11 septiembre 2009

Aquellos juncos salvajes

Mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988 (continuación de INFANCIAS VERDES)

Capítulo vigésimo primero

Profesora particular

Mi padre ya no sabía qué hacer conmigo. Segundo de BUP estaba siendo un fracaso más morrocotudo que ningun otro curso. Mi nulidad iba in crescendo como mi retahila de suspenserío. No podía hacerlo peor. No le quedó más remedio que hablar con una profesora particular. A mi esto me sonaba a exótico. Pero, sobre todo, a privilegio de niño rico. Yo sabía de institutrices por el cine americano y la Heidi. Y, si bien, algunos de los ejemplos comunes me aterrorizaban, siempre prevalecería un detalle de orgullo y satisfacción el hecho de que me viniese la docencia a casa y no tener yo que ir a buscarla en aquel colegio religioso que no me enseñaba nada más que a idolatrar.
Burro que era, como bien sabrán, pues aquellas horas extras no descontaban ninguna de las oficiales, que día a día me sumían en la más profunda de las angustias. Al menos tuve suerte con la elección paterna. La profesora que me trajó era jóven. Apenas me debía llevar cinco años. Atractiva, moderna, sencilla y afable en el trato. Se encargó de orientarme en dos o tres disciplinas, las que me causaban más infartos, que iríamos distribuyendo a lo largo de dos jornadas semanales de un par de horas cada una.
Recuerdo que fue en invierno cuando le abría la puerta. Que las primeras veces me sentía muy a gustito cerca de ella, al calor del brasero, de la mesa camilla de la sala de estar, con la oscuridad inevitable de los días largos de la estación. Su nula experiencia como docente la arreglaba desde métodos elementales. O bien me ponía a hacer los deberes mientras la moza repasaba el tocho que debería memorizar en ciertas oposiciones que la traían loca o bien, llegado el momento, me arrancaba de la mano la libreta y se ponía a solucionarme los problemas de física y química o matemáticas con los que me había atascado. Entonces era cuando me detenía en mirarla. Era una chica normal, no sé si mi compañera ideal en la vida porque ignoraba cual era la suya, qué gustos tendría, si gozaba de novio o si temblaba con las hembritas. Pocos huecos encontrábamos para intimar. Y si lo hacíamos nos ceñíamos a los asuntos de mi futuro educativo. En un par de preguntas adivinaba que yo era lo peor, que mi mañana estaría de paleta o en las largas colas del Inem. No creo que me idealizase de ninguna de las maneras.
No paró mucho en casa. Al principio las clases se las tomaba con todo el rigor. Cumplía los horarios, se esmeraba en sus explicaciones, denotaba mucho interés. Luego ambos empezamos a fallarnos. Primero fui yo. Me era algunas veces bastante agobiante tener que estar a las siete en punto de la tarde en casa, cuando a lo mejor estaba entretenido charlando con Mario, Ortiz o Carlos. Hubo también impuntualidades por razones más oscuras. Todavía asistía a los pases de videos clásicos en el escaparate del establecimiento de electrodomésticos, aquel que exhibía sus productos con un gran despliegue comercial en forma de cartelera atractivísima. Fueron estas sesiones callejeras, como ya sabrán mis lectores de Infancias verdes, unas de las causantes de iniciarme en el perfeccionamiento de la técnica de la mano larga, cuando entre el público me cebaba de palpar traseros de críos y otros machines. Eran tardes de invierno con sofocones, escalofríos, zozobras y lluvias repentinas, que nos obligaban a abandonar la zona, como pasaba en los cines de verano de las localidades costeras, algo que nunca viví aunque con esto ya se solventaría el tema. Volvía a casa con un gran empalme y entonces la veía, a la pobre, esperándome cargada de libros en el umbral, con ninguna sonrisa de bienvenida porque es posible que ya estuviese harta. Para compensar a mi maestrita le ofrecía un Colacao, me esmeraba en los deberes, respondía con mayor locuacidad a sus cuestionarios y en ratos de pasmarotismo general me entretenía con imaginarla en la cama desnuda, como antes lo habría hecho con cientos de pibitos de colegio. Estas imágenes picaronas a cuenta de la chica no duraban demasiado. De lo poco que conocía sobre el sexo femenino, lo que más me intrigaba era el asunto menstrual. Y si por alguna razón que a mi se me escapase la hallaba esa tarde arisca y monosilábica, o imbuida en un letargo que a mi me parecía de pura melancolia era cuando pensaba en si podría o no estar luchando con el período de marras. Igual sucedía con Esperanza, la profe de inglés, que por cuyo trato más continuado sonsacaba sus incidencias internas al dedillo. Seguía siendo un niño ilógico y caótico en lo sexual. Un niño, vamos. Abierto a mil fantasías dentro de mi carrera de depredador y con dos sexos como posible meta. Pene o rajita eran dos posibilidades que daban juego a mi mente de virgen harta.
