07 julio 2009

SOLO PARA SIBARITAS

KATHERINE DUNHAM (1909-2006)

Katherine Dunham supo crear un extraordinario conjunto de danzas cuya fuerza chocante estriba en lo que ofrecen como suma de una civilización o de una encrucijada de civilizaciones en el momento de saturación de sus símbolos opuestos. Ha sido necesario que esa civilización se mordiera a si misma la cola, volviendo a lo primitivo -signo de nuestra decadencia- para lograr la cifra más alta de un arte nuevo barnizado con un oropel suntuoso, hondo, como la sangre que lleva al centro cordial de tantos pueblos, o de uno: la raza negra.
Como bien dijo en su momento un fascinado Angel Zúñiga a raiz de uno de sus espectáculos presentado en Barcelona: Katherine Dunham fue una constante fiesta para los sentidos, con el gobierno del arte hecho suavidad, y, por paradoja, convertido su selvático primitivismo en regla civilizada.
Hoy en día, que vemos a los artistas negros como el colmo de la sudoración y el histrionismo (soul, funky, disco music, house, hip hop...), aquejados por el complejo marioneta (Michael Jackson) o del mal de la entrepierna (Prince y sus principitos) retornar a la Dunham es retornar a la insinuación, a la sugerencia, a lo humano. Y todo ello sin perder un estilo vivo, centelleante, hecho de contención más que de fuerza. Resulta alucinante el curriculum de esta luchadora. Nos damos cuenta de que no paró un momento de su vida en tramar arte. Debió ocupar las veinticuatro horas de cada uno de sus días a la teoría y práctica de sus estudios antropológicos aplicados a la danza moderna. Es imposible encontrar a una mujer tan viajera, tan extrañamente huidiza (cual Leni Riefenstahl superada su fascinación por el nazismo, la del blanco al negro) y, a la vez, tan encumbrada en el showbusiness más conservador de los Estados Unidos (Broadway, Las Vegas, Hollywood). Por su escuela de danza pasaron figuras tan variopintas como Eartha Kitt, James Dean, Gregory Peck, Jennifer Jones, Marlon Brando (que acostumbraba a tocar el bongó en los descansos) o Charles Mingus (sus jam sessions con otros baterías creo que eran antológicas). La Dunham de alguna manera puso de moda entre el snob yanqui más inquieto el africanismo, la cultura del Tercer Mundo, en unos años cincuenta en que términos como globalización y world music parecían muy lejanos. Sus viajes por Jamaica, Trinidad y Tobago y, sobre todo, su querida Haití (en donde investigó los rituales vudús) fueron los más conocidos. Pero a mi me parece que ella no dejó tranquilos rincón ni pueblos.




Buscando las fuentes creó un número como la Suite brasileña llena de cálido colorido, Tango y su emoción barriobajera, incluso el íntimo flamenco, parecido a la rumba sensual, como si Pastora Imperio hubiese recalado en un antro del Harlem y se hubiera puesto a bailar alrededor de unos negros jadeantes. No debemos olvidarnos que Katherine venía del music hall, o es que tal vez el music hall era una faceta más del arte negro que a ella no le convenía desestimar. Es cuando Josephine Baker y la Dunham se confunden en los ritmos sincopados del jazz hot. La desnudez en su máxima y total expresión. Entendemos que en la estudiosa Dunham aquello se trata de una concesión a la trivialidad. Pero ¡qué concesión!. Ahí tienen su Americana. Pero Fields hands o Plantation Dances ya entrarían de lleno en la ortodoxia, en los spirituals. No fue raro que cuando Hollywood la descubrió, la incluyese en Stormy weather (1942), adaptación del musical de los Gershwin con un reparto todo de negros. Pero Hollywood la desaprovechó por completo. Como asesora y coreógrafa se limitó a poner una impronta de buen gusto y otra de exotismo. Su grandeza en Estados Unidos con productos construidos por personalidades norteamericanas la hallaríamos sólo en Broadway. En Cabin in the sky, donde la estrella era Ethel Waters y Dunham hacía de Georgia Brown, éxito sin discusión. George Balanchine trabajó con ella mano a mano en los bailes y, a decir de los que la vieron, aquello fue pura magia. No así los críticos pacatos, que a esas alturas aún estaban dilucidando si a aquellos bailes habría que colocarles el calificativo de "arte" o simplemente "sexo".
Si la Dunham supera con creces las limitaciones que se le impongan y adjudiquen (pues nunca fue estrecha de miras), las de la revista también las rebasa con detalles preciosistas, al transformar lo frívolo en pura elegancia. Cakewalk es el lujo, la fantasía, es la transformista sin falsos pudores. En la canción Struter's Ball el savoir faire surge al ser interpretado a través de una simple cortina. Y siempre lo negro, el negro de la selva, con los terrores ancestrales que recuerdan a la llamada del salvaje de "El emperador Jones". Y, de ahí, sin transición posible, a la Martinica con la muerte patética de una danzarina.




Los logros de la Dunham. Ser la primera artista negra en dirigir una Opera en el Metropolitan (Aida), ser embajadora cultural norteamericana en el Senegal, ser de las primeras activistas políticas en la defensa de los inmigrantes haitianos que viajaban en pateras a los Estados Unidos. Y su colaboración puntual con Maya Deren, la madre del cine underground, asistenta personal y promotora de prensa y que se interesaría en los temas caros a Katherine, cristalizándose en el filme Haitian Voodoo. Es posible que lo que en el fondo, a los habituales de esta sección, lo que más nos pueda interesar de su inmenso legado en el mundo de la danza, obrando a guisa de resúmen y conclusión, es que esta mujer excepcional haya podido hacer resonar en una canción de Cole Porter (que es como decir en el dominio del jazz) el eco del tam-tam de la selva.

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