31 agosto 2009

SEMANA ESPECIAL Jerry Lewis

4. Período 1964- 1970

Jerry Calamidad (1964. Jerry Lewis) fue un fracaso crítico-comercial. Apenas convenció a nadie. A mi sí. No es que la vaya a calificar de genial, porque no lo es, pero sólo por su último gag, en el que Lewis deja de ser el chico tonto al que se trata en vano de lanzar como estrella pop, para ofrecernos un espléndido número de virtuosismo, digno de émulo de Sennett (la transformación artesanal de un vulgar chandal en traje de etiqueta) ya merecería nuestra aprobación. En realidad, era una especie de prolongación de su previo "Espia en Hollywood", sólo que ahora el punto de crítica pasaba del mundo del cine al discográfico (con la emergente llamarada beat y ye yé). Contó con uno de los repartos más lujosos de toda su carrera (Everett Sloane, Keenan Wynn, John Carradine y un Peter Lorre casi casi convidado de piedra), incluida una autoparódica y, por ello, asombrosa Hedda Hopper, siempre en su papel de hermanita de la caridad portando la libelina una enorme sombrilla de playa a guisa de mítico sombrerito (Lewis se reía de ella en sus propios morros, lo que no dejaba de tener guasa... y media).
Caso clínico en la clínica (1964. Frank Tashlin) es memorable. Siempre he mostrado especial querencia por el humor negro ambientado en hospitales y residencias psiquiátricas (no me pregunten porqué, pues nunca he estado ingresado en cárceles de estas y mis visitas a familiares siempre me agobiaron y entristecido muchísimo). Pero desde los tiempos de la serie de humor inglés Doctor en casa (1979) me han parecido estos sitios unos marcos ideales para el desternille surrealista y cruel. Y Lewis nos dá de esto cantidades ingentes, quince años antes y mucho mejor. Tashlin se muestra inspiradísimo. No sólo hay gags visuales enormes sino que los speechs son muy buenos, también (la sadomasoca paciente que goza contando minuciosamente sus males internos: desde el intestino hasta el riñón). Pero es en el cartoon donde Tashlin alcanza la genialidad. La apoteósis del filme, con la carrera de las ambulancias y las camillas escapadas, la traca final en el drugstore, pero incluso los diálogos de las enfermeras durante la caza son el delirio mezclado con la mala baba elevado al cubo. También es interesante el empleo del color, de una variedad dura e irreal, conforme a esos ambientes de institución de reposo (detalle brillante que luego volverá a probar el propio Lewis como realizador en Tres en un sofá).
Tres en un sofá (1966. Jerry Lewis) es mi comedia favorita de este último período (segunda mitad de los sesenta). Tal vez porque a partir de aqui Lewis se muestra un cómico más maduro, depurado, a lo mejor más serio, o de un humor mucho más sofisticado que el del principio. Poco a poco se va quitando el lastre de tener que representar al tonto del bote, al subnormal a ratos tierno a ratos estrangulable. Es un tipo inteligente, con muchas cosas todavía que decirnos. Y, lo mejor, es que sus pretensiones en modo alguna merman la empatía con el espectador de siempre, el aficionado a sus grandes comedias. Tres en un sofá, por ejemplo, tiene el sabor de los dislates chic de Stanley Donen. Y de Blake Edwards, claro. Filma una fiesta que está entre las mejores del cine norteamericano de los años sesenta, después de Tiffany's y previa a El guateque, por ejemplo (y entendemos El guateque como la simple culminación de las propuestas abocetadas en la orgia de loft de Holly Golightly). El tema de la psiquiatría es analizado con desparpajo, de una manera mucho más digerible que en la soporífera Freud de John Huston. Y aparece Janet Leigh, una de las amigas fieles de Jerry, desde los tiempos de su matrimonio con Tony Curtis, aunque aqui ya afrontaba su declinar.
