01 julio 2009

Calendar Boy

El chico de julio


PAUL



Me he enamorado de Paul. No de Paul Newman, dios me libre. Sino de Paul a secas. ¿Cómo se apellidará?. No le ha hecho falta más que su nombre para que al enunciarlo me produzca verdadero entusiasmo, el mismo que me motiva a ir corriendo a jugar con mi regla de medir.




Paul es una estrella muy particular. Lo descubrí hace unas semanas visitando blogs dedicados al spanking de los muchachos. Y, por supuesto, alli entre tributos a Harry Bush y a la Royale Studios, se reparaba muchísimo en la Sting Pictures. Es esta una productora británica, especializada en la disciplina inglesa. Es, por descontado, una revisión al increible legado que desde los años cincuenta nos ha venido dejando a los aficionados al bizarre la citada Royale.



Chicos bien en internados ingleses. Sujetos a una férrea autoridad. Muy inglesa: o sea seca, civilizada, implacable, taciturna, con un puntito de ironía. A falta de humor negro, hay salas de tortura parecidas a los gimnasios. Con sus potros y plintons. Un pequeño mundo que nos recuerda a ciertos pasajes de las novelas de E.M.Forster y Evelyn Vaugh. A algunas escenas de filmes como Another country e If...



Ahora ustedes que lo saben todo me dirán... pero si la Sting Pictures es australiana. O canadiense. O del Barco de Valdeorras. Lo que sea. Me da igual. A mi déjenme soñar con estos pequeños lores. Son fantásticos. Me quedaría con casi todos. Sé que Brett está de moda entre los connaiseurs, que es rubito, con un aspecto desvaído a pesar de su cuerpo de efebo atlético, como de jugador del Chelsea en zona de alevines. Que Craig va a ser el siguiente en caer en mi iconostasio particular... Pero, yo de momento, con Paul (aunque sea este mes nada más) voy tirando tan ricamente.




Lo que me fascina de la Sting Pictures es su seriedad al abordar el rollo zurras. Les viene de tradición, claro está. No hay más que ver el fetichismo de los aparatos y objetos de castigo. Esas cerámicas donde reposan entre esponjas las fustas de ortigas. Lo lustrosas que mantienen las barras posabastones de mimbre. La profesionalidad del ayudante del headmaster que va anotando en una libreta y con esmero las dosis exactas, el curriculum del alumnado. Las explicaciones que una voz en off efectúa sobre el número de varazos más conveniente para cada infracción cometida por el alumno. Es una ceremonia, una liturgia. Es algo sagrado, como el culo de un sophomore de Oxford.





Me hacen gracia los headmasters. En especial Alfred, que parece salido de una serie de la Thames television. Tiene un aire flemático, imperturbable. Ha visto y azotado más culos que abierto libros de Sheridan o Wilde. Y ahí sigue. Compartiendo tazitas de té con una maricona horrenda, suerte de señorita Rottenmeyer del partido laborista. No como Alfred, que se le nota conservador. Y mucho. Y que no falten los terrones de azúcar, ojo. Que si no, se va a ver obligado a solicitar con urgencia una entrevista en profundidad con el causante de un desatino que amenaza con enturbiar la armonía del centro.




Y luego está Paul, que son los muchachos, en definitiva. Aniñados, aunque ya sean adultos. Pasa un poco como en los videos de Cadinot, que no son un canto a la pederastia porque casi todos aunque aparenten adolescencia sabemos que ya han superado la edad del pavo. Es decir, que no nos engañan pero que caemos dulcemente en el engaño. Los de Sting Pictures igual. Se visten de preciosos estudiantes para halagarnos. Esos pantaloncines cortos que jodidamente dan el pego...




Paul no es negrito, ni chinito, ni modelo sovietizado o caucásico. Y alli todos esos haberlos haylos. Paul es un bonito niño inglés. Y le han zurrado muchísimo. Por eso es una estrella. Con toda la educación acepta las penas. Si le hubiera faltado (la educación, digo), la pena sería la máxima: la horca. Sus expresiones ante el tormento son inolvidables. Jamás le verás quejarse. Le salen lágrimas, si, pero nunca queda nenaza. Me arrebata el control de la respiración (esto sólo lo hace un shakespeariano. Si fueran del Método sería otra cosa. ¿Se imaginan a un Al Pacino cualquiera en estos trances?). Y como él, el resto de sus amiguitos. Y miren que esto en España sería impensable. Este pais con Zapatero o sin él parece la casa de toquemerroque. Porque si lo piensan bien, por un cigarro o estar bebiendo una cerveza en la habitación que ya pueda peligrar tu culo... En cambio, en el Osbourne Lodge no se andan con chiquitas. Palas para jugar al paddle, reglas, zapatillas, diferentes fustas, los bastones de mimbre, las correas, las propias manos... Existe un auténtico arsenal destinado a satisfacernos a los voyeurs.




