22 octubre 2009

PUBLICOS VICIOS (homoerotismos en Youtube)


40. La dicha es mucha en la ducha


Me pasmo con la cantidad de delicias homoeróticas masivas que aún no hemos abordado en PV. Es bonito dejarlas para el final (porque emprendemos ya la recta final de la larga serie). Temas como el ingenuo spanking, los líos en el vestuario o los habituales momentos del baño darían para un aluvión de entradas o para ser protagonistas de los episodios iniciales. Nosotros los hemos dejado para ahora, habiendo dado preeminencia a otros homoerotismos no por menos exhibidos menos intensos en nuestras apreciaciones (tal vez sea por lo poco machacados que me resulten más intensos).

Lo que hacen los muchachos en las duchas es algo que a nadie se le escapa cuando lo ha vivido, sobre todo, en la adolescencia (tiempo de caos más o menos controlado). Luego de la curiosidad del querer saber cómo se lo pasaban en ese mismo momento las chicas en el baño de enfrente (del otro lado del tabique del apartheid surge la barrera que frena todo y que se llama tabú /decoro/respeto último hacia el sexo opuesto), seguíamos solos y con la suficiente carne fresca a nuestro alrededor (como el reflejo en un espejo exacto, cóncavo o convexo) como para ser desperdiciada con nuestro desaire niñato. Asi pues, fue, es y seguirá siendo común las bromas de regadera, con esa fina línea de ambiguedad que las vuelven picaronas de más, cuando éstas bordean los límites de lo osado, quedando todo en unos puntos suspensivos (sin suspensorios, quizá) disimulados por unas risotadas machaconas del espontáneo grupo (bastante molestas, todo hay que decirlo).

Cuando las bromas (grabadas) consisten en la cachada intimista del compañero en su aseo personal entonces las tornas parecen haber cambiado, pues afectan a la expectación por el desnudo del amigo, un acto normal por tantas razones si no fuera porque hay un predominio de inquietud por dejar al descubierto la parte dorsal de aquél que se está espiando (cuando el susodicho es el hermano, entonces la temperatura del entendido sube en grados de manera fulminante; el acto se justifica como un "regalo para las chicas" o para determinada chica al que le hace tilín el mozarrón). No hay demasiado choteo histérico en ese dejar "con el culo al aire" al otro, pues aunque prevalecen las risas (y estas se producirán forzadas, casi silenciosas, autodelatoras normalmente por la propia tensión del cameraman, que ve cómo los segundos se vuelven minutos filmando una desnudez relajante y sensual al no haberse dado el otro por sorprendido) estas son tímidas, nerviosas, si acaso lascivas, pues no hay una comparsa que convierta aquello en un despiporre sin sentido. Es cuando se presiente más el homoerotismo del varón.

En fiesta comunitaria o en peeping tom alevoso nos gustan las escenas de duchas. Son un clásico inmarchitable, un clásico comprensible para todo quisque, sea cual sea su orientación sexual. Las gozamos en infinidad de teleseries, películas o revistas desde nuestra cada vez más lejana infancia (las sonrojantes mangueras con las que solían consolar sus ardores por el flash las suripantas seventies en las revistas guarras). En cambio aqui no hay ficción machista, posturas afectadas, esteticismo del pudor, sino la realidad sin guión, el cachondeo cotidiano, las pendejadas del verano pasado, los culitos blanquitos y los penes en reposo pero goteando sensaciones, el calzoncillo calado (y bastante ridículo) y el descaro del nudista de sangre caliente, la obsesión argentina por el chiste del taladro, las delicias alemanas con un punto de gas letal, la negación de la teoría de que el francés no se lava y siempre siempre, la falsa ilusión de haber recuperado unas vivencias colegiales de horas de gimnasia (maticemos, cronómetro en mano: sus minutos finales) que, ¡oh desgracia!, jamás han de volver.



































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