28 septiembre 2009

SEMANA ESPECIAL DIVITAS PORTEÑAS (y 3)


13. FANNY NAVARRO (1920-1971)

Ultraperoniana
El caso Fanny Navarro es uno de los más sangrantes del star system argentino. Fue una gran estrella bajo el régimen de Perón, cuando éste cayó en septiembre de 1955 (con el triunfo de la Revolución libertadora) pasó a ser ciudadana bajo sospecha, castigada al ostracismo y relegada a papeles secundarios en películas execrables en donde ni siquiera figuraba en los títulos de crédito. Su final fue muy desagradable, con apenas cincuenta años moría literalmente de hambre, en la más absoluta miseria y en el más injusto de los olvidos. Digo injusto pues no fue ésta la única mujer afecta a un régimen político concreto, sin embargo las otras (y los otros, claro) lograron gozar de fama y respetabilidad aun cuando sus años de gloria hubieran pasado. El compromiso de Navarro con Perón y Eva Duarte alcanzó terrenos íntimos y personales hasta el punto que hicieron vibrar a cotillas adict@s a los acontecimientos de alcoba. Fue querida del picha brava Juanito Duarte, el cuñadísimo, el que de la nada pasó a tenerlo todo, el que en su corrupción cayó en un torbellino de vicios y lujos que pasaban también por las estrellas de la gran pantalla. A fin de cuentas, Juanito tenía poder en la industria del espectáculo. Como sea que aquella relación parecía estar sentenciada, y con ecos que se prolongarían varias décadas hasta la muerte de Fanny, el hermano de Evita apareció un 9 de abril de 1953 con el craneo volado de un disparo. La versión oficial declaró suicidio. Muchos calladamente pensaron en asesinato (el asesino sería el propio Perón). Con los revolucionarios posteriores, vino el macabro robo de su cadáver, la decapitación del sifilítico y la muestra pública de su cabeza con intención de que se percatase el pueblo de que había sido un crimen.

Gritando soflamas populares
Fanny era presidenta del Ateneo Femenino "Eva Perón" (asociación de actrices), su arbitrario poder para humillar y marginar a otras grandes en taquilla motivó que aquellas se exiliasen si es que querían seguir comiendo (Niní, Libertad). Pero ¿era Fanny buena actriz?. No era mala, hay ocasiones que nos cae cargante, demasiado sobreactuada, demagógica en sus decires y, lo que es peor, no auténtica. Cuando se mantenía en la reserva de los secundarios hubo veces que estuvo hasta conmovedora. Cuando encontraba papeles adecuados, ajenos a tanto divismo, se soportaba mejor. Le sentaba bien lo sórdido de una callejuela nocturna y mal iluminada, no las fanfarrias de un desfile matinal. Pena de dogmatismos. Uno de los ejemplos más representativos de esta mujer al servicio de una ideología sería su interpretación en la controvertida El grito sagrado (1954. Luis César Amadori), probablemente el título más propagandístico del régimen en unos años donde, curiosamente, el fervor popular por Perón había decrecido muchísimo (enemistad con la Iglesia, alejamiento del militar del pueblo por esa fascinación suya por el glamour hollywoodiense quintaesenciado, a su manera de entender, en el festival de Cine de Mar del Plata). Un derroche impúdico de patrioterismo a propósito de la resistencia decimonónica de la Argentina ante la dominación inglesa y en donde la heroína Mariquita Sánchez de Thompson (la propia Fanny) se transformaba en portavoz de una mitología peronista completamente válida. Mariquita y Eva Duarte se unían en un mismo gesto crucial: la izada de la bandera de los descamisados. En la película, un esclavo llegaba malherido a la casa de Fanny y caía muerto a los pies de su cama. Entonces ella, en un subidón nacionalista, le arrancaba la camisa ensangrentada, la ataba a un palo y formando una bandera salía a la calle reclamando independencia y libertad para los desfavorecidos. La seguían amigos, los pobres de la zona, se armaban con piedras, cantaban himnos populares en contra de los dominadores ingleses. Buenos Aires liberada. La interpretación de la Navarro es ampulosa, a veces grotesca cuando le toca ser ancianita encorvada, sus diálogos son mitines bien reconocibles... Si Aurora Bautista por su Agustina de Aragón quedó parcialmente etiquetada como actriz franquista (etiqueta que ella misma superó con facilidad con papeles osados que desafiaban la censura oficial), Fanny se vio incapacitada para tal proeza (primero, porque sus implicaciones entraban en el mismo tuétano de la mujer; segundo, porque los cambios políticos estaban a la vuelta de la esquina).
El grito sagrado es una película muy mala. Interminable, además. ¡Qué épica tan fallida, qué inconsciencia la de tratar de emular grandes espectáculos como Lo que el viento se llevó!. En ningún momento se llega ni siquiera a la sombra de un arbolito de Tara, porque el cine argentino carecía de la técnica, el ritmo, el derroche de medios de una MGM. Sin embargo, inasequibles al desaliento, enredando la madeja, estirando el chicle se siguieron gritando soflamas, por si no les hubiera quedado claro a las sordas de la última fila, en favor de una patria nueva, el estado ideal que defendería a los pobres y oprimidos: "El amor al trabajo surge de la libertad para realizarlo. Un pueblo oprimido no puede amar su tarea". Hay otro detalle en pro de las similitudes de Mariquita con Eva Duarte, más allá de la coartada sentimentaloide. A ambas se les había denegado su acceso en el velorio del padre (en el caso de la primera, por su rebeldía romántica al oponerse a contraer matrimonio de interés; de la segunda, por ser hija ilegítima).

Cine pop con mensaje ad hoc
Rastreando en la filmografía de Fanny en los primeros años cincuenta, nos damos cuenta de esas huellas peronistas dentro de un cine que juraba no recurrir a lo propagandístico, pues los deseos del general eran darle al público en todo momento evasión y no realidades. Pero lo subliminal aparece sin remedio en filmes como Deshonra (1952), por otro lado, excelente título de cine carcelario (de mujeres), donde la interventora (papel encarnado por Mecha Ortiz) habla a las reclusas: "Las autoridades me han hecho el honor para ordenar los principios de humanidad que inspiran los actos de todo buen gobierno", "La cárcel debe ser una escuela de readaptación para devolver a la sociedad mujeres libres". Y cuando una presa grita "Menos discursos y más comida", la interventora le avisa que ya no tiene porqué esconder la cara para hacer una protesta. Fanny, que había llegado ahi embarazada, víctima de un hombre rico y sin escrúpulos, moría cuando nacía su hija, quedando la pequeña como símbolo de una nueva sociedad donde la injusticia había quedado felizmente superada.
Ese dramatismo marca Navarro reaparece en unos cuantos títulos más de su edad de oro. Una mujer del arroyo, en los mejores momentos. Pero como proletaria con afeites de heroina de lujo no tendría perdón de su Dios. No hay nada que nos resulte más ridículo que verla en Suburbio (1951) cuando la acción social del gobierno transforma un barrio lumpen en una lujosa zona. Pues bien, el personaje de la Navarro era de una muchacha orillera, pero su vestuario venía firmado por Christian Dior. Al parecer, esto despertó las risas del público en su estreno.
Carcajadas estentóreas debería despertarnos a todos los adictos al hachis Marihuana (1950), donde en cambio Fanny estuvo excelente, crítica tan feroz como infantilista de esta droga, al parecer generalizada en los bajos fondos de la capital argentina. Su demonización llega al más absoluto de los absurdos cuando la ley y los médicos culpan a la planta de provocar el instinto criminal del fumador, cual pócima del doctor Jeckyll o parecido. Tanto despropósito se redime parcialmente en las secuencias noir de la bajada a los infiernos del consumo, sus cuevas, donde la música percusiva y monótona es aderezada con los bailes africanos, en una brillante desviación macumbiana que la salvaría del estercolero del vulgar filme de explotación. Sin demagogias posibles, de los labios de una mujer colocada no pueden (ni deben) salir sentencias más razonables que aquella de Sálvame o viaja conmigo. Pienso que es su mejor película. En el fondo, era un punto de ruptura con un pasado muy frívolo. Fanny Navarro venía de secundar a cómicas como Catita u Olinda Bozán, intrascendencias musicales para otras del estilo de Melodias porteñas (1937) o Cantando llegó el amor (1938).

Fanny al desnudo (y muerta de hambre)
Los críticos destacan como su mejor actuación la de Marta Ferrari (1955. Julio Saraceni), interioridades de una diva del teatro en edad dificil, cine de "entre bastidores" que por culpa de guiarse en patrones inalcanzables como Eva al desnudo (incluso Forever female) se hunde en el más espantoso de los ridículos. No se salva nadie ahi, ni la esforzada Fanny con su rostro cubierto de cremas rejuvenecedoras, dialogando con su propio reflejo en un espejo con bombillitas, tratando de convencernos de que es la Margo Channing del Cervantes, ni la apostura del lindo Juan Carlos Barbieri (como Evito Harrington) buscando la pasión natural en las actrices de su edad, ni la música incidental de Piazzola (por muy Piazzola que fuera), insistente cuando la ocasión no lo estaba requiriendo y muy poco evocadora de los años veinte (Piazzola se limitó a ser él mismo, genial pero nuevo). Afortunadamente, no hay moralejas políticas. Sólo se apela a la soledad de la intérprete otoñal, con el único consuelo de que su más fiel compañia es el público (idea bien peregrina, pues no hay especie más variable, olvidadiza y cruel que ésta).
Los años sesenta son nefastos para esta diva. Buscó refugio en la televisión, pero no salieron demasiadas ofertas. Su situación económica se tornó insostenible. El final, ya lo hemos contado. Pese a ser una personalidad algo antipática, una actriz que podía estar bien unas veces y garrafal en otras, merece por su importancia en el devenir de la historia del cine argentino (y en su transición de lo viejo a lo nuevo) un acercamiento serio, sin apasionamiento, ni llagas abiertas por parte de sus compatriotas. Sin embargo, el tiempo en la Argentina parece no pasar nunca lo suficiente como para que esto pueda llegar a producirse algun día.

continuará

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