10 agosto 2009

Televisión de culto

CAPTAIN Z- RO (1955-56)

Cuando la semana pasada hablábamos de Rocky Jones, surgió el nombre de Irwin Allen (una especie de geniecillo durante los años sesenta de las series de corte fantástico, antes de dedicarse al cine de catástrofes). Y del Allen de Lost in space. Si bien he de reonocer que esta comparación fue cogida por los pelos, abierta a cualquier objeción de fanático, aqui en cambio me parece que tendré el consenso. Pues héte aqui con un antecedente claro de su afamado Time tunnel (1965). Claro que H.G.Wells se adelantó a todos, pero el copión Allen tomó antes buena nota de sus experiencias de televidente, atendiendo más a las propuestas estéticas del folletin por episodios del Capitán Z-Ro, incluso por encima del filme de George Pal de 1960 sobre la novela homónima de Wells (The time machine).
Capitán Z-Ro es uno de los más memorables despropósitos de la televisión americana en su historia de ficciones. Era una serie infantil, debemos saber verla ahora con los ojos de la clemencia. Incluso superar las barreras del dichosito tiempo (los años cincuenta), cargado de ingenuidad, mal gusto y candor. Comprender unos efectos especiales muy rudimentarios, con sus flashes de luces, sus osciloscopios parpadeantes... Todo aquello demostraba con asombro y en parte con pena que las técnicas de Méliès avanzaban más en cinco meses que la televisión en cinco años de emisiones. O que tal vez el nuevo invento de espectáculo doméstico necesitaba con urgencia a otro genio francés. Pero, ya lo he dicho, para ser una serie dedicada a un público muy jóven, Capitán Z-Ro fue más que digna. La concibió su protagonista, Roy Steffens, como una forma original de divulgación de la Historia de la humanidad. Para ello, se inventó a ese capitán de extraña perilla (y no menos extrañas cejas) imbuido en su mundo-laboratorio. A él y a su fiel ayudante, un adolescente llamado Jet (el actorcillo Bruce Haynes) con el que revisitaría episodios claves del pasado terraqueo, no sólo presenciando los mismos desde su pantalla sino viajando en el tiempo con el fin de solucionar entuertos o para enderezar renglones si es que los protagonistas los estaban escribiendo torcidos (y los libros los colocaron con menor o mayor justicia en sus páginas con letras mayúsculas). Asi pues, Roy Steffens como el capitán Z-Ro, va abriéndole los ojos en el conocimiento de las civilizaciones (insistiendo demasiado en la corta historia de los Estados Unidos) con sabias parrafadas que formarían, si no una enciclopedia pedagógica si al menos un abc pueril del who is who. Desde la época de los faraones hasta la guerra de secesión, pasando por los grandes inventores y el sin fin de conquistadores que fundaron las Américas. Se cometieron errores garrafales, como el considerar al rey Jorge como el firmante de la Carta Magna, por ejemplo. O de igual manera se trivializó una barbaridad el culto azteca del dios Xiutecuhtl (el capítulo quedó reducido al baile de una danzarina norteamericana en honor de una especie de totem de puro cartón barato). Asistimos al ¡Tierra a la vista! de un Christopher Columbus (aburrido por naturaleza) superado por las circunstancias externas y personales, y nos divirtió ver sarcófagos con momias en el episodio de la pirámide de Giza. La proliferación de varones inmortales nos dio un respiro cuando descubrimos con pavor que la indómita Molly Pitcher, a la altura de la batalla de Monmouth, fue una perfecta respuesta yanqui de nuestra Agustina de Aragón. Por desgracia, nos alarmó el grado de ridiculez con el que se tomaron al genial Leonardo da Vinci, constantemente anonadado de lo maravilloso que podía ser el futuro tecnológico made in USA, cuando éste se decidió a subirse a la cápsula del tiempo que lo condujo junto al capitán de marras a ese presente tan povero fifties.
Durante los primeros episodios (no llegaron a treinta), los viajes los solía realizar el Capitán Z-Ro, mientras el jovenzuelo Jet observaba en los mandos del ZX-99. Si bien el maduro héroe consiguió siempre sus fines, provocando que la historia se siguiese escribiendo a la manera en que parece que la conocimos, en cambio, muchos fans nos alegramos más cuando dejaba el protagonismo al menorcín. La satisfacción que nos entra de ver a una belleza hawaiiana virginal (Bruce, para despistados) no oscurece el hecho sintomático de que el capitán Z-Ro lo mandase siempre a lugares infestados de hombres sin más compañía que otros hombres. Si nos fijamos con atención, el cachorro Jet debió lidiar con montones de marineros viciosos y de muy baja ralea, ocultándose de sus espadas fálicas tras un tonel, y todo a costa de seguir in situ las travesías de Magallanes o de The Pinzón trio. Era un tributo al mito del capitán de quince años de Verne, o al jovenzuelo de la Isla del tesoro. Solo que daba que pensar. Cuando se le ocurrió ponerse las alas leonardescas estuvo a punto de cometer suicidio. Es una lástima que aquel Da Vinci padeciese de ceguera crónica, pues si hubiese reparado en el mocito lo hubiese idealizado como un perfecto ayudante de estudio. Pero es lógico que las cosas siguiesen su curso fantástico y Jet (criatura fu-turista siempre con una pregunta en los labios, cual alumno ideal) retornaba al abrigo de su maestro y señor (no ha habido otro actorcillo que haya dicho más Yes, sir en la historia de la servidumbre videográfica. Si acaso, el Kyle McKenna del gayporn, en sus múltiples escarceos con el bondage). Y es tremendo, pues el Capitán Z-Ro con su cara no deja de dar algo de miedo, al asemejarse a un luciferino de aviesas intenciones nocturnales. Por supuesto, que nada de esto se vio jamás en un solo capítulo de la serie. Ni un ligero toque de transgresión. Nada que incomodase a las familias. Hasta el punto que fue recomendada vivamente por el Comité Kefauver (para la erradicación de la delicuencia juvenil) que la definió como la mejor serie de televisión para los niños. Fue un gran éxito mientras duró. Véan los finales de cada episodio (con nuestro capitán animando a sus pequeños televidentes a que se hagan con el carnet acreditativo de miembros honorarios de su maquina del tiempo) y sabrán que no les estoy engañando.


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