07 agosto 2009

Aquellos juncos salvajes

Mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988 (continuación de INFANCIAS VERDES)


Capítulo décimo noveno

Cuando ellas me encuentran

Ellas. Chicas más grandes que la vida. Las que podrían salvarme de un mundo desastroso al que iba abocado. Las que me hacían despertar momentáneamente de mis sueños pornográficos entre varoncillos. Hembras, ninfas, mujeres inteligentes... Pocas escritoras. Escasas donnas di cultura. Mayoritariamente actrices. También presentadoras de televisión. Dos o tres locutoras de Radio 3. El contacto diario con estas últimas propiciaba el enganche. Algo que nunca sucedió de veras con ningún presentador (si acaso el Lalo Azcona de los setenta y, a lo mejor, ya baqueteado por el vicio nefando, algún compañero de Leticia Savater en espacios infantiles de la primera Tele 5. ¿Cómo era...?).
Me encontraron siempre receptivo. De niño soporté el tedio de La mansión de los Plaff por ella (su nombre me ha sido vetado, con lo cual no lo mencionaré, pero uno reflexiona al respecto -y sin entrar en detalles- y añora lo grande que estaba la impar Ninón en aquella vieja peli mexicana de título No niego mi pasado), por Paula Gardoqui siempre. Pero no hubo violación tan fulminante cual apertura del Eros, que me hiciera sudar, temblar, lagrimear en aquel sofá -compartido con un papá, supongo que en más estandarte que yo-, como cuando apareció en la pequeña pantalla aquella inolvidable Barbara Parkins de espaldas, en el best seller nocturno y con dos rombos (Capitanes y reyes). Fue la quintaesencia de la iniciación infantil años setenta. Espalda con nombre equivocado, pues me obcequé en que era la de Jane Seymour. Errores de la memoria, agudizados por la falta de reposiciones de aquel "gran relato". Recientemente un lector me puso en la onda. Era Barbara y no Jane. Y mi sorpresa contuvo entonces una mezcla de rubor y de satisfacción a la vez. Primero porque este despiste bien podría solucionar el viraje que dio mi sexualidad muy pronto (un crío que confunde espaldas de mujer es que atiende más a otras cosas). Y, segundo, porque la evolución profesional de la Seymour fue desastrosa. No hay nada que me despierte más apatía e indiferencia que verla en la Doctora Quinn queriendo ser la Merryl serie B. La Peters estaba hecha de materia diferente. Mágica pero carnal. Y muy grande. Esto lo supe más tarde.
Retrocedo en años (todo lo conté en los albores del blog además, en Infancias verdes), acelero y me pongo al día, en el año 1985. Tentado por el hechizo de mujeres únicas. Pero no esas del listón homosexual. Los maricas exigen lo mejor si les ponen en el brete de saltar la frontera de los cuerpos, de tal forma que un heterosexual que quiera dárselas de liberal siempre optará por el tópico de la belleza masculina incontestable (Newman, Brando, Elvis... rara vez Delon) de ponerles a otro hombre en la cama. En el tema hetero siempre pervivirá en tales afirmaciones una encubierta hipocresia (tiendo a pensar que el abanico de posibilidades en el hombre hetero puede ser infinita no bien se dejen guiar por la testosterona más animalesca). En cuanto al gay, la hipocresia oculta impotencia. Pero también reinventa en el mejor de los casos el sexo, sin penetración ni zarandajas machistas. En lo femenino bien entendido. El gay (sensible, inteligente, no el más macha que ninguna) siempre exigirá lo sublime (porque sabe que lo sublime es lo inalcanzable. Lo imposible. Pide el cielo, que yo te daré la tierra). Una Deborah Kerr, una Simmons, las dos Hepburns, tal vez Donna Reed, las lolitas de los sesenta... De acuerdo, no somos todos iguales. Conviene personalizar. Yo era ese. Deseaba a estas mujeres. Pero no desde el desenfreno, sino desde el conocimiento primero, más platónico que dionisíaco. Con mucho de amistad. Sin buscar a la madre, tal vez a la hermana mayor (una carencia afectiva). Lo que surgiera. Un noviazgo con derecho a roce. Maciste a los quince años aún no se había cerrado a las posibilidades. ¡Qué grande era Maciste entonces!. ¡Cuán tratable!. Pero ya digo que sería exigente. Sería incapaz de echarme una novia como las niñas Susi, Arancha y Martita. Porque no podía aguantarlas más allá de una hora de sus juegos estúpidos, de sus cotilleos ladinos de brujitas en potencia.
