21 septiembre 2009

Televisión de culto

OUR MISS BROOKS (1952-56)

Esta fue una encantadora sitcom desarrollada en una escuela de secundaria de Estados Unidos durante los inevitables años cincuenta. Contaba las peripecias de profesores y alumnos, a cual más inclasificable y pintoresco, donde brillaron con luz propia dos personajes. Por un lado, el de la sardónica profesora de inglés (Miss Brooks) que interpretó la magnífica Eve Arden y el director del centro Osgood Conklin (caracterizado por Gale Gordon). Girando a su alrededor estaba una pléyade de secundarios, como el profesor de Biología, Philip Boynton (Robert Rockwell), los típicos alumnos omnipresentes (a falta de otros) a lo largo de todas las temporadas Walter (Richard Crenna jovencito) y Harriet, la hija del director (Gloria MacMillan) y unos cuantos profesores más: como la de Matemáticas, eterna rival de la señorita Brooks por el amor del señor Boynton y el de Francés.
Asimismo vimos la vida cotidiana, de barrio, de miss Brooks, conociendo de paso a los dependientes de ultramarinos, los amigos de sus alumnos favoritos y esa casera que encarnó la anciana actriz Jane Morgan. Se llamaba en la serie Margaret Davis y era una dama tan despistada como fisgona, con dos particulares manías: el cuidado excesivo de su gata Minerva y la elaboración de exóticos desayunos. Lo cierto es que Our Miss Brooks mientras duró sirvió en bandeja a toda una generación de estadounidenses adictos a la televisión de entretenimiento unos platos bien suculentos. Cada personaje contaba con peculiaridades atractivas que enriquecían las tramas, logrando con facilidad la risa de sus fieles.

Eve Arden estuvo espléndida en aquel rol. Ella venía de Hollywood de hacer de secundaria de oro. Cuántas veces fue secretaria, siempre con ese punto entre austero y mordaz, como de vuelta de todo. Sin ganas de brillar, brillaba más que la protagonista. Con gafitas, discretos trajes chaqueta e inseparable de su bloc de notas y bolígrafo, cual armas de defensa. Estaba visto que por su trayectoria cronológica, a Eve Arden le iba a a tocar bregar con el nuevo invento de la televisión. Y durante los años cincuenta estuvo muy ocupada en ello. Con su Miss Brooks y luego con su propio show que, paradojicamente, no fue tan longevo (apenas dos temporadas). Verla como maestra responsable, enamoradiza pero fiel por fijación, paciente ante ese director tan extremo que le tocó es contemplar a una mujer en una edad de espléndida madurez, dueña de todos sus recursos, demostrando su capacidad fabulosa para la comedia sin por ello tener que recurrir al trazo grueso, al aspaviento o la sobreactuación, como si solía hacer su compañera Lucille Ball, por ejemplo, nombre que, de alguna u otra manera, se relaciona con Arden por varias razones. Y es que Lucille fue su gran competidora en las audiencias, cuando aún estaba con su marido Desi Arnaz en I love Lucy (Arnaz llegó a participar en un episodio de la del instituto. Bien delirante que fue: durante un sueño de Eve donde aparecían alumnos perdidos en la India y marajás que la invitaban a quedarse a vivir allí). Pero es que el actor Gale Gordon ya compaginaba sus trabajos junto a ambas en sus respectivas series. Además Lucille fue una firme candidata para encarnar a la profesora de marras en la radio, donde nació en realidad Our Miss Brooks (ella lo rechazó por incompatibilidad laboral. Otra posible que no lo fue al final fue Shirley Booth). Con la perspectiva que nos dan los años y nuestra capacidad de calibrar ambos trabajos y a ambas actrices, no seremos nosotros quienes le vayamos a restituir a la señora Ball su título de reina de la televisión americana de los años 50 y 60. Sólo un matiz, que en cuestiones de calidad (y de simpatias del autor de este blog) Eve Arden sería la emperatriz absoluta del medio. Es realmente dificil soportar los planos de un Gale Gordon como director histérico y poco comprensivo, su tendencia a la payasada no podía ser mejor contestada que desde la perplejidad, o si acaso dándole las réplicas desde un tono moderado. Asi pues, Arden era una constante lección de estilo. Si alguna vez la actriz cayó en el ridículo, sabe dios que no sería por su culpa sino por el peligroso kitsch que regía en la mentalidad de los guionistas USA de los años cincuenta, sobre todo.

Eve dominaba el papel desde los primeros episodios. Llevaba interpretándolo de manera invisible -para la radio- desde 1948. Su partenaire oficial, ese amor inalcanzable que fue su compañero Boynton, se llamaba Jeff Chandler, nada menos, cuya locución en las ondas era tan popular como sus sienes plateadas (y músculos broncíneos) en la gran pantalla, a veces llamándose con su nombre auténtico, Ira Grossel. Esa experiencia primigenia se extendió con los años, permaneciendo en antena (y, por consiguiente, simultaneándose con el serial de la TV) hasta 1957. Lo que la pequeña pantalla aportó fue esa fisicidad de los personajes y una estimable querencia por las situaciones de slapstick, manteniéndose la agudeza de los diálogos y la diversidad de las voces (especialmente destacable la del burdo alumno Walter Denton, de un tono nasal y una expresión atropellada, harto conocida en las ondas).

El éxito llegó a Hollywood en forma de película. Fue en 1957, se varió minimamente el casting y rescataron unos cuantos gags de efectividad asegurada. Sin embargo, cinematográficamente aquello no supuso nada para ninguno de los integrantes del reparto. Si acaso, señaló la vuelta (para de nuevo irse) a la gran pantalla de una Arden relegada a sus devociones televisivas. En el fondo, había deseado con todas sus fuerzas un papel propio, creado para ella misma. Y la tele se lo había dado. Admiraba a Judy Hollyday, que tuvo en su Born Yesterday ese regalo de privilegiados. Ella con su maestra de inglés procuró elevarlo a una misma altura afectiva. Además, muchos creyeron ver en su encarnación pinceladas de lo que era una admirable manera de aupar las teorias feministas modernas, con la working woman que trascendía las limitaciones de una costilla de Adán de su tiempo sin por ello haber elegido una profesión glamourosa que la hubiera alejado del aprecio identificativo del ama de casa standard. Mostraba, pues, cómo la mujer de la segunda mitad del siglo XX era capaz de ser autosuficiente sin perder su femineidad o humanidad. Sin embargo, Eve ya venía demostrando de qué casta procedía desde sus tiempos de eterna anotadora de cifras y letras. Antes, entonces y siempre, la casa la comía.
En cualquier caso, quien quiera acercarse a esta añeja serie de humor disparatado, a través de diferentes ediciones que registran aleatorias tandas de episodios (pues la integral aún no ha aparecido en el mercado), independientemente de estas consideraciones sociales más o menos ciertas, pero seguro que algo trasnochadas, se quedará con un sano divertimento y los más agudos, ante todo, con la comprensión de porqué luego, a finales de los setenta, una película exitosa que recreaba el mundo de la high school norteamericana de los años 50 en clave de nostalgia musical y que se llamó Grease requirió para el reparto a la actriz como miembro destacado del "antro" educativo de turno. Sólo que tanto en Grease como en su secuela, la Arden ya había ascendido a la categoría de directora. Se lo merecía, desde luego. Privilegios de la veteranía. De las licenciadas cum laude.








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