14 julio 2009

DIRIGIDO POR... FA. Fig Leaves (1926. Howard Hawks)

Esta fue la segunda película del gran Howard Hawks y resulta muy interesante verla en la actualidad por unos cuantos motivos. Por ejemplo, por ser la primera comedia de las muchas y muy buenas que hizo a lo largo de su carrera, porque en su temática se atrevió a acercarse a la boga del cine seudo bíblico instaurada por Cecil B. DeMille, por aparecer dinosaurios de plastilina y, por último, por que nace de manera un tanto amorfa el prototipo de la mujer hawksiana, tal vez uno de los elementos más fascinantes y enriquecedores de este autor, al que muchos han considerado un simple artesano, un hombre que conoció bien su oficio. La crítica de los años sesenta dio preminencia al Hawks de los dramas y westerns en detrimento del autor de comedias. Algo que el tiempo ha solucionado con toda justicia. Pues está visto que Hawks es un maestro en muchos géneros y siempre conservando un estilo propio, eso que da un sello de identidad por encima de tantos profesionales encargados de la produción en serie.
Hojas de parra no es una maravilla, por supuesto (su primera gran comedia es A girl in every port -1929- con Victor McLaglen y Louise Brooks) pero es muy entretenida y, a ratos, completamente descacharrante. Que los protagonistas principales se llamen Adam y Eve y que se pasen todo el prólogo haciéndose nuestros primeros padres en el eden del génesis ya debería resultarnos cuanto menos apetecible de entrada. Hawks prefiere precipitar las situaciones hacia la locura antes que rendirse a una falsa poética, esa que siempre linda con lo kitsch. Para empezar, el paraíso es para Hawks una sucursal asilvestrada de Park Avenue. Sus habitantes, una mezcla de los futuros Flinstones; el adánico galán, un Tarzán de Elmo Lincoln que al fin hubiera encontrado a su Jane. De hecho, muchos de los ingeniosos diseños que rodeaban al Tarzan de Weissmuller aparecen ya en este prólogo bíblico. A tener en cuenta. Un hogar construido en la copa de un pino que es todo confort. Esos impagables percheros hechos de huesos de los que penden los modelitos de la fashion victim (léase Eva al semidesnudo), bien rutilantes gowns de piel de animal salvaje, bien hojas de parra de variadas larguras que ella misma, en la soledad de su corriente vida de primera ama de casa que fue, se encarga de zurcir, hilvanar y rediseñar. En cualquier caso, algo que pasó originalmente por la imaginación más queer del modisto Adrian, responsable del fecundo wardrobe de este filme.
Hawks está muy seguro del terreno en que pisa, que es la parodia del cine demilleiano a cuenta de las sagradas Escrituras. Y ese terreno lo pisa a fondo, incluyendo un desarrollo narrativo con estructura de cuento moral. Consejos a los jóvenes esposos, muy en la línea de las películas de Gloria Swanson tipo ¿Por qué cambiar de marido? o No cambies a tu mujer. Y, por descontado, Male and female, que aqui tenemos a un real macho (George O' Brien) y a una inquietante hembra (Olive Brook) de protagonistas. Esos primeros quince enloquecidos minutos son una maravilla del insolite. Veán sino a la pareja en el desayuno leyendo un periódico de piedra en el que se informa de las actividades de unos tal Caín y Abel, entre otras ocurrencias dignas de un Tono. Eses saurios hechos de cartón y papel pintado, que inspiran tanta ternura por su abierta ingenuidad. O la temible serpiente de la discordia, que entra en el pisito, como perica por su casa, en calidad de la mejor amiga y confidente de la dueña. Pero, independientemente de estos irresistibles gags visuales, importan los diálogos en los que tanto Adan como su costilla se van definiendo psicológicamente. No es una psicología muy profunda, pero tampoco vamos a exigir que una esposa americana en hoja de parra sea la primera Nora ni su esposo un paleolítico Fabrizio del Dongo. Adam es un típico macho americano, bueno pero demasiado primitivo para entender las frivolidades de su mujercita. Eva es eso, una tonta, está obsesionada por la moda. Una didascalia lo denuncia: Desde tiempo inmemorial la mujer ha tenido tres grandes preocupaciones: No saber qué ropa ponerse, no saber qué ropa ponerse y no saber qué ropa ponerse. En cuanto a la serpiente, para Hawks es la metáfora de la falsa feminidad, el bicho que a través de sus venenosos consejos le ha inoculado al sexo débil (permítanme una vez más ser demodé y acéptenme el término) el vicio de la coquetería.
