20 julio 2009

Televisión de culto

THE ED SULLIVAN SHOW (1948-1971)

Es otra institución soberana. Sullivan, al contrario de Dick Clark, supo llegar a grandes y pequeños (no sólo teenagers) gracias a su olfato inigualable para lo comercial. Creó el musical for all the family más influyente de la historia de la televisión de su país, hasta el punto que una aparición en su programa le suponía a un artista el encumbramiento total. La beatlemania en los USA surgió de las tres actuaciones consecutivas el mes de febrero de 1964 de los cuatro de Liverpool en su plató, por ejemplo. Gran parte del fenómeno fans alrededor del primer Elvis fue causado por sus variadas presentaciones en vivo y en directo. Por el show de Ed Sullivan pasaron los entretenedores más variopintos. El rock and roll y el pop fueron unos estilos que quedaron bien cubiertos durante los años cincuenta y sesenta. Pero, al márgen de ellos, no faltaron nunca ejemplos de ópera, de country, de ballet y, por supuesto, de números de vaudeville (acróbatas, cómicos, prestidigitadores...).

Sullivan fue grande por dos razones básicas. Primero, por ser capaz de crear un estilo a partir de algo que no debería serlo y, luego, por ser un personaje tremendamente contradictorio (ultraconservador y, a la vez, gran defensor de la música negra). Los videos que se suelen recuperar en los recopilatorios disponibles en el mercado parten de 1956, justo cuando Elvis irrumpe con fuerza en el panorama de la música jóven. Vemos que ya Ed Sullivan es un hombre mayor, con casi sesenta años. De hecho, durante los años cuarenta ya era una institución en la prensa deportiva y del cotilleo de Broadway. Conocía a la perfección los tejemanejes, la podredumbre del showbusiness (empezó siendo boxeador, sabía dar punchs de todas las clases). Sus crónicas en el New York Graphic (sustituyendo al sin igual Walter Winchell, cuando éste se largó a trabajar para el emporio Hearst) y, más tarde, en el New York Daily News, le labraron una pequeña leyenda dentro del periodismo americano. Las guerras públicas entre Sullivan desde sus dominios (el night club El Morocco) y Winchell (canciller supremo del Stork Club) dieron vidilla a aquel tristón Nueva York de la posguerra.
En 1948, Ed pasa a la recién estrenada televisión para llevar semanalmente el programa de variedades Toast of the town. Más tarde, este se convertiría en The Ed Sullivan show. Se retransmitía en la calle 53 de Broadway, justo en el estudio 50 de la cadena CBS. El lugar se renombró en 1967, teatro Ed Sullivan (curiosamente, terminó siendo el sitio donde Letterman resolvía sus gracietas de late show).
Poco a poco, durante esos primeros años cincuenta, el viejo columnista ácido de la prensa neoyorkina, se fue forjando una personalidad en el nuevo medio. La de él era muy original. No podemos hablar de una persona campechana y risueña, como Dick Clark. Antes bien, tendía a lo adusto, a lo seco y cortante. Su físico no le ayudaba a ser un comunicador enamorable. Ya dijimos que siempre dio mayor en la pequeña pantalla. Parecía un alcohólico que al vestir siempre de traje y llevar las manos en los bolsillos del pantalón, estuviese directamente relacionado con el clan Sinatra. Los más maliciosos, le imaginarían unos lados oscuros terroríficos, independientemente de sus irreprochables matrimonios, a la manera del Raymond Massey de las películas (mad doctor, incluido). Era todo lo contrario a un Emilio Aragón. Jesús Hermida lo imitó siempre. Apenas se movía, sus hombros permanecían caídos, solía usar una y otra vez las mismas muletillas para dar paso a las actuaciones, su voz nasal característica... Fue pasto de imitadores. Y Sullivan no se enfadaba por tal cosa. Era astuto. Fue el primero en reirse de si mismo, admitiendo sus tics como una virtud en tanto que ejemplo de la posesión de una imágen propia e invitó regularmente a una serie de impersonators para llenar de humor onanista sus varietés semanales. Hata hubo tiempo de la parcela infantil. El Topo Gigio, ratoncito italiano que se hizo muy popular a nivel mundial, aportó una nota de color naif que fue con el tiempo relevada con habituales apariciones de los Muppets.

