02 septiembre 2009

Apuntes macisteños

* Un nuevo mes. Una nueva temporada. Y yo deseando que acabe el verano para que todo vuelva a la normalidad. No es agradable pasear por mi ciudad en los meses de calor. Pero como este fue un verano atípico en Galicia (temperaturas cálidas: frescas de noche, agradables de día, salvo cinco o seis días de infierno continuado) se agradecen las calles desiertas a determinadas horas de sol. Una paz que sólo es enturbiada por los cada vez más molestos cordiales turistas, especie humana que detesto desde tiempo inmemorial. A su constante y mecánico interés por el lugar se une su fisonomía tópica: familias tradicionales o absurdamente modernas. Pero, sobre todo, odio a ellos, a los peleles que empujan carrito, mientras su señora disfruta altanera de una inexistente brisa comercial: escaparates falsos, de un 70 por ciento de rebajas camelo. Y él que se agobia. Y ella que le manda al cuerno muy finamente diciéndole que se vaya a hacer fotos para aquel lado. Y los niños lloran. O gritan. O exigen. Las estadísticas apuntan a un descenso alarmante de la natalidad en nuestro país. Para mi esto es una plaga. Con lo que percibo yo en mis salidas al exterior tengo bastante.
Una de las cosas más coherentes que le he oído a Eduardo, mi amigote el "verdulero" (asi lo llama madre) me la soltó el pasado domingo. Sesteábamos ricamente en un banco del paseo. No pasaba ni dios. Bueno, pasaban unas familias viajeras de éstas. Entonces él, que fundó familia, que es maricón no salido del armario, que por ello ha alimentado en si mismo una personalidad pendenciera, incoherente e impredecible, que revierte en su trato con los demás, improvisó un demagógico (pero cargado de una sinceridad tal que conmovía) speech que decía más o menos así: Mira al fulano, teniendo que soportar todo el follón de la mujer y el niño encima. Está atado por completo. Gastando su sueldo en ellos. Pudiendo a lo mejor hacerlo en un bar de mujeres que fuman.
Te casaste, la cagaste - repliqué yo. Aunque también le añadí que peores son los que encima de la familia oficial tienen que soportar a la parienta extra (léase, querida). Y si se separan luego viene la paga a la ex. Al menos casados saben en qué se lo gastan.
Ya sé. Diálogos inanes, tópicos que pretenden disimular una realidad demoledora: la falta de compromiso de uno mismo con el resto de la humanidad. Pero ¿qué le quieren?. El que hubiéramos acabado charlando con un fulano como éste del tema de la soledad del solterón recalcitrante (que es mi caso, pero el suyo sería el de viudo permanente) me pareció una enorme relajo y un avance para uno que considera al individuo en cuestión un bruto que raya ya la puta neurósis. Esa charlita de mediatarde acabó con un ¿te vienes a las piscinas?, me voy a dar una duchita allí. A lo cual, contesté que no sabía muy bien qué hacer conmigo en lo que restaba de día. Que tal vez me acercaría a verle el numerito, pero que no le aseguraba nada. Y no pasé. Me quedé en casa tan ricamente viendo algo maravilloso en mi cinemateca particular. Actividad ésta que es lo que en verdad me ha puesto moreno este año.

