17 julio 2009

Aquellos juncos salvajes

Mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988 (continuación de INFANCIAS VERDES)


Capítulo décimo octavo



Las garras sucias

Las trifulcas domésticas no pararon en esos años casi nunca. Aunque se llegase a momentos de alta tensión, ninguna de las partes quería jamás pisar el freno. El arrebatador atractivo de darse de hostias a través de la palabra. El placer mórbido de la discusión. Mórbido pues era un juego estéril que procuraba casi siempre rebasar los límites del respeto. Poco a poco iba odiando a mi padre. Asi entendía yo aquellos sentimientos contradictorios, pues en lo profundo de mi ser todavía le seguía queriendo. Pero como bien es sabido por el cine de siempre, del amor al odio hay un trecho cortísimo. En mi caso, del segundo plato al postre. Otros adolescentes de mi generación (que no fuesen hijos de familias desestructuradas, como se dice hoy en día) albergarían admiración ante la figura del padre. La mayoría, les tendrían temor. El mismo que les obligaba a callar siempre. Lo mío era otra cosa. Supo en esos años difíciles sacarme de las casillas. Y viceversa. La sombra de James Dean planeó sobre muchos almuerzos. La realidad sociopolítica era la excusa para que explotasen una y otra vez nuestras diferencias. Mis envalentonamientos pienso que desviaban de él la idea periclitada de que yo era un niño débil de espíritu, un posible homosexualillo de mierda. Podía ser tan guerrero como papá. El hijo del león, el que en el fondo estaría destinado a enfrentarse a un mundo imposible, donde primaba la ley del más fuerte. La jungla de asfalto, tan anunciada en sus sermones repetitivos y trimestrales, cuando llegaba a sus manos la agenda académica de la verguenza. Ahí, entonces, Maciste tenía que callar. Yo tenía muchos derechos (al pataleo, al plato en la mesa y la bolsita de agua caliente en la cama de invierno) pero mis deberes me los saltaba a la torera. Entonces sí que agachaba la cabeza. El resto del tiempo, nuestras batallas dialécticas, repito que estériles en el sentido de que no buscaban como fin un encuentro, nunca me pillaron acobardado. Vayan a saber si lo que quería mi padre con aquello era darme arrojo vital. Que le creciesen al cachorro de una vez por todas las garritas.
Ante su extremismo no me quedaba más remedio que esgrimir armas democráticas de probada solvencia. Pero éstas no servían de mucho. En seguida caía en su trampa y los dos nos enzarzábamos en posicionamientos ultras. Reconozco que desde que el PSOE dio aquel giro socialdemócrata cuando el referéndum de la OTAN se me hundió el mito felipista (se había plegado al imperio del dólar). Y me escoré hacia la extrema izquierda. Me empezaron a caer bien los batasunos, por ejemplo. Pero también albergaba una rarísima atracción por la sordidez 20N, comprándome de vez en cuando Alcázares, más que nada para alimentar mi odio por tanto nacionalismo rancio. Papá me estaba pervirtiendo de manera ostensible. Lo que tenía claro de todo aquel guirigay izquierdo-derechista es que cuando tuviera posibilidad de votar, ya no lo haría por el PSOE. Y es curioso, pues mi padre de pronto empezó a respetar a Felipe. Algo nunca visto. Era lógico. No lo veía nada marxista. Era como si le empezase a caer simpático. No sé hasta qué punto se felipizó, pues siempre votó a Fraga Iribarne. En cualquier caso, si algún día estuvo fascinado secretamente por el morritos sería por las posibilidades de divinización política que ejercen sobre la clase media los medios de comunicación. Y más de aquella, en la que sólo existían canales de televisión gubernamentales (en cuanto a la prensa, mi padre nunca compró un periódico de tirada nacional porque no hablaban en extensión de Galicia. Le interesaba más su entorno inmediato).
Ignoraba que yo era un comprador esporádico de El País, aunque sólo leía lo cultural y sus últimas páginas. Y que también probé con embadurnarme de la mierda de El Alcázar o la breve Liberación, sólo por darme el regusto snob de los extremismos. Pero que los extremos se rozan hasta terminar fornicando en un derroche de violencia gratuita es algo que ya debería saber por mi familia. Porque cuando llegaba mi tío Lalo de Alemania, que era rojo de toda la vida, sus actitudes ante las cosas del día de día eran idénticas. Los mismo odios, los mismos malos modales... Y jamás una discusión virulenta por razones políticas. Las pagaban las minorías sexuales o raciales. O el tonto del culo que no sabe aparcar o que se cuela en el chiringuito dejándoles sin mesa. A mis quince años, la revelación de aquello (por supuesto que lo de las minorías, no lo otro) fue un duro golpe para mí, a la altura del mito González, pero me recuperé pronto, alejándome de su ramplonería. Mi proceso de autodidactismo llevaba tiempo en marcha.


Articulista de clase

Pienso en 1985 y parece que fuese un año en el que no escribía nada. Y, en realidad, fue todo lo contrario. Lo que pasa es que no me planteé reemprender la faceta de novelista de tochos infumables. Lo que me gustaba ahora eran los artículos de opinión. Inventarme un personaje y poner en él las más eminentes burradas a partir de la actualidad nacional e internacional. Probé a ser periodista libertario. En mis experimentos de radio casera llevaba tiempo siendo El bardo de la Quimera. Decidí de pronto matar a aquel saltimbanqui y opté por el similar El anacoreta de la Arcadia. Más de lo mismo pero en papel cuadriculado y ya no influenciado por los guiones de Jesús Quintero. Me inspiraba más Fernando Poblet (Tiempos Modernos), Matías Antolín, algunas cosas sueltas de Haro Ibars, firmas de Perfil del Ruedo... Aquellos escritos consistían en una hojita que cubría en la primera hora de clase (por la mañana) y que entregaba al acabar a mi único lector, mi amigo Carlos.
Esta larga serie se llamaba Faunadas y eran un cajón de sastre lleno de referencias snobs, radicalismos varios y recomendaciones culturales. No he vuelto a repasar aquellas docenas de hojas sueltas desde entonces, pero creo recordar que fueron ellas las que empezaron a perfilar al actual Maciste Betanzos. Mi ilusión diaria era seducir artísticamente a Carlos. De su opinión dependía el futuro inmediato de dicha correspondencia. Y que la misma viniese cargada de fuerza inspiradora. Todo tuvo su fin. Pero nada cayó en saco roto. Muchos de esos escritos que luego me devolvió, sirvieron para rellenar minutos de cintas de radio casera. Menciones a Concha Piquer, a Carlos Gardel y Josephine Baker, junto a otras a Durruti, la Ibarruri, Picasso o Genet darían un idea de mi eclecticismo loco. Era un pequeño heterodoxo que estaba constantemente buscando en la cultura de masas personalidades que pudieran servirme de válvula de escape a mi triste realidad. Debido a mi urgente afán de ser reconocido por alguien a toda costa, daba igual que no hubiese leído nada de, por ejemplo, mi mentado William Burroughs. Si había que usar el timo del dropping names para fascinar, lo hacía bien gustoso. De hecho era un recursor habitual entre todo mitómano, superficial per se. El programa Tatuaje, de Ullán fue revelador. Y también el corto de Almodóvar (Trailer para amantes de lo prohibido). Ambas referencias incluían homenajes claros a la copla española y a otros géneros considerados demodés, pero que en la España posmoderna parecían ser privilegio y capricho de los happy few. Mis gustos musicales empezaban a tomar unos derroteros bien insólitos (superada mi coctelera megaventas navideña del pasado) y la sensibilidad gay, polvoestrellada, contaminó como virus lento pero letal mi mala sangre de rebeldito jamesdeanesco. Desconozco si Carlos intuía mi secreto más íntimo, pues aún no pretendía abrir mi armario y salir de él (más que nada porque todavía no sabía si estaba en un armario o en una coqueta), pero sospecho que por su inteligencia, pudo darse cuenta de ello ya entonces a través de los renglones torcidos y siempre apasionados de aquellas filípicas matutinas que lo mismo edenizaban el Gulag como infernaban a Caravaggio.


continuará

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