20 octubre 2009

Dirigido por...fa: La vida futura (1936. William Cameron Menzies)

Por Angel Zúñiga

UTOPIA A LO WELLS

Encandilado por el éxito de las grandes machines, Alexander Korda, que las ha puesto de moda, produce una de las más aparatosas de estos tiempos: "La vida futura", (1936) dirigida por William Cameron Menzies. La obra está adaptada de una novela de Wells y, como casi siempre, se trata de una panacea con la que curar los males que afligen y afligirán a las gentes.
Forjador constante de utopías, Mr. Wells, como todo el que ha dedicado a tal género pluma e ingenio, ha procurado cambiar la faz del mundo imperfecto, dando una solución aparente a cuanto problema inquieta a la humanidad. Desde los primeros pasos de la civilización, este no conformismo del pensamiento con la estrechez que nos ofrece la realidad ha sido causa de que surgiesen esta legión de profetas y moralistas, fundadores de mundos de extraña perfección -perfección tanto más completa en cuanto más hay en ella de lejana-que han dado normas y leyes a una humanidad quimérica; cada pensador a su distinto modo y manera, con diferentes concepciones, con múltiples formas, que si dicen mucho de la elasticidad del pensamiento humano, su misma diversidad nos prueba el "no ha lugar" para semejantes cosas. Más que de una doctrina práctica se trata casi siempre de juegos de pirotecnia del pensamiento.
Así, desde Platón con "La República", hasta Huxley con su "Mundo feliz", pasando por el pentateuco metabiológico de Bernard Shaw, hemos asistido al alumbramiento de cientos de utopías que pretenden acabar con el caos imperante y se apresuran a formar mundos nuevos relucientes.







Mr. Wells nos ofrece el último que ha tejido su prodigiosa fantasía. "La vida futura" es una cadena de hechos y consecuencias que comienzan en nuestros días y tiene por término la próxima centuria. Sus eslabones nos muestran cómo progresivamente, la estupidez de la humanidad, desencadenando nuevas guerras acaba por llevar a Europa a su total destrucción. Una pléyade de ingenieros y mecánicos se imponen la siempre heroica y agradable misión de salvar al mundo ayudando al progreso de una manera eficiente.
Comienza el film en plena Navidad, en un rincón cualquiera y simbólico de Europa. En Everytown los salmos de la fiesta cristiana, se mezclan a la inquietud de la ciudad que ve alzarse ante ella el fantasma pavoroso de la guerra. Pronto enmudecen los cantos y comienza a oirse el retumbar de los cañones. La guerra ha estallado. Se decreta la movilización para acabar con la última de las guerras. Estas escenas son el punto máximo de la cinta. Wells -o Cameron Menzies- nos ha contado con acierto este comienzo en el que se ha reunido cuanto elemento posee el cine en su forma espectacular para darnos una vívida impresión, escalofriante, dantesca, de los efectos de un bombardeo sobre la población civil. Los medios técnicos; los efectos dramáticos de pánico y horror, logran escenas ejemplares. Wells adivina muchas cosas que han de suceder muy pronto. En un simple plano, halla una equivalencia a páginas y páginas de su libro. En estas escenas resulta excelente este poder de síntesis, pero el novelista hallará pronto en esta cualidad el abismo más profundo, casi imposible de franquear.
La guerra continúa sin cesar con cuanto adelanto científico se ha logrado en favor de la humanidad y, por lo visto, para acabar con ella. Bombas que destruyen manzanas enteras; gases que producen la muerte a cientos de personas. En fin, una guerra con cuanto feliz descubrimiento han logrado los benditos hombres de ciencia. Y todavía no se sabe nada de la bomba atómica, con la que se nos va a hacer tan felices y que puede destruir todos los conceptos religiosos y morales de nuestro tiempo.








Tras la guerra, la miseria y la barbarie imperan sobre los escombros de una Europa atacada de una terrible enfermedad, la wandering, una especie de nomadismo primitivo e inconsciente, que amenaza con acabar con los escasos sobrevivientes de la matanza. El tiempo y a
lgunos procedimientos expeditivos hacen desaparecer este peligro; pronto el pueblo elige al Amo -una especie de Mussolini de opereta- quien, acto seguido, les prepara para una nueva guerra. Por aqui no va mal la cinta.
Una agrupación de hombres de ciencia aparecen y acaban por medios pacíficos con esta barbarie, comenzando una nueva era en la que asistimos al desbordar de la fantasía de Wells y del cineísta. ¿Será posible que el mundo de mañana se rija por consejos de administración de hombres de ciencia? Es posible. Para Wells, sí.
Pero se ha dejado muchos cabos sueltos en esta Utopía. Concedemos que una batalla pueda decidirse con el empleo del gas de la paz, pues es indudable que si con tal producto se puede hacer dormir al adversario, el resto es coser y cantar. Pero se nos hace cuesta arriba creer que los obligados durmientes cambien de ideas y pensamientos durante su forzado sueño. Creemos más natural el que una vez despiertos comenzasen de nuevo las dificultades. Mr. Wells nos ha escamoteado todo esto. Y parece que quiera decirnos que el tal gas también posee cualidades para lograr que nadie piense. Lo que daría un mundo tan triste como el muy feliz de Huxley.
Comprendemos su afán por juntar a todos los hombres de la tierra en un mismo estado. Es posible que se vaya a eso. Pero no es posible que con ello se nos quiera hacer creer ingenuamente que se habrá llegado a una solución en el problema eterno de las guerras. ¿Cómo no pensar en las civiles? ¿O es que acaso dentro de mil años habrá cambiado en tal forma el ser humano que se nos tenga a los de ahora por salvajes?




El sentido de Wells está
en darnos un Estado común, pero lo que nos ofrece es, en principio, un Estado sin sentido común. Teóricamente, pretende convencernos de que un mundo futuro habrá de ser gobernado por hombres de ciencia. ¡Como si estos señores representasen el juicio sereno, la razón, la antiviolencia, el genio político! Hasta ahora no lo representan y hemos de pensar cuántos crímenes se han cometido en nombre de la ciencia. Falta saber, de llegar a ese caso, si la humanidad no lucharía por el descubridor de una nueva glándula o de una vaga nebulosa.
En su noble afán de laborar por el progreso y la humanidad, Mr. Wells no hace otra cosa que deshumanizar al individuo, no intenta más que olvidar las eternas pasiones del hombre. En su utopía no vemos más que un mundo rarísimo, de agradables formas plásticas, aunque, caso extraño, nos parezcan terriblemente anticuadas, pero en el cual no sentimos, ni por un momento, deseos de vivir. Estas sombras que deambulan por la pantalla serían comprensibles si Wells hubiera hallado una substancia artifical capaz de sustituir al protoplasma. Como muñecos fabricados y sin alma, tendrían justificación. Como humanos, en nuestra capacidad de entendimiento del siglo XX, -tan relativa, confesamos- son tremendamente incomprensibles. Esta humanidad, con sus terribles adelantos científicos podría verse fuerte. ¡Pero jamás se sentiría fuerte!
Se le ocurre como prevención para posibles bombardeos y con motivo de higiene, construir las ciudades en el subsuelo. Esto ya demuestra que ni el propio Wells está muy seguro de que el dia menos pensado no acaben todos sus títeres a trompazo limpio. ¿Pero no hubiese sido más natural hacer desaparecer cuanto material de destrucción pudiera atentar contra la integridad de las poblaciones? Esta ciudad del absurdo podrá demostrar el grado de perfección de la mecánica, pero será también una demostración palpable de la decadencia del pensamiento humano. Todo ello produce un efecto semejante al que nos haría un pececillo que construyese su hogar en el bosque por temor a ahogarse en la corriente del río. Pero esto no es fácil que suceda jamás. Contra todo lo que dijera Darwin, el pez no puede olvidar la condición de su naturaleza. Mr. Wells es tan rico en imaginación para fabricar máquinas complicadas que se olvida por completo de la más complicada, ingeniosa y desconocida máquina: el hombre.








Un motivo que pudo desarrollar su utopía es el tema religioso. Tema que desde los principios de la humanidad va ligado a ella. Quiz
ás en este olvido ha pretendido recalcar la imposibilidad de una religión en población tan culta en la que las gentes de ambos sexos van vestidos por encima de las rodillas. Pero nos asalta una duda. Se ha suprimido toda imagen religiosa. Ni Buda, Mahoma o Moloc -aunque creemos a esta civilización muy cercana al dios de los fenicios- significan nada para ellos. Pero han caído en la majadería más profunda: en la de adorar una turbina. Ha desaparecido todo templo: mezquita, pagoda, iglesia gótica; pero se han erigido altares monumentales a telescopios que podrán mostrarnos resplandores de estrellas a millones de kilómetros, pero que nada nos dicen del principio y fin de las cosas, si es que tuvieron principio y si es que tendrán fin.Todavía estamos lejos de la época atómica y debemos pensar que algunos principios son inconmovibles. El mañana sólo lo verán los hombres del mañana. Y la humanidad todavía no ha llegado a considerar al hombre en su relación con seres de otros mundos, como habitante de la Tierra. Es muy posible que se llegue a esto.
El hombre que se revela contra ese mundo, se nos presenta como un reaccionario, cuando, en verdad, es el único que piensa, el único que no ha perdido la sublime y maravillosa potencia del género humano. El film termina con un fantástico viaje a la Luna- la mayor aspiración de esas gentes- de la que el único signo de cordura que poseemos es el saber que también necesita policías que vigilen. Imaginémonos que la más grande inquietud espiritual del primer tercio del siglo XX hubiese sido el viaje transatlántico de Lindberg y ya tenemos un buen punto de partida para no tomarmos muy en serio todo cuanto aquí sucede.
¿Qué será el futuro?- se preguntan los jefes de este mundo inverosímil. Muy fácil de preverlo. Si las guerras del siglo veinte no han aniquilado el sentido humano, si sólo un relámpago de éste iluminase por un instante la conciencia, destruirían con furor vandálico, pero regenerador, la obra de esta civilización. Es posible que más tarde se descubriesen vestigios de la época en cualquier escondida caverna. Afortunadamente no existiremos para oir el juicio que sobre ella se pronunciaría. La cueva de Altamira nos hace sentir admiración por una humanidad que, a ciegas, en la oscuridad de los tiempos, demostraba poseer una capacidad creadora, una inquietud y un ansia por descubrir horizontes velados. La cueva de Everytown sería una visita decepcionante para los mortales que estudiasen los tiempos pretéritos de la época científica y los grandes progresos de la mecánica puestos al servicio de las matanzas y de los campos de concentración.








Wells condenó "Metrópol
is", el film de Lang, con razones carentes de sinceridad y dictadas por un estrecho punto de vista. Bien que rechazase el asunto, pero fue una equivocación lamentable confundir éste con la realización del director alemán. El film de Lang fue una revelación y una revolución en la técnica cinematográfica. El film de Wells, no es una cosa ni otra. Si el asunto era absurdo en "Metrópolis", lo es también en "La vida futura". Decir que "Metrópolis" era la película más necia, es exponerse a que ahora un exaltado repitiese las palabras de Wells. Esto le sucederá con "The man who could work miracles" (1936), de Lothar Mendes, farsa a lo Méliès, sin la gracia de Méliès. Y es que el autor de "El hombre invisible", como todos los que ante el cine iniciaban un encojimiento de hombros, una frase despectiva o un fruncir de cejas, se colocaba en la bonita y privilegiada situación de los dioses que desde el Olimpo hacían de los mortales juguetes de sus caprichos. Sucede que desde punto tan elevado no pueden captarse infinidad de detalles que son necesarios para emitir juicio sereno u opinión sin prejuicios. Algún inmortal hubo que por infiltrarse en terreno desconocido no fue respetado por los hombres. Diómedes hirió a Afrodita; el icor brotó de la mano de Citerea. Y a buen seguro que la diosa jamás hubiese imaginado que a tanto podía atreverse un simple hombre. Pero Afrodita olvidó que las acciones bélicas no le habían sido asignadas, que el campo de batalla no era su puesto. Tampoco Wells tuvo en cuenta que la utopía no le había llamado por el camino del cine.

texto extraído del vol. 2 de Una historia del cine, 1945


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