03 julio 2009

Aquellos juncos salvajes

Mis memorias comprendidas entre los años 1983 y 1988 (continuación de INFANCIAS VERDES)


Capítulo décimo séptimo


De cuando murió un gigante al que mi padre quiso empequeñecer

Me enloquecía el cine pero a los quince años no admiraba nada a Rock Hudson. Yo estaba contaminado por la crítica marxista (no de Groucho, aunque estos hermanos tenían mi aceptación). Todo lo que oliera en exceso a conformismo, a alienación, a mitología popular norteamericana me repateaba. Sabía que los años cincuenta eran para los rebeldes. Eran de Dean, de Monty, por encima de todos ellos, de Marlon Brando. ¿Dónde cabía el pobre Rock en aquel torbellino de rabia y furia?. El era de la vieja escuela. De los galanes de postal, serviles a un sistema anulador y adulador a un público vago y adormecido. Rock estaba hecho de la materia blanda de un Tyrone o un Robert Taylor. Puede que algunos se lleven las manos a la cabeza, pero a los quince años la cabecita no dá para más (sobre todo si la tienes llena de los pájaros de Sadoul). Otra de mis tirrias se llamaba Stewart Granger. No me afectaban sus mallas de Scaramouche o las de El prisionero de Zenda. Era un inglés mediocre, insultaba con su inclusión en la escudería Metro a todos sus compañeros ingleses, emigrados o no (tan magníficos). Y, finalmente, creo que vomité sobre el retrato de Yul Brynner en mi primera cogorza de fin de semana. ¿Dónde se vio un galán calvorota?. Tan petulante, pagado de si mismo y con pocas películas buenas que echarse a su voluminosa entrepierna. Todas aquellas sensaciones de rechazo eran alimentadas por los diferentes artículos o ensayos que llegaban a mis manos por los TeleRadios y los primeros Dirigido por... (incluido el entrañable y fugaz Casablanca).
Las últimas noticias que tuve de Rock, al que aún recordaba de una forma difuminada con cierta aura de entrañable, sin desmedido rencor como con los otros, por la serie MacMillan y esposa, fue su incorporación al casting de Dinastía. Era una temporada que aún no se había pasado en nuestro país y que cuando llegó venía cargada de todo el morbo del mundo, dado el avanzado estado de su enfermedad entonces y los pleitos que le puso la ñoña Linda Evans al haber rodado un par de escenas de beso con lengua con el interior bucal de Hudson plagadito de úlceras.
Lo más impactante de su muerte fue comentado a la hora de comer en mi casa desde una óptica escasamente cinematográfica, si acaso mitológica, debido al bombazo que fue conocer su homosexualidad. De golpe y porrazo, aquel mozarrón sanote causó en mi madre, que sí que lo admiraba, una doble tristeza. Primero, por su muerte. Y luego, por la revelación de su vida privada. Impensable, claro, para ninguno de nosotros (y para media humanidad que todavía sigue creyendo que Hollywood es una fábrica de los sueños lights). Para mi, un homosexual contemporáneo era un ser disminuido física y psíquicamente. Me había dejado llevar por el tópico y los veía como infraseres ridículos, con foulard al cuello, con ropas chillonas (que sólo le quedaban bien a los negros) y hablando y comportándose de manera afeminada (que no femenina). De pronto, aquel rol se me vino abajo. Si Rock Hudson era aquello, entonces iba a ser difícil catalogar a las personas siguiendo aquel viejo prototipo. Leí declaraciones de Brando en las que admitió haber tenido en algún momento de su vida experiencias con varones (como todo quisque, añadía) y a Brando no lo encontraba señorita postiza.
