15 julio 2009

PIMPOLLOS DE LA HISTORIETA ESPAÑOLA


SIMBA-KAN
de Martinez Osete (1959. Ed. Marco)





Los logros indiscutibles de muchas de las publicaciones vistas aqui siempre han quedado disminuidos por la extensa duración de las mismas. Las soluciones narrativas que buscaban los guionistas para enredar el hilo a menudo eran vergonzosas, aunque fuesen obritas destinadas a un público juvenil. En el caso de la creación (dignísima) del gran Osete (ver en este blog su RED DIXON), estas soluciones no pasaban por la rendición al delirio, hinchándolo de situaciones extremadamente fantasiosas (pero de un delirio cutrón, carente de genialidad), como hemos comprobado tantas veces, sino dentro de una intriga principal cuyo quid era la enemistad furibunda entre hermanos que ignoran su condición de tales. Es decir, que Osete se apoya en las sacrosantas leyes del folletín, o mejor dicho, del melodrama clásico, con intención de prolongar una tensión dramática que afecta con destruir los vínculos familiares, sensibilizando por ello rápidamente al lector más conservador.
El problema es que el autor es incapaz de llevar a buen puerto sus intenciones y abandona el proyecto a partir del cuadernillo número cuarenta. Algunos críticos de estas cosillas del tebeo nativo antañón, marcan la deficiencia de Simba Kan justo a partir del momento en que es relevado por el dibujante A. Pérez y el guionista Berenguer Artés, pero yo opto por pensar que la serie ya estaba agotada desde mucho antes (independientemente que el tal Pérez sea mediocre. Y más vago, también. Pues una página a lo mejor la arreglaba con cuatro viñetas estiradas como el chicle). La principal tara que incorporan los nuevos profesionales es la del citado chapuceril acabado del dibujo mientras que se conservan unas situaciones manoseadas y que ya no hay por donde cogerlas (si bien se aligera un tanto el tema bélico en favor de elementos más tradicionales del género de aventuras: bondage incluido).
A pesar de todo, la obra original de Osete (que luego pasó a ser un destajista más de la Bruguera, trabajando en los extras del Jabato y, por encima de todo, en el Capitán Trueno) es, si no excepcional, si digna de un rescate.

La historia parte del recurso tan fiable del mito tarzanesco para luego evolucionar hacia el peplum más en boga, hallándonos en terrenos francamente ricos en posibilidades de mímesis y que miran de igual manera a los filmes recientes en el tiempo Ben Hur (rivalidades entre personajes a los que les vinculan sentimientos afectivos) y Espartaco (aproximación "seria" al mundo antíguo, intrigas políticas incluidas), con sanas incrustraciones del -habitual en España- género bélico. En lo último, Osete y los que vinieron luego fueron totalmente intransigentes: contadísimas concesiones al romanticismo tradicional (pocas mujeres) y mucha guerra. Y con ella, la amistad masculina por encima de cualquier otra cosa.
Simba Kan es un Greystoke apócrifo. Sus padres no son lores, sino importantes miembros de la sociedad romana en épocas de Vespasiano. En una campaña africana, el crío es separado de sus padres y hermano gemelo y es llevado como motín por los enemigos. El caso es que éste se perderá en el valle de Akum y será recogido por una manada de leones cuyo cabeza melenuda es el regio Numa. Las nobles bestias lo adoptarán como uno de los suyos. Cuando crece se convertirá en el rey de los leones (Simba Kan), sus nuevos hermanos se llaman Sator, Aron, Seeta... Vive entre fieras, comprende su idioma, ellos le serán siempre fieles y lo acompañarán en mil y una refriegas, casi siempre contra los romanos, el pueblo al que pertenece por orígenes. Será su padre natural (el pretor Máximo) pero, sobre todo, su gemelo Lucio Valerio sus impepinables rivales. Estas primeras entregas son muy amenas. Vemos como Simba Kan se hace pasar por su hermano, con todo lo que esto conlleva en materia de confusiones palaciegas. Pero también aparecerá la figura de la madre, la sufrida Fulvia, mujer depresiva y, si me apuran, intratable, con sus presentimientos crónicos, pero que nunca es capaz de demostrar que su retoño sigue con vida, que es Simba Kan y que no puede verse enfrentado a su familia de una manera tan enconada (sinceramente, nos quedamos con la Calpurnia del Julio César de Shakespeare). Cuando Simba Kan alcanza rango de enemigo público número 1 de Roma, las guerras incruentas se suceden. Y ahi parte el error del tebeo. Al héroe le sobran oportunidades para acabar con la vida de sus perseguidores, pero nunca lo hace. Osete justifica al personaje por un instinto represivo que él mismo no puede entender, algo en su interior le dice que de llevar a cabo su venganza habría cometido un crimen antinatura. En cambio, toma decisiones estrambóticas en las que hace prisioneros, no ya a sus parientes legítimos sino a los propios pueblos que le ayudaron a vencer (lo que provoca la lógica indignación de sus aliados y posibles rebeliones internas). Estas situaciones son del todo ridículas. Sirven muy a la deseperada para alargar el embrollo pero vistas hoy nos parecen un desastre. Como ser escoltado siempre por sus leones, lo que da una sensación de circo, de absurdos quistes que terminan degradando a tan imponente especie. Hubiera sido mejor que el autor optara por la introducción paulatina de monstruos antediluvianos o seres venidos del averno. En última instancia, nunca nos quedará claro si el fin principal del héroe es regresar a la leonera o arreglar el mundo antiguo.

