11 agosto 2009

SOLO PARA SIBARITAS

GALE SONDERGAARD (1899-1985)

La carrera de la magnífica Gale Sondergaard fue truncada por su negativa a delatar a sus compañeros de profesión en el comité de actividades antiamericanas, allá a finales de los años cuarenta, cuando la histeria del terror rojo. No sabemos lo que pudo haber sido de esta actriz de haber seguido en el cine. Es posible que se la confinase a la serie B o Z más execrable, a las colaboraciones con seudo Ed Woods, directores de pacotilla que habrían exprimido hasta la última gota de villanías, típicas de una mujer que se especializó en la maldad con un punto de exotismo falsificado. Por eso no nos debería avergonzar el pensar que dicho Comité la salvó de un pozo (lúgubre, seudo poeiano) sin fondo, en el que la idiotez hollywoodiense la confinó sin escapatoria posible. Verla en productos de la serie de Sherlock Holmes, en hombres invisibles (e irrisorios), en comandita con el intragable cómico Bob Hope es comprender que Gale estaba siendo desperdiciada por completo. Es normal que estos papeles de mortífera hechicera de la baratura satisfagan el ego masturbatorio de los incondicionales freakies del género, pero también hay que tener en cuenta que una mujer que empezó en el teatro más exigente, que hubo de abandonar a Shakespeare por petición de su marido (el escritor Hebert J. Biberman, que vio como Hollywood daba más dinero que Broadway), es decir, por amor, mereció mejor suerte en los dominios de Talía. Está claro que las productoras (en especial, la Fox) no supieron que hacer con ella. Y si bien es verdad que su irrupción fue importante, al ser la primera que ganó un Oscar en calidad de mejor actriz secundaria por su papel en el folletín de aventuras marinas Anthony Adverse (1936. Mervyn LeRoy), en seguida se sucedieron los despropósitos que tocaban los extremos y que incluirían desde la oferta para ser la bruja de El mago de Oz hasta fotografías cheesecake (en bañador o bikini) cual vano intento de lanzamiento de la actriz como sex symbol. El cine que le correspondió tendió a recoger los aspectos truculentos de una bruja de postín. No fue finalmente la que hacía sollozar a Dorothy pero inspiró su imágen a la factoria Disney para inventar a la suprema madrastra de Blancanieves.
Participó en películas de aventuras que la relegaban siempre a una importancia de secundaria. Era una mujer de cierta edad, de una edad difícil como para hacer de protagonistas. Y se la destinó en ocasiones a ser tía o madrina de alguna juvenil protagonista. Como sea que su estudio fue la Fox entre finales de los años treinta y principios de los cuarenta, ofició de protectora de beldades del estilo de Linda Darnell, Paulette Godard o, transplantada a la Universal, la imperial Maria Montez.
No importa que hubiese nacido en Minnesota: sus rasgos faciales, su piel morena, no entraban en la ortodoxia wasp de aquella absurda colonia californiana. Y se le inventaron roles de mexicana, cuando no de gitana andante, que le permitieron lucir espléndidos vestidos de corte español y mantillas de ensueño (pasados por el tamiz genial de Travis Banton). Asi la vimos en El signo del zorro (1940. Rouben Mamoulian) o en Alma zíngara (1944. Roy William Neill). La primera fue un gran éxito en su tiempo y una gema de la memoria colectiva de todo aficionado al cine clásico. Tyrone Power se convirtió en el eslabón de los enormes aventureros del mudo, acercándose a una fusión imposible entre Douglas Fairbanks y Ramón Novarro, la autenticidad y la blandura. Y Mamoulian se preparaba para el kitsch de Sangre y arena, de paso. Alma zíngara en cambio no la recuerda nadie. Fue una insignificancia en blanco y negro. María Montez cuando abandonaba el tecnicolor y la orientalia era un doble desastre. Gale participó en una revuelta de gitanos y se llevó con facilidad la película. El problema es que el encasillamiento ya la había sentenciado. Con la Montez repitió en Piratas de Monterey (1947. Alfred L. Werker) pero aquello fue un aburrimiento ambientado en los tiempos de la temprana California. Hacía de la senorita de Sola, protegía a la Montez, enfrentándose por ello al candidato Rod Cameron. Y nada más.

