03 agosto 2009

Televisión de culto

ROCKY JONES, SPACE RANGER (1954-55)

Cuanto más se alejaban las series de televisión de la realidad para buscar los terrenos de la fantasía más evidenciaron su incompetencia frente a los viejos seriales de la gran pantalla. No existe comparación entre el Flash Gordon de Buster Crabbe y el que luego apareció en los televisores de los años 50, por ejemplo. Ni el más barato título de la Mascot superó en cutrez a lo que vino luego. Los partidarios de la space opera cuando buscan en el pasado, se muestran muy benévolos con ejemplos irrisorios del género como Space Patrol (1950) o Space Ranger. Y aún a sabiendas de que éstos nada aportaron de novedoso. Todo eran ya referencias robadas. Y, aún encima, sin el encanto de lo naif de un Buck Rogers ni el sentido de la trepidación que aplicaron un puñado de directores locos trabajando a velocidad supersónica (Ford Beebe, por ejemplo). No niego que los niños de primeros de los cincuenta alucinaran con los nuevos héroes semanales de la caja tonta. Pero comparados con todo el aluvión de series B fantacientíficas que invadían los cines norteamericanos por entonces, los primeros llevaban todas las de perder. La falta de presupuesto fue lo más terrible de todo. Decorados minúsculos, sets habitación, cartón piedra extremo, desfiles de carnaval barato, cámaras inmóviles, escasísimas situaciones de acción... Rocky Jones es pura fachada. Se consigue dar una fisicidad más o menos mítica al personaje pero su psicología es muy limitada. Se crean unos rasgos del carácter elementales, consistentes en seriedad, fortaleza, bravura, atractivo, moral intachable... Y asunto arreglado. Igual sucede con los personajes secundarios, sean villanos u otros space rangers. Los segundos conforman una pequeña familia espacial, plena de buenos sentimientos y de actitudes positivas repetidas hasta la saciedad. Los villanos disponen de atuendos zarzueleros, francamente ridículos, con ese mínimo aporte camp/drag que los salva de la quema. Cleolanta, mismamente. Es resultona, es un hallazgo discretito. Por su nombre, su vestido de noche y la tiara sobre la testa tan hueca como apta para cobijar en ella cientos de pajaritos románticos (pues aunque mala de opereta alberga en lo más profundo un amor desesperado y desesperante por Rocky Jones). Es ella la que más nos puede llamar la atención, aunque luego desaparezca y surgan nuevos malvados (casi siempre masculinos) que pondrán en diferentes bretes al héroe oficial dándole cuerda a un reloj que siempre marca la misma hora. Vienen de asteroides, lunas y estrellas variopintas, ninguna reconocible para astrónomo serio. Pero ¿qué más dá?. Lo importante es jugar al delirio contínuo, llenar minutos y sacar capítulos que agrupados en paquetes de tres dan para un largometraje (caso de Crash of the moons).
El éxito de Space Rangers genera casi cuarenta capítulos, un tebeo que edita Charlton, mientras que uniformes de Rocky o naves y pistolas futuristas (que rara vez utilizan los buenos pues se prefiere el infalible recurso del derechazo) se venden en jugueterías y en tiendas de ropa infantil. Nada que no hubiera probado antes Hollywood con sus imponentes lanzamientos para consumo de las masas.

La familia del espacio que permanece unida generará con el tiempo uno de los hits del inefable Irwin Allen (Lost in space). Como en aquella, aqui hay una chica, un compañero /sombra juvenil del protagonista y un niño adorador. También un anciano profesor y un sargento maduro que hará de padre espiritual. Vena Ray (olvidada Sally Mansfield) es rubita y guapa. La novia oficial de Rocky Jones. Una insignificancia de papel. Nunca los verás besarse. Ni siquiera compartirán constelación. Rocky convive las 24 horas del día con su fiel Winky, complemento cómico a la seriedad (y sosez) del otro. Ambos varones duermen en sofás cama separados, pero con sus brazos estirados podrían tocarse perfectamente en sus momentos de calma chicha. Winky lo interpretó Scotty Beckett, que antaño integró el grupo humorístico Our gang.
Los asuntos más distraidos los suelen protagonizar los niños. Robert Lyden es Bobby, hijo de padres desconocidos pero con protectores incondicionales. Educado, despierto, con las cosas de los de su edad pero que conoce su puesto en todas las misiones: no separarse demasiado de Vena, aunque lo que quiera en sus sueños privados sea sustituir a Winky en el marco de atenciones del héroe. Es posible que si el programa se hubiese prolongado años, Bobby hubiese sido un perfecto segundo de a bordo, dejando a Rocky, incluso, al borde de la jubilación. Me imagino que en altura pronto lo hubiera superado (¿era Rocky más pequeño que Alan Ladd?). Como esto no sucedió, permitieron que el zagalín uniformado volase por su cuenta en pocos episodios que, aún asi, son los mejores: Bobbys' Comet, Kip's private war... (en este último aparecía otro galopín adolescente, el tal Kip, que trastornaba los ánimos de los buenos rangers. Y del propio Bob que se enzarzaba en un cuerpo a cuerpo con el otro crío al descubrir que intentaba pincharle la rueda del coche del adorado. Esta secuencia es estupenda por cuanto pone a prueba la habilidad del sastre de la serie a la hora de confeccionar unos pantalones ajustados para magros boy scouts que eran verdaderamente irrompibles).
Los malos de verdad eran los alienígenas que mostraban aspecto humano (no sabemos si con antecedentes bolcheviques, dado el terror rojo que se vivia en Estados Unidos por entonces).
Fuesen comunistas o de ultraderecha, los malos eran siempre derrotados por un Rocky tan hermoso como lo fue Richard Crane, físicamente parecido al futuro actor canadiense del porno gay Phil Bradley (tiene por ello mi total fijación mitómana). Fue un actor que murió jóven, con casi cincuenta años y que se lo pasó de ahí en lo sucesivo metido en el mundillo televisivo, después de una primera juventud en el género bélico. Recordarle en su debut es rescatar a galancitos preciosos de la promoción 1940 (el año de William Holden o Robert Stack, por ejemplo). Y como éstes, rubios que luego se oscurecieron, pimpollos insulsos para pollitas cursis pero necesarias. Crane veinteañero, con sus carrillitos algo hinchados (que indicarían que ya estaba macizo, si acaso bolita de sebo bien puesta, a punto de caramelo como para hincarle el diente), descubierto por George Cukor, que lo incluyó en el reparto de Susan and God, nuevo fracaso de la Crawford a partir de una obra teatral que había dado muchas glorias a Gertrude Lawrence. Crane era Bob y deslumbraba a todas en una fiesta juvenil de mansión, sobre todo a la hija de la Crawford, una patita fea que tras seguir los consejos maternos alcanzaba el rango de discreto cisne, vistosilla como para atraer al fin las miradas de un aspirante a matinée idol, desorientado con tanta amiga retozona. Cuán lejos Richard Crane de aquellas galaxias imposibles de la televisión. Nos damos cuenta que ya en los años 50 el nuevo invento no sólo sirvió de primer y último refugio de veteranos has been, sino también de las monísimas nulidades del hoy más cercano.








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