Es cuando saltamos a la edad contemporánea. Y vemos que Adam es fontanero y que Eva es su tuberia a desatascar. Y que ella tiene una amiga (Phyllis Haver) que actúa ahora como serpiente moderna. Y que el tiene un amigo (Heinie Concklin) encargado de abrirle los ojos al pobre, cuya única defensa ante los caprichos de Eva es el cabreo interior. Para Hawks los sexos están siempre enfrentados. Hay una enorme distancia entre unos y otras. Adam y su amigo comparten una escena memorable en la que juegan al intercambio de roles sexuales (antecedente tímido de la soberana La novia era él). Este amigo pretende aleccionar a O' Brien para que no se deje dominar por ella. Ver a George O' Brien, tan fornido y viril, imitando el movimiento de caderas de ciertas mujeres al caminar es, cuanto menos, grotesco (el nunca fue un actor, sólo valía como atleta). Cuando le toca hacer de esposa al viejo fontanero entonces nos damos cuenta en seguida de quien tiene más pluma de los dos. Existen otro par de personajes masculinos, que son el diseñador de modas francés (George Beranger) y su asistente (William Austin). Es de suponer que estos dos individuos son homosexuales, pero Hawks mantiene el pulso de la elegancia y la insinuación, sobre todo en el caso del primero, que se queda prendado de la belleza etérea de Eva, a la que escoge como parte de su corte de modelos de pasarela privada. No es difícil entender que para una mentalidad americana un francés aunque diseñador de modas, tiene siempre que significar peligro para el sexo femenino (esos libertinos). Pero algo nos hace sospechar que esa manía por poetizar al maniqui hasta extremos de aplastante cursileria garantizan al cien por cien la fidelidad de Eva por su Adam. Por la noche, el artista del acerico y el dedal se entiende con su asistente (Hawks define al segundo como un gorrión). En cambio, Adam no ve las cosas de esa forma y se muestra celoso al descubrir que su mujercita se pasea en paños menores delante de una concurrencia de salón. Eva también se pone muy susceptible por un encuentro a solas de su marido con su mejor amiga. Con lo cual, el conflicto de pareja está continuamente en el hervidero.
Pero lo que resulta hoy en día más interesante de estas liasions entre humanos es la parte de las chicas. Porque aparece la mujer hawksiana, un ideal que eclosionará en Los caballeros las prefieren rubias y que aqui sería un simple pero revelador boceto. Y es curioso, porque Olive Brook que es morena y Phyllis Haver que es rubia parecen haber salido también de la inventiva pluma de Anita Loos, creadora de la novela Gentleman prefer blondes en esa misma década. En cambio, la Lorelei original aqui sería la morena (obsesionada por el lujo, si. Pero menos fuerte que la amiga. Como lo era Marilyn en la versión de Hawks), mientras que la Dorothy aquella (independiente, siempre de vuelta, la que dice la verdad cuando hay que decirla, la que tiene sentido del humor) parece ser la rubia. Malo que sea la serpiente. Y Hawks, de cara al final, nos lo indica: se difumina el rostro de Phyllis y reaparece otra vez la sandunguera culebra con invitaciones de drugstore (Dorothy aún está en trámites de ser adaptada al cine, quédense mientras tanto con esta superficial).
Ese retorno al génesis surrealista es sólo una intermitencia. Una intermitencia no muy conseguida pero que se la perdonamos a Hawks. Porque nos ha hecho pasar un magnífico rato.
Un filme aconsejable para todos los aficionados al cine de humor, para los hawksadictos, para los gays que les gusten embriagarse por los modelos de Adrian y para cualquier ser humano susceptible al embrujo de las mujeres a la Loos...y los machos a la O' Brien. Los fanáticos de las Sagradas Escrituras, abstenerse. Que esto sólo es un pitorreo para que se carcajee en plan épico el tío Cecilio.

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