27 agosto 2009

SEMANA ESPECIAL Jerry Lewis

2. Período 1955-1958

Un fresco en apuros es divertidísima. Incluso supera a El mayor y la menor (1942), filme en el que se inspira, un Wilder anodino y aún por madurar. La variación gana con la actuación de Lewis, que se hace pasar por un niño de 12 años al que persigue un Raymond Burr de aquella etiquetado en papeles de villano. El pretexto del diamante que han ocultado los mafiosos en un bolsillo del pantalón del cómico provoca una enorme cantidad de situaciones hilarantes. Ahí tenemos el baile que se marca con la maravillosa Nina Foch (las expresiones que adopta cuando la señora le mete mano en el culo son un poema). Por no hablar de ese final, en el que Taurog trata de emular al cartoonist Tashlin. No importa que los resultados sean inferiores. Se ha contado con medios, con efectos especiales estimables y con el pleno entendimiento de lo que se pretendía hacer con Jerry Lewis: un dibujo animado de carne y hueso. Véan si no esa persecución del perseguido al perseguidor (malgrè lui?) en improvisada carrera de esqui acuático, el aterrizaje en la copa de un árbol o el mismo knock out de Burr.
Artistas y modelos (1955) es la mejor película del tándem Lewis-Martin. Si en la anterior ya nos damos cuenta de que la presencia de Martin es constantemente oscurecida por el talento del compañero, aqui se sigue en esa línea. Martin se agota en su mínima capacidad de variación, quedando en empalagosa lapa de pin ups mientras que Lewis, aportando el sin sentido en el que basa su existencia, se crece cada vez más y cada vez mejor. El tema es delicioso y original: el papel que ejercen en la cultura popular norteamericana (y en el sector de la infancia) los tebeos. Vemos la industria por dentro, la glorificación de la vampiresa dibujada (aunque estemos lejísimos aún de encontrarle una fisonomía rabiosamente pop como fue Catwoman. Esta está más cerca de Male Call aún). El tono del filme decae por momentos pero aún con todo resulta subyugante por el empleo del color, por gags excelentes (como el humo de la vampiresa, la entrevista a Lewis, el niño terrorista, forofo de los comics) y por descontado, por las piernas de Shirley MacLaine (que aqui hace de la feúcha de turno, la chica para Lewis, pero que se gana con todos los merecimientos nuestra atención por ser quien es).
Inferior es Loco por Anita (1956). La Anita del título es Anita Ekberg, como bien sabrán los fans del cine americano de los años cincuenta. Pero este reclamo es bastante camelo, pues la maciza (que ya había gozado de un breve cameo en Artistas y modelos y que en el futuro repetirá con mayor protagonismo en el cine lewisiano) tan solo se da un chapuzón (forzoso) en una piscina y poco más. Anita es un macguffin para que Martin y Lewis emprendan un viaje por los Estados Unidos en un cochazo con destino a Hollywood para conocerla. Lewis es super fan, para él aquello es un sueño que se va a convertir en realidad; para Martin es, como adivinarán, un nombre más a engrosar en su lista de posibles conquistas. Lo mejor del filme es su primera parte, en clave de road movie. Situaciones hilarantes como la de la abuelita asesina, el perro de Lewis, o ver torear al mismo una vaquilla garantizan la perdurabilidad de este título.
En cambio, el final de la relación profesional de Martin y Lewis estaba sentenciada. Esta fue la última vez que trabajaron juntos. No podemos decir que la culpa de la ruptura la tuviera el dinero, pues ese mismo año los dos habían firmado contratos por valor de cinco millones de dólares cada uno. Pero, de puertas para adentro, su amistad estaba siempre en entredicho. Sus peleas eran contínuas, casi siempre motivadas por el deseo de Lewis de trabajar más y el de Martin de trabajar menos. Martin era muy vago y, a la vez, quería brillar más que el otro. Se dedicó al cine "serio" durante un corto período, porque luego se apuntó a la serie del detective Matt Helm, de enorme carga autoparódica (no sólo Helm era un apócrifo 007, sino un Martin imitándose a si mismo).
La enorme popularidad de Dean Martin y Jerry Lewis como pareja cómica se basó en el marcado antagonismo entre sus respetivas personalidades cinematográficas. Tal como ha señalado Douglas Brode en The filmes of the fifties, eran "como Abbott y Costello... pero con clase: el guapo y seductor Dino y el histérico e infantil Jerry funcionaban como opuestos que se complementaban el uno al otro a la perfección".

La primera película de Lewis en solitario se llamó Delicado delincuente (1957. Don McGuire) y es fenomenal. Se vuelve al blanco y negro, con una fotografía idónea para recrear en clave de humor todo el fenómeno del cine de delincuencia juvenil de esos años. También es su título más homoerótico. Todavía turba la relación que mantiene el educador de turno (el increible macho Darren McGavin) con el pobre portero de urbanización (aunque de gueto), a las puertas de la delincuencia, aún a su pesar. La capacidad de ternura del personaje de Lewis, ternura que pronto será característica habitual en él siempre que se afronte el tema infantil, se vuelca en esta ocasión en un hombre maduro (el citado policia Darren), lo que conmueve desde motivos bien morbosos (esa homosexualidad latente en tantos títulos de rebeldes fue convenientemente detectada para luego filtrarse por el humor lewisiano). También es reseñable el empleo de la música y las "coreografias" de las luchas a navaja en las calles, inspiradas a las claras en el revolucionario éxito de Broadway de ese año, West side story. Gags típicos del cómico como su entrenamiento para policia provocan la carcajada segura entre el aficionado. Lástima que al final se malogre ese aroma homófilo con la incorporación del elemento femenino (la, por otro lado, siempre asexuada Martha Raye) y por la moralina conservadora que queda en el aire (para conseguir no ser delincuente en el Bronx lo mejor es hacerse policia).
El recluta (1957. George Marshall) es de interés menor. Jerry hace de soldado que se incorpora en calidad de recluta a un campamento militar, siendo contínuamente cambiado de trabajo debido a su clara inutilidad (llega a perder un carro de combate durante las prácticas de camuflaje). Una noche, el recluta será capturado por los beduinos con objeto de que les monte las piezas de un cañón. Lo mejor: la aparición de Peter Lorre como beduíno armado de puñal (y ansioso de asesinar al recluta) y la secuencia del tugurio norteafricano, con una orquestina que interpreta ritmos locales parecidísimos al calypso y el cha cha chá.
Es una pena que Yo soy el padre y la madre (1958) no sea muy conocida pues hay elementos de interés, aparte del hecho de que Tashlin vuelva a dirigir al cómico. Por ejemplo, se parte de una vieja idea de Preston Struges (esto ya es una garantía total y nos hace reflexionar sobre qué hubiera sido Lewis enfocado desde el sentido para la comedia ácida del director de The Palm Beach story). Lástima que a Jerry le gustasen tanto los niños (lo digo sin malicias), porque el toque paternalista entorpece ese grado de locura y mordacidad del que siempre estuvo tan dotado. El resultado final fue muy agradable, con el muchacho cantando nanas en italiano (a falta de Dino...), ocasionando disparates subido a la chimenea de una casa, amamantando a trillizos ajenos (si Pluto lo hizo en sus buenos tiempos...) para al final verse duplicados por obra y gracia del amor (lo que sacaría a relucir que Lewis era un señor con un esperma atómico). Fue además el debut en el cine de Connie Stevens (un mal menor, aunque de gustos...).
El año se cierra con otra colaboración con Tashlin en la que se agudiza el ternurismo infantil, ahora en la figura de un japonesito que vuelve a sonreir tras la muerte de su padre por culpa de las payasadas de Jerry. Aquello fue The geisha boy, conocida en España como Tu, Kimi y yo. Interesante por el empleo del color, por la aparición de un conejo (su dueño es mago con chistera) y por el último plano (Jerry muerde una zanahoria mientras se despide con un Es-es-esto es todo ami- amigos tan esclarecedor como emocionante). Hay chistes fenomenales como la visión fantasiosa del Monte Fuji con estrellitas que coronan la cima, cual signo de la patente Paramount, o la intervención autoparódica del gran Sessue Hayakawa como abuelo del crío (aparece construyendo el puente sobre el río Kwai para entretenerle, mientras los obreros silbotean la pegadiza tonada del oscarizado filme de David Lean. Y sí, Alec Guiness aparece en un jeep, digo yo que bajo marca registrada). Pero, por encima de todo, la película es ese conejo blanco, trasunto de Bugs Bunny, que se humaniza por obra y gracia de los efectos especiales. Es bonito pensar qué hubiera podido ser de este filme del montón si Tashlin hubiese radicalizado sus propuestas (eliminando de paso los toques sentimentaloides), reduciendo el metraje a un tète a tète subyugante entre el cómico y la mascota.


continuará mañana

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