23 julio 2009

PUBLICOS VICIOS (homoerotismos en Youtube)


36. Sudando la camiseta (y lo que haga falta)


No me voy a poner a ponderar a estas alturas el poderío erótico de las camisetas sudadas míticas de la historia del cine, empezando por la más común del Brando ("no me llames polaco"). Por topicazo y por pereza, mismamente. Que hoy no me apetece demasiado darle el tecleteo nervioso, que pronto sudo y los dedos no atinan nada bien. Y luego me tengo que matar en las correciones. Lo que me gustaría confesar en este rincón, entre otras cosas glandulares, es mi persistente falta de higiene llegados los calores. Han de saber que sólo me ducho dos veces por semana, sea verano o no lo sea; y eso, quieran o no, se nota en público... vicio. La ropa interior y de paseo (que practicamente son sinónimos en mi guardarropa) igual. Y ya si les digo que mi vestuario es escaso (encontrado en traperos, regalos "segundo cuerpo" de amigos, robatorios en los bazares chinos....), se darán cuenta del mucho trote al que ha tenido que estar sometido el mismo. Aunque con una salvedad: al permanecer más tiempo en casa con trapitos domésticos, la ropa de calle no sufre tanto como si la llevara, pongamos el caso, un paria de parques y jardines (probablemente, más limpios que uno pues en los albergues les obligan al aseo y muda diarios). Tengo montones de camisetas con los cerquillos amarillentos que no salen ni a la de tres. El lema publicitario del "frotar se va a acabar" en mi ha sido malinterpretado de cojones. Aún recuerdo el asco que le desperté a un ex amante pasivillo que, justo en la escena del sofá, cuando me despojaba de la camisa descubrió esas manchas terribles (para él) de las sobaqueras pero que a mi me resultaban tan reconfortantes. Pero los sobacos es una cosa manida. Yo también uso (cuando uso) calzoncillos, slips o boxers que por la zona delantera albergan esa miseria amarilla, mezcla de sudor, semen, mierda de otros y meos que jamás se irán. ¿Debería cambiar de vestuario íntimo?. ¿Para qué?. Si todo en seguida se va a deteriorar, almidonar o como coño se defina a la telita endurecida por el trote.

Y vaya con el temita. Soy un tío. No un metrosexual que es ni chicha ni limoná. Y me gustan los tíos como yo. Que no se averguenzan de sus vellos, de sus excrecencias, de lo que sale por sus poros. Los que cuando ya molesta la mojadura corporal, se quitan lo que sea y en bolas buscan el repuesto. También están entre mis preferencias los modosos que, en la salita de espera para una entrevista de trabajo, se llevan de vez en cuando y durante una milésima de segundo (en plan compulsivo, puto tic) la nariz al sobaco, intuyo que para pillar el regustillo malsano de su seña de identidad más que por temor de que pueda la niña que tienen delante oliendo a rosas percibir algo que la ahuyente. Y no es que se tenga miedo al agua, porque un macho no debe temer a ningun tipo de componente de la naturaleza. Regodearse en el sudor como filia tambien nos está permitido. Debes de eliminar tantos prejuicios como toxinas. Y que te guste lo masculino hasta lo agreste. El hombre y el oso no tiene porque ser exactamente el retrato robot de Alfredo Landa. Pero tampoco el Brando del Tranvía (al que siempre le molestó que le llamasen sucio). Si acaso, preferiremos el del Tango, por más revelador y escatológico.
Hubo un tiempo en que el porno marica renegaba del hecho natural de la transpiración. Chi Chi La Rue enloqueció y le dio la vuelta a la dictadura de lo aséptico, llenando a sus chulazos hormonados de sunlight artificial para que se ahogasen en lipotimias. Y todo era poco para ello/ella. Pronto los hizo escupir, expulsar en enema cerveza. Será que recibió quejas de alguna asociación histérica pro aseo y finura del gay profesional al notar que la mayoria de aquellos sudores inauditos eran más producto del Sida que los mató que de un auténtico morbo a cuenta del sexo sanote.
Huyamos de ese porno como del pestazo de una vicepresidenta. Reivindiquemos siempre el erotismo. Por más rico y retorcido. Por más sugerente y transgresor. Porque ahí cabemos todos, en fecunda creatividad. El amateur del boy next door. El de Youtube, que es todo gratis, sin pago de cuotas, sin polvos que te sacarán los ojos.
Aunque, no crean, me ha costado encontrar hoy lo que quería. Lo más aproximado lo verán a continuación. Les he puesto uno con trampa, por su inocente malicia, porque los lolitos son muchos y están metidos haciendo tonterias en un sitio de espacio muy limitado; y yo supongo que la temperatura les subirá hasta el punto de que les pique... el sudor, si. Luego hay lametones simpáticos entre coleguillas al sobaco de uno que le gotea delicioso por el vello divino; o Macistes que se dejan excrutar las manchas por parte de... o bien un homo vicioso o una señorita obsesa de la limpieza (en plan: eso jamás me pasaría a mi. Ergo: cerdo pero te quiero)...

Y bajando un poco más -y dándole la vuelta al fulano-, mi apoteósis personal... El sudor de un buen culo peludo envuelto en boxers y chandals... algo que me derrota hasta la eyaculación. De estos no he capturado muchos. Incluso a los encontrados tiendo a sospechar que sus lamparones no son reales, pues casi todos son coñas publicitarias sobre desodorantes (¡qué asco!) para nalgas (¡qué ricas!). Pero es bonito soñar, imaginar a un gordito como meado por detrás. Se le adivina el apuesto bujerote, lubricado para lo mejor.
Entre mis preferencias están en el top los jovenzuelos que van en bici. En verano se suelen ver muchos, aunque el saggin' ahi les haga perder el efecto impactante. Y no me vengan en maillot, porque eso sí que no lo soporto. Los prefiero en chandal azul claro o bien rojo y gualda, lo suficientemente subido para que la cara de la Verónica (en el primer caso) o bien la del aguilucho (en el segundo) luzcan en todo su esplendor. He tenido experiencias con críos así y siento nostalgia, intensos deseos de repetirlas ipso facto.
Con Jose el chapero por ejemplo, el sudor no era preponderante. Pero recuerdo días de invierno, por las fiestas de San Martín, tumbado comiendo castañas sobre el cesped húmedo. Qué irresponsable. Para coger un catarro intestinal. Se levantaba empapado. Era maravilloso olerle las nalgas entonces por encima del vaquero aquél, que ya no se vende en tiendas. Luego bajárselo y comprobar cómo sus globos rotundos estaban fresquitos y mojados. Qué bueno que aquella noche me dejase abrirle el juguete. Mis dedos resbalaban por su cueva con total facilidad. Probablemente me esperarían en la investigación nuevos jugos destinados a aumentar mis deseos de follarlo. Pero eso ya sería una derivación bastarda de lo que les venía contando en este capítulo. Algo muy parecido al aborrecible invento para gañanes salidos llamado la fiesta de la camiseta mojada. Y por ahi ya no paso. Todo lo más, los clásicos. O sea (y de vuelta al principio), Brando on the water y front.
Que ustedes lo suden bien.
































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