La ideología anticomunista y muy conservadora de este entretenedor simpar colisionó con la libertad creativa de muchos de sus invitados. Empezando por el Rey, Elvis Presley. Sullivan no lo quería en el programa. Cuando al fin accedió, y mucho tuvo que ver Charles Laughton en esto, pues terminó convenciéndolo de que se trataba de un genio destinado a pasar a la historia de la música popular, al parecer afirmó: Es un buen chico. Eso sí, la alternancia de los primeros planos de cintura para arriba con otros muy tímidos y fugaces de cuerpo entero nos pueden dar una idea del puritanismo de Sullivan. Y de que esto mismo iba a ser uno de los motivos principales de enfrentamiento con que iban a tener que lidiar los revolucionarios musicales del futuro.
Ahí tenemos el caso de los Stones, siempre más lúbricos que los Beatles. Obligó a Jagger a sustituir la estrofa "Let's spend the night together" por "Let's spend sometime together". Cuando llegó el momento, Jagger obedeció, aunque dándole la espalda a la cámara. Otro caso antológico fue el The Doors. Fueron censuradas estrofas del Light my fire (número que, por cierto, ha pasado a ser un standard y habitual en los repertorios de artistas nada psicodélicos. ¿Lo llegó a cantar Mae West?). Morrison le garantizó que iba a cambiar lo que le molestaba. Sin embargo aquello no pasó. Pidió disculpas y lo achacó a las drogas. El caso es que The Doors no volvieron a aparecer en dicho show.
También las diferencias surgían en el tema de los repertorios. Sullivan pensaba que podía ser más comercial un tema que otro y entonces surgían pequeñas disputas. Ahi nos encontramos al siempre moderno Buddy Holly, por ejemplo. Peor lo tuvo el gran Bo Didley al que se le obligó a cantar una pieza que no le iba demasiado (el Sixteen Tons), cosa que no hizo, saliéndose por peteneras e interpretando su himno (Bo Didley). Genio y figura, si... pero a Bo Didley no se le volvió a invitar allí.

Didley fue uno de los primeros artistas negros que salieron en la televisión americana. No pudo ser más que en el show de un caballlero que desde un principio mostró particular querencia por el black power. Intuía el potencial, la fuerza de las gentes del blues, del sonido Louisiana y, ya en los sesenta, de las bestias pardas del soul. Por ejemplo, James Brown fue un verdadero niño mimado de Ed. Pero también, los más blanditos (pero igual de geniales) Marvyn Gaye, Chubby Checker, Fats Domino, Jackie Wilson... o The Jacksons 5.
Sea como fuere, ese tipo de contradicciones son las que hacen a alguien un gigante imbatible. Capaz de ser el hijoputa más grande de la historia y, a la vez, el más generoso. El muy innovador Jerome Robbins supongo que lo tendría en la primera acepción pues, en la época del Sullivan columnista, padeció su chantaje. Quería que denunciase a compañeros del teatro ante el comité de Actividades Antiamericanas, con riesgo de que si no lo hacía desvelaría en público la homosexualidad del coreógrafo y bailarín.
La familia del espléndido bailarín Bill "Bojangles" Robinson lo tratarían, en cambio, de alma samaritana pues Ed pagó de su bolsillo el funeral a la muerte de aquél. O apoyando a un killer como Jerry Lee Lewis, en plena decadencia de finales de los sesenta sobre un escenario sunshine que no le pegaba nada. Era un mundo camp a la USA, de alguién que había sido defenestrado una década antes como el M de las pre- teens.

Es imposible abarcar las mil y una anécdotas de un programa tan longevo, de un Ed Sullivan que parecía a principios de los setenta no poder envejecer ya más. Haber reunido en un plató a luminarias del calibre de Sophia Loren (guapísima, era una reina que abría bien los enormes ojos ante la actuación de Jackie Wilson), Maria Callas, John Carradine, Irving Berlin, Oscar Hammerstein II, Sammy Davis Jr., Harpo Marx, Charles Laughton, Nat King Cole.... Inclusive nuestras Dolores Vargas "la Terremoto" (que contó que tras aquella actuación le salió una gira larguísima por diferentes localidades de Estados Unidos) o Marisol cupieron en él. En blanco y negro o en color (a partir de 1965). Los sábados o los domingos, pero siempre de noche. En hora punta.
Con motivo del vigésimo quinto aniversario del programa, en 1973, el showman retornó a los platós después de un retiro de dos años, pero se le veía para el arrastre y con la mortaja comprada. Algunos le achacaron pérdida de memoria. En realidad estaba ya enfermo. Fallecía un año más tarde de un cáncer de esófago a los 74 años de edad. Los herederos de su estilo (limitado pero que, al mantenerse tantos años, conseguiría afianzarse como marca de fábrica) al menos no se quedaron en meros imitadores, pues eso sería un deja vú (a tantos de estos últimos les dio a ganar pan estando Sullivan en vida...). La categoría del personaje quedaría patente al haber pasado su nombre a engrosar la larga lista de figuras célebres del Paseo de la Fama en Hollywood Boulevard.


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