13 julio 2009

Televisión de culto


AMERICAN BANDSTAND (1952-1989)

AB ó Dick Clark en sus mejores años como entretenedor y divulgador de la cultura rock más colorista. American Bandstand fue un musical pionero en televisión. Dick lo cogió en 1957 y lo convirtió en el clásico que todavía sigue siendo para toda una generación de espectadores. En las maneras de Clark vemos un claro antecedente del futuro Johnny Carson. Su contacto, su comunicación con el público asistente al plató carecía de precedentes. Si a esto le añadimos su especialización en el público adolescente entenderemos que este programa tiene el perenne encanto de aquello que se dio en llamar "el mito de la jóven America". Esa jóven America a un pie de la rebeldía prudente y a otro de la cursilería más infame. El gran valor de los videos que reproducen aquellos programas primigenios no reside tanto en las actuaciones de una serie de artistas maravillosos y algunos olvidados por la revolución de las modas de consumo, como por ese mismo público virgen, tan alejado en sus rasgos superficiales del arquetipo que se nos vendió siempre en los filmes de teenagers serie B. Vemos que las pollitas no se parecen a Connie Stevens, Sandra Dee o Natalie Wood. Vemos que los pimpollos no sacaron las hechuras de un Perkins o un Mineo. Al contrario, las adolescentes gafudas, dentonas, las directamente cardos abarrotan indiscriminadamente las primeras filas, que siempre son las de los primeros planos. En cuanto a ellos, la desmitificación también se produce con el acné quinceño, el michelín de hamburguesería o los tupecitos nada gloriosos, hasta desvaídos que se gastan. Es decir, que American Bandstand no es tan "cielo adolescente" como cantó un día Johnny Cymbal. Hay mucho del realismo blanco y negro de Paddy Chayevsky, de la fealdad y el naturalismo de la cara a medio lavar de una Marty del saturday night.
Y es el imperio del sabor fugaz, del bubble gum. Es generación rumiante, presuponemos que descerebrada. No paran de masticar esas hermanitas pequeñas, malos facsimiles de Roberta Shore. Pero derrochan alegria, nos damos cuenta por sus expresiones faciales, por esa felicidad contenida, cada cual en sus sillitas de teatro parroquial, mientras un insólito acomodador vigila que ninguna se desmande ante una imprevista calentura cuando aparece en el escenario Fabiano Forte Picariello (si es preciso se trabaja con fregona, por si hay pequeños charquitos). Pero estemos tranquilos. En ese estudio de Philadelphia (luego se trasladarían a Los Angeles), en el que no caben más de doscientos teenagers- ganado, nadie se atreve desde las gradas a inventar el punk. La edad de oro aún es la edad de los lacitos color de rosa.
Dick Clark a finales de los años cincuenta ya es un daddy. Posiblemente alguna de estas colegialas alimenten un velado sentimiento amoroso hacia ese atractivo microfonista de los dientes como paletas. A fin de cuentas, a ellas casi siempre se les suele conquistar por la labia. Y él de eso tiene de sobra. Y, además, bonhomía, gracia, espontaneidad... Es un cicerone ideal. Domina el universo catódico a la perfección (en España sería igual Hermida, tan americano). Confecciona su lista de éxitos. Es una tabla en la que Dion puede bajar un puesto o dos en favor del último Sam Cooke, para síncope de la pecosilla de las coletas aquella, que es del club de fans del dandy del Bronx. La misma que se levanta de la butaca de un puntapié cuando la avisa el regidor de que su ídolo está actuando en el gallinero y ella está abajo de tonta. Y Dion le canta a ella, a el, a todos los Teenagers in love. Emocionante. Luego también salen los grupos vocales más in. Los Shilouettes, por ejemplo, que les alertan de la importancia que tiene en esta vida encontrar un trabajo.
American Bandstand en selecciones all the best se parece mucho a American Graffiti. Pasto de recopilatorios cool. Lucas, Scorsese, Coppola, eran niños que se merendaban su ración de musiquillas gramolonas al calor de esa tele en blanco y negro. Eso luego se ve bien en muchos de sus filmes. Ahí tienen Malas calles. No importa que la perdurabilidad milagrosa del fenómeno Clark hiciese tambalear esos pequeños ratos de magia y cutrez del principio. Siempre pervivirá American bandstand como el espejismo feliz de unas criaturas que sufrirían su primer shock con la muerte de Marilyn en 1962 y un año después el segundo, con el asesinato de Kennedy. Todavía no presentía tamaños dolorcillos la niña nerd, incapaz de seguir a la par el movimiento de las palmas y el chiclé, que amenazaba con atragantarla por la falta de sincronía rítmica. La corta edad. O esas otras amigas locuaces y, posiblemente, viborillas, que cuando aparecieron Connie Stevens y Edd Byrnes en el escenario peleándose por el peine se miraron con una intensidad y una sorpresa que sobran las palabras. Stevens y Byrnes debieron caer en el colmo de la pornografía para sus espectadoras cuando se dieron aquel inocente arrumaco, cosa que nunca se vio en ningún capítulo de su famosa serie. Asimismo, las pibitas decían adios desde la zona de sol a la primera nariz de Paul Anka, que fue la mejor (ignorantonas del futuro quirúrgico).
El rock and roll, el doo wop, los teen idols, todos, absolutamente todos los artistas pop desfilaron por este show. Es lo que más interesa a los melómanos. Y a mi, en cambio, lo que me llamará siempre una atención en grado superior es ese otro lado del intríngulis. Ya me sucedía en muchos programas españoles, cuando mi vista iba siempre detrás de quién tenía la presentadora de turno como asistente entre el público. Quizá por esa retórica de la nostalgia, veo mucho más enternecedor el reparar en la masa teen del maestro Clark. La de las cazadoras con la pegatina de la cadena y los cancanes bien pegaditos a las piernas. Esa misma postal llevada a España por esos años no hubiera variado en sus tonalidades básicas. Nuestros jóvenes por aquellos años se derretían por Jose Luis y su guitarra, por el Dúo Dinámico haciendose los Everlys, si. Pero les aseguro que visto esto, las carencias, las dificultades parecen las mismas, las diferencias de una juventud sin rumbo no eran tantas. De que los dramas de Ray o Kazan eran muy de ficción. De que James Dean sólo hubo uno, nacieses en Philadelphia o en Cabezón de la Sal.


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