04 septiembre 2009

Aquellos juncos salvajes

Mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988 (continuación de INFANCIAS VERDES)

Capítulo vigésimo

El juego del solitario a los quince

Mis pasatiempos de autoestimulación eran cada vez más gozosos. Y más complejos. Vamos, hablo de algo que viene de un niño, de un pimpollo de 15. Yo calculaba que la masturbación en mis otros compañeros de aula era una cosa mucho más ramplona. Lo más atrevido, el encuentro con otros niños, formando un jerk off del "cada uno con la mano en su cosita", que les aportaría una estupenda novedad al mágico momento del onanismo. A mi nunca me atrajo eso de las pajas entre amigos. Sinceramente se lo digo. Ni siquiera cuando Pedro me forzaba a ello en un intento desesperado, subterfugio clarísimo, de acercarme al coito entre hombres. Pues en plan colectivo era muy vergonzoso. Es una paradoja, pues perpetraba acciones dignas de un lanzado cuando me daban las calenturas, aunque a lo zorrito y con mucho tiento.
Me enloquecía experimentar con mi cuerpo. No como dicen que hacía mi ídolo James Dean. Algo placentero y nada sadomaso. Al ser un niño sin prepucio, tampoco disfruté de las posibilidades del tira y afloja. Como tampoco me sentía feliz manipulando mis testículos. En cambio, me parecía fascinantemente puerco rebañar en mi ano, introducirme pequeños objetos, muchas veces con la rudeza del inexperto total, sin ensalivar ni untarme con nocilla ni hostias (lo que hubiera disimulado -por el exceso- la salida de sustancias internas de parecido color, que no olor). Recuerdo, al hilo del tema anal, un detalle que sucedió pocos años después, a la altura de 3º de BUP con un compañero que se había medio encaprichado de mí. Llegados los calores empezó a rondarme invitándome a quedadas, insólitas en un crío con el que jamás había compartido un recreo, sólo la proximidad de un pupitre. Rechazé siempre sus ofertas. El decidió desisitir, dejándome como recuerdo el regalo de un trozo de lapiz, roído por sus dientes a lo largo del curso y de una medida de longitud lo más aproximada a lo que debía ser el pene de un adolescente medio (o la suya, para qué andar con tapujos). Se alegró de mi alegría (en verdad el crío me había camelado, pese a mis renuncias de compartir extraños paseos por descampados "para estudiar juntos"). Entonces, recuerdo perfectamente la mirada que me devolvió tras mis "gracias". Era una mirada cargada de malicia, digna de sátiro. Para que nada quedase por su parte en el aire me contestó: A ver donde lo metes... Supongo que agaché la mirada. Los dos estábamos de vuelta y media. Era tensión latente, presión homosexual que se averguenza de decir su nombre. Son momentos que ahora veo irrepetibles, deliciosos aunque me imagino que cuando estos sucedieron sólo hubo zozobras y extraño dolor, terror a ser descubierto en un renuncio. Era idiota. Pensaba que vivía en los tiempos de Oscar Wilde, a expensas de la denuncia pública, cuando lo único que aceleraba era la represión de un acto natural dentro de todo el desbarajuste que conforma la sexualidad del adolescente en colegios exclusivamente de varones. Claro que esa misma noche mi represión se fue al garete cuando me introduje el pequeño lapicero en mis entrañitas de niño virgen. Porque mi ano ya empezaba a denotar una expresividad que los ojos de mi cara parecían disimular con mohines absurdos, que ya no debían engañar a nadie.
