09 julio 2009

PUBLICOS VICIOS (homoerotismos en Youtube)


35. mami, qué será lo que tiene el moro

Déjenme que les cuente, como Scherezade. Advierto que nunca he bajado al moro, ni que he vivido in situ, in zoco, in Marrakech, una pasión... turca o libertaria, pero que me fascinan unos cuantos tópicos norteafricanos. Por ejemplo, adoro El berebito, que me parece un garrotín fenómeno siempre que lo escucho por algún cancionero serie B (a lo Paquito Jerez o Niño de Murcia); que me dan mucho gustirrinín las fantasías del Atlas de Cadinot cuando sale a rodar en camello y con chilaba (esos protas que parecen por edad los hijines de la Emmanuelle, a los que muy a menudo se les descose el pantalón por la raja del chochín, me dan sana envidia. Siempre violados en un bazar textil por algún Mohamed o secuestrados por un bandido adicto a fumar eso que bien conoce La Marelu, cosa bárbara. Los nenes de Cadinot cuando se hacen expedicionarios tienen el embrujo de Silvia Kristel y la valentía de la creación de Hergé).

Pero, por desgracia, mi turismo sexual se limita a cuatro calles limítrofes a mi habitación. Cosa que no me deprime ya, pues uno se acostumbra a todo (claustrofobia incluida) y hasta le saca moralejas a las miserias. ¿La mía?. Que el mundo es un pañuelo lleno de semen y algunas heces. Que me lo he hecho con representantes de medio planeta (de Oriente a Occidente) y que de los moros tengo un grato recuerdo, en general. Salvo el de la feria quincenal, que tuve que cortar con él, aunque me siga rondando la tuna del tunante.
El de este fulano es un caso muy particular. Alá no le permite el condón. Se me corrió dentro un par de veces y ya no quise repetir. Luego coqueteé, si. Pero no volví a pasar a sus aposentos. Hace una semana me pidió a gritos que le dejase mi agujero. Es un claro síntoma de vicio, es un enganche. En el bater de la cafetería, nuestro oásis, donde solíamos tener nuestros intercambios diplomáticos, apareció hace unos días una pintada en la puerta y en el azulejo de la pared. Eran letras que no salen en nuestro alfabeto. Al lado, un dibujo obsceno que representaba un pene introduciéndose en una vagina. Está visto que este artista rupestre me ha terminado idealizando.

Prefiero recordar a los marroquies de otra manera. Más suaves, más eróticos, como brisa cálida sobre piel bronceada. Negro sobre blanco en el anochecer de Tánger. Momentos ya lejanos en el tiempo. ¿Doce años hace?. Puede. Era d'estate y me hallaba en una agradable pensión en Coruña. En un par de habitaciones se apelotonaban media docena de preciosos muchachos argelinos. Por el calor, a la hora de la siesta, mantenían las puertas de sus cuartos abiertas. Entonces los veía de vez en cuando divertirse entre ellos. A torso descubierto y con vaqueros ceñidos (ninguno con una mala tripa o vello corporal, cosa mala). Uno recostado boca arriba sobre la cama mientras otro encima forcejeaba. Todo sonrisas, nunca un grito. Los otros jaleando sin histerias, comprendiendo comprensivos. Esperando turnos en el baño o en la cama. La normalidad, el verdadero sentido de la amistad entre hombres me arrebató. Seguían dándose muestras de cariño, de una manera tan efusiva y a la vez tan tierna, pausada, que eso si lo hacen españoles sería una verguenza y estaría muy comentado (pasado el gaypride que alimenta la homofobia, los de provincias se vuelven y las puertas se cierran). Mis miradas incisivas no hacían mella en ellos. Eran una cofradía de vendedores ambulantes, endogamia imponente.
Otro día de ese verano de medias lunas, ocurrió un detalle que fue lo más parecido a una aproximación entre ellos y yo (está visto que lo que les estoy contando es como Muerte en Venecia 3 -a navajazos y degollado- pero en versión mamateur y en super ocho por tres de grosor). Solía llegar a las tres y pico de la tarde de la playa. Tan pronto entraba en la pensión me iba a ver si el baño estaba libre para darme una duchita rápida. A esas horas normalmente uno de esos chicos lavaba en el pilón la ropa de todo el grupo, supongo que se turnaban civilizadamente. Ese pilón comunicaba con el baño. Sólo nos separaba una ventana. La ducha carecía de cortinas. Si quería que me viese el muchacho sólo tenía que abrir la ventana unos centímetros. Eso hice. Me senti lozana andaluza pero muy nerviosa, o sea con mi pene muerto de meses. Era pues cristiana y decente. Le enseñé bien el culo. El frotaba (su ropa). Esperaba que me diese la vuelta, quería saber si los occidentales estamos bien dotados. Y lo hice. Y aquello era bobina de hilo de peseta de Mercería La Favorita, esquina Riego de Agua. Su respuesta fue evidente: puso un bote de detergente Dixan delante del hueco de la ventana. Ya estaba todo visto. Era tiempo de publicidad.

En esta serie de videos ampliamos fronteras y llegamos hasta Israel. Quizá porque me asombre la utilización que hacen de Youtube (internet en general) colectivos muy marginados de allí como lugar liberador, la valiente visibilidad de unas prácticas que se siguen en muchos países del Islam penalizando con la muerte. Uno de los documentos más impactantes es el del jóven heroinómano en pleno trance, completamente abandonado en su bajada en esa habitación de motel, mientras su cliente lo graba con total impunidad. Les aseguro que ese cliente no soy yo: es Maricón Martinez '08.





























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