24 septiembre 2009

SEMANA ESPECIAL DIVITAS PORTEÑAS (y 3)


11. Del síndrome Evita al síndrome de Rebeca

a) AMANDA LEDESMA (1911-2000
)

Te recuerdo, Amanda, la tez tan blanca. Como una novia sin mácula, imposible de ubicar en un drama pasional de Laura o Zully. Luego supe que tu piel debió ser la más blanca de Buenos Aires pues tu contrato con la empresa productora te prohibía taxativamente que te expusieses al sol. Y aun asi, jamás diste vampira, sino presa de vampiros. Lástima que Menta (el padre de Chicho) no te agarrase para sus experimentos, ya tenía a Laura, que era luna y peligro, Pentesilea rediviva. Si tocaba el 900 (cómo no iba a tocar, si fue una plaga) te vestías de blanco, con puntillas, adivinamos el perfume del fru frú de tus sedas, de tus crinolinas de otros mundos. Pero también es verdad que aunque hiciste comedias modernas y cursis (antes finas) yo te prefiero de compañera de cantante, de segunda voz de astro del tango. Porque nunca supimos si fuiste más cantante o actriz de la pantalla. Por eso que en la fusión de ambas facetas, te recuerdo Amanda, trinando lo porteño con singular donosura, cual Jeannete McDonald bendecida por Discépolo.
Hiciste dos con Hugo (del Carril). Hugo era tan apuesto al principio... No me extraña que sus fans fuesen antropófagas que le atacaban, más de treinta años antes de Tiburón, en las orillas de mar del Plata. Tú, en cambio, no mordías, te mantenías en tu status de niña bien, jamás pituca, tan sólo escéptica de esos comportamientos inciviles de las chiquitas de tu generación. El tango es pop. Tú, clásica (de Chopin, que era pop cuando componía, pero lo ignorabas). Sólo que tan pronto el galán se posó en el oleaje de tul de tu vestido de blanco merengue te rendiste por completo a sus encantos. No dudo que el embrujo de una melodia de arrabal favoreció el flechazo.
El astro del tango
(1940. Luis Bayón Herrera) se dispuso siguiendo los clisés argumentales del ciclo Rogers- Astaire. Ya saben, chico conoce chica, chica se enfada con chico, chico no soporta a chica pero vuelve a intentarlo, chica y chico finalmente se reencuentran y se quieren. Eso está bien, es efectivo. Claro que al público le apasionan también los problemas sentimentales que vengan motivados por una diferencia social. Hugo es pobre, a pesar de tener el futuro de un David Bisbal en su garganta prodigiosa. Tu eres rica, a pesar de aburrirte como una ostra en tu entorno de chiquilines (donde siempre se cuela una mariquita carabina) y mojigatas en flor. Y, al final, a punto estás de meterte monja. Qué cosas hay que ver... Entornabas tus ojitos, algo bizcos, al crucificado en esa capillita que te iba a acoger por los restos y juntabas las palmas de tus manos en signo de oración... De pronto, otras manos, masculinas, de proletario, de héroe peronista, impidieron que dijeses amén. Eran las del tanguista que te ingrupió, volvía a implorarte a tí, sólo a a tí. Tu perdón.
Con Hugo luego escribiste La novela de un jóven pobre (1941). Lucía un bigotillo (Hugo digo, porque tu sigues tan guapa y rubia, con cinturita de avispa rodeada de polisones, con tu garganta canora adornada con cuellos de organdí), que me recuerda a Don Ameche cuando le cantaba al viejo Chicago. Te llamabas Margarita, eras hija de familia rica. Hugo era acogido en su pobreza como administrador de la casa. Un buen chollo. Y aunque la película se iniciaba con unos versos de Rubén, todo se movía por los afianzables meandros del folletín por entregas de cualquier hijo de Juan Moreira, para que lloren las educandas. Porque se descubría que la hacienda perteneció al padre de Hugo, con lo cual el pobre se volvía rico, tal vez más que tú y tu engreída familia. Y sufrías porque podías perderlo, a él y a tu hogar. Justo estabais a punto de poner las valijas en el carruaje cuando el nuevo dueño te pedía que las dejases en el suelo. Comprendías al instante el significado de aquello. La sonrisa, el bigotillo a lo Ameche con las puntas hacia arriba. Era el final feliz que siempre te mereciste, dulce Amanda.
Cantando como doña Liber te fuiste a Mexico y alli seguiste unos años más mostrando tu grácil silueta, tus ademanes educados y corteses. De sufrida y abnegada esposa, en un cine en el que la adúltera, la mujer de cabaret se llevaba la mejor parte (de mitificación, no de suerte). Y volviendo a tu patria en el 56 te retiraste definitivamente, diosa rubia del tango (tu, que naciste morena). El síndrome Evita.



b) LAURA HIDALGO (1927-2005)


Tal vez porque era rumana de nacimiento, Narciso Ibáñez Menta se fijó en ella con especial morbo. No en vano, era una vampiresa rara, que bien pudo haber sido una vampira auténtica, en el sentido gótico del término, no del hollywoodiense. La Hidalgo casó con el actor de los mil disfraces siniestros y juntos se les terminó viendo en La bestia debe morir (1952), en La muerte de un viajante, El fabricante de piolín y F. B. (estas tres últimas en teatro). Pero Laura Hidalgo dentro del cine argentino de los años cincuenta fue más que un rostro bonito y exótico, fue una hermosa criatura (tal vez la actriz más bella de su generación, y desde luego, una de mis favoritas), capaz de transmitir en la pantalla un erotismo fascinador y turbio, algunas veces místico, siempre cargado de fatalidad. Hubo directores con los que trabajó que supieron entender esa facultad íntima y supieron explotarla bien en películas como El túnel o Más allá del olvido. Ya su mismo nombre artístico sugiere el misterio (Tierney) de un retrato con hechizo.
Luego estaría su carnalidad. Por culpa de un mimetismo machacón que espiaba otras filmografías, se ajamonó un poco a la actriz con la misma carnaza con la que sobreexponían en Italia a sus reales hembras. María Magdalena (1954) sería el caso más claro. Ahí Laura sigue los derroteros de una Mangano (mezcla de Risso amaro, mezcla de Ana) con cara de la Canale, en dudosa efectividad.
Maria Magdalena es un escándalo de guión. No nos creemos al personaje, definitivamente. Una mujer que en la primera parte de la película osa decir cosas tan drásticas como: O me tienes toda o me pierdes, una mujer que es la otra, la roba maridos con ínfulas de perra egoista a lo Scarlett O'Hara, no es posible que acabe de enfermera abnegada, cual Florence Nightingale pasada de rosca. Claro que deberíamos estar más prevenidos, pues en el melodrama continental cabe de todo (el vicio y la virtud, el rifle y la biblia, reacción y progresismo). No se admiten tibiezas. Empezando por el nombre de la mantis, María Magdalena. Acarrea una mala reputación en ese pueblo, tal como la novia del Mesías. Para componer a una gran pecadora los guionistas buscan la inspiración en las Sagradas Escrituras. Y el final es un desastre místico con música altisonante que es salvado por el delirio (a ratos se intuyen los desmadres de Isabel Sarli, aún por venir) y, por descontado, por su belleza terrenal.
Pero donde Laura debería ser más recordada, pues la vemos diferente al resto de las divitas porteñas, es en sus aspectos sobrenaturales, al di lá. En El túnel (1952. León Klimovsky), que se basaba en una novela de Ernesto Sábato y donde el propio autor adaptó los diálogos, no sabemos a quien nos recuerda, si a Joan Bennett, a Yvonne de Carlo o a Margaret Lockwood. Laura se llama Maria, secreta, onírica, frívola. Definitivamente es un Frankenstein femenino, compuesto de pedazitos de mito, a cual más sagrado. Nos quedamos con Pandora (de reciente estreno). Pero lo más alucinante de ella -y que sólo el tiempo transcurrido nos ha acabado revelando-, es que se anticipa a la Kim Novak de Vértigo. Reparen si no en la escena de la exposición de pintura, contemplando un cuadro sentada de espaldas al objetivo, tomada desde el mismo ángulo en el que Hitchcock tomaría a su rubia años después. María es compleja, falta a sus citas, enloquece a los hombres, pero no desde el capricho de la consentida y la tonteria del mohín, no desde la dictadura belle époque de un corsé apretado o unos ligueros de putón, sino desde la indefinible revelación del arcano femenino a través de las ausencias presentes o no. El túnel es la locura. Está en la onda de la moda del psicoanálisis.
Más allá del olvido
(1956. Hugo del Carril) es su otro gran papel. Síndrome de Rebeca. De entre las tinieblas. No soy la muerta exclama en el momento de mayor tensión dramática. No lo es, pero asi la ve (y nosotros también, pues hace un doble papel) ese viudo trastornado por los recuerdos de su primera esposa (finada demasiado pronto, de manera trágica). La sustituta viene del arroyo. No es una señora (qué es eso?), pues, como la original. Pero tampoco es una malvada. No lo era la Fontaine cuando asentó sus reales -tormentos- en Manderley. Hay un retrato de la predecesora que la amenaza cada día que se levanta y pasa por el salón prohibido. El fantasma no es ella sino la retratada. Y finalmente le darán la muerte de las malas. Apuñalada por su chulo que se aparece en la mansión con nocturnidad y alevosía. Comparen las dos tragedias maritales de su protagonista masculino y verán un transfondo moralista brutal. La primera moría de lo que mueren las damas: como de anemia, en la cama. Las pecadoras, a bocajarro, en el frio suelo. El sino fatal con espíritus revoloteando. Magia de Hidalgo.

continuará

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