de tanta cautela, habida cuenta que en una ocasión se pajeó escandalosamente en los aparcamientos con cámaras de vigilancia ante mi pasmo total. Sería que ahora no había techos que nos ampararan y podíamos ser vistos en cualquier momento por los vecinos de los edificios próximos o de cualquier viandante que entrase en el hueco que comunicaba con el parquecito. Le propuse ir a unas galerías estrafalarias. No le gustó el sitio. Asi que le dí el adios, muy buenas. Uno es lo bastante mayor ya para imponer sus normas y si no son aceptadas dejar al otro a la luna de Valencia, como indicando que hay que madurar más para gozar de mis bondades (podría ser su padre guapo).

* Esto del jardincillo de esta guisa ha supuesto un buen aliciente para ir recobrando poco a poco mis pequeños escándalos personales, los que me alejan de la rutina de los sitios comunes. Fue con un amigo, una carroza gentil y cariñosa que ha acabado por engatusarme (tal vez a falta de pan fresco, bueno es el duro recalentado). Tiene manos de oro. Me pajeó el culo en un banco, luego se levantó y sacó la miñoca. Se la chupé un rato, tan calientes íbamos. Llegó un momento en que tuvimos que pisar el freno, porque era capaz de endiñármela allí. No es que surgiese ningún mirón. Pero, al punto, aparecieron artistas invitados. Estábamos tranquilos cuando se nos acercó un fulano enorme, con pinta de turco con bigote, muy moreno. Pero es rumano. Su saludo fue llevarse la mano a la entrepierna, su herramienta era demonio de grandes dimensiones. Se sentó en el banco de enfrente cincelando con las yemas de los dedos su aparato del dinero. Mi amigo se puso tenso, reaccionó largándose. Fue cuando me fijé en lo del parvenue con tal intensidad que en un instante ya lo tenía sentado junto a mí. Le repetí (pues no era la primera vez que me abordaba esa semana) que andaba sin blanca. No había problema. Si no tenía, pues no pasaba nada. Me cogió la mano y la posó en su paquete. Estaba muy duro aquello, si señor. La sacó. Espléndido cipote, muy gordo, el resto en consonacia. No era de esos penes desgarbados. Mi erección seguía molestándome, asi que cambié de postura y me incliné hacia delante, justo hasta colocar mi boca en todo su tesoro. Se la comí con ganas. Usé mi lengua. Mi estilo en su máximo nivel de intensidad. Fueron unos segundos de pérdida del sentido de la ley urbana y la moral pública. Luego le miré a los ojos, los tenía vidriosos, al borde de la lágrima. Me invitó a ir a un lugar cerrado pero me negué. Mi amigo vigilaba a pocos metros. Asi que planté al fulano y me fui con el jubilado. Sé que no fue una opción coherente pero no tenía ganas de comprometerme con nadie cuyo máximo interés sea si tiene el felador dinero o no en la cartera.
Con el otro en casa las cosas no fueron tan mal como suelen. Uno con poca polla, que para endurecerla debe oprimir con fuerza desde abajo para que permanezca la sangre en su sitio (lo que se entiende como mantenerla morcillona a la desesperada) y haga algo de juego, no es el mejor partido para culminar un polvo de locura. Me pregunto qué coño es eso. De hecho me cuesta trabajo recordar un polvazo desde el mes de septiembre.

