04 agosto 2009

Dirigido por...fa: Feel my pulse (1928. Gregory La Cava)


Es curiosa la reivindicación de Gregory La Cava estos últimos años a raiz de los numerosos pases televisivos de Al servicio de las damas (1936). Se le ha encajonado exclusivamente como maestro de la comedia loca de los años treinta, cuando en realidad esto es del todo inexacto. El realizó unos cuantos títulos cómicos durante esa década pero también se atrevió con filmes románticos (5th Ave girl, Private worlds...), de onda realista (Bed of roses), cuando no melodramas puros y duros (Symphony of six million, Smart girl...). También hubo por su parte mucho servilismo industrial innecesario para un artesano de tanto talento para lo ligero, trabajando en filmes que no lo merecían, acogidos al dudoso género de la biografía histórica, donde lo verosimil brillaba por su ausencia (ni eran biografias, ni se veía la historia por ninguna parte) : The affairs of Cellini. Es pues aconsejable decirles a los reivindicadores que cuando lo hagan lo hagan bien. En cualquier caso, siendo Al servicio de las damas un filme modélico en sus presupuestos comerciales, por desgracia termina revelándose muy insatisfactorio por culpa de un exceso atroz de diálogos. Esto no es privativo ni de La Cava ni de la comedia loca en general, pues casi todas provenían de piezas teatrales. También de guionistas sabelotodos que ejercitaban su intelectualismo sin clemencia, muchas veces desubicándose del medio, consiguiendo junto a un director con pretensiones y embobado de males irónicos, borrar cualquier resquicio cinematográfico en sus historias. Siempre será preferible en este campo su coetáneo Leo McCarey (al menos el McCarey del principio y edad de oro, antes de descubrir el poder espiritual de las sotanas y los hábitos y a las almas más elevadas a través del romanticismo architrillado del boy meets girl).
También cabe otra posibilidad, pero hay que ser arqueólogo de lo perdido. Buceando en la extensa filmografía de La Cava nos topamos con facetas de su carrera verdaderamente golosas para el connaiseur. Sabíamos de sus inicios en el campo de la animación (allá por los años de la Gran Guerra), dándole movimiento con imágenes a los entrañables Katzenjammer Kids (tiras cómicas de Rudolph Dirks). Durante los años veinte empezó a flirtear con la comedia y esa parte sí que debería ser reivindicada con todo el derecho. Si bien no dio en seguida obras maestras, al menos aportó con humildad su grano de arena en el género loco de los años más locos.
Feel my pulse
sería un ejemplo incontestable. No es una película redonda pero ¡qué entretenida!. Contó con eficientes guionistas (George Marion jr., Nicholas T. Barrows) y con un reparto magistral. La Paramount debio tomar muy buena nota de la interpretación de Bebe Daniels para exigirles un estilo concreto a las futuras comediennes de la casa: Mae West y Carole Lombard (luego se vio que a ninguna de ellas les hizo falta copiar a nadie. Mae era una personalidad, Carole una elegante innata. Ambas carecían de prejuicios, facultad indispensable para dedicarse a hacer reir).
El argumento es delicioso. Una millonaria hipocondríaca (Bebe) pone patas arriba su hogar por sus extrañas y contínuas dolencias. Su tío de Texas aparece en escena muy juicioso para indicarle que lo que ella necesita son unas buenas dosis de excitación, aventura y romance. Bebe no sale de su asombro. Su corazón está delicado, al borde del colapso. Se muere sólo que muevan el sofá. Por lo tanto, hace oidos sordos de tales recomendaciones. Se dispone con su material médico a emprender un viaje desproporcionado que la conducirá a un sanatorio sito en una isla perdida. Contrata los servicios de un guapísimo chofer (el maravilloso galán Richard Arlen) que le hace pasar muy malos momentos: conduce como un temerario, la llena del polvo del camino, en un traqueteo le cae el maletín clínico (en ese punto, Bebe se lanza del coche en marcha y emprende un sprint alucinante, en busca del material . Gran momento de delirio sennettiano). Bebe es incapaz de dejar de tomar pastillas, de auscultarse a si misma con un fonendoscopio. Y aún le quedan muchas aventuras hasta llegar al sanatorio. Por ejemplo, atravesar el río sobre un tablón de maderas no muy firmes. Toma un octalidón y adelante. Es increible verla de pie manteniendo el equilibrio a duras penas por el agua sobre una superficie de tamaño no superior a una alfombra de ducha, sin desprenderse de su abrigo de cuello de visón, su gorrito, sus zapatos de tacón, su inevitable necesér...
Lo que ocurrirá dentro del sanatorio es puro nonsense. Desde luego que aquello fue en sus tiempos un lugar de reposo. Cuando la Daniels aparece es otra cosa bien distinta. Exactamente una guarida para contrabandistas y asesinos que han comprado la casa a un director paciente, que les sigue la bola, que es cómplice de la locura general. Ella es ajena a las turbiedades. Vive en su mundo de hipocondrias dispuesta a curarse. Creyendo que un jefe de la banda (insólito William Powell, aqui tratando de ubicarse en el cinematógrafo en papeles de malo) es el médico que opera (sólo por que lo ve vestido de blanco y con un cuchillo de carnicero en la mano). La situación anómala pronto saldrá a relucir, no sin antes brindarnos la actriz metros de celuloide inolvidables con su talento innato para la comedia: por ejemplo, su antológica borrachera con el rufián de turno (¡ella, que sólo se pone con jarabe!). Pero nada comparable a la apoteósis, cuando se descubre el petate y los tiros vuelan sobre el nido del cuco. Y la Daniels, muy cuca, salta por la ventana, queda atada por una cuerda y suspendida en el vacío, para luego recuperar su centro de gravedad y su permanente para saltar por las camas y ocultarse debajo de ellas, pegar mamporros a quien no se los merece, lanzar barriles por las escaleras y hacer estallar botellas de cloroformo que adormecerán a los malos en una curiosa secuencia al ralentí (extraordinaria ocasión de ver a Powell efectuando movimientos mímicos esperpénticos mientras se va desvaneciendo con el éter. Es una escena entre onírica y de vanguardia, por lo cual Powell nos recuerda en un instante fugaz y milagroso al simpar Dalí).
Pero es en el conjunto donde vemos más la escuela Daniels, actriz cinematográfica al ciento por cien, salida de papeles que la presentaban como leading lady ideal de Harold Lloyd. Que en los años del mudo dio lo mejor de si misma pero que hubo de esperar a los años treinta para ganar status de estrella comercial (La calle 42, la primera versión de El halcón maltés...). Comparto la opinión del crítico de IMDB referente a Bebe. Según este, junto a Colleen Moore pero, sobre todo, Marion Davies, fue la reina de la comedia del período flapperesco. Y con directores que aún seguían creyendo en el cine como un lugar óptimo para transplantar la irrealidad del tebeo post burgués, con sus dosis de crítica mordaz y sus carteles mínimos. Títulos como éste, lo demuestran con amplitud desmesurada. Una hora vertiginosa, sanamente frívola, repletita de esa fórmula curativa que le dio aquel tío de Texas a la protagonista: excitación, aventura y romance (sí, al final se prometía con Arlen, porque machito más guapo no lo iba a encontrar). El La Cava que habría de una puñetera vez que sacar del olvido (para que no haya más penas).

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