25 agosto 2009

SEMANA ESPECIAL JERRY LEWIS


0. Un ganso que dio que pensar

Las películas de Jerry Lewis fueron habituales en la televisión de mi infancia. No es que me chiflara a mi este cómico, pero disfruté con dos de sus clásicos, constantemente repuestos: El profesor chiflado y Lio en los grandes almacenes. Pese a caerme de aquella un poco omnipresente (sensación que se acrecentó con la llegada de mi adolescencia rabiosa y progre, y el descubrimiento funesto de que Milikito pretendía parecerse a él sin conseguirlo) no voy a negarles que su presencia constituía un hecho pintoresco y atractivo. El motivo lo supe años más tarde, cuando me acerqué desde un punto de vista más objetivo a éste cómico. A mi de niño me gustaba Lewis porque era una prolongación de los cartoons que devoré durante cientos de meriendas. La hilaridad, el cinismo, la exageración, la deformación de la realidad que nos proponían sus mejores filmes seguían taxativamente el sentido de la amoralidad de un Bugs Bunny o un Correcaminos. La unión de Lewis con el director Frank Tashlin lo explica todo. Tashlin venía del cartoon, de trabajar en las Merrie Melodies y en los Looney Tunes como dibujante. Su máxima aspiración cuando atravesó la frontera de la dirección fue la de transformar la realidad en una caricatura de si misma (la herencia de Tashlin, con o sin Lewis, la encontraríamos en los disparates de los Zucker y Jim Abrahams. La de Lewis, en el funesto Jim Carrey). Sería injusto reducir la obra de Tashlin a su colaboración con Jerry Lewis, pero nadie me negará que en aquellos seis filmes, asi como en los pocos que hizo con el tándem Lewis-Dean Martin, dio lo mejor de si mismo.
Había otra cosa que les unía. Su pasión por los cómicos clásicos. Lewis idolatraba a Stan Laurel. Tashlin fue escritor de muchos gags de aquella pareja inolvidable, también de los hermanos Marx. Lewis era un hombre ambicioso, serio con su trabajo en grado sumo. Y respetuoso con esos maestros de la risa. Mantuvo una gran amistad con Stan Laurel, cuando el pobre "flaco" ya era una sombra olvidada del pasado, un has been arruinado que luchaba por subsistir. Lewis le ayudó. En él veía un caso similar al suyo. Ambos eran perfeccionistas frustrados por guionistas y directores mediocres y por compañeros demasiado vagos que sólo querían disfrutar de la vida y jugar al golf.

Los franceses, esos cachorros de la crítica pedante, se apasionaron en los años sesenta (justo cuando sus opiniones iban a misa) por el cine de Jerry Lewis, si bien es de suponer que siempre que viniera acompañado por Tashlin en la dirección. Apreciaban las innovaciones formales y esa sátira en torno a las costumbres de la clase media norteamericana. Sobre todo, cuando estas se ampliaban al mundillo cinematográfico y del espectáculo en general. Esa capacidad que tienen los yanquis de reirse de si mismos, incluso cayendo en el mal gusto y el trazo grueso, en el binomio Lewis-Tashlin en sus mejores momentos fueron una constante demoledora. Los franceses, que de mal gusto saben un rato largo, no les importó la vulgaridad estética de algunos de aquellos productos y aplaudieron sin más. Luego optaron por copiar, como solían, sin ningún encanto. Asi en las godardadas Une femme est un femme (1961) o Tout va bien (1971) se pretendió compartir el mismo entusiasmo por la exageración o la fragmentación de lo real. Pena que lo que no se consiguiera bajo ningún concepto fuesen las sonrisas del espectador, entre otras cosas porque el público de las salas de arte y ensayo (donde se estrenaron) no solían reirse.
El guiño pop de Jerry Lewis. Creo que a lo largo de su carrera no dejó títere del espectáculo con cabeza. Criticó a los ídolos de la canción (incluído a su compañero Dean Martin), a los del cine e incluso a los dibujantes de comics (en la fantástica Artistas y modelos). Con el tiempo transcurrido nos acercamos a estas críticas poniéndolas en un justo lugar. Desde luego que las actuaciones de Lewis no poseían el poder revulsivo de ese terrible francotirador verbal off de nombre Lenny Bruce, pero en tanto que fenómeno popular de importancia ya de por si merecería un respeto. Fueron películas para todos los públicos, sin esa carga de veneno adulto de un Billy Wilder o un Minnelli, por ejemplo. Y aún asi, ni Lewis ni Tashlin (e incluso Norman Taurog, también interesante) se olvidaron de esos maestros de la sátira contemporánea cuando se les ocurrió transformar para el cómico La reina de Nueva York de Wellman en Viviendo su vida, o El mayor y la menor de Billy Wilder en Un fresco en apuros. El infantilismo lewisiano (rayando la subnormalidad, cuando no sobrepasándola) ya era un prototipo, una marca de fábrica, diseñada por directores como el propio Taurog que trataban a la pareja Lewis-Martin durante los rodajes como niños pequeños y mimados.

La unión de Lewis y Martin arranca de mediados de los cuarenta. Los americanos los disfrutaron en la radio, en los night clubs, en la televisión y, finalmente, en esas 16 películas para la Paramount. Fueron la pareja de cómicos más famosa de los años 50. En cambio, esa etapa conjunta es la menos interesante del arte de Lewis. Tanto para uno como para el otro la disolución fue providencial. Y Martin, que ya había dado lo mejor de si mismo fuera de los escenarios y los platós (porque Martin fue, por encima de todo, su Vida), alcanzó la grandeza en Río Bravo, en un papel que se ajustaba a su personalidad como un guante. Era 1960, justo el año en que su ex compañero saltaba a la dirección con un título deslumbrante, atípico y, hasta cierto punto, revolucionario dentro del humor del absurdo: El botones.
Hay quien sostiene que todo lo concerniente a la dirección se lo enseñó Tashlin. Eso no es del todo cierto. Lewis estaba obsesionado con aprender, pero era demasiado autodidacta como para pretender imitar a nadie. Rodó previamente a su debut en la cámara múltiples películas caseras, en las que parodiaba clásicos con la ayuda de amigos como Tony Curtis y Janet Leigh, el propio Martin o Jeff Chandler. Es lo que nos debería importar de este cómico del siglo XX: su madera de autor, independientemente de nuestra tirria por el personaje. De hecho, si lo comparamos con precedentes "difíciles de masticar" como Bob Hope o Danny Kaye, hombres de muchas posibilidades en tanto que también eran polifacéticos, vemos que aquellos sí que han envejecido peor pues nos dan la impresión de que no pretendieron decirnos nada, más allá del cosquilleo de un chiste apolillado por el tiempo, mientras que Lewis sigue manteniendo un deje de amable sorna en su identidad peculiar que nos hace pensar. Y, en última instancia, los que amamos la estética de los años cincuenta, nos encanta volver a recuperar muchos de sus títulos, pues la estructura de gran parte de estos va sujeta a un clisé entrañable, de considerable valor sociológico: el de la revista musical. Y así, en cualquier momento, antes o después de alguna patochada onomatopéyica del protagonista, podía surgir Count Basie tocando la batería, o Duke Ellington impartiendo savoir faire con su orquesta, mientras Anita Ekberg- ya mito- era homenajeada sin necesidad de fontanas que redundaran su leyenda. El resto son resquemores de nuestra adolescencia que habrán quedado más o menos sin resolver.


continuará mañana

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