Ante mis seguidas informalidades ella optó también por ser informal. Normalmente me avisaba de que iba a faltar a una siguiente cita. Pero lo peor sucedía cuando se plantaba media hora antes de lo convenido. Una tarde me pilló en pleno secado de un pantalón (con él puesto) con el que previamente me había duchado. ¿Qué hacer?. Por supuesto que opté por lo más lógico. Abrirle la puerta medio chorreando por los bajos con un secador de mano apuntándole al coño. A punto estuvo de echar a correr ante lo que era el ataque de una criatura lo más semejante a la de la laguna negra. Esa fue la única vez en la que no presté más atención que a ella y a mi, idealizándonos como dos seres que sentían la misma pasión el uno por el otro. Pensaba que esa tarde yo estaba irresistible con mi prieto pantalón, con aquella bragueta a medio reventar, con esa situación que ella habría captado al instante y que, a buen seguro, también le hacía guarrear. Abofeteable, lo sé. Al cabo de media hora yo ya me había dado por vencido. Y la escena evolucionó de forma bien violenta. Bajo el hornillo que nos recalentaba, un intenso y desagradable olor a ropa húmeda y sucia estaba evidenciando mi falta de higiene. Es como si estuviéramos respirando el vaho de mi vicio, los vapores de mi lujuria. El ceñimiento a su vez me jodía las extremidades, con lo cual hubiera requerido un sofá en vertical como los que utilizaba Jean Harlow en las pausas de rodaje para descansar de tanto traje de lamé doble piel. Fue la peor de las veces. No me daba cuenta que para intimar con una chica el paquetin como meao es un poco secundario, que aún lo es más cuando lo único que se esconde dentro de uno son pequeñeces (por muy robustas que estén) y, por encima de todo, que la conversación es lo fundamental. El resto, intentos de transformarme en un burdo dibujo de Tom of Finland pasado por la estética de la hambruna etiope.
A lo más que llegamos en esas tesituras íntimas fue a un escueto comentario cinematográfico. Esto pasó el "día del espectador" que reestrenaban en el cine de enfrente de casa Tess, de Polanski, uno de los filmes más endebles de su realizador, perfectamente olvidado. Era cine romántico basado en una novela de Thomas Hardy, que ella había leído y yo no, muy femenino pues, en el mismo sentido como luego lo fueron las temibles El piano y otras bronteadas. Salió Nastassia Kinski a colación, uno de mis mitos erótico-platónicos de entonces y por ahí pude tantear una situación de hechizo. Pero no hubo ningún hechizo. Probablemente su novio o quien fuera la estaría esperando en el portal para ir a ver el bodrio. No lo sé.
La única vez que una chica pisó mi casa. Pronto dejó de acudir. Jamás supe de ella. Con el paso del tiempo aquellas jornadas extra escolares se revelan vacías, inanes. Resumo estas horas como aciagas y voluptuosas, plagadas de sombras proyectadas en un viejo foco de luz cenital, en donde ni siquiera su rostro consigue resplandecer en mi memoria. La misma que me impide precisarles si era rubia o morena, alta o baja, tetuda o lisa, pizpireta de nalgas o culicaída. Si quería adorarla o que me adorase. Si existió de veras como entidad humana o era tan sólo aparición sobrenatural, brujita tentadora pues gustaba de rellenar su bloc de notas con fugaces símbolos esotéricos cuya significación se me escapaba y que ella misma se encargaba de tapar pasando la hoja no bien reparaba en ello. En cualquier caso, mi futuro escolar y el de las cosas del querer, parecían estar ya escritos en el libro de mi vida, tal vez lleno de errores de fondo pero con la autenticidad del que lo va rellenando a base de elecciones personales y no de imposiciones ajenas.

continuará

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