Cuando a Paul le toca Alfred, el sabe que el castigo se lo va a impartir con sabiduria de maestro. Alfred nunca ahondará en la herida. Si un fustigazo va fuerte es que éste no ha caído en la zona más enrojecida, sino en la que no lo está. Pero a Alfred no le perdonamos el detalle de que tome de vez en cuando carrerilla. Queda paraolímpico. Será humor inglés pero no lo pillamos porque no hay risas enlatadas. En cambio, cuando a Paul le tocan otros estudiantes de cursos superiores, entonces hay peligro. Y da lo mejor de si mismo. Normalmente ocupa la apoteosis del filme. Tal es el caso del inolvidable Grey Shorts 1.





También estuvo memorable en Asian Incident, donde hacía de hermano mayor de Brett, el cual llevaba la carta de quejas del profesor al padre (el comportamiento dificil de Paul obligó al maestro a tener que utilizar la fuerza en varias ocasiones). Cuando el padre leyó esto fue al cuarto del hijo y le propinó una tremenda somanta de azotes que fueron purita perfección. Y ya no hablemos de la serie Punishment Book, con varios volúmenes: en todos salía nuestro chico del culo caliente (salvo en el primero. Su debut fue en el segundo).




Os recomiendo que bajéis cosas de la Sting P. A mi me han maravillado. Yo que venía de las más cutronas rusadas de la era Putin a lo Spankzilla o Asscult, por no hablar de cierto porno americano, en el que ya sabemos por donde van siempre los tiros, encontrarme con este toque british me ha reconciliado con el erotismo del bondage. Porque éste es más sutil, más elegante, más tradicional, más fino. El puto academicismo, que lo bordan. Existe un interés por parte del director (Richard O'Hara) de darle una dinámica cinematográfica, alejada de los estrechos límites de la pornografía ramplona.




Las bandas sonoras también se cuidan, con especial atención a la música de los años sesenta, tal vez como guiño necesario a la seminal Royale Studios... Y luego están Paul, Brett, Dominic, Craig... Jovencitos alucinantes, de extrema solidez, como si viniesen no de ninguna estación de autobuses o de King's Cross sino del teatro Citizen de Glasgow, como si fuesen herederos lejanos de Richard Burbage. No hacen aspavientos ni se vuelven loquitas con los brazos (en plan: no me pegues ahí, pégame en los codos mejor. O, si no, fóllame). Nada de eso. Soportan todo con estoicismo. Con sus manos fijas en el suelo o en sus tobillos adornados con limpísimos calcetines blancos. Primero, azote con pantalones, luego con calzoncillos, finalmente...





Mientras nos deleitamos hasta el infinito con sus glúteos atomatados, de brillo especial, donde podemos contar el número de correazos a través de esas perfectas marcas (rayaduras impecables cual código de barras), los puntitos de sangre a guisa de estrellas en el firmamento de su full moon, sus rostros llenos de lágrimas que jamás derramarán en la moqueta, porque eso sería terrible, otra gamberrada, aparte de una falta de clase. Y cuando al final se llevan las manos- en santo ritual- a las posaderas, se las frotarán, abriéndolas ligeramente para que veamos su bosquecillo y nada más.





Y luego en el baño, mirándose al espejo los resultados. Sin ninguna sonrisa que nos haga sospechar que son zorritas. No. Hasta en eso son genuinos. Les intuimos morbo, masoquismo latente. Entendemos que entienden (qué justo término ahora que está tan sobado lo de entender). Y llegados a la alcoba, a dormirla boca abajo y con el calzoncillo en los pies. Esperando a que refresque, que le coja el relente. Sin peligros de sodomías. Los peligros correrían en última instancia de nuestra cuenta. Pero nosotros estamos muy lejos. Sólo somos sus amantes espectadores.

1 comentario:

Anónimo dijo...

eso no es legal, tiene castigo penal, jamas es aceptado el castigo fisico.