22 septiembre 2009

Dirigido por...fa: El sexto sentido (1929. Nemesio M. Sobrevila y Eusebio Fernández Ardavín)

El misterio de la K. Del personaje de Brecht, del conradiano Kurtz, de este Kamus del 29, encerrado entre sombras proyectadas por una cámara de época, anticipo de tantas cosas futuras desde su vetustez. Kamus vive aislado, prefiere contemplar la realidad a través del ojo de una cámara antes que del suyo propio, es un niño que no quiso crecer y ahora, con el transcurrir de los años se asemeja a un Nosferatu de todas las Epifanías. Castizo, claro, pues vive en Madrid. La capital la ve distorsionada, desfragmentada, con ciclos variables, repetitivos, imágenes aceleradas en sinfonía de organillo. Eso le hace reir. Eso evita que el director del filme convierta al personaje en un pretencioso, en un insufrible pedante, embebido de las corrientes de vanguardia europeas que preconizan estilismos de esa clase.Véan si no los experimentos de cine abstracto de Hans Richter o de Oskar Fischinger y me cuentan. A la vejez, su pasado de científico lo ha sustituido por un ascetismo donde el voyeur se vuelve un pícaro de los vestidos vaporosos. Tal que tantos jubilados del siglo 21 envueltos en el marasmo de Internet, las webcam y otros utensilios digitales domésticos, democratizadores que transportan al gran hermano a un rango alcanzable, posible. Pero hay algo más auténtico, menos miserabilista, más puro en sus actos de desconexión siempre conectada. El bueno de Kamus siente el contínuo cosquilleo de la Verdad como un equivalente del cine cómico de la Keystone. Al contrario que el Will More de Arrebato (1980), más trágico, fascinante pero descorazonador, Kamus prefiere morir riendo, con su bata raída y su aspecto desaseado. Qué curioso, ahora que mento Arrebato, directamente ligado a este filme, anticipador en medio siglo y las batas de casa de los que poco salen de ella, veo a Kamus y me viene a la mente el propio Zulueta en aquel documental Ivan Z. de hace algo más de cinco años, presentándonos su hogar, sus trabajos, sus impresiones, su jardín. Esa bata perforada por vicios tóxicos y un poco mugrienta. Y ambos, vascos, pues Kamus es Ricardo Baroja, el hermano mayor de Pío. Al contrario de éste, extrovertido, bohemio y nonchallance.

La ingenuidad de la época provoca que haya que introducir una trama convencional de amoríos contrariados entre dos parejas, a los que se le suman el padre de una de ellas, su jefe coreógrafo, una portera y su hijo (proyeccionista del cine Kamus). Hay dos aspectos fundamentales que salvan esta parte (en la que no aparece ese Peter Pan con pinta de ogro bueno) de la molicie. La relación entre los varones jóvenes (uno positivo y siempre optimista; el otro negativo, petrificado por la pesadumbre, por la depresión aún cuando el término no había sido inventado, contagiando a quien le rodea de su infelicidad) y la manipulación de la realidad de esos personajes, de ahí el juego metalingusitico, que efectúa Kamus mediante sus artilugios modernos. Esos personajes masculinos, enlazarían de manera discreta pero coherente con los futuros Poncela y Will More de la citada Arrebato (Cecilia Roth resulta un personaje antipático, por lo frívolo y desconectado de esa otra Realidad). La frivolidad femenina está bien retratada en el personaje de la corista sumisa a la autoridad paterna (adicto a los toros, hombre muy egoista) obligada por él a vender el anillo de compromiso para que con el dinero que reciba pueda ir a la lidia. Pero lo que cuenta al final, lo que ha hecho a El sexto sentido un filme insólito del más temprano cine español no es una tendencia a la lágrima, a lo zarzuelero, a lo romanticoide, ni siquiera al elixir bicetíplico que parece anunciar los fastos espumosos e instantáneos de la Segunda República, sino la descripción de una introversión humana: Kamus y todo cuanto lo rodea. Está bien la escena en la que una de las películas tomadas por éste provoca el equívoco argumental. Cuando las imágenes son malinterpretadas de diferente manera según quien la mire, llevando la contraria al objetivismo proclamado por el cinéfilo. Pues desde esa perspectiva, Sobrevila pone en cuestión algunas de las concepciones teóricas en vigencia en su momento.
Lo que desarma igualmente son las secuencias del viejo Madrid en clave futurista, tan en la línea del Berlin de Ruttmann (1929) o los amagos de cine ojo, partiendo de las teorías afianzadas del ruso Vertov, pero adelántandose unos meses a la plasmación visual del autor con su El hombre de la cámara. Son guiños que apabullan, enloquecen a los imagoheridos del mundo, que en pleno siglo 21, al haber sido reeditado en DVD y estando disponible otra copia superior en Internet (pues la edición de Divisa de 2002 es aberrante, una suerte de atentado cultural al haberla digitalizado con las bobinas/actos desordenados), rescatan a El sexto sentido de su status de materia prima de Filmoteca, o sea de material apolillado para disfrute de minorias, haciéndola accesible y elevándola a la categoría de primer filme moderno que asume su condición desde la crítica a la modernidad misma.

Sólo tendría un único precedente y vendría también firmado por el propio Sobrevila (es por ello que en este post haya renunciado a detallar qué partes de la autoria global corresponden a Ardavín. En cualquier caso, no sería dificil hallarlas en lo más convencional: tipo boy meets girl), Al Hollywood madrileño, donde en siete episodios ya se satirizaban géneros cinematográficos de Hollywood o no, desde el cine histórico hasta los movimientos de vanguardia como el cubismo, pasando por la ciencia ficción futurista (de alguna manera Eduardo G. Maroto proseguiría en esta línea breve con sus cortos del 35 Una de fieras, Una de miedo, Y, ahora, una de ladrones...). Además se exponía la picardía imperante en la industria del cine madrileño y la colonización cultural de las películas americanas que sufría este país. Un cine adelantado, visionario, maldito. Al Hollywood madrileño no es una superviviente a los envites del tiempo, es una joya perdida, de ya oscuro estreno en el 27. Un evidente fracaso dentro de una industria balbuceante que quería encontrar un lenguaje propio (y lo encontró, muy mal, en los libretos de zarzuela, folclore y de copla), tras lo cual fue remontada y retitulada Lo más español, algo que tampoco facilitó una carrera comercial al uso.

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