28 agosto 2009

SEMANA ESPECIAL Jerry Lewis

3. Período 1959-1963

Es el período más fructífero del artista. Se inicia con Un marciano en California, de Norman Taurog, sátira de determinadas realidades de la vida occidental, a partir de un argumento escrito por Gore Vidal y que permitió a Lewis encarnar un personaje para el que se encuentra particularmente dotado: el de extraterrestre, un habitante de otro mundo es enviado a la Tierra para que redacte un informe sobre el comportamiento y las costumbres humanas. Siendo un título estimable, nada puede comparársele a la excelencia de El botones, la siguiente en el orden filmográfico. Es su primera película como director y, para mi manera de entender, su más diáfano homenaje al cine cómico mudo. Un tributo tierno, sincero y sencillo a los maestros de su niñez. También constituye un filme insólito, pues carece de argumento propiamente dicho. Más que una trama es una sucesión de gags destinados a establecer un tono y una poética propias. Jerry es Stanley, un botones de un sofisticado hotel de Miami, especialmente torpe y con la manía de pasarse el día silbando sin que nadie le haya oído nunca una palabra (quizá porque nadie le ha osado jamás preguntar nada, siempre le han dado órdenes). No hay ni un chiste malo a lo largo de los escasos setenta minutos de duración. Los hay geniales, como el teléfono que suena en una mesa llena de ellos, el flash fotográfico que transforma la noche en día, el coche del que salen decenas de personas o las sillas colocadas en tiempo record. Además, Jerry se desdobla en si mismo, autointerpretándose como una super estrella arrogante y vanidosa, rodeada siempre de aduladores que anulan su naturaleza humana riéndose por cualquier cosa que diga, a la vez que exprime el tópico en sus carnes del ídolo solitario pese a los fans. Lewis no se guarda todos los chistes para él, si no que regala al resto del reparto muchos de ellos, cediéndoles el lucimiento. El riesgo del tópico (ese mismo que ha terminado convirtiendo una gracia eficaz en un chiste gastado) es salvado por la peculiar poética abstraccionista, absurda en la que nos involucra el autor (por ejemplo, el gag del suelo encerado sobre el que patina el mafioso besucón es un deja vú a la altura peligrosa de la monda de platano pero Lewis al hacerlo breve, imperceptible, casi injustificado revaloriza lo manido sublimándolo desde una personal óptica).
En cambio, una base tan prometedora como la masculinización del mito de la Cenicienta (con Jerry en el papel del infortunado hijastro, ademas) es desgraciadamente desaprovechada por la falta de imaginación de Frank Tashlin, demasiado preocupado por el desarrollo de la trama amorosa (lástima, porque la princesa de turno era de ensueño: la delicada Anna Maria Alberghetti). Uno de los puntos de interés de El ceniciento está en el reparto de secundarios. Alberghetti aparte, figuraba Judith Anderson de madrastra y Henry Silva (¡qué gran villano!) como uno de los egoistas hermanos del héroe. En cualquier caso, la idea de base ya había sido probada en los años veinte en Broadway (y en el West End londinense) con uno de los espectáculos musicales más exitosos de la gran Vivian Ellis, Mr. Cinders.
Esta referencia a Broadway no es nada gratuita. Ya hemos hablado en un anterior capítulo que la estructura de los filmes del tándem Lewis-Martin entraban de lleno en la ortodoxia de la revista musical. Y asi siguió siéndolo unos años más. En El terror de las chicas, una de las más prototípicas de Lewis, cuya acción sucede en una residencia de señoritas, la disposición del decorado de las habitaciones de las muchachas en forma de casilleros de panales de abeja sigue el modelo del número The telephone hour del musical exitoso de ese año Bye Bye Birdie. El terror... siendo una comedia del montón adquiere enorme valor por su look espectacular, con un colorido inolvidable y por la caracterización de Lewis como sus propios padres (Gurruchaga debió estar muy atento a esa madre para crear en los ochenta a su televisiva señora de Honorato).
Un espía en Hollywood (1961. Jerry Lewis) es característica de su autor. Hace un habitual torpón que pinta anuncios de estrenos cinematográficos cuando es captado por unos mandamases de la industria que intentan relanzarlo como estrella. El, en cambio, sigue en sus trece, provocando desastre tras desastre, hasta que termina perdiéndose en esos estudios imaginarios (pero parecidísimos a la Paramount). Contiene uno de sus gags más sensibles, donde vuelve a poner de manifiesto sus amplias cualidades como mimo: el de su encuentro con el payasito manipulado por los dedos de la mano, con el que se toma una piruleta y luego se adormece mientras la marioneta hace lo propio en una pequeña cama de madera. Una fantasía visual que habría hecho llorar al propio Charlot.

Estos dos relativos bajones se solucionarán inmediatamente con una tríada soberbia. Empezando por ¿Qué me importa el dinero? (1962. Frank Tashlin), en donde interpreta a un técnico de televisores cuya mayor ilusión sería convertirse en detective privado. Pronto sus sueños se convertirán en realidad, encontrándose tras la pista del heredero (que resulta ser él mismo) de una dama riquísma (y, por consiguiente, excéntrica), en compañía de un buen amigo, éste detective profesional. Los dos intentos de asesinato de Lewis por parte de los protectores de la millonaria son formidables: en la boca de un registro y en un coche desbocado. Puro cartoon. El diseño de la mansión, tan ultrasofisticado, es otro enorme hallazgo. Entre futurista y gótico. El final es sencillamente demoledor: el ataque de los cortacéspedes accionados por control remoto.

Y, de repente, la cumbre de Lewis. El profesor chiflado. La utilización de la novela de Stevenson Dr. Jeckyll y Mr. Hyde para lanzarnos a la humanidad riente (y distinta) un mensaje en el que proyectar una inadaptación ambiental, pero también la necesidad de autoaceptarse tal como uno es, por encima de miedos y frustraciones es una fenomenal lección de honestidad moral, de cine y de interpretación como ningún cómico había conseguido antes, al menos desde los tiempos de El gran dictador de Charles Chaplin. Lewis nos hace reir, nos hace temblar de suspense (¡qué bien filmada está la secuencia de la transformación del profesor en monstruo!), nos hace pensar (¿merece la pena tanta saña con aquel profesor de química del colegio al que jamás hemos tomado en serio por su aspecto y modales ridículos?) y aún le da tiempo de meter un montón de sorna y malicia en la creación descacharrante de su alter ego, el petulante y conquistador Buddy Love (lo más parecido a una caricatura de Dean Martin). Es una película que gana con cada nuevo visionado, pues contiene una riqueza de matices inaprehensibles de buenas a primeras. Lewis recupera ese tono poético a veces cortante, siempre inteligente, de su previo El botonés con la garantizadísima ayuda de una historia inmortal que lo ampara en cada momento.
Parte de la inspiración le siguió acompañando ese año, pues Lío en los grandes almacenes es otra comedia agudísima y malintencionada. Una de las más brillantes colaboraciones con Tashlin donde puede detectarse el gérmen del futuro cine cómico basado en los efectos especiales y las destrucciones sistemáticas. La destrucción, el caos, la hecatombe en el meollo de una sociedad capitalista (la gran urbe neoyorkina) parece ser el paisaje ideal para un The End lewisiano. Y asi es el final de este filme, después de haber sucedido mil y una situaciones descacharrantes, en las que cupieron desde la inevitable concesión al mimo (su número de la máquina de escribir), a los notabilísimos gags de la prueba del zapato a la oronda mujer, pasando por la avalancha humana en el día de rebajas o los retratos circulares de los propietarios de los almacenes. Hay secuencias que son un sentido homenaje a los cómicos del cine silente (Harold Lloyd en El hombre mosca en el gag del abrillantamiento del estandarte que cuelga de la fachada, los Keystone cops con ese pobre guardia al que le caen los más insólitos objetos de cualquier ventana del edificio) y al cartoon ácrata (la calle remodelada en improvisado pin ball con una incontrolable pelotita de golf haciendo de las suyas).



No sólo Lio en los grandes almacenes es una película crucial dentro del género humorístico moderno, sino que permanece como un recuerdo entrañable en mi consideración de niño adorador del cine de los sábados. Uno de los culpables de que el surrealismo y el nonsense fueran arrastrándome a una tendencia por la fantasía disparatada, vana ilusión escapista (pero también crítica) de la que nunca me podré desprender.

continuará el lunes

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