La soledad del cuarto me volvía un pequeño dios. Ya no sólo los libros me engordaban el ego, también poco a poco los espejos me empezaron a recordar que el cambio físico se iba a producir en breve. Todo era muy lento pero supe que en mi cuerpecillo escuálido, la sensualidad podía con todo. Con la falta de peso, con la falta de curvas. Con todo. El hecho de que orgasmase a la par que mi ano era autoestimulado por cualquier icono que recordase a un pene me hacía sentir un superdotado. Y no exagero. Correrme al punto que expulsaba un elemento ajeno de mi interior era para mi el multiorgasmo de las tías, cosa sobrenatural que tanto me llamaba la atención cuando la mentaba la sexóloga de No todo el monte es orgasmo. Entonces me imaginaba a mis compañerines, estrujándose la cebolleta y me daban algo de pena, por lo disminuidos. Y durante mucho tiempo, que se prolongó con mis estancias contínuas en tiendas del sexo con glory holes, alimenté la idea de que un heterosexual pajillero es de común un mediocre profesional de su cuerpo, porque se cierra (nunca mejor dicho) a las posibilidades que ha dispuesto en todo quisque el dios Onán. Yo los veía de espión a través de aquel boquete de cabina nauseabunda y me percataba de lo tonta que era su mano diestra, que no indagaba en otros puntos erógenos. Que más debiera fijarse en una mujer, no sólo para desearla sino para imitarla (¿el amante lesbiano?). Estimulación de los pezones, mismamente, si no quieres llevar los dedos a la cloaca. Un heterosexual rara vez cojerá un espejo para pajearse, a no ser que sea un vanidoso, un Narciso. Yo durante épocas lo consideré imprescindible. Y sabe Zeus que nunca amé mi cuerpo más que el de los dioses de la gran pantalla. Luego vendrían los juegos de luces, los disfraces, los decorados irrisorios (pero de una composición tan original como para tener bien en cuenta)...
La propia ducha del baño me volvía loco. Se me viene a la cabeza una conversación de recreo con mi amigo Javier en la que mencionaba que un día se había duchado vestido mientras se cagaba encima de los pantalones. Me había preguntado si nunca lo hiciera. Respondí evidentemente que no. Pero aquello me escamó durante un largo período de mi adolescencia. Una experiencia si no idéntica, al menos similar entraba entre mis más inminentes proyectos eróticos. La cuestión era probar cosas nuevas. Dieron mucho juego los pantalones que ya no me servían. Tallas pequeñas imposibles de abotonar (desde luego que el aspecto con ellas era ridículo pues lo que en realidad estaba ciñendo eran huesos con pellejo, jamás lozanas carnes, pero yo me veía bien en mis fantasías). También los que solía ponerme y que me quedaban algo flojos. Había leído en no sé donde que los pantalones vaqueros quedaban mejor si se mojaban con ellos puestos pues se amoldaban mejor a las pantorrillas. Entonces me iba al baño y me metía debajo del grifo como el Marlon Brando. Mayor placer sentía con los gayumbos mojados. El agua tibia y las transparencias. Enhiesto era, aunque nunca me corri a gusto en el agua. Poco importaba. La casa me pertenecía durante un tiempo razonable. Luego me iba a la habitación, dejándolo todo encharcado a mi paso. Miraba entre los visillos a la calle y me preguntaba qué sucedería si le enseñaba algo de mi anatomía humedecida a algun buen aldeano de los que se apostaban en la acera esperando el coche de línea.
Mi exhibicionismo no fue nunca una cosa loca. Al contrario, me medía muy mucho pues de nuevo los miedos me atenazaban. Controlaba lo que era mi intimidad y lo que podía ser una agresión a la de los demás. Me conformaba con el voyeurismo de prismáticos. Alucinante invento. Sólo enfocaban paletos. Algunos calientes (que reposaban sus manos en los testículos, por dentro del pantalón de chandal, rascándose la polla de vez en cuando), guapísimos de más, de una belleza que ni Paul Newman (en el fondo un señor que venía de un pueblo y que nunca estuvo mejor fisicamente como cuando aún no habían operado sobre él el glamour de Hollywood. Véanle en fotos de granja de crío y encontrarán al Newman que prefiero).

