08 septiembre 2009

Macisterotique

* Hubo una tarde de martes de enorme intensidad. De profunda penetración. Tres tipos. Distribuidos de hora en hora. Primero un sesentón que me había salido por la mañana. Luego estuve con el un rato. Seis y cuarto. Me penetró un poco. Hizo que se corría. No era verdad. Lo presentía, no lo constaté porque casi no había luz, pero lo presentí. Me pidió que lo follara pues se quería correr otra vez (?). Se la metí de cuajo. Le lastimé y paramos. Los que van para viejos son asi casi siempre.
A las siete y cuarto Emilio, el albañil en paro, después de veinte años de darle al chollo (o sea, un tío de actualidad) me aborda en la calle. Me convence para que vayamos un rato a las escaleras de casa. Estoy receptivo, muy caliente al no haber terminado la faena con el anterior. El loco quiere hacerlo en el ascensor. Ni hablar. Tengo yo el trauma de habérseme culpado del mal funcionamiento de la maquina como para ponerme a dar tumbos y golpeteos dentro. Quedamos en el umbral de la puerta. Empieza todo bien, como de costumbre. Luego me agobio algo. Posiciones incómodas. Me duelen los codos, no sé como poner las piernas. No me puedo despatarrar tal como quisiera. Desconecto. Se me baja. Mi amante está aceleradísimo. Me habla pero yo ni le escucho. Sólo oí algo que me puso alerta: a las vecinas de enfrente, que están en casa. Temí que pudiera alguna estar fisgando por la mirilla, pues no es raro que sintiesen barullo sexual. Corté por lo drástico. Lo dejé con los pantalones y boxers bajados, el micro pene enhiesto y envuelto en una capucha color/sabor fresa. Me remordió algo la conciencia y le abri la puerta invitándole a entrar. Alli seguía él, meneándola. Las vecinas de abajo salían a airearse de derecha a izquierda, pegando voces entre ellas. Vuelvo a cerrar. Todo esto es Lubitsch mezclado com Max Pecas. Cinco minutos después, vuelvo a lo mismo, más que nada por saber qué ha hecho con el condón. Pero el condón y Emilio siguen en el mismo estado y posición. Ya me pongo en plan severo. O entras o te largas. Y entra. Me termina de follar en la cama. Harto estaba yo. Más bonito había sido el anterior polvo con él. Dulce, nada estresante, en esa misma cama nueva. Al despedirlo le llamé loco. Resulta que está yendo a rehabilitación de huesos y lo deben poner como una moto los masajistas. Le darán poppers, seguro.
Ocho y cuarto. Esto es asi de exacto. Se han confabulado todos para marcar las mismas horas que el reloj del hada madrina de la Cenicienta. Pero este es mi favorito, sin discusiones. Dejo a mi madre que acabe una de la Loren que estábamos disfrutando y me pongo con Jose, el scatyolista. Una gozada, oigan. No venía tomado, asi que el beso negro le salió muy blanco. Aún asi bajó al foso, a la caldera hirviendo. Fue durante un 69. Otra vez en la cama. Se la presenté pues aún no había yacido en el nuevo colchón. Le dejé, tras casi tres trimestres de prohibición, que me la clavara sin preservativo. Le avisé que se fuera en mis nalgas, no dentro del ano. Hizo caso omiso el capullo. Menos mal que yo estaba alerta y se la saqué a tiempo. Con éste hay que tener cuidado, se corre enseguida.
Luego me lo hice yo, mientras se vestía, mirándole ponerse sus ropas de trabajo (me excito cuando se van vistiendo, no cuando se ponen a desnudarse). Quedaron mis espermatozoides luchando con la suyos, leche contra leche. Le di tres euros. Nunca me pide. Pero a mi me gusta devolverle los detalles. Si no son bombones son propinillas, pero mi favorito no quiero que se me vaya con los bolsillos vacios. Este mes fijo que pasa. Esto fue un martes de finales de agosto. Un martes en el que se cerró el telón de manera, al fin, triunfal.

