07 septiembre 2009

Televisión de culto

El show de LIBERACE (1952-1969)

Liberace es una figura kitsch del folclore norteamericano del siglo pasado. Tal vez uno de sus exponentes más extremos dentro del mundo del espectáculo. Liberace es el exceso, la pasión por lo recargado, lo estridente, lo delirante. Es el horror con mayúsculas luminosas y parpadeantes. Inventó el glam veinte años antes de que quedase el término acuñado. Es el artificio homosexual elevado a su máxima potencia. El vestuario, los atrezzos, incluso los peinados de este músico no han tenido parangón entre los integrantes varones del showbusiness de ese país. No hablemos ya de sus mansiones, de su cadena de restaurantes que él mismo decoraba. Fue pionero, antes que Elvis o Michael Jackson, en explotar su universo fantasioso en parques temáticos (Liberaceland) para que su humanidad orante se volviesen locas visitándolo.
El fue pianista, como las maricas ancianas recordarán. Fue un virtuoso que sabía que su público eran las masas populares. Que su escenario eran un sin fin de locales de las Vegas, no un auditorio o un teatro. Por lo tanto, no estamos ante un intérprete ortodoxo, pues optó por adornar las piezas con florituras y otros trucos de edulcoración para la fácil digestión de las gentes no acostumbradas a la música "seria". Su repertorio era tan extenso como lo pueda ser un catálogo de standards mundiales. Asi que cuando se convirtió en un nombre, después de actuar en antros de mala muerte y siempre rodeado de coristas, le llegó una oferta para conducir un programa televisivo donde demostrar su versatilidad como ejecutante frívolo. El show se prolongó la friolera de diecisiete años en antena. Se darán cuenta que durante tanto tiempo su estructura no siempre fue la misma siempre. Y que él, en cuestión de vestuario, no fue el mismo en los años cincuenta que en la década posterior. Digamos que al principio el showman mantuvo un aire un poco más discreto (teniendo en cuenta lo discreto que podía ser este personaje), con fracs negros (eso si, que lanzaban fulgurantes destellos a guisa de stardust que le daban ese punto diferente) y pajarita. Vamos, un pincel. Sin embargo, con la irrupción del aberrante pop y la psicodélica, hubo carta blanca, licencia para el anything goes y, entonces, Liberace se soltó la melena, se terminó de volver locaza y ahí aparecieron las célebres chaquetas de tonalidades imposibles a las que él añadía cuentas, abalorios, plumas y demás intrascendencias. No hablemos de su maquillaje, siempre iba pintado como puerta. Incluso el piano (que fueron cientos y que formaron una imponente colección) pasó de ser de cola (madera buena tradicional) a explosivo metacrilato. Esto con la irrupción de la televisión en color cobró todo su sentido.
Liberace no hizo casi nada de cine. Desde luego que el se sentía un gran actor de carácter pero luego Hollywood no le dio demasiadas oportunidades. Existe una película que protagonizó en exclusiva y que se llamaba Sincerely yours (1955), hoy en día buscadísima en Internet por los adeptos del kitsch USA de los años cincuenta, pero en el fondo lo que hacía aquella era explotar su faceta pianística como ya se había hecho antes con otros nombres, digamos, más formales: Iturbi, Stokowski, etc. Es una lástima que no le hubieran dado el papel de Eddie Duchin cuando se filmó la biografía del pianista. Lo interpretó Tyrone Power, que ya sabemos que era una gran estrella pero que poco hizo el asunto en cuestión por corroborar su status de actorazo, antes bien supuso un bache para olvidar. Para Liberace aquello bien podía haber sido su gran prueba de fuego. No fue posible.
Ver al primer Liberace es sospechar seriamente que el estallido glam se iba a producir tarde o temprano. Porque su programa en blanco y negro, su aproximación a la música clásica era una fantasía queer bastante alejada del más reputado The Bell Telephone Hour. Ignoro a qué hora se emitía. Pero me parece ideal como duermevela de medianoche (para solteronas feuchas, talluditas e insomnes). Les describo el plató. Un único escenario. Algún candelabro y unos cortinones detrás, que al descorrerse nos enseñaban un trompe l'oeil suntuoso y ad hoc. El arranque era siempre una rapsodia. Y luego la presentación. Liberace nunca perdió la cortesía en las formas, la sonrisa, el guiño de ojo a sus fieles espectadoras (su audiencia era femenina al noventa por ciento), sus chascarrillos a lo mejor jocosos y algo ambíguos, sus referencias constantes a su madre querida... Se estructuraba en temáticas: los grandes compositores norteamericanos, las divas del ayer, las chicas Ziegfeld (que era cuando aparecían dos ancianitas horrendas y hermanas entre si, que en los tiempos del cuplé habían sido atracción de un día y que ahora lo único que estaban era alimentando la nostalgia del decadente anfitrión a la par que dándole ideas a Robert Aldrich para que inventara el grand guignol de su futura Baby Jane). Se viajó musicalmente a muchos países (inolvidable el programa dedicado a Hawaii con standards vintage aderezados con bailarinas guapas vestidas a lo tradicional enseñando el lenguaje sinuoso de las manos o el bailarín de cuchillos que provocaba el delirio de un Liberace que a ratos se agarraba de los pelos de la emoción. Lo más esperpéntico se producía cuando se colocaba un sombrerito idéntico a una tarta de primera comunión, adornada con una casita hawaiana y una parejita asomada de uno de sus balcones de caramelo. La tendencia al recargamiento, su nulo sentido del ridículo, pues, ya daban sus primeros avisos. Si la Miranda lo hacía, ¿por qué no él?).
Toda la fantasía de Liberace salía a flote con un simple y mágico descorrer de cortinas. También a través del procedimiento del cambio loco de plano en el que no vemos entrar a ningún músico o cantante de acompañamiento. Simplemente surgen por efecto del embrujo del show rudimentario, con los ojos de la imaginación a lo mejor puestos en algún espectáculo de Broadway, en algún musical de Arthur Freed o en alguna portada de disco Capitol o Decca.. Por eso la sensación, el clima siempre es nocturnal, íntimo, diferente. Y, por descontado, placentero. Un concepto de sofisticación para clases medias. También Liberace nos canta al oído, o nos contagia de ritmo con la banda de ragtime de Alexander o la Polka del Barril de cerveza. La fácil escucha. Tiene una voz bien impostada. Lo que pasa es que en plena efervescencia del rock and roll aquello suena a viejuno hasta decir basta.
Este personaje detestaba a los rockeros porque los veía muy mal vestidos. Me imagino que también los conceptuaba como estridentes. Y no porque prefiriese la estridencia en el color y no en el sonido, pues para Liberace sus excesos coloristas eran la cumbre de la elegancia. Sólo respetaba a Elvis, a quien trató mucho (y aún en su última etapa, la de las Vegas, por razones que todos podemos imaginarnos).
Tiene mucho encanto esa primera estrellona, acompañado de su hermano mayor George, violinista con un curioso parecido a Cugat, su troupe de manipuladores de maracas (indispensables para su parte latina), su indiscreta discreción. Desde una lectura posmoderna, Liberace supone el nacimiento de la edad de oro (pero muy dorada, ojo) del lounge. Elevó la- a menudo- cerrada por lo selecta profesión de pianista de conservatorio a la categoria bizarra de un ventrilocuo, un ilusionista o un fakir. Su circo mágico de ñoñeria y mal gusto es recuperado a través de sus páginas en Internet donde se le ensalza como memoria viva de una generación, garantizándole un puesto de honor entre los adeptos a lo peor de la industria del entretenimiento americano.





No hay comentarios: