29 septiembre 2009

SEMANA ESPECIAL DIVITAS PORTEÑAS (y 3)

14. OLGA ZUBARRY (1930- )

La espalda desnuda de los ángeles
Cerramos esta mini serie con otra de mis favoritas. A Olga cuesta trabajo verla como una diva al uso. De hecho, ni divita fue. Jamás se refugió en las martingalas de un concepto estereotipado. Fue la primera artista cercana de verdad. De hecho, en ocasiones se la podía tocar. Lo malo es que la tocaban los cerdos. En unas cuantas películas, de inolvidable recuerdo, padeció la libido de desaprensivos, siendo ultrajada por su encanto de muchacha sin experiencias carnales. Sus ojos expresivos y grandes, como de gacela se convirtieron en su máxima defensa. Esos labios demasiado traviesos como para permanecer quietos (al menos en sus primeros años, aquellos temblores fueron un recurso un tanto absurdo que luego subsanó con la madurez).
El sexo llegó precoz al cine argentino, con diecisiete años solamente. Fue una prueba arriesgada que ella afrontó con valentía de jabata. Nada más lógico en una actriz que empezó muy jóven delante de las cámaras. Tuvo la fortuna de que según pasaban las primeras menstruaciones sus papeles fueron madurando. El cine argentino contaba con unas cuantas estrellitas en la edad del pavo (las mellizas Legrand, Maria Duval) idóneas en su puerilidad para manifestar los dolorcillos de un primer amor perfumado con esencia de rosas. Sin embargo, en un corto plazo de tiempo aquellas muñequitas del polisón evolucionaron bruscamente hacia un modelo bien distinto, cayendo en los tics más desagradables de la burguesa de ringorrango, la mujer fatal ajada por alguna venérea devastadora o la matrona de clase media aburrida de su matrimonio. En cambio, con Olga el antes y el después fueron totalmente comprensibles porque se nos mostró el durante, su transición, asi de sencillo. Si bien empezó tontita, después de El ángel desnudo (1946. Carlos Hugo Christensen) todos entendimos el proceso por el que adquirió una dureza, un temple. Lejos de parecernos un salto abismal, la vimos como la actriz más coherente de entre todas las mujercitas de su generación.
Fue ésta la película que la puso en el mapa. Sabor a escándalo. Aún no estaba formada en el sentido actoral pero fisicamente era demasiado tentadora para el pedófilo que la mancilló. Este era el escultor amigo de su padre que se cobraba asi una deuda del pasado justo cuando la cría venía a pedirle un préstamo económico (el que salvaría a su progenitor de una estafa que había cometido). De alguna forma, no sabemos quien fue más desaprensivo: si el padre que la entregaba al otro en sacrificio o el propio artista, un decadente con pinta de Mandrake, que vivia rodeado de estatuas, obsesionado por el retrato de una mujer, que no en vano era la madre de Olga, antiguo amor imposible y que ahora veía materializado en la juvenil visitadora. Independientemente de estos matices casi poeianos, que no nos creemos, prevalece un sentimiento pedófilo inaudito para la época. Es por ello que el desvirgamiento de Olga tenga algo de histórico. Si bien su entrega final al menorero culmina en un acto de inmolación típico de las mártires, el solo hecho de mostrarnos su espalda desnuda con precisión milimétrica, la escena playera con Olga en bañador, revelando sus considerables protuberancias mamarias, no deja de albergar en su misma insistencia una abierta apuesta por la carnalidad de las ninfas (rubensianas) que la elevan sin discusión a mito erótico inédito (sólo en filmografias europeas, en la nórdica por ejemplo, encontraríamos equivalentes tan desacomplejados). Para Olga, ya hemos apuntado, este papel fue algo más. Dejaba atrás la insustancialidad de sus filmes teenagers. Estaba preparada para la vida. Una vida que no le iba a ser fácil. No fue ella de grandes salones, antes bien representaba a la muchacha pueblerina, indefensa en la gran ciudad, con ese punto de neorrealismo necesario en un cine abotargado entre tantos carnavales burgueses. Es cuando nos damos cuenta que Olga se parece mucho a la maravillosa italiana Anna Maria Ferrero. Y empezamos a soñar, aunque sea en colores sepia.

Scream girl
Una carrera tan copiosa como la suya, que alcanza seis décadas dá tiempo para enfrentarse a muchos roles. Hubo escarceos con el cine de terror (o simplemente fantástico). Ningun estudioso de ese género habrá reparado en Olga a la hora de incluirla en su lista personal de scream girls clásicas. Y, sin embargo, la chica gritó mucho en, al menos, un par de títulos como fueron El extraño caso del hombre y la bestia (1951) y El vampiro negro (1953). Son dos películas muy malas, apenas reseñables más que por haber llegado en un momento en que la cinematografia latinoamericana todavia no había hecho de lo macabro un filón (sobre todo, el cine mexicano). La primera era una adaptación espantosa del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde de Stevenson. Se explicaba al principio que la acción podía estar desarrollada en cualquier época, pero estaba claro que la época coincidía con la de su realización, pues los médicos y psiquiatras que aparecían por alli no paraban de pronunciar palabras como "existencialismo", "náusea espiritual" o "angustia". Los argentinos arrimaban el ascua a su sardina, pero la sardina estaba muy cruda para que nos atrajese el sabor de sus tripas. Mario Soffici no logra crear una atmósfera de misterio nunca. No sabe hacer terror. Lo suyo es el cine negro y por ahí se mueven sus personajes. Hay otro problema, no nos damos involucrado, por torpeza narrativa y del guión, en la angustia de Jeckyll. No existe una profundidad psicológica, sólo lo vemos alterado por contínuas transformaciones físicas que no puede controlar, como el pobre viandante con diarrea que tiene que ocultarse aqui y allá para evacuar sus urgencias. No hay poesía, los actores están muy mal. Salvo Olga, cocotte drogadicta, muy enviciada, que es seducida por el señor Hyde, de la que no consigue más que desplantes. Se contenta con acabar con la vida de un sereno. Lo dicho, todo muy prosaico, como de chiste, si me apuran. Sólo se salvaría la huida del alter ego por el tunel del metro, con una fotografía ligeramente neoexpresionista. Pero eso ya vendría ímplicito en las convenciones estéticas del noir, al que antes aludimos.
El vampiro negro (1953) es otro desastre, ahora a cuenta del inmortal M langiano (1931). Se aprovecha el parecido físico de Nathan Pinzón con Lorre y ahi le surgen las niñas del tormento. Silbando el más pegadizo opus del Peer Gynt (himno oficial de los "hombres del saco") se le olvidan los remordimientos, pero los crímenes los va llevando a cabo aunque casi no nos enteremos (cuestiones de censura, probablemente, más que poesía de la elipsis), transformándose en el vampiro negro en el decir de la calle. Al director Viñoly Barreto se le ocurre que puede ser una buena idea fundir en el maníaco al Jannings de El angel azul y al mentado Lorre en quien se basa, por eso vemos al anodino profesor metido en el cabaret, buscando que alguna furcia le dé su amor con ojos de merluzo. Es cuando aparece Olga, que se llama Amalia (aunque en el antro todos la conocen como Rita), de nuevo scream girl (presencia un intento de asesinato). Y las compañeras, cuando la oyen gritar, pronuncian frases que son gemas de lo politicamente incorrecto: "A veces a mi también me gusta que me peguen, pero no grito". Pobre Olga, chica de alterne que trabaja sin denuedo para su hijita. Esto no lo entienden los hombres de orden (dichosa hipocresia, y doble moral), el mismo fiscal que le pregunta entristecido: "No comprendo como una mujer que tiene una hija se puede mostrar así ante un extraño" (iba con mucho escote). Esa niña va a ser víctima propiciatoria de M (que, en realidad, aún no lo dijimos, se llama Teodoro) pero Olga, presa de un ataque de persuasión in extremis, le arranca a la pequeña de sus brazos y es cuando el estafermo huye por las cloacas, siendo capturado por los habitantes del submundo, que no consiguen verlo en su marginalidad de igual a igual. Lo que en el filme de Lang había de conducta antisocial redimida desde la razón humana aqui se resuelve por el mensaje cristiano típico de un salmo de mañana de domingo. Y aunque Teodoro grite ante el tribunal que lo va a ahorcar "Siempre estuve solo", la última palabra la pondrá la Biblia rubricando la penosa moraleja en alto grado de misericordia: "Levántate Señor, entiende mi causa y zgame según tu justicia, porque sólo tú conoces el mal que provocó mi culpa".

Las chicas de la plaza de... Mayo (y Marianela. Sobre todo, Marianela)
A principio de los años cincuenta no es raro encontrar en los cines bonaerenses filmes interpretados por la Zubarry. Trabajaba a destajo, apoyada siempre por su marido, el presidente de la Argentina Sono Film. No había espacio para la rivalidad con otras actrices de su generación pues la Zubarry era distinta a cualquiera. Su físico anunciaba a la chica más actual. Olga encontró una buenísima desenvoltura representando los inquietos años cincuenta. Títulos como Ellos nos hicieron asi o Sucedió en Buenos Aires son copias de un estilo italianizante, típico de directores como Luciano Emmer, experto en repartos corales, con personajes que se van entrecruzando aunque cada cual tenga una vida que contarnos. Sin embargo, a la contra de las italianas (Domenica d'agosto, Le ragazze di Piazza di Spagna, Paris siempre Paris) que proyectaban una imágen de simpatía arrolladora, cuyas gentes parecían tocadas con el divino don de la gracia, esa locuacidad inventiva, con una enorme humanidad sin por ello caer en lo lastimero, el neorrealismo rosado argentino vira al gris, sus protagonistas ante un golpe de alegría súbita adoptan mohines tristes, sonrisas apagadas, como si en el plató un militar los estuviera apuntando con un fusil. No hay demasiada dicha en las expresiones del grupo de estudiantes universitarios de Ellos nos hicieron asi. Pero son graciosos de manera involuntaria. Forman un grupo de teatro experimental. ¿Y qué es eso?. Nos fijamos en la pantalla con atención. Olga se ofrece a diseñar decorados tipo Dalí. El mandamás menta a Stanislavski que en sus labios suena a panadero italiano del barrio. La noche del estreno vemos a cuatro monicacos sobre un escenario de decorados abstractos (como mini titanics a la deriva, sin ningun gusto ni tendencias surrealistico- homosexuales que legitimen el kitsch). Olga parece una princesa de Tolstoi. Es galanteada por tres chicos en frac. Sus nombres son rusos. Los dialogos atufan a boulevard porteño. Es el final, asi que se cierra el telón y los abuelos aplauden con lágrimas en los ojos. El apuntador sube a celebrarlo. Hay más cosas, cada jóven tiene sus problemas en casa. Los padres de Olga, por ejemplo, están separados. Asi que cuando viene un día a visitarla el padre ella lo recrimina muy duramente, alega abandono. Luego ve que su madre se besa con un fulano en el umbral de la puerta de casa. Armándose del valor de las justicieras sin causa, le echa un rascapolvos a la madre que ni te cuento. Olga hace de mojigata. La galantea el compañero más parecido fisicamente a Vittorio Gassman que dio el cine argentino. En ese punto, la imagen de la Ferrero se nos viene a la cabeza y eso nos hace perdonar sus indiscreciones de niña pava. La comedia ligera a lo Emmer se torna dramón insoportable cuando el bacán gassmanizado la medio viola en un aparte. Película fallida.
No lo es menos Sucedió en Buenos Aires (1954), otra coral. Hace de Rosalía, viene del campo a la gran ciudad. No tiene dinero, no conoce a nadie, va armada y en busca de alguien que no sabemos, ni lo saben los que la ayudan a su llegada a la urbe. Por ejemplo, el taxista que se enamora de ella. Le paga la pensión, quiere mojar (por ser Zubarry), pero se arrepiente (la moza sabe latín) y le pide perdón. Es cuando le cuenta todo. Un mentecato la ha engañado, dejado sin blanca, ni mácula. Lo encuentran en el Tabaris, cabaret de moda, de farra con querindongas y estraperlistas. Son unos rateros. Coincide que roban unos diamantes y los ocultan en un taxi, matando al ocupante, compañero de todos los protagonistas amigos de Olga. Entonces, su enamorado, que es un Fangio al volante, toma cartas en el asunto. Y, otra vez, lo que podía haber resultado un delicioso sainete costumbrista se torna una chapuza con lágrimas, gimiqueos, humanidad de pacotilla, paternalismo de ancien regime y esa estética de policíaco que tanto bordaban. Dirigió Cahen Salaberry.
Apareció sofisticada junto a Alberto Closas (no se merecía otra cosa este árbitro de la elegancia) en El honorable inquilino (1951. Carlos Schlieper), aburrida comedia dramática (nunca la hibridez de estilos típica del cine latino permitió más justamente utilizar términos antagónicos) de ladrones con clase y que atufa a teatro desde la primera secuencia hasta la última. Es pues un título de nulo valor cinematográfico. Si acaso puede revelarnos una lejana inspiración en la magistral Arsénico por compasión de Frank Capra, con su caserón lleno de personajes insólitos (hasta cierto punto), sus ancianas despistadas y la pareja jóven protagonista como centro del cotarro. Y pare de contar. Olga se llamaba Ana María (precisamente) y pasaba del color negro a otros más alegres conforme se iba prendando del gangster Closas (que al principio lucía una barbita de intelectual rive gauche. En realidad, venía a reverdecer las maneras de un Ronald Colman, allá por los años treinta. O sea, todo muy viejuno. Como el encaje de la abuelita).
Estrenó 1955, el año más intenso de trabajo (media docena de títulos), siendo Pecadora, cuando tantas veces antes se había buscado en el cine argentino que lo fuera. Cantaba el Yira, yira en un cafetucho. Era una autoconfesión pública sin ser aún consciente de ello. Y es que la letra profecitaba su vida futura. Si, la suerte le iba a ser grela a la moza. Como siempre fue una pobre desgraciada, manipulada por un hombre enredado en el chantaje de un usurero. Roberto Escalada era el galán que la engrupió. Se enamoraba como una perdida de él, más por necesidad que por hechizo natural. La filosofía de la puta Zubarry era que las mujeres "así" temen más que ninguna otra a la soledad. Y el amor, un amor, cualquier amor es remedio básico. Escalada la fue transformando en dama negra (al estilo Hollywood), el modisto Juan de Las Longas le diseñó unos cuantos vestidos de raso negro ceñidos como doble piel para que ornamentalmente lo pareciera. El peinado calcado al de Audrey Hepburn en Vacaciones en Roma la distanciaban del look típico de una rumbera de Lara (el título de la película podía inducir a pensar que se trataba de una variación de los dislates de Rosa Carmina), mientras que en su fatalismo y reclamo desesperado, muy femenino, de amor anunciaba a Cabiria, la prostituta infeliz. Pero no se lleven a engaño por mis palabras. Pecadora es un filme bastante malo. Enrique Carreras, el director, no valía para los melodramas. Era más de musicales arrevistados. Y aqui se nota el mal oficio, pues el Yira, yira suena hasta la pesadilla. Y la música incidental tan machacona, aturdidora y absurda lo destroza todo (diálogos, tensión...). Para amantes de los pequeños detalles, aparecían en breves cometidos Susana Canales, más guapa y fina que nunca y el primerizo Carlos Estrada, reptiendo sus policias trajeados. Lo más curioso de todo es que partiera de una obra teatral de Miguel Mihura (Una mujer cualquiera que ya había conocido una adaptación en nuestro país en 1949 mucho mejor con María Félix y Antonio Vilar, contando con Rafael Gil en la dirección).
Estuvo muy antipática Olga como pianista selecta en Concierto para una lágrima (1955. Julio Porter) pues su ambición y entrega a su arte eran tan obsesivas como para renunciar a la familia y al amor de pareja con toda la convicción del mundo. Siempre por encima de todos los que se cruzaban en su camino, llegó a despreciar en público a unos barbudos dodecafónicos que animaban el humeante ambiente de las cavas de existencialistas sólo porque ella, que pasaba por allí, aquello que tocaban no lo consideraba música. Tanta prepotencia se desmoronaría por si sola si pensamos que su repertorio (de un romántico desaforado) consistía en una serie tópica de piezas idóneas para el consumo de una clase media que odia la música clásica (con lo cual veríamos que los arrebatos de Olga son bien poco respetables al quedar, como mucho, a la altura de la Durbin cuando alcanzaba la cumbre de sus ideales...-y la Universal, del prestigio-, del lado de Stokowski). Y su animadversión por el snobismo burgués se desmentiría con el vestuario lucido, autoria del inefable Jamandreu, que antes que a una monja de las corcheas le hacían parecerse más a una maniqui aspirante a Zully. La Zubarry aspira a aprender pero nunca da alumna, su temperamento es de una maestra. Son detalles que en el guión no se utilizan como crítica, pues éste prefiere centrarse en el más populachero del despotismo que afecta a los hombres que la quieren y, sobre todo, a la madre que añora su presencia desde su aldeita que la vio nacer. Por lo tanto, el castigo a tanto egotismo fue el común en estos asuntos. Le sobrevino una enfermedad de muchas letras que le dejaba las manos paralizadas. Esto le hacía reflexionar sobre el sentido de la vida hasta ir poco a poco curándose en humildad (echando unas lagrimitas). Tanto se enmendó que se recuperaba de la polio y volvía a tocar en los grandes teatros de la música. Eso sí, con más lágrimas en los ojos. Que para algo ya había quedado humanizada.
Sin duda, la mejor interpretación de Olga en los cincuenta la hallaremos en Marianela (1955. Julio Porter), desconocida en nuestro país adaptación de la novela de Pérez Galdós. No es temerario, ni snobista, afirmar que la Marianela de Olga es la mejor de cuantas se realizaron antes o después. La Zubarry es la mejor pues Mari Carillo la encontramos muy poco señora (y ella siempre lo fue: de la escena, que no del cine) y a la Durcal improbable, pues en cualquier momento puede echarse a cantar alguna del Algueró sin venir a cuento. La argentina, en cambio, está maravillosa como florecilla asilvestrada que va empudreciéndose con ese complejo de fealdad por culpa de esas espantosas gentes que la rodean. Y qué gracia tiene cuando se le aparece en el prado la pin up y ella se la confunde ¡con la Virgen María!.
En 1960 rodó una película algo demencial. Se llamaba Las furias y era adaptación rigurosa de una obra de teatro de Enrique Suárez de Deza, es decir de nulo valor cinematográfico, nefasto intento de copia de La casa de Bernarda Alba y Tennesee Williams pasada por una sensibilidad de radionovela. Reparto eminentemente femenino encabezado por la gran Mecha Ortiz, contaba las insanas relaciones (llenas de represión, frustraciones y rencor) de un pequeño nucleo familiar encerrado en las cuatro paredes de una casa. Junto a Mecha estaban la hermana, la hija y la nuera. Olga hacía de la amante del hijo. Era una mujer muy rica, según contaba Mecha, a pesar de que su trabajo parecía el de una simple oficinista. Todos los personajes estaban muy mal trazados, siempre al borde de la histeria, pero llama la atención uno en concreto que va de lo grotesco a lo repulsivo: el de la hermana que encarna la super bitch Alba Múgica, una solterona de edad que alimenta dentro de sí una ninfomanía truculenta que la arrastra a robar el vestido nuevo de noche de su sobrina y ponérselo ella en una fiesta particular y solitaria en la oscuridad del salón mientras bebe y baila con un galán inexistente. Acto seguido sale a la verja de la puerta y espía a la sobrina que ya ha regresado y que está siendo acosada por su novio completamente borracho y del que consigue librarse. Entonces Alba, presta, acude a recoger al hombre caliente y lo arrastra hasta una salita donde consuman las ganas de ambos. El día siguiente lo consagra a restregarle a Mecha y la sobrina su mala acción enseñándoles incluso los restos del vicio esparcidos por el habitáculo asi como las partículas seminales que han quedado pegadas sobre el vestido can cán de la niña.
Olga sólo aparecía en dos secuencias. Al principio y al final. Anunciaba en la segunda la muerte de su amado provocando el desastre emocional de "las furias". Y todo bajo los acordes de una inspirada partitura de Astor Piazzola.

Final abierto
La cantidad ingente de filmes de la actriz y la falta de una gran parte en mi colección global me impiden en este espacio acercarme al mito de forma más exhaustiva, quedando el asunto harto incompleto. Como con cualquier otro post, dejo éste abierto a futuras actualizaciones. Sólo resaltar que en los sesenta frecuentó el cine musical para ídolos pop como Palito Ortega o Lito Nebbia. Era ya una madurita interesante, con lo cual ante las hordas de ye yés, se amoldó a un estilo de vestir serio y a la vez actual, conformándose con ser la ricachona promotora de algun evento festivalero para que los chiquilines de la nueva ola se luciesen, sin prescindir de enamorarse del cantante de turno (para terminar claudicando frente a la prometida oficial, más jóven, mientras se retiraba en un acto de elegancia que la honraba. Esto pasó en Somos novios).

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