* Luis. Me pidió el teléfono en julio, ¿recuerdan?. El casado temeroso, el que siempre está casado. El que trabaja en horas imposibles, que no tiene tiempo para el escaqueo, que tuvo esa operación y tal. Bien, pues llamó hace dos domingos. Quería que fuese a su casa. Imposible. Debía levantar a mi madre en un cuarto de hora y ocuparme de ella otro rato más. Aceptó un coito rápido en mi casa. Se despelotó. Muy buen cuerpo. Apenas tiene vello. Es muy alto y fibroso. Ha aumentado de cinco años a esta parte algo de peso. No está gordo. Eran simplemente kilos que necesitaba, bajo mi punto de vista. Pero sigue siendo un débil amante. A la mínima de cambio le da un absceso de tos. Come bien el ano. Come bien todo. Me come muy bien. Hicimos un 69. Me penetró, creo que para eso me llama. El juego de dedos es tan magnífico como el del scatyolista. Rápido, mecánico, preciso... sus yemas nunca paran de acariciar el esfinter. Le presenté aTobías (el consolador). Le devolví el favor introduciéndole el glande de goma a él también. No se quejó. Debíamos parar. Sentí a mi madre y me puse nervioso. Ya vestidos surgió el desastre. Nos besuqueamos y entonces nuestras ropas se volvieron a caer al suelo. Sus manos en mis nalgas. El caso es que noté deslizarse un líquido extraño por mis muslos. Me separo y miro. Un goteo de sangre cae incesante de algun punto sitio de nuestras extremidades. Pego un respingo. Voy corriendo al baño por si soy yo. Era él. Sólo le sangraba un dedo. Fue una imágen ente aterradora y atractiva. Un gore improvisado sin fundamento alguno, a no ser que sea hemofílico. Una herida, dijo. Pues no le paraba. Menuda herida. Le pasé un algodón. ¡Encima sangre!, respondió él. Se fue. Con una fregona limpié aquello. Mi ropa interior estaba manchada. Me cansé de frotar con agua y jabón mis muslos. Temí que algo hubiese entrado en mi orificio. Sólo fueron caricias superficiales lo que me estaba propinando... Me quedaron dudas, en realidad. Una hora más tarde lo volví a ver por la zona centro de la ciudad desierta. Llevaba una tirita. Adios muy buenas.
El sábado me vuelve a llamar. Era una hora muy mala. Le digo que no puedo. Se me rebota. ¿Qué quieres, que no te llame más?. Soy casado, mi trabajo es asi y asá... Traté de suavizar su tono. Podía llamarme siempre que quisiera. Sólo era cuestión de ponernos de acuerdo. Un poco de quedar como amigos y tal. No creo que vuelva a llamar. Poco me pierdo, la verdad sea dicha. Si lo veo en un báter (dentro de dos años o asi) trataré de pillármelo un rato. Si no no importa.

* Me lo hago con un osazo. Madre mía, que barrigón el pibe. Y alto que casi no vés la cima ni el final. Y no era feo. Pero fíjense qué gordote era que hasta le costaba respirar. Fue un encuentro muy rápido. No se sabía bien lo que quería. Yo preguntaba. A todo me decía que no sabía, que nunca en su vida de buscón había hecho nada... Se la chupé. Parece que le gustaba eso. Luego le palpé las nalgas. Se dejaba meter el dedo. De todas formas, fue hacérselo para devolverme el favor con un acto idéntico. Le pregunté si me quería follar. No sabía, nunca lo había hecho. Honré su barriga, era como estar acariciando una enorme bola del mundo, una preñez deseada, la colina de Julie Andrews cuando entonó las bondades del sonido de la música suiza. Su ojete estaba húmedo, sustancia algo espesa. Supongo que era mierda. Pasé. En los gordos no adolescentes me da asco encontrarme con caviares. Pero, dioss. Que culo. No paré de besarlo, pasar lengua por los gluteos mientras con una mano pajeaba. Luego siguió solo. Entonces me avisó de que iba a estallar. Celebré el acto con toda mi atención. Me puse gafas de aumento. Su respiración era grotesca. Tuvo un buen orgasmo, sin duda. Pero pensé que le iba a fallar el corazón. No debe tener orgullo oso, porque los osos de verdad saben respirar (aunque cueste, superan muy bien esas dificultades intrínsecas a la fatiga y el horrible calor de una ciudad asi, nada oxigenante). Miró para mi como diciéndome: Qué cosa me ha dado. Y yo le respondí con una sonrisa y un Tranquilo, majete, ya pasó.