* He pedido la semana pasada a una tienda de libros y discos de Milán una película por la que andaba loco durante hace mucho tiempo. La famosa Guendalina de Alberto Lattuada, fechada en 1957 que acaba de ser editada en DVD en el país transalpino y en una edición bien decente. Aluciné con este pedido, pues lo hice un martes y el viernes por la mañana ya estaba en casa. Justo el día que la vi. Y me gustó mucho. Con ella se empezaron a poner de moda las películas de adolescentes pijos, con toda una serie de actorcillos y actricillas de nueva hornada que parecían estar a medio destetar y que reflejaban el espíritu consumista de la Italia del benesere (tan bien retratado por el Risi de Il sorpasso, por ejemplo). Se impuso el culto a la mujer gacela con la importación de la francesa Jacqueline Sassard (en el papel titular), que luego fue esposa del realizador Duccio Tessari, con un insólito erotismo pedófilo aplicado en ella y en sus amigos y noviete. Este último era Raffaelle Mattioli, demasiado guapo para ser real, aunque como bien apuntaba madre, extrañamente adicto a la línea de ojos. No soporto a los hombres que se maquillan fuera de la onda setentiana del glam rock. Mucho menos a los adolescentes (fuera de la actual onda emo). Y a Mattioli no le hacía ninguna falta cargar las tintas en ese make up que arrasa primeros planos y lo deja algo en evidencia (cuando lo que querría dejar en evidencia el salido Lattuada era la perfección irrefutable de un gran busto de kuroi clásico). Aún asi, los ojos de Mattioli parecen estar hechos para decorar portadas (de discos de los Smith, por ejemplo). Pobrecito, murió tan jóven... A los veinticinco, de un paro cardíaco...
Lo que también me fascinaron fueron los padres de Guendalina. Ni más ni menos que un Vallone a punto de pintar canas y una irreconocible Koscina. Vale, salía empaquetá (as usual) pero con una sofisticación y una serenidad que yo no le había visto antes nunca (¡si parecía Helga Liné en Verano azul!. Bueno, más jóven, claro). Con gafitas, leyendo sobre un sofá, sin sonrisas grimosas ni menos grimosos ademanes de tontita atómica. Y, luego, la mansión en la que vivían. Es curioso cómo Guendalina gozó de un razonable éxito entre la juventud española de principios de los sesenta (aparecieron en el mercado tebeos juveniles con su nombre) pues dudo mucho que ninguno de sus espectadores, y luego lectoras, tuvieran en sus casas un cuarto de baño como el que tenía la pollita. ¡Y, encima, independiente, para ella sola!. Como sea que aquella publicación, tan coherente con los ambientes modernos del filme de Lattuada, era la hermana pequeña de la clásica Florita, no fue raro que siguiese la filosofía de su predecesora: la sublimación de los medios burocráticos como medio de elevarse la clase media hacia un sueño burgués.

* Me quedan poco más de veinte megas de almacenamiento para publicar fotos en el blog (Blogger). Esto, por descontado, supone el final inminente de un Fantasía Mongo II que lleva acercándose a sus hogares desde abril de 2006. He abierto una cuenta nueva. Que pueda acceder a ella ya es otra cosa. Voy a ver si aguanto este mes de septiembre con la vieja. Es cuestión de moderarse en los escaneos. Y de hacer una semana de parada (a mediados). Ya les avisaré cuando se produzca el apagón. Lo que más me anda en la cabeza es la imposibilidad de poder dejar aqui un enlace hacia el nuevo sitio. Yo es que esto de los internetes todavía me suena a rollo de meigas más que de megas. No creo que haya excesivos problemas, pero con todo... tengo ese comecome.
El próximo miércoles toca Macisterotique, asi que a los interesados les anuncio que se agarren que vienen curvas (y no precisamente las de Diana Dors). Muchos vaivenes y traqueteos han gozado y sufrido mis carnecitas en lo que llevamos de... finales de agosto-principios de septiembre.

* Han salido al fin los nuevos discos de Parade y La Casa Azul. El de Parade ya lo daba por perdido. Creo que Tanis anunciaba su salida a principios de este año y miren ustedes lo que se ha prorrogado la cosa. En radio 3 he vuelto a escuchar su Stephen Hawking. No está mal. Debe estar mejor producido, me sonó más sofisticado que los anteriores. Habrá que oirlo con detenimiento... cuando me lo compre. El que no creo que me compre es el nuevo de Guille Milkyway, porque parece un disco de relleno. Revisiones hasta tres o cuatro veces de un mismo tema, directos y lo que en realidad me importa: versiones de temas ajenos. Pero estos tan sólo son cuatro. Y luego de oir el Love is in the air tan formal, prefiero conservar el vinilo de John Paul Young como punto de referencia y prescindir de lo que ha hecho Guille. Aunque la Señora de Serrat me escama tanto...
A ver lo que hago, porque de este mes no quisiera que pasase mi compra del fabuloso volúmen sobre la Bruguera. Aquel de Cuando los comics se llamaban tebeos. Me da que con ese librazo se debe aprender algo más, algo nuevo de esta escuela que fue la mejor sobre humor gráfico español del siglo pasado. Lo dicho, la temporada arranca con muchas posibilidades y aires de cambio. Por lo tanto, seguimos vivos.



* Y JIM PARIS sigue sin llegar... Como cantaba Palito Ortega: ¿Para cuándo, jóven?

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