Si Janet fue una estupenda reaparición (con algo de bittersweet), no lo fue menos Anita Ekberg, que ese mismo año colaboraba en un importante papel en Un chalado en órbita, como rusa enviada a la Luna con la clara intención de que engendre con un compatriota. En realidad, ella era la vecina del módulo lunar de enfrente al de Jerry, que había sido puesto como representación de la Nasa del mundo democrático. Su pareja era Connie Stevens (otra que repetía, muñequita Nancy de erotismo plastificado y familiar en comparación con Anitona, pura carnalitá). Como sea que aparecía el reconfortante Robert Morley desde una pantalla de plasma dándoles órdenes inverosímiles, el divertimento estuvo garantizado. Por cierto, la música corría a cargo de Lalo Schiffrin y el tema titular (Way, way, out) era interpretado por el mismísimo hijo de Jerry: el encantador Gary Lewis con sus Playboys.
La fallida Pescador pescado (1969. George Marshall) en cambio, sólo debería interesarnos por esa carga corrosiva en torno a la familia, una de las constantes de Jerry. Sin embargo aqui estaba supeditado al director que tantos filmes había construido a la medida del dúo en los años cincuenta. Bonitas vistas de Portugal y una trama bien enredosa, nos empiezan a anunciar el final creativo del cómico más inteligente que dio Estados Unidos antes de la aparición de Woody Allen. Para corrosiones familiares es mejor que nos quedemos con la previa Las joyas de la familia (1966), pues a él le pertenece por entero la autoría.
La década se cerró con la flojísima ¿Dónde está el frente? (1970. Jerry Lewis), en la que hacía del hombre más rico del mundo que era rechazado por el tribunal de reconocimiento militar hacia los comienzos de la segunda guerra mundial, por lo que resolvía formar su propio ejército, con otros compañeros previamente rechazados, con la intención de derrocar a los nazis. Y si, salía como personaje Hitler, lo que provocó constantes cortes de la censura franquista, que la hicieron en su estreno totalmente ininteligible y, por descontado, restándole la poca gracia de la que ya contaba el original. Era muy sangrante la sátira de los líderes fascistas.
Tras unos años de ausencia, Lewis reapareció de manera bien insólita e inesperada en un título del desconcertante Martin Scorsese, fabricado a mayor gloria del cómico y enfrentándolo a un peso bien pesado de la interpretación: Robert de Niro. Fue en El rey de la comedia (1983), una rareza que, al menos, sirvió para entretenernos por dos frentes. Por un lado, reencontrándonos con el viejo Jerry, preso ya de un montón de enfermedades que lo han convertido en un milagro de superviviencia rayano en lo extraterrestre (cosa que jamás dudamos) y, por otro lado, viendo a De Niro en un papel de aprendiz de cómico, bien alejado de sus habituales tragedias violentas servidas al Método (ese gran actor "a cojones"). En cualquier caso, a dia de hoy El rey de la comedia es un homenaje merecido para un tipo genial, inclasificable y profundamente inteligente. Y su testamento.
Como Harry Langdon, Lewis vaga por su mundo poblado de sombras, con la inconsciencia adorable de un retrasado mental que flota, como Ariel, en una atmósfera de ensueño, poética. Lewis, como Langdon, revela esa sensibilidad exacervada, casi patológica, que podría explicarnos sus cintas como producto de un delirio infantil. Y al juntarse con otros niños grandes, los mismos que confundieron el lienzo de plata con la plantilla de un tebeo, transformándose en un elemento irreal pero siempre dispuesto a hacernos pensar en temas que están ahi, sublimados por el glamour o nuestro afán estéril de confort: la dominación en la que la clase media había caído, con el consumismo, la familia como institución perfecta, la teleadicción y la falsa sexualidad (jamás hubo machismo en su relación con las mujeres). El grado de melancolía que logra dar en la pantalla con el paso de los años, en donde sus tics habituales se limitan a un par de secuencias y ya parecen forzados y destinados sólo a los tontos que no supieron nunca ver en él más que a otro tonto para reirse, es uno de los shocks más triunfales de un autor cuya innegable ambición profesional fructificó en un derroche de talento creativo conforme adquirió vuelo propio. Por todo esto, dedicar una semana a Jerry Lewis en un blog como éste (de raros, de fantasiosos, de comprendidos a medias o ignorados totales), era para Maciste Betanzos, al que tanto le gusta reir y soñar, harto obligado. Y asi queda escrito.

1 comentario:

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