La muerte (lenta) de Pichi
Mi exhibicionismo lo practicaba con la mascota. Pobre jilguerillo. Me dio tantas alegrías como yo achares. Asi murió. A los doce años de vida, pudiendo haber vivido quince (madre sigue acusándome de su asesinato siempre que surge en una conversación). Le hacía mucho rabiar, no lo dudo. Me encantaba enfurecerlo, cuando picoteaba mi dedo con saña y yo me reía demostrándole que no me hacía daño alguno. También lo echaba a volar por la salita de estar. Fácil era cogerlo, agarrado de sus patitas a algún cortinón. Malos tragos pasó Pichí. Luego se me dio por salpicarlo con agua muy caliente cuando me lo llevaba conmigo al baño. A punto una vez estuvo de morir abrasado. Pero yo controlaba la situación. Me gustaba que me viese desnudo, fornicando con mi almohada o invitándole a que entrase en la cuevita de mis entrañas, poniéndosela a su disposición. Lo que hubiera hecho yo con un cuadrúpedo.
No todo eran canalladas. También le salvé la vida una mala mañana de sábado. Trotaba yo en la cama cuando por la persiana medio abierta me di cuenta de que afuera, unas alas enormes, tipo Batman, semiocultaban los pocos rayos de sol que entraban en mi cuarto. Entonces me levanté y vi a un animal espantoso, como nunca había visto en árbol de parque alguno pero sí en repetidas ocasiones en el programa de Félix Rodriguez de la Fuente. Un quebrantahuesos, farfullé. Se había posado en el tejadito de la jaula mientras introducía su horrible pico entre los barrotes buscando a mi mascota preferida. Yo no controlaba a Pichí desde aquella perspectiva. Me aterrorizé al percatarme que en la punta del pico mantenía pegada una pluma ensangrentada. Y cuando me miró con ojos ávidos me eché atrás. Se lo ha comido y quiere más. ¿Qué hacer?, pensé. Aquella ave del infierno, sobre cuya pata llevaba enganchada una cadena rota era capaz de llevarse la jaula y a mi en un mismo vuelo a rasante, como hizo en aquel episodio de Fauna ibérica su célebre pariente con la cabra montesa (no menos celebrada). Cogí un providencial escobón con púas y se lo clavé en el pecho, sin ánimo de molestar, todo sea dicho. Sólo quería que se apartara, asustarlo con mi tridente. Sentí toda su pechuga. Qué horror, era una pechuga magnífica. El animal entonces emprendió la retirada. Se posó en un árbol seco que teníamos enfrente, tan sólo a pocos metros de distancia. Fue cuando cogí la jaula y la metí dentro de casa. Alli estaba Pichí, arrinconado y cagado de miedo. Pero sin mayores heridas que aquella pluma arrancada. La hambrienta rapaz permaneció toda la mañana de árbol en poste de la luz, a la espera. No sabía bien qué hacer. Si llamar a Icona o al Circo Italiano, donde seguro venía huido por la carroña intragable que le darían de rancho.
Esto hecho luctuoso supuso un reconciliación total con mi mascota. Jamás volví a hacer rabiar a mi jilguero de la infancia. El, en agradecimiento, me reservó unos cuantos trinos y gorjeos mañaneros no bien le traía el alpiste (sólo comía el cañamón negro) que juraría venían directamente recogidos del repertorio crucial de Antonio Molina y Joselito. Como comprenderán, no se iba a poner a entonar el Je t'aime moi non plus para mi. Más que nada, por la edad. Por desgracia, el animalito tenía los meses contados. Ese mismo invierno moría. Yo creo que fue un cáncer, porque hipaba mucho. Fue todo repentino, aunque la agonía le llevó un día entero. Se pegó a una esquinita de la puta jaula. No comía, no bebía, no hacía nada más que esperar su final con la cabeza semioculta entre el plumaje. Al caer el sol lo retiramos del balcón, como de costumbre, colocando el mantel que cubría su cárcel de oro falso. Mi madre ya me había avisado del panorama. Se estaba muriendo. Y asi fue. Teníamos un cadáver en el salón, mientras los Betanzos veíamos la tele esa noche. Me pegó una corazonada en un corte de publicidad. Levanté el mantelito y allí lo ví. A Pichi, patas arriba. La primera muerte en directo. Fue jodido, no lo niego. Había que tirarlo inmediatamente a un contenedor. Asi de fuerte, asi de asquerosos somos los humanos. Cumplía órdenes. La bajada de las escaleras con el animalillo en la jaula me fue encomendada a mí (porque yo había sido el asesino, según madre, yo debía deshacerme del cuerpo también) y fue una de las experiencias más dramáticas, de puro terror que viví en los ochenta. Al sentirme una mierda no me fijé bien en los escalones y pegué un traspiés. Para más inri, la luz del portal se apagó. Fue cuando la jaula terminó por descoyuntarse. Lancé un alarido. Sentía que Pichí revivía convertido en el aguilucho aquél o en el Ave Fénix, siempre recurrente. Hitchcock tenía que andar por medio. Qué sensación más idiota, pensará el paciente lector. Pues si. Padre desde arriba encendió otra vez la luz. Yo grité: No ha muerto, parece que se ha escapado... Padre exclamó: Anda, acaba ya, coño. Tira eso.
Nada sucedió que no tuviera arreglo. Recogí todo aquello y dejé a Pichi en el interior de un contenedor. Esa noche no pegué ojo. El carro de la basura pasaba inclemente anunciándome que los restos del amigo pronto se harían cenizas en un estercolero, último refugio para el festín de las aves superiores.


continuará

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