15 junio 2009

Televisión de culto

THE ADVENTURES OF OZZIE AND HARRIET (1952-1966)

No pueden darse idea de lo emocionante que resultó para mi recibir el verano pasado la enorme box de la Mill Creek Entertainment con un centenar de episodios de Ozzie and Harriet. Un montón de mis sueños de infancia y adolescencia se cumplían con aquel objeto precioso. Váyamos por orden: de niño adoraba el american way of life, sobre todo, las casas yanquis (sus cocinas, mismamente, me fascinaban. A los ocho años vi en un libro de estudios de mi amigo Alfonsito -ahijado de mis padres, me llevaba cinco años o asi-, una ilustración de una cocina vintage. Me quedé embobado. Desde entonces quise ser frigorífico del hogar de Lana Turner y Stompanatto. Terminé siendo el cubo del polvo donde depositar tantas fotos manchadas con mi semen). Luego vino mi pasión enfermiza por el cantante, rockerillo y teen idol 50's Rick Nelson. Finalmente, casi a los veinte años, anduve muy obsesionado con los Tv shows de la época dorada. Me había agenciado revistas de televisión de época y veneré los nombres de Andy Griffith, Dick van Dyke, Red Skelton y series inéditas en España -y en todas partes que no fueran la comarca vinatera de California- como I love Lucy, 77 Sunset strip o Surfside Six.
Estas tres grandes pasiones, que en mi se produjeron en momentos tan decisivos de la vida (pues no se te despegarán jamás), las ví reunidas, materializadas en la caja de capítulos de Ozzie and Harriet. Y aunque aún quedan capítulos por saborear, confieso que su visión extenuante e ininterrumpida este fin de semana han vuelto a reverdecer mis fetiches del pasado. La vida da muchas vueltas, uno madura, se deja fácilmente contaminar por los aspectos agrios de una realidad aciaga. Pero cuando se encuentra a solas, libre de ataduras intelectuales, se reconcilia con aquello que fue la pureza, la edad de la inocencia USA de mi década favorita (los años cincuenta). Porque sé que aunque los americanos sean un pueblo muy contradictorio (y retorcido, lleno de sombras), siguen siendo ingenuos. Una cualidad que me desarma. Su pureza, vista desde la raída (pero impersonal a estas alturas) vieja Europa, es gloria bendita en sus contextos adecuados. Los de una cocina funcional, unos dormitorios modernos pero cursilones (los matrimonios ya compartían dos camas), unos jardines tras la puerta con la reja pintada por Tom Sawyer, unos institutos con sus múltiples bailes del saturday night donde danzan acabriolados tesoros juveniles de apellidos Saxon, Stevens, Mineo o Nelson.

En Ozzie & Harriet se aúna, como documento sociológico de primera categoría, lo bueno y lo malo del espíritu usaca. Sin malos rollos de una exploitation justa y necesaria. La cámara acorazada de una herencia victoriana que en plena década de convulsiones (década que se iniciaba aún con el pesimismo postwar) afrontaba con decisión, desde esos lazos poderosísimos del nucleo familiar a prueba de bomba, las nuevas bonanzas que eclosionarían en la presidencia Kennedy. Conservan esa incontaminada simplicidad por la que abogaba Roosevelt, que bien pudo haberse quedado en el ámbito rural pero que se trasladó a ese standard of living típico de las grandes ciudades. Los Nelsons son una parte esencial de algo que estaba destinado a perpetuarse (The Simpsons, con toda su carga ácida sería una muestra de fidelidad a un concepto, desde su ambígua base del "hay que cambiarlo todo para que todo siga igual". Y los Simpsons, como Ozzie and Harriet, ha batido records de permanencia en antena). Si bien el prototipo de "familia feliz americana" rechina en series como Con ocho basta, Los problemas crecen y miles más, en cambio, en Ozzie and Harriet nos hallamos ante la idealización perfecta. No hay mensajes oscuros, ni dobles lecturas (aunque uno tiende a hallarlos por culpa de una libido terminal). El profundo amor que se demuestran los padres y los hijos, el amor del matrimonio, el de los hijos, el de los dos hermanos, jamás daría pie a malas interpretaciones. No existen dramas, nadie miente de veras (como mucho son mentirijillas), no se ven castigos, violencia, sexo, drogas. El cine de Sirk queda muy lejano. Peyton Place aún más. Y es por ello que fue un éxito a lo largo de tantos años. Se convirtió en favorita de millones de espectadores. Porque esos padres y sus dos pequeños (que luego crecieron) a través de la cordialidad, la sonrisa tímida y prudente, los hechos nimios, vulgares, cotidianos, del día a día, forjarían en si mismos, desde un punto de neurosis tan clara como bienintencionada, el mito de los vecinitos de al lado. Y sus peripecias anodinas (sólo mancilladas por los múltiples sueños/pesadillas de papá Ozzie, que manifestarían desde su freudianismo de drugstore la verdadera transgresión del sueño americano en tecnicolor) se transformaron en hábito de una generación que iba viendo la vida pasar con ellos, y de paso, todos juntos, pintando canas y aclimatándose a un establishment poderoso y bien organizado.

Ozzie and Harriet es un folletín que cuenta con un guionista y realizador bien astuto: el propio Ozzie Nelson. Un hombre de música pero con grandes aspiraciones en el mundo del espectáculo (sus aficiones musicales, ese estilo Four Preps, Fraternity Men o Brothers Four lo derrochó en sus casuales actuaciones en el serial. El rock and roll de los seniors. Lo moderno para los que ya no lo son. Fue música que no convendría desestimar pues influyó en Brian Wilson muchísimo). Harriet era su esposa en la vida real, ella era vocalista también. Y durante los años cuarenta, que se juntaron para dar vida a su propia vida desde la cadena de radio NBC, fueron forjando lo que sería en los años cincuenta su biografia y su diario televisado. Cuando estuvieron en la radio ya eran muy amados. Tenían a David y a Ricky, pero eran tan pequeños que los sustituyeron por las voces de los profesionales. Cuando la radio paró, llegó la televisión. Era 1952 y Dave y Rick ya estaban lo suficientemente despabilados para ponerse frente a las cámaras y retransmitir aquella ficción. Una ficción que, repito, sólo podría entenderse desde la neurósis de un siglo capitalista, apasionado por el confort y lo superfluo, donde nos preguntamos cuánto habría de verdad y cuanto de mentira. Todas estas lecturas posmodernas son jugosas pero impiden de alguna manera que disfrutemos de lo esencial: que es el placer de la indiscrección. Saber de nuestros vecinos es uno de los morbos más socorridos de una civilización como la nuestra. Y Ozzie, Harriet, David y Ricky nos abrieron sus puertas durante décadas para halagar nuestra meticonería. Como Los Porretas pero con toda la distancia que media entre el dibujante Ibañez y el Lady's Home Journal.
Lo curioso es que no conozcamos la profesión de papá. Nunca lo vimos trabajar en sitio alguno. De alguna manera, habría sido el pionero de eso que luego se conoció como un trabajador de jubilación anticipada. Tampoco veremos a Harriet cumplir a rajatabla con sus labores domésticas. En el sentido de que nunca la filmarán en un supermercado. Si, mucho en la cocina, pero tampoco podríamos definirla como mujer de su casa pues apenas pasó la aspiradora, planchó o limpió el polvo. Eran un matrimonio moderno, es innegable. Ozzie cocinaba, por ejemplo. No asi los pequeños pues, es de suponer que, como estudiantes, se pasaban el tiempo fuera. Seguirían las normas de urbanidad de un Cary Grant a punto de organizar un picnic con su señora Irene Dunne. Lástima que Ozzie no fuese un rey de la comedia. Ni Harriet un prodigio de elegancia, tipo british. No les gustaba el slapstick, la payasada (esa que tanta gracia nos hacía en Grant y que tanto horror nos provocó en Bob Hope). Pero en su comedimiento aquella sosez fue una gran virtud. Servía para que no nos aburriéramos de sus excesos (porque ellos nunca se pasaron en nada).

Harriet era una matrona vulgar, analizado en frío. Su manera de vestir resulta anodina. Lo más cercano a las abuelitas de Doris Day. Elegancia entendida por una dependienta a punto del retiro de grandes almacenes de Arkansas. Con el paso de la década de los cincuenta a lo sesenta tuvo dos opciones: o cambiar su tocado de siempre por otro distinto -pero igual de canónico; o soltarse el pelo. Ella, juiciosa, eligió la primera opción. Pero al no ser una gansa como doña Doris era digerible. Encima contaba con nuestra complicidad pues sabíamos que cuando era jóven -y de jóven fue muy guapa, dotada de una belleza muy norteamericana- había alternado en los frívolos ambientes de una sala de fiestas. Y nos dejamos engatusar por sus esporádicas salidas nocturnas (cuando se ponía a bailar el charlestón o a cantar algún novelty cursilón). Prescindió de perifollos pero nos chirrió verla portando estolazas de visón para un cocktail teen. Me parece que de haberse cruzado con ella Lauren Bacall hubiese sentido lo mismo. Mediaría la misma distancia que existe entre una reina del cine y otra de la televisión.
El factor de dormir en camas separadas aclararía por completo la nula actividad sexual de esta pareja. Ni arrumacos, ni abrazos apasionados. Todo lo más, un beso de piquito, como si lo estuviesen haciendo delante de un pastor de almas, misal en la mano. Hubo un capítulo en el que Harriet y Ozzie se atrevieron con el gag gestual del masaje tailandés. Ozzie en pijama, tumbado en el suelo boca abajo y Harriet descalza encima de él pisándole de buenas maneras. Fue a lo más que llegaron en materia de perversión. Algo innecesario para mantener el vínculo familiar bien firme. Sin duda, la pareja había alcanzado la ataraxia del "hasta que la muerte nos separe" gracias a esa bendita fase del sacramento matrimonial que es la costumbre, cuando los vínculos son más de amistad que de otra cosa. La mujer aplicable en términos de compañera.
Son los pequeños rasguños de las lides hogareñas los que mantienen a salvo todos aquellos cuadros vivientes. Y como celebrantes de un almanaque colectivo fueron los pioneros en los especiales de Navidad. No hubo año que no los pasaran con los telespectadores. No es extraño encontrarnos entre todo el merchandising Nelsons generado en DVD un volúmen íntegro con todos sus Christmas.
Pero volvamos a la cabeza pensante de la serie, que fue Ozzie. Supo que con el paso de las temporadas los niños iban acaparando el interés de un sector de público adolescente femenino y entonces se volcó de una manera sutil, pero evidente, en la explotación del atractivo de los dos pimpollos. Y vive dios que el atractivo fue infinito. Prostituyó a sus hijos. Estaban bien -y era lógico- que las tontas tramas se enriquecieran con la aparición de personajes secundarios (el vecino, el dueño del bar, la amiga de Harriet, los amigos de Ozzie, el cartero). Sin embargo, el verdadero potencial para el enganche definitivo lo iban a aportar los chavalitos. Esto sucedió conforme Ricky pasó de la prepubertad a la adolescencia. Es decir, cuando Ricky se convirtió en Rick, ídolo pop. La primera canción que interpretó en el serial fue el I'm walking de Fats Domino (1957) y poco después le llegó el contrato con la Imperial. De ahí a la gloria (escarceo con un gran western de Hawks incluido) sólo hubo, pues, un cambio de plató. Desde entonces, no paró de cantar. De promocionarse. De entregarse en liturgia discófila para los rickmaníacos del planeta. Coincide esto con la mejor época del show televisivo: finales de los cincuenta.

Rick no sólo es un maravilloso cantante que aún imita a Elvis, sino que también es un irresistible bailarín. Su cuerpo debilucho, espigado, algo desgarbado, alimento de pederastas sin corazón (o mejor: de corazón partido, no más al príncipe le daba por una estudiada caidita de ojos, antes o después de humedecer ese labio inferior desafiante y carnoso, labio que solía mover en un rictus gracioso -detalle típico del que canta en guapo-, cuando prolongaba alguna nota) fue dando paso al Apolo indiscutible de las revistas de fans, el caprichito de las pony tails. Era demasiado bello para ser real. Ni el blanco y negro impidió que sus ojos azules traspasaran la pantalla con sus tonalidades exactas. E incluso ese gran defecto que era su seriedad en público (que nunca solucionó, pese a que papá se lo recriminaba bastante, pues de eso sabía un rato largo), fue un enorme detalle de autenticidad. Primero, porque veíamos en él a un producto con ganas de elevarse por encima de la idiotez general del fenómeno musical de la highschool (dignificarse como persona y además al género del rock'n'roll, en tanto que era algo más que una música estridente para granujas y alocadas) ; y luego porque, al haberle visto arrastrