06 julio 2009

¡¡POST 2.100!! ¡¡2.100 POSTS!! ¡¡POST 2.100!! Televisión de culto

WANTED DEAD OR ALIVE (1958-1961)

Steve McQueen ha pasado por la historia del cine como uno de sus últimos mitos más consistentes. Con todo lo que ello entraña. La generación de posters, muñecos, anuncios, de todo tipo de merchandising... Su memorabilia se prolongó a raiz de su desaparición (incluida esa obra maestra de Prefab Sprout que lleva su nombre). Es dificil encontrar a alguien que haya venido después que él (los de Niro y demás) que hayan alcanzado un rango semejante dentro de la cultura pop. McQueen es un auténtico. En todos los sentidos. Más allá de su calidad de actor. En el cine de acción brilló en lo más alto. Fue un antihéroe inolvidable. Es posible que si no hubiera muerto prematuramente, se hubiera pasado a la dirección. Tal vez siguiendo la estela del otro gigante de su época: Clint Eastwood.
Y lo que asombra de Steve, viéndolo en esta serie donde apenas era más que un principiante, era su solidez, su maravillosa profesionalidad, su encanto y fotogenia. A Clint Eastwood le hizo falta saltar el charco y probar con Leone el polvo y el sol mediterráneo del spaghetti western. McQueen de aquella ya estaba consolidado como super estrella. La más potente de los años sesenta. En el caos del final del sistema de estudios, el todavía parecía beber de las fuentes genuinas de los enormes de la generación anterior. De puertas para adentro, fue el desesperado agarradero de un Hollywood clásico que se iba a pique.
Se habló mucho de que el personaje de McQueen en esta serie supuso la aparición del primer antihéroe del western. Sería del televisivo, porque en cine antes hubo muchos. Paul Newman en El zurdo fue el más inmediato. Pero también estaban Gary Cooper (Solo ante el peligro) o Monty Clift (Rio Rojo). En las verdes praderas también cabían los inadaptados.
Su Josh Randall, cazarrecompensas de enorme corazón, es interpretado de una manera taciturna y descreída. Nos da la sensación de que detrás de esos ojos azules se halla un profundo resquemor social. McQueen siempre parece tener un pie dentro y otro fuera de la ley. Si esa ambiguedad jamás llegará a fructificar en una escapada del lado de tantos forajidos de leyenda, al menos tiene el gran valor de no dejarnos indiferentes. Y eso ya es un mérito pues la poca edad del actor podría ser un handicap para cualquier otro de su quinta. Hablo de credibilidad. Pensemos en William Reynolds, John Saxon o Troy Donahue. Jamás hubieran llegado a ser retratados más que como niños monos que deambulan por el salvaje oeste como quien lo hace por un parque de atracciones. Algo tenía la mirada de McQueen para embaucarnos con sus proezas reservadas. Su dominio de las escenas de acción es asombroso. Está claro que era idóneo para ser uno de los siete magníficos (su primer gran éxito mundial). Antes había aparecido en Marcado por el odio (aquel drama pugilístico a mayor gloria del primer Paul Newman), pero fue un "visto y no visto". La televisión le abrió las puertas y el se supo aprovechar bien la oportunidad, incorporando novedades. Estas fueron, despojar a su personaje de machismo, de camaradería masculina (casi siempre actuaba solo), de vicios superfluos (ni se alcoholizaba ni andaba con mujeres). Apoyaba al sistema y a la vez se revolvía con detalles a la contra (como repartir sus ganancias con cuantos falsos culpables hubiera capturado). Esta era una salida lógica, como una licencia poética en tanto que durante noventa capítulos capturando a todo el que se le ponía por delante, si hubiese cobrado tanta cifra habría sido el mercenario más millonario del mundo.
La cabecera de cada episodio era inolvidable. Primer plano de sus extremidades, en las que se ven perfectamente dos elementos fundamentales de la cultura viril: el rifle y el paquete del actor. Toda una redundancia pues el arma de McQueen era un hog leg (una pistola de largo calibre, muy parecida a la que luego usó Harry el sucio, pero que en la época en la que estaba ambientado el serial suponía un anacronismo pues dicha arma no saldría al mercado hasta finales del siglo XIX), y hog leg es como se denominan en el argot popular a las pollas enormes: y los pliegues, el llenazo de la delantera de su pantalón muchas veces inducían a pensar que McQueen estaba muy bien dotado al respecto. Apenas dura treinta segundos esta cabecera. El actor se detiene frente a un cartel de Se busca, lo arranca y mira al espectador. Finalmente desde otro plano, su rostro azulado nos vuelve iluminar mientras en la parte inferior de la pantalla aparece su nombre. Es el nacimiento del mito.

McQueen no se comporta en ese oeste (tan deudor del look Warner) como un neurótico (como podría haberle pasado a James Dean), como un cuadriculado (Joel McCrea), como un Apolo sosillo (Tab Hunter), como un pendenciero (Dan Duryea), o un pánfilo (James Stewart), o una mierda (Elisha Cook jr.), ni tan siquiera como un has been enviciado (Dean Martin). En el hay serenidad, se le intuye un escéptico. Y es rápido montando a caballo, veloz disparando, astuto cuando se ve desarmado en medio de una emboscada. Steve no es un super hombre. Le hieren con revolver, le dan de puñetazos... Siempre sucede al final de un capítulo, con lo cual no hay excesivos riesgos de que pinte inmortal. Tiempo para curarse habrá tenido (una semana como máximo).
Llegadas las navidades, los artífices de la serie preparaban capítulos especiales. Solían aparecer niños. En la primera temporada salía uno que se había escapado de casa buscando a Santa Claus. Nada fue ñoño con McQueen en el asunto. Huelga decir que no osó colocarse una barba blanca y una barriga postiza para el halago facilón de la familia norteamericana. Fue un capítulo en el que no sonó un disparo. Miento, sonó uno. Pero eso pasaba porque Papa Noel le había dejado de regalo al padre de la criatura un rifle y era lógico que probara su puntería en un caldero.
Gente tan estupenda como Warren Oates, Gloria Talbott, Fay Spain, George McReady, Everett Sloane o James Coburn pasaron por el show. Sin olvidarnos del primero, un jovencísimo Michael Landon buscando su destino en el west TV, aqui con aires de resentido y camorrista. En ese capítulo triunfaba por encima de todos los tópicos (a cual más agradables) la arrolladora juventud de los dos protagonistas masculinos.
Lo que había sido un personaje que había nacido como escisión del de otra serie -Trackdown- acabó icono autónomo, inolvidable para toda una generación de espectadores (incluidos actores) que eran niños cuando la pasaban en antena. Asi que no se hizo raro que conociese una secuela en 1987 con Rutger Hauer encarnando al nieto de Josh Randall, al que en su tiempo no conocimos hijos, por cierto. Pero todo es posible en Hollywood. Y más en el moderno, de una falta de ideas alarmante. Buscando la copia antes que la novedad. Y no bastándoles las películas que ahora rateaban en las series de la televisión (no en vano, había más cine en aquel viejo serial que en el Hollywood ochentero, puro telefilme). Estaba visto, en última instancia, que ya era demasiado que Rutger hubiera sido de nuevo Josh. Al menos se libró de las odiosas comparaciones, que en su caso hubieran sido terribles, me temo.


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