01 septiembre 2009

Dirigido por...fa: Belphègor (1927. Henri Desfontaines)

Belphègor es el punto y final del cine mudo francés por episodios. No el canto del cisne, porque no hubo un cisne: como género siempre fue un patito algo repelente (tampoco feo, ni pájarraco de mal agüero). Simplemente algo repelente y de mucho aburrirse. Feuillade, antes Jasset con Nick Carter y Zigomar, intentó encontrar con él una salida a una cinematografía con las puertas bien cerradas, asfixiada en un burdo escenario, confundiendo una y otra vez el arte nuevo con el antiguo, el teatro; y a sus actores con monigotes de recursos anticuados y ridículos. Pero ni a Feuillade ni a Jasset (dibujante y director de escena del Hipódromo) se les pasó por la imaginación algo que sólo parecía estar dentro de la mente de los americanos: la acción por la acción misma.
Los seriales franceses inventaron algo importante: el momento final de cada episodio cargado de emoción. Lo cual no ocultaría una supeditación total al folletín literario para almas sencillas. Personajes que dialogan una y otra vez sobre las mismas cosas, sentados o de pie. La lectura de cartas tan prolija como agotadora. Los intérpretes, ampulosos astros y estrellas que seguían la estela de una propaganda corrupta (l@s div@s como modelos a adorar) que bien pudo iniciar el propio Henri Desfontaines cuando codirigió a la eximia Sarah Bernhardt en su hitazo de la reina Elisabeth.
Los pobres antecedentes de las noveluchas por entregas, las fórmulas periclitadas a las que se aferra, hunden el género de aventuras, haciendo perder el carro a Francia de una modernidad de la que sólo tiene la marca de fábrica la industria norteamericana. Mientras que la alemana es la vanguardia, el desarrollo de la psicología, el exceso decorativista (que vuelve al Caligari una nueva muestra de teatralidad histérica aunque completamente decisiva), Francia es el callejón sin salida, el mirarse al ombligo, el retroceso que no cesa. Buena muestra de todo esto es Belphègor, sólo en apariencia un proyecto atractivo.
Visto con la perspectiva del tiempo, el serial es un anacronismo. En 1927 el folletín apenas interesaba a nadie. Encima Desfontaines venía del Film d'Art, donde pasó todos los años diez (los que en verdad pertenecen al folletín) pariendo comedias de alto copete, colecciones de breves escenas, alimentando un star system aún por destetar... Amagos de sobreimpresiones y comparsería por doquier. Y, sobre todo, grandilocuencia, pedantería y énfasis.
Desfontaines trabaja en Belphègor con un texto idóneo (de Arthur Bernéde) y la coproducción de Gaston Lerroux (el padre de El fantasma de la Opera). Porque no es Belphègor menos que un Fantomas o un Judex. O sea, un personaje negativo que aún, paradojicamente, le había quedado a Feuillade por tratar. Y Desfontaines lo hace mecánicamente, con frialdad, sin ningún genio de autor. Francés hasta la médula. Y como fue experto en guardarropías de otras épocas, se permite el lujo de reconstruir malamente la corte de Catalina de Medicis para explicarnos el asunto del tesoro, de unas monedas fatídicas. Son detalles que alargan el metraje. Cuatro episodios de casi una hora de duración cada uno, sin el aliento de la velocidad, sin la magia de un crescendo pueden resultar desagradablemente angustiosos.
Pero ¿es esto el serial?. Con toda probabilidad, no. Debemos pues ver en Belphègor un intento fallido de rubricar el género por culpa de haberse puesto en malas manos. Los únicos momentos acertados transcurren en el interior del museo del Louvre, donde se agazapa ese fantasma que busca y rebusca un tesoro cobijado debajo de las baldosas. Los claroscuros, el modus operandi de ese cuerpo embozado, sus graciosas tácticas para desmayar a cuanto incómodo adversario se le plante en su camino (bien sean vigilantes, periodistas o policias), las perspectivas tomadas de las estatuas (con un esplendoroso Apolo que se coloca las sandalias y que en la madrugada y desde lo dorsal parece un mero reclamo al fornicio de los dioses) son detalles que levantan nuestro ánimo. Pero, luego, uno se pierde en el letargo de la presentación de super detectives más superiores los unos a los otros (pero iguales en retórica y tozudez, ambos factores que los vuelven cansinos y reiterativos), en idioteces sentimentales para el público menos inteligente, en ese flashback desastroso que no viene a nada... Claro que hay un falso culpable, el periodista Jacques Bellegarde, que da ese intringulis mientras nos cubre de dudas de si es o no el fantasma. Y en caso de no serlo, pues lo vemos siempre como el galán más desgraciado del mundo, ¿quién diantres es el ladrón?.
Todo se solucionará al final. Y la pareja de enamorados se casan y el banquete es mirando al Sena, muy oh la lá. Tanto como que el mito del falso culpable viene de tradición (de Victor Hugo, de Dumas o de quien sea). Y esa tradición les acompañará por los restos: acaban de filmar un remake en 2001 para TV con Sophie Marceau, cuando ya lo habían hecho (y para el mismo medio), a mediados de los sesenta, con Juliette Greco de interrogante excelsa, heredera imposible de Musidora (la única herencia compartida fue haber sido ambas musas para intelectuales y de sentarles como dios el negro. Y punto, porque si Musidora fue un invento genuinamente fantástico, los ambientes de la Greco fueron los del realismo más... chic).

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