Tampoco está muy logrado el personaje femenino más vistoso de la historieta: la rubia patricia Lydia Cellini (que tiene nombre de diva muda italiana) empieza traicionera (cosa que nos alegra) y en seguida se desmarca como una inocentona más, víctima constante y, por supuesto, enamorada hasta el asco de Simba Kan. Por fortuna, va a ser la responsable de que el embrollo consanguíneo salga a la luz. Esto sucede en la penúltima historieta, cuando el gemelo piensa haber asesinado a Simba Kan. Al revelarle Lydia el terrible crimen que ha cometido (ella sabe que son hermanos, más que nada por que son igualicos, porque si no no me explico. Otro fallo del guión: ni padres ni hijos se dan cuenta del detalle ostentoso del parecido físico), nos gusta la actitud de Lucio Valerio. En el sólo hay autoasumido dolor. Ningún signo de victorioso orgullo, pero tampoco arrepentimiento pues habría cumplido con su deber de patriota.
La galería de personajes secundarios incluirían a Around, un árabe que aparece en el último tercio de la serie y que va a chupar muchas viñetas al convertirse en la mano derecha de Simba Kan (lo que nos hace despertar regocijantes fantasías lawrenceianas), el pesado Publio Pompilio, un decadente que le sigue el rastro a todas horas (como si aquel "salvaje" se tratara de un Richard Kimball de la antiguedad) o el helveta Orion (sino es él, es otro muy parecido quien pronuncia una frase de oro para nuestra pequeña historia de las sicalipsis mongo: "Si todos los romanos fueran como éste, yo también me haría romano". Simba Kan lo escucha con la espalda pegada a una pared y mirada ruborosa).

Reparemos un momento en los aspectos externos del héroe: a la perfección física los dibujantes la adornan con todo tipo de atuendos atractivos para una sensibilidad homófila. Del peplo a las sandalias, de la coraza de centurión al torso desnudo (que sabe graduar de manera magistral, jamás dejándolo por exhibicionista. Digamos, que entraría por entero en las exigencias de un guión), pasando por esa preciosa cota de mallas (por desgracia, tan habitual en las boutiques de Chueca). Lástima que no se hubiese regodeado más Osete en la adolescencia del galancito, allá por los primeros números (cuando, no está de más señalar, todos los pimpollos de la historieta se parecían a Tony Curtis). Nos quedan sus hermosas ilustraciones a color de las primeras páginas, donde su belleza morena actúa como un talismán inspirador del autor.
A parte de la portada en color (que estaba también formada por viñetas) y la contraportada (dedicada a curiosidades), la serie contaba con once páginas más en blanco y negro (aunque también se usó el azul). Simba Kan se publicó en la editorial Marco dentro de su colección Cheyene (Alerta, etc)












No hay comentarios: