22 junio 2009

Televisión de culto

DECOY (1957-58)

Decoy tiene su pequeño culto entre el público norteamericano de cierta edad por ser la primera serie policíaca en la que aparecía una mujer en el centro de la acción. Como protagonista absoluta. Y no se trataba de una ladrona. Sino de una policía. Ella era Beverly Garland, lo suficientemente conocida para el aficionado a la ciencia ficción y al terror barato años cincuenta gracias a sus papeles de scream girl con Roger Corman: Swamp girl, It conquered the world (en esta última su expresión de pánico frente a un alien cuyo diseño sólo pudo haberse creado en esa década tan pirada sigue presidiendo en fotografía un lugar destacado de mi habitación). Pero con su mujer policia Casey Jones pasó de ser segundona de un monstruo siempre estrella (para que vamos a negarlo) a ser la protagonista absoluta. Lo malo es que Decoy (también conocida como Decoy Police Woman) tuvo muy corta vida. Una temporada y a otra cosa. ¿La razón?. Es posible que al espectador le siguiese pareciendo extraño la imágen de una señora con uniforme diferente a un vulgar delantal imponiendo el orden. A mi particularmente me resulta chocante por esa extraña mezcla de cartero y agente de la SS que se guarda. Horrible por lo primero y algo más estimulante en lo segundo.

Viéndola con una mirada marcada por la experiencia de lo que han sido las series de policias, también decidimos que Decoy era muy sosa. Una serie sin garra, rodada e interpretada con tristeza. No es que no exista violencia, es que por no haber no hay ni acción. Es como si a sus responsables les pareciese más oportuno llevar a cabo la solución de unos casos (reales, según indican los títulos de crédito de cada episodio) desde la fuerza de la palabra y nunca de las armas. Como si se buscase más el perfil psicopatológico del culpable o del falso culpable, o de la viuda de la víctima. En cualquier caso, Decoy está más cercano a Alfred Hitchcock presents que a The untouchables. Uno de los motivos del predominio de la palabra, en la que los policias parecen oficiar a ratos de abogados, a ratos de jueces, siempre de detectives privados, es por la supervisión total de la serie por parte de una experta en el bureau policial femenino del departamento de Policia de la ciudad de Nueva York. La seriedad que se imprime es la necesaria para una democratización de este servicio al ciudadano. Y como tal se obra en consecuencia.
La Garland compone un personaje aséptico, elegante (ella de por si, dentro de la modestia de una serie B donde reinó- junto a otras cien más- era una irresistible fusión entre Ida Lupino y Gloria Grahame), a la que muy rara vez veremos disparando, emprendiendo una carrera trepidante para capturar a un delincuente (si se queda a solas en una habitación con el malo siempre tendrá detrás de la puerta a un agente del sexo fuerte con las esposas preparadas para salvarla), cuya vida privada permanece silenciada hasta que en el capítulo titulado The sound of tears nos enteramos que su gran amor, un oficial de policia (también del sexo masculino), fue asesinado de un disparo. La profunda melancolía de Casey alcanza una justificación. Sin embargo, cuesta creerla como desconsolada viuda. Su uniforme la masculiniza hasta extremos morbosos. La serie ahonda en el comportamiento criminal de la mujer. Asi pues, abundan las rateras, las chantajistas, las asesinas pasionales. Y la Garland se acerca a ellas desde el conocimiento psicológico para con las de su sexo. Y también, abre el camino a una casi imperceptible corriente sáfica que sólo los conocedores sabrán apreciar como se merece. Por supuesto que ella viste de "paisana" en numerosas ocasiones. Y, entonces, es muy femenina (acogiéndose al concepto de lo femenino que solía agradar al hombre de su época). Debe de hacerlo pues bajar al arroyo de los bares nocturnos y salas de fiestas es el único método que existe para llegar a la clave de muchos asuntos. Es cuando nos damos cuenta que Beverly es una criatura típica de los fifties: tocado ad hoc (discreto pero impecable), jerseys ceñidos, busto altivo, cinturita de avispa conseguida por cinturones apretados hasta la asfixia, faldas tubo. Beverly tiene ese glamour de pin up pero jamás queda frívola. De nuevo, será la expresión de su rostro la que anula todo cariz erótico agresivo, dejándolo todo en un sutil ejercicio de frialdad (para quienes les gustan frias), algo necesario pues representa a todas las mujeres policia que se baten el cobre en las calles a diario (en estrecho rango de importancia con los perros policias, otra jerarquia desconocida para la opinión pública, que aún no tenía su serie). El blanco y negro, el empleo de una filmación típica de una serie Z dotan al thriller de un look muy semejante al que tenían las primeras películas de Stanley Kubrick (nada sospechosas de frivolidad).

Los capítulos acababan siempre con una explicación del caso por parte de la protagonista. Era cuando miraba a la cámara de frente y soltaba un corto speech no exento de moralina. De nuevo, la palabra es primordial. Lejos quedaban los tiempos de la Honey West de Anne Francis, de la Emma Peel de Diana Rigg, de la primera Kate Jackson (The Rookies), de la inmortal Angie Dickinson. Ahora pienso en que si hubiesen puesto tras las cámaras en vez de a Michael Gordon o Stuart Rosemberg (productor y director de muchos de los capítulos) a un tipo como Sam Fuller (quien también colaboró en el mundo catódico por esos años) a la Garland la hubieramos visto en más de una ocasión levantar la pierna. No fue asi. Y, en parte por ello, la serie sólo dio para treinta episodios.
Hubo artistas invitados que hacían su debut. Sus nombres darían que hablar en lo sucesivo. Y para bien. Suzanne Pleshette, Larry Hagman, Peter Falk o el siempre estimulante Tomas Milian colaboraron en Decoy, cada cual aportando victimismo o culpabilidad, según tocaba. Particularmente agradecido fue el episodio de Tomas Milian, actor cubano, criado en el Actor's Studio que dejó un par de colaboraciones en la televisión norteamericana antes de emprender rumbo a Cinecittá, donde trabajó con los grandes del cine italiano. Milian, que está jovencísimo, era un portorriqueño en Fiesta at midnight, se llamaba Juan y buscaba a su novia, la senorita más guapa del mundo, una tal Maria Tristeza (precisamente tristeza) en los night clubs de ambiente hispano y se veía envuelto en un crimen con el que no tenía nada que ver. Asi pues, todo giraba en torno a un caso de falsa culpabilidad orientado ahora al tan interesante tema de la marginación del colectivo en USA. Se recurría a los tópicos: aspiraciones de buena vecindad, el pueblo latino presentado como una sociedad supersticiosa pero de buen corazón, el dance hall donde una orquesta toca mambos como gueto de diversiones...

En definitiva, Decoy fue un intento frustrado de dotar a la mujer de un rol superior, o simplemente diferente que el que solía tener en el cine negro y policial, con sólo los destellos fugaces de un capítulo lleno de ritmo (y aun asi ese ritmo no lo ponía el cámara sino las partituras de algún seudo Pérez Prado), de artistas invitados que iban ocupando posiciones en el medio y de una Beverly Garland que con su seriedad y melancolía, democratizaba a unas funcionarias casi invisibles mientras se apartaba al fin de unos roles fantásticos que amenazan con dejarle hechas polvo las cuerdas vocales.



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