Me imagino que caí también en el tópico del verano del 42. La chica madura, no ninguna de mi edad. Y, a pesar de todo, como tantas veces (demasiadas diría yo) deberían parecerse a la ficción. Considero que siempre fui bisexual desde un punto de vista cinéfilo. Luego, ya sabemos que la realidad es otra, que la urgencia del sexo (del que espero no seguir esclavizado durante mucho tiempo más. Aún recuerdo unas declaraciones del comunicador Juan Adriansens en las que se mostraba feliz tras haberse despojado, por la razón que fuese, de un peso enorme al atravesar una etapa de inapetencia, pues el sexo -hacerlo, buscarlo, imaginarlo- supone una pérdida terrible de energía) impone su dictadura y lo que queda al final de todos los autoengaños es el desastre de tus impulsos auténticos al descubierto. Quien fuera el que puso en boca de Monty Clift aquella frase del "Me gustan las mujeres, pero prefiero acostarme con los hombres" parecía que me está retratando a la perfección, mientras apuntalaría en mi lápida el epitafio cual resúmen de mi vida.
Sandra Sutherland me hizo mucho tilín, por ejemplo. De igual manera que luego me lo hizo Inka Martí, chica de magazine de tarde, en la segunda mitad de los ochenta, que daba la impresión de que se iba siempre a ahogar en sus susurros. Hipotensa y azulada. Rubia y frágil. Fugaz antesala de la primera Siñeriz. Pero Sandra era mejor, porque parecía un pilluelo, un gamin con ese pelito corto, esa mirada dulce, algo desganada. Siempre rodeada de alguien, la preferí sola, en plano medio, a finales de esa década, dando el parte a tempranas horas de la mañana. Somnolienta, más apática que nunca, con su rostro algo hinchado, posiblemente debido a algún embarazo.
De mediados de los ochenta también es mi revelación de la cinematográfica Sue Lyon. La primera vez que vi Lolita a mi no me atrajo el profesor. A mi me enloqueció ella, la niña perversa. La que luego no me creía con aquel bombo, de matrona de clase media antes de tiempo.
Pero aún había otra que me gustaba más. Esta se llamó Jean Seberg. Se me apareció consecutivamente en dos títulos emblemáticos de la actriz: Bonjour, tristesse (donde fue un buen modelo de chiquita Sagan) y Al final de la escapada y caí rendido por su rostro, su físico y su encanto personal. Era una chica moderna, de naturalidad envidiable, como sucesora de Ingrid Bergman. Algo de la locura de aquella heredó la Seberg, no lo niego. Su tumultuosa vida, su dejadez ante una carrera que trataba de uniformarla, eran detalles consecuentes de una mujer que huía de la cosificación anuladora de un Hollywood para el arrastre. Yo esto lo ignoraba. Buscaba un ángel, y a ser posible, despojado del artificio más ñoño de las nuevas Connie Stevens. Prefería a los actores caídos por su rebeldía vital (comprometidos socialmente con las minorias, a ser posible) antes que por la neurosis que les produjese tanto falso oropel y tanto tailleur alquilado. En cualquier caso, caía en las mismas trampas irracionales que mi moral daba por rechazables, pues estaba forjando mitomanías de algo que no las necesitaba en absoluto. Ese algo se llamaría en el día a día "relación de pareja". Lo mío eran pajaritos volando.

continuará

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