El filme más importante de Gale fue el de la viuda Hammond en La carta (1940. William Wyler), basado en una novelita del exitoso Somerset Maugham. Ella aporta el misterio, la ejecución de un código moral, la autenticidad de la sociedad nativa frente a los ociosos residentes americanos. La venganza que perpetra contra su enemiga, la enorme Bette Davis, que ha asesinado a su hombre por los celos, es espectacular. No conviene enjuiciar aqui el rol de la Davis, pero sería de idiotas reducirlo al calificativo de mala, per se. De igual manera caeríamos en error semejante con Gale, pese a su caracterización física alucinante, a un paso de un Fumanchú femenino y a otro de la Marlene más desquiciada (máscara terrible, esfinge total, mirada de cobra). Vemos dos grandes momentos de esta actriz. En la recámara del bazar de Singapur, cuando se cita con la otra. Considero que esa escena la ha ganado por puntos Gale. Y no es porque la Davis se arrodille ante ella en actitud bastante pasiva (para recoger la dichosa cartita), porque Bette sabe regalar escenas a sus compañeras de reparto cuando lo requiere la ocasión. Bette y Wyler se entendían a la perfección, como profesionales no les ganaba nadie. Y ambos consideraron que ese momento debía ser el del verdadero lucimiento de la ofendida viuda. Vence Gale en su capacidad de profundizar su personaje con los mínimos recursos y en un corto espacio de tiempo. En la expresión de anonadamiento y de agria victoria (morboso sentimiento, desde luego) de la falsa asiática queda denunciado el bajo sentido del honor del occidental (una china eso no lo haría). La otra gran escena es la final. Se vuelve a transmitir sin palabras lo mismo, sólo que enriquecido ahora por la revelación de una Davis que rechaza con total visceralidad el tener que comportarse de una forma hipócrita, aunque para ello deba hacer daño al ser que más la quiere, aunque con ello consiga arruinar su futuro. Nos hallamos pues ante el supremo suicidio de Bette, que se abandona al influjo de la luna que marcó siempre su destino, en ese jardín que comunica con la espesa vegetación dominada por unos orientales que aguardan como sierpes a su presa. Es una muerte callada, a pesar de ser atroz. No se escucha más que el canto fúnebre de los grillos, el murmullo de los árboles mecidos por la suave pero letal brisa, la sublime música romántica de un Hollywood clásico. La Sondergaard le clava una daga de manera exacta, maestra. Y de nuevo nos entrega una muestra del refinamiento oriental en contraste con el más vulgar occidental (el escandaloso crimen de Bette al principio del filme, donde los disparos aterrorizan la fauna y alertan a la mitad de la población).
Después de este personaje no hubo ningún otro a la misma altura (Curtis Harrington, adepto a la nostalgia y lo decadente, recuperó a la actriz y su entrada triunfal durante la "cita" del filme de Wyler para su telefilme de 1973 The cat creature: asuntos de momias que se reencarnan en gatos vengadores. Gale ya estaba muy mayor pero aún asi los fans de la dama reconocimos en su personaje de anticuaria siniestra y bruja - respondía al pintoresco nombre de Hester Black- ecos forzados de la antigua asesina de Bette). Es una lástima que no hubiese trabajado con Von Sternberg. Pienso que hubiera sido una formidable Mother Gin Sling en El embrujo de Shangai (1941). Se hubiera rizado el rizo a la esfinge pero no hubiese quedado tan forzado el bucle como le quedó a Ona Munson (magnífica actriz).
Debemos aceptar que sería inútil reparar en las malas exóticas de Gale. Y, sin embargo, posiblemente la primera mala de verdad tenía acento de Paris y la padeció Simone Simon en El séptimo cielo (1937. Henry King). Gale era la hermana mayor que explotaba en un tugurio a la beldad francesa (pero muy principianta actriz). La azotó con cinto pero en seguida la rescataba el pánfilo James Stewart y se la llevaba consigo a aquel cuchitril encantador mientras la otra ingresaba en la cárcel por alcahueta patibularia. Al salir, la encontraba tan cambiada que era ahora Simone la que la azotaba (muy malamente) echándola a cajas destempladas como quien echa a la bruja del cuento que viene a ofrecer manzanas con sabor a muerte. En La vida de Emile Zola (1937. William Dieterle) fue la famosa señora Dreyfuss, pero, por desgracia la película ha envejecido muy mal. Handicap de los biopics demasiado pesados, a mayor lucimiento de actores de aquella considerados epítomes del arte de la interpretación y que hoy tan sólo se nos revelan como imágenes apolilladas e insufribles, prisioneras de un egocentrismo ampuloso (Paul Muni).
Y a falta de Lady Macbeths fue Mujer araña, que es la diferencia que hay entre una Judith Anderson y una Acquanetta. Asi pues, los años cuarenta acabaron para la actriz con el desastre de la sospecha, el salvavidas del boicot, su negativa a practicar la delación y la total ruina de su carrera. Y con ella la de su marido. En 1954 Biberman se despachó bien a gusto dirigiendo un filme de corte realista llamado La sal de la tierra, producción independiente en tono de revancha pero cine muy anticuado si pensamos que lo mismo -pero mejor hecho- ya lo habrían dado los rusos antes de sucumbir a la propaganda stalinista. Se abordaban los acontecimientos de una sublevación de los mineros del cinc en la frontera de Mexico con los Estados Unidos. La filiación política del matrimonio quedó pues más diáfana que nunca.
Miss Sondergaard regresó al cine a finales de los años sesenta y dirigida por su marido. Slaves es una rareza con música de Bobby Scott que protagonizó la cantante Dionne Warwick en torno a la situación de esclavismo del viejo Sur en los tiempos del cuplé. Ella era una dama de Louisiana pero, sobre todo, una inquietante reaparición con sabor a malditismo. Los norteamericanos de la era del Vietnam de pronto se encontraron con las olvidadas sombras de las listas negras de su pasado más reciente. Demasiada verguenza para ser éxito. La actriz prolongó el comeback en series de televisión pero sin ánimos de reverdecer una carrera que había quedado truncada para siempre veinte años atrás. Ya digo, que tal vez en bien de una mujer que pese a La carta no debió de haber pisado jamás Hollywood.

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