08 octubre 2009

Escala en HI FI. Por Cordelia Flyte

PARADE y La fortaleza de la soledad (2009. Jabalina)

Superman casamentero al piano

Este es el quinto disco de Antonio Galvañ y diremos lo que en los anteriores: superada nuestra inicial sorpresa, sólo nos resta asistir a la consecución de ese perfeccionismo maniático pero sereno, en el que parece estar sumergido el artista. Dos años de preparación se notan. Sacar un disco no es tan fácil, menos aún debe serlo ese trabajo interior de todo creativo en la soledad de su habitación (home studio). No hay muchas novedades. Sólo esa vuelta de tuerca en la presentación de las canciones con una hermosa trilogía, independiente del resto del disco, llamada Rainbows Avenue que protagonizan (nunca mejor dicho, pues revela una elevada entidad cinemática) don Ricardo Gil Muñoz (¡natural de Pontevedra!) y Soledad, personajillos encantadores en la coherente línea trazada en sus ya descritos Flora Rostrobruno y "el hombre de los palillos", introducidos en una decoración urbanística irreal, como de estudios Zoetrope, pero filmado por un Tim Burton castizo, armiñanesco y vainicoso, a los que, sin embargo, me imagino constantemente desde la estética anime más que de carne y hueso. Esta trilogía, que abarcaría en realidad siete de los quince temas, es una delicia audiovisual que permite a Parade utilizar registros ya experimentados en sus previos discos pero llevándolos a un punto narrativo muy adecuado. En algunos aspectos, me retrotrae a cierto Momus en clave de supercircus cabaretero (Ping Pong) en lo temático/conceptual. Pop spectoriano, paranoias Rundgren o Jeff Lyne, cadencias de tango y pasodoble, un instrumental entre solemne y heterodoxo (no es una marcha nupcial al uso) y que indaga, en lo letrístico, en esa otra querencia que yo prefiero de Parade: la que se aleja aparentemente de la ciencia ficción para acercarse a lo fantástico que se oculta en lo cotidiano, con esa avenida de freaks, con superiores sentimientos que los propios "normales".

El otro universo también está presente. Más de lo mismo. Ciencia ficción humanizada, en busca de la mejora de una especie que parece haber caido en las más bajas simas del empobrecimiento espiritual. Escuchen sino Proyecto Genoma. Un canto a la esperanza de que el individuo pueda al final pasar de ser un lobo a lo Thomas Hobbs al hombre bueno por naturaleza de Rousseau. Hay una oda a Stephen Hawking, o el aislamiento. Y aunque nos suenan a deja vú, hay algo en Parade (tal vez esa soltura/pérdida de timidez que quedó plenamente demostrada en Todas las estrellas) que indica que es un artista sin miedo a redondear el pop pluscuamperfecto. Uno de los traumas que sufri con el segundo disco de Parade (que miren que ya llovió...) fue el desperdicio de un material sublime como era Consigue un traje espacial en una serie de repeticiones innecesarias (bajo mi punto de vista) y no precisamente de su estribillo inolvidable, intentando tal vez alejarse de una estructura musical convencional. Esto en La fortaleza de la soledad no sucede. Galvañ se desvincula de la innovación de pacotilla, pour épater (que es lo que suele pasarles a quienes manejan técnicas digitales), porque ya hace tiempo que se despojó de la etiqueta de "proyecto de pop electrónico". Estrofas, puente y estribillo repetido clavan los resultados y erigen en verdaderos bombazos cortes como Astrónomo melancólico (mi favorita), Rainbows Avenue I, Una rosa en el ojal, la citada Proyecto genoma o la que dá título al disco. Este simple detalle, para otros asumible por definición, supone en Parade, en cambio, un paso más para convertirse definitivamente en un autor de un clasicismo subyugante. De igual modo, le veríamos muy capacitado para escribir para el teatro musical o para una serie televisiva de dibujos animados.

El sonido del disco recuerda una y otra vez a los años setenta más intimistas y elegantes. Piano pop de Ben Bolds Five o el mejor Elton John, cantautores de alcurnia como Jim Webb, Paul Williams o Richard Carpenter (de éste último adapta Your Wonderful Parade) y ese grado climático italianizante: los crescendos de pasión con los que se abría Todas las estrellas, ahora sólo pincelados, semiocultos por el fragor rítmico pero bien reconocibles para los fans irredentos de su autor, sobre todo, en la Marcha nupcial.
También se podrían citar canciones como Series (cuya temática no me llega), Uno de los nuestros (que en un par de escuchas me resulta algo indiferente) y, por descontado, El aerolito Dylan (memorable más por su original anécdota, como viñetas de Kirby, que por la canción en sí: nueva versión de los sucesos acontecidos en el concierto de Newport de 1965, cuando Dylan mudó en hereje, traidor, en el Judas del folk). En definitiva, lo de siempre cada vez mejor, cercanía a la obra maestra, la que busca de manera nada obsesiva, con el esfuerzo morrocotudo del autodidacta gentil. Con pasos precisos y manteniendo viva la llama de sus fantasías más personales.


*Parade en Myspace

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