* Y en septiembre claro que lo hubo. Con un muchacho jóven, brioso, fuerte y noble. No es el brasileño, que dicen que está de vacaciones en su país por un mes, pero ya van casi dos y no se le ve el plumero (que no lo tiene, todo sea dicho). El muchacho al que me refiero se llama Jose y es el scatyolista. Debería empezar a plantearme dejar de llamarlo así, porque nuestros encuentros son siempre ultrahigiénicos. Fue un momento de mi vida en el que coincidieron los tres Joses de marras y había que diferenciarlos de alguna manera. El chapero era uno, otro era el del pueblo (que también se dedica a la escayola) y éste último. Al del pueblo, con el que mantuve una relación muy especial, probablemente la más heterosexual que haya tenido jamás, lo he vuelto a ver por la calle. Nos miramos sin saludarnos. Estaba yo más pendiente de su compañia aunque no dudo que el mozo fisicamente me llame la atención pues ha mejorado una barbaridad (la suspensión del tratamiento le ha desinflado). Iba con media docena de tías. Sus primas, supongo. Dice que tiene novia pero creo que eso fue un camelo. El iba de comparsa, en primera fila. Se había doblegado/domesticado (falso que fue) ante la mujer y los convencionalismos de una vida hecha de apariencias. Por un lado me alegró verle tan bien acompañado, porque el mejor amigo de los gays espirituales son ellas y en un buen lote. Pero también me pareció un miserable, porque el ritmo con el que caminaban era el de paseo: conmigo el fulano iba a cien por hora, como un corredor de fondo, como avergonzado de mi, pero quien terminaba normalmente avergonzado era el menda pues hubo hombres que doblaban la mirada para recoger sus movimientos impúdicos de jamones y el que captaba los posteriores comentarios era el que iba retrasado (comentarios acompañados de risitas malévolas que despertaban ese mi otro defecto innato: el de los celos).
Estamos con el scatyolista, tío macho, de una vez, casado y con niño. Gran follador, laureado masturbador anal, futbolista de barrio que conserva en la mirada un candor algo perverso, toro de la Tigra o Theguysite.com. Aún no había probado la nueva cama y nos metimos en ella. Todo bien al principio. Puse como única norma que le dejaba que me follase sin preservativo a cambio de que se corriese fuera de mi. Cuando estábamos en lo mejor, encima del colchón, yo a cuatro patas y el detrás dándome buenas réplicas ocurrió el desastre. Se hundió la cama. Lo gracioso es que el fulano seguía dándole y dándole pese al crack. Asi que le puse el freno. Al menos reirnos, que el Titanic se vino abajo, ¿no?... Me ayudó a colocarlo todo. El problema no es el somier sino haber conservado el armazón de madera que ya está hecho una fosfatina. Reanudamos nuestros compromisos y acabó a las mil maravillas el asunto carnal. Por hacer un exceso, le rechupeteé el capullo para recoger unas gotas de semen que aún quedaban rezagadas y que, por supuesto, no alcanzaron a posarse en mi espalda y nalgas, como sí habían hecho sus compañeras. Un gran muchacho. Pero demasiado fugaz.

* Luego entré en esa fase de inapetencias. No sin antes despedirme de mis sesiones díldicas en las galerías de los espejos. Un domingo por la tarde fui cachado por un pavito mientras estaba pasándolo bomba con el juguetito (Tobías). Al verlo a cien por hora, tomé las de Villadiego. Ahora que lo pienso, me debí perder un buen asunto, porque si es otro el intruso hubiera frenado y dado la vuelta. Este no. Venía directo, sin aminorar la marcha. O bien era un yonqui o un cachondo sin más (o las dos cosas). No lo quise averiguar.

*Esta primera quincena de mes tomó vacaciones Fredy, el tipo salvadoreño que trabaja, come y duerme en el Obispado, o en la casa de los curitas, o como coño se llame esa cárcel rectoral. Me venía avisando semanas atrás de una cita para cualquier día y yo consentía con la mirada pero no con el pensamiento. No es mi tipo. No hay feeling ninguno. Ya se lo advertí aquel día del sofá en su casa. Me sorprendió que insistiese ahora. Quedamos para un martes pero ese martes no llamó. Su compañero de piso me comentó que estaba de viaje. Fue al regresar que me pegó un toque. Pero se canceló aquello, avisándome horas antes. Luego volvió a intentarlo. Tampoco pudo ser. Pienso que los dos suspiramos aliviados. Cada vez me dá más grima el muchacho. Su tonito de voz, su afán por cuidar a los ancianitos con sotana... es algo que no puedo aguantar. No me importa ser su amiguete de vernos por la calle y pararse a charlar. Pero de ahi a lo otro... Encima se le está poniendo una carita de célibe, como pálido, a lo Jacko, que dá realmente grima (sobre todo viniendo de un trópico). De leche acumulada saliéndole por la comisura de los labios, tiznandole la piel o algo así que es una aberración. Que su Dios me perdone, que estamos en tiempo de Domund, pero lo suyo... es insano.

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