26 agosto 2009

SEMANA ESPECIAL JERRY LEWIS

1. Período 1949-1954
Cada diez años surgen en Hollywood (o al menos asi fue en aquel Hollywood clásico) parejas cómicas que enamoran a los espectadores. En los años cuarenta estaban Abbott y Costello, que trabajaron para la Universal. Estos luego pasaron el cetro a Dean Martin y Jerry Lewis, quienes en el período comprendido entre 1949 y 1956 proporcionaron elevados dividendos a la Paramount.
Dean Martin, nacido en Steubenville, Ohio, en 1917, se llamaba en realidad Dino Crocetti, un italiano de segunda generación. Trabajó como contrabandista de whisky, barbero, boxeador y otras muchas cosas antes de, con el nombre de Dean Martin, convertirse en cantante melódico a medio camino entre lo almibarado de Bing Crosby y el standard jazzy de un Sinatra. Lo que aportó Martin al mundo del disco como marca de fábrica fue su nunca disimulada latinidad. Canciones como That's amore, Inamorata o Simpatico fueron grandes superventas de los años cincuenta que dejaron la impronta de unos orígenes adulterados (adaptados a una falsa tipicidad, conforme los gustos de la sociedad yanqui). Para redondearlo, Martin impuso un peculiar charme, basado en la elegancia en el vestuario, el recurso al donjuanismo y esos vicios exhuberantes del vividor (jugador, mujeriego, extremo bebedor) que prevalecerían por décadas en el show business internacional (con las consabidas degradaciones en el tiempo y que culminaron en el caso Julio Iglesias, entre otros latinos de Miami).
Jerry nació en Newark, New Jersey, en 1926, en el seno de una familia de actores. Joseph Levitch cantaba con sus padres Rhea y Danny "Lewis" cuando sólo tenía cinco años, trabajando luego como acomodador y mimo. En 1946, en el Club 500 de Atlantic City, la suerte unió las actuaciones de ambos. Las suaves canciones del seductor italiano, interrumpidas por la gesticulación disparatada de aquella especie de mona Ramona (luego nuestros Calatrava buscaron algo parecido), que contaba chistes sobre los temas más diversos, pasaron a ser una de las atracciones de mayor éxito de todo el país, y los night clubs y salas de fiesta comenzaron a disputarse al nuevo dúo, que se vio pronto contratado por la televisión y luego por Hal Wallis, de la Paramount, que se apresuró a firmarles un contrato por la sustanciosa cifra de 10.000 dólares semanales.
En la Paramount, y empezando con Mi amiga Irma (1949), Martin y Lewis interpretaron las acostumbradas parodias de películas de guerra, policíacas o western de las parejas cómicas de todos los tiempos desde Stan Laurel y Oliver Hardy, pero con ocasionales intervenciones en los guiones de Lewis, quien ideó para si mismo el personaje que habría de hacerle famoso, mitad niño mimado con una dominante madre judía y mitad estudiante universitario con problemas de inadaptación. En la pantalla, Lewis se veía constantemente protegido y utilizado por el cínico y desenfadado Martin, que era el que perseguía (y se llevaba) siempre a las chicas y cantaba melodías románticas, mientras su compañero hacía patochadas o flirteaba con la hermana fea de la protagonista.

Tras una larga serie de títulos fieles a ésta fórmula, casi siempre dirigidos por artesanos eficaces pero impersonales, como Hal Walker o George Marshall, la pareja se tropezó por fín con dos excelentes realizadores, Norman Taurog y Frank Tashlin, que supieron comprenderlos a la perfección, cómo manejarlos y escribieron ingeniosos guiones para ellos (de todas formas cabría destacar un título fundamental de la pareja para George Marshall. Concretamente Una herencia de miedo, al ser remake de la llevada a cabo por el mismo director diez años antes para la pareja Bob Hope y Bing Crosby. La nueva versión contenía un reparto lujosísimo - Lizabeth Scott, Carmen Miranda, Dorothy Malone...- inclusive el cameo de Hope y Crosby al final, como guiño cómplice aunque ridiculizado por el propio Lewis. Dicho guiño sirvió de alguna manera para instaurar ese peculiar humor autorreferencial, de "cine dentro de cine", que luego tanto explotó Lewis, bien en dúo bien en solitario. Sin embargo, tanto el remake como el original compartían un mismo defecto: no hacer pizca de gracia. Salvo la parte en la que Lewis imita a la Miranda).

Taurog rodó Jaumping Jacks y El cantante loco (The stooge), las dos de 1952, ¡Qué par de golfantes! (The caddy, 1953), Living it up (1954), Un fresco en apuros (You're never too young, 1955) y Juntos ante el peligro (Pardners, 1956) ; con Lewis solo dirigió Adios mi luna de miel (Don't give up the ship, 1959) y Un marciano en California (Visit to a small planet, 1960).
De entre todas estas, recomendamos Living it up, que en España se tituló Viviendo su vida y Un fresco en apuros. Curiosamente las dos fueron sendos remakes de comedias famosas. Mañana hablaremos de la segunda. En cuanto a Viviendo su vida, revisión de la mítica La reina de Nueva York (1937) contiene excelentes gags visuales, muy en la línea transgresora de un Tashlin, al acercarse al cartoon más enloquecido. Esto es evidente en toda la parte inicial, con Lewis escapándose del pueblo a la gran ciudad. Sus carreras por encima de los vagones del tren, su alocado itinerario pilotando un coche radiactivo, son momentos muy recomendables. También aparecen guiños a Hollywood cuando vemos a Martin cantarle mansurrón a un retrato de Audrey Hepburn, actriz en las antípodas de la mujer cortejable por el cantante que, por supuesto, no formaba parte del reparto. Quien si lo hacía era la bastorra Sheree North, una atómica serie Z, polo opuesto de Audrey y nefasto sucedáneo de Marilyn para consumo de mafiosos de Las Vegas, simulando bailar a la manera explosiva un ritmo estrepitoso parecido al rock and roll. En un término medio, figuraba Janet Leigh, amiga de la pareja en lo privado y espectacular (y armoniosa) en su belleza física (sus tomas de perfil son todo un desafío para el Cinemascope al detentar la actriz con su busto empitonado una de la más altas credenciales de lo que se dio en conocer el mito del cruzado mágico). Con todo, la película estaba llena de melodías pegadizas, prototípicas de su talentoso autor: nada menos que el egregio Jule Styne (Gentlemen prefer blondes, Peter Pan, Gipsy, Funny Girl...). Una cosa quedó clara: al dejarnos embriagar por todos los disparates, todas las tonadas y coreografías de la pareja, nos olvidamos fugazmente de la señorita Carole Lombard, la real enferma imaginaria de la versión del 37, sintiéndonos además agradados de ver a Lewis lanzando desde una lámpara de cristal un montón de objetos a médicos, periodistas y demás chupatintas que querían rentabilizar su ficticia agonía al precio que fuera.


continuará mañana

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