* El gitano renegrido está casado y tiene un hijo. Los vi a los tres paseando. El niño es muy pequeño todavía. Iba él empujando el cochecito. Qué cosas. Si este gitanillo no aparenta tener más de quince años...

* Sigo echando buenísimos polvos con el brasileño. Es un tipo atómico. Parece que ha cambiado sus estrategias, su comportamiento en sociedad. Antes no salía de los báteres. Ahora sólo acude los domingos un ratito. Y parece que se concentra en mi. Conmigo se vacía, sin duda. Tras estar con él hace dos domingos le salieron nuevas ofertas (de hombres muy mayores) que él rechazó por acabar de eyacular. Si es que nos inflamos... Quiso follarme en la pileta de la entrada. El prometió controlar si entraba alguien. Sus embestidas me alucinan. Termina haciéndome un poco de daño. Pero todo dolor se compensa con el inmenso placer de sus bombeos. De sus separadas de nalgas, de sus vistazos valorativos del agujero petado, esto de vez en cuando, para luego endiñarmela con la precisión del obrerito con largos años de experiencia, de sus salivazos al orificio sin necesidad, sólo por el morbo. Esto lo capto y aullo. Lo malo es que le pone de mala hostia que me pajeé mientras. ¡Será cabrón!. Ni que contraiga los músculos anales. Hago lo que me dice, cada cual...
Este domingo volvió, pero no coincidimos bien. Sólo intercambiamos un par de sonrisas cómplices y punto.

* Pero no punto y final. Seguimos en domingo. Ya creía que no me estrenaría. Eran la seis y media de la tarde y me iba a retirar cuando surgió el portugués follador. Recuerdo: cuarenta y pocos, buen cuerpo, velludo en su justa medida, extraordinario rabo. Llevábamos sin coincidir casi un mes. El brasileño me ha dicho que han hecho trios juntos. Lástima. Los tres seríamos una bomba de relojería. Lo he vuelto a ver por la calle. Super malas compañias. Anda con yonquis de mierda. Es muy limpio. Ya no me pide un cigarro ni un euro ni nada. Sabe de qué va el percal. Y yo con condón, al fin del mundo, si es preciso. Me folló con el tanga puesto. Le gusta pasarme ante determinadas pausas los dedos por mi sitio mojado. Le doy mucho vicio y respondo con precisión. Me piropea en portugués. Me hace correr primero. Este tipo es un placer.

* Me voy los viernes por la tarde y sábados por la mañana a un bazar chino sin cámaras. Llevo con esta manía desde hace años. Al fondo, en la ferreteria y otros menajes hay más intimidad. Los empleados son menos ahora en las vacaciones. Mucho mejor así. Hay un jóven cliente que me gusta. Va cargado de pequeños juguetes. Es momento perfecto para agacharme a cierta distancia. Disimulo mirando elementos fálicos mientras le hago un buttcrack de tanguita. Es la hostia esto, se lo aseguro, ningun fulanito falla. Este se acercó bien. ¡Incluso se llegó a inclinar a pocos palmos de mi para contemplar (utilizar otro verbo sería inadecuado) perfectamente la tira atravesando el meridiano de mis nalgas!. La cosa duró segundos. Se fijó que doblaba ligeramente yo la cabeza y le dio apuro. Rozó su pantorrilla peluda contra mi carne al descubierto para pasar a otro departamento, no sin antes mirarme la jeta. Luego siguió su ruta. Comprobé que se había arrodillado en una zona absurda. Por lo tanto, sonsaqué que sus miradas fueron destinadas en exclusiva a mi juguete (no al de ningún chino).

* Ayer durante la feria hice la prueba del Ramadán. A las tres me voy al lavabo de la cafeteria de siempre (donde van los gitanos a gritar, romper los pestillos, malgastar papel...). Apareció el árabe. No pasó nada. Me exhibí, que es lo que más me gusta. Suspiró. Me miró por el reflejo del espejo con una expresión algo tonta. Como cohibido o asi. El timo de la religión, claro. No pueden ni cagar hasta que no salga la luna. ¿A ver, a ver?, me decía... Le enseñé el chocho y suspiró. Fin. Porque la oscuridad no se hizo ni aunque rompiéramos la bombilla que nos alumbraba. Ni aunque se hubiesen chivado al mismo Yahvé, poniendo apocalipsis a esta Sodoma letal, violenta y barata.

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