Aunque no estaba yo por defender la memoria de un actor que ni fú ni fá, intuía en las palabras que se iban virtiendo sobre la mesa, una terrible falta de respeto por la diversidad del ser humano. Lástima que papá, que era un hombre leído, un ameno conversador, fuese tan poco sutil con su hijo al que terminó aplicándole el rasero facilón del "si los defiendes es porque tú también lo eres". Homófobo visceral. Creo recordar que le lanzó al televisor que difundía la noticia una mirada de desprecio. Aquello me valentonó. Mi defensa por cualquier tipo de sexualidad lo irritó sobremanera. No entendí porqué tenía que ponerse a la defensiva. Yo sólo trataba de donarle un mensaje políticamente correcto. Hablar con él, no discutir a lo Su turno. Estaba harto de escucharle entre plato y plato el viboreo del "todos estos terminan mal", "es una verguenza", "había que matarlos a todos". En seguida, identifiqué a mi padre con el sórdido facherío. Y, entonces, ante su desproporción yo también me volví desproporcionado. No es que me pusiera a mover los brazos como una loquita. Sino que le taché de genocida y de muchas cosas más. Estaba claro que yo me apoyaba en topicazos más infalibles porque papá llegó un momento en que perdió definitivamente los estribos. Mamá en todo momento le daba la razón: un hombre que no la folle, no es hombre ni es nada. No dijo eso, por supuesto. Pero yo estuve a punto de preguntarle si era ese el motivo por el que una mujer católica dejaba de sentir misericordia por el inferior para odiarle sin más. Ella también, sujeta a un pensamiento machista, amante de su verdugo, defendiéndolo con sus mismos peregrinos argumentos.
De repente, papá salío del armario. Contó su tétrica experiencia en un báter público. La anécdota le daba tanto asco, tanto reparo, que yo no lo conseguía entender del todo. Me lo figuraba. ¿Lo habría atacado aquel Frankenstein anciano de la soriasis en la punta de la polla o tal vez le meneó el usado pompis la Rafaelona (adicta a bailar jotas cuando entraba al retrete un paleta) en signo de bienvenida?. El caso es que el buen Alfonso me previno de que jamás me metiese en un sitio de esos si es que me venían las ganas de hacer aguas mayores o menores. Le solté crudamente que si le sedujo un fulano en un antro así pues que no tenía que hacer más que sacudirla al final de la micción, largarse y punto. Que lavabos hay en las cafeterías mucho más higiénicos, que esa es otra, independientemente que en los públicos proliferasen los asaltadores de castos varones con maletín. Y si caía por una urgencia en el arroyo que lo hiciese sin regodeos ni chulerías, que para eso ya estaban las loquitas. Testosterona versus pluma, ¿cual de los dos iguales antagónicos me provocaban más indiferencia?. Yo seguía agarrado a una idea romántica. La del dandy del diecinueve, la del renacentista del dieciseis, la del griego del cuarto antes de Cristo. Contra Leonardo, contra Shakespeare, contra Alejandro, contra Platón no había ningún textil actual, por muy padre que fuese, que me oscureciese los razonamientos. Que identificar la homosexualidad con la vulgar buscona es como entender que el fascismo es Blas Piñar y sus acólitos (los hooligans señoritos).
Pobre Rock Hudson, ni un minuto de silencio guardamos por el recuerdo de su alma. Mi madre, con expresión frustrada, colocándose por encima de aquel insobornable varón, con ese aire de superioridad que me repatea del sexo femenino, ¿qué pensaba?, ¿que de ser el mozo un hetero hubiese venido algún día a nuestra ínfima ciudad sólo para cortejarla por irresistible?. Papá ante mi defensa al diferente me acusó de maricón, asi, a las buenas. Entonces me entristeció. Porque yo no me consideraba nada todavía. Nada había hecho en mi vida más que masturbarme con mis sueños de adolescente. Porque aunque me tiraban mucho los chicos, también me solía enamorar de algunas chicas de la pantalla grande y de alguna presentadora de televisión, aparte que los pocos juegos eróticos que gozé con niñas los seguía recordando con mucho placer. Sabía que me amparaba la razón, de que mi argumentación debería mantenerse siempre por encima de esa superficialidad, no dejándome llevar por la ira, por ese estilo cavernario, intentando ahondar en la psicología de mi padre. Era imposible que un hombre tan bueno y generoso, tan intachable y dicharachero en su trato con los de afuera, dentro albergase a un pequeño skinhead de la clase media, aquel votante de AP que escudaba su frustración en una ideología vergonzante ("yo soy apolítico, sólo entiendo de vender camisas y calcetines") para luego a la hora de comer restregarla a su hijo de muy malos modales. Asi que yo le dije que a mi me caían muy bien los maricas, las amazonas, los negratas, los comunistas (todo lo que él no podía ver ni en pintura. A los negros los consideraba inferiores. Inútiles para lo intelectual) y que dejase de arrastrarse por las modas que le tocaron en suerte, esas que lo alienaron de manera tan sencilla, las impuestas por cuarenta años de reacción barata. Que apoyara a los gays no tenía que significar que lo fuese aún, del mismo modo que si reivindicaba a la magnífica raza negra no era por ser yo el pequeño Kunta Kinte maquillado a la Jacko. Mi apoyo a los homosexuales lo efectuaba con la misma intensidad que a otros colectivos marginados injustamente (antes o después de yo venir al mundo), incluido a las mujeres. Y, vive dios, que cuando las defendía a ellas volvía a encontrarme más solo que la una en aquel hogar que cada vez se parecía más a una fonda inhabitable y absurda. ¿Cómo podía mi madre tirar piedras sobre su propio tejado?. Encantadores ceros a la izquierda, mujeres de su esposo, costillas de su Adán, seres impedidos disfrazados de compañera eterna. Porque quien más quien menos puede llevar esta cruz desde un cierto orgullo y no poca elegancia. Se ha ascendido al escalafón de señora, pero cuando surge el debate feminista (no hablo de radicalismos, sólo de aquel modo vainicoso de ver la vida en pareja que decía: nunca delante, pero detrás ¡jamás!), esa señora apoya al macho de manera siempre tan innecesaria como contraproducente para su dignidad como persona, pues queda rebajada a la altura de un producto salido de un mercado de blancas.
Perdidos los papeles, con el telediario finalizado y las mil y una que daba el reloj de pared de la cocina, arremetí contra mi padre con la furibundia demagógica del jóven guerrero democrático (dios, qué ingenuo era). Le espeté que si tanto odiaba a los gays, desde esa irracionalidad tan extraña, es porque algo tenía que ocultarnos (como el puritano Perkins siempre metidito con la biblia en la mano en los peepshows donde solía ir China Blue). Entonces se produjo un corto silencio. Los ojos de mi padre se tornaron asesinos. Levantó la mano y casi me abofeteó. Bajé la cabeza y opté por callar dejando que entreviera una mínima sonrisa de cínico (la que indicaba que probablemente en esa visita al báter le habría caído una mamada bien gustosa). El cínico en el que me estaba convirtiendo. Porque no había otra opción posible. Disparar ironías era el único salvavidas. Yo era víctima. Pero mi padre (y mamá) también, de alguna manera, de una educación insensata y anómala. Prefiero un hijo muerto a que me salga maricón. Asi acabó todo. ¿O tal vez fue cuando añadí yo aquello de que: Papá, dale gracias a tu Dios que, de momento, no sepas lo que es que se te muera un hijo. Asi que cállate la boca y estrújate un poco más el cerebrín, que tu puedes"?.
Salí de casa y me largué corriendo al colegio. No era el mejor refugio. Dentro de él, los compañeros pensaban igual que mi padre (si es que alguno sabía quién era Rock Hudson y si es que a aquello se le podía llamar pensar). Me di cuenta que vivía en un mundo de locos. Fue uno de los días de mi adolescencia en el que me senti más solo. Y a mi que no me gustaba nada el actor... Pero dentro de mi algo me decía que en momentos así, doquiera que estuviera su alma, necesitaba un minuto de silencio su memoria. Y al acabar el protocolo fúnebre, pelear en su favor, que es el de los valientes que encaran con entereza su destino final, aun a sabiendas de que se rompe el mito. En todo caso, un mito endeble, edificado bajo los cimientos de la hipocresía y las apariencias estúpidas. Lumiere y Oscar Wilde estaban conmigo (y a Sadoul que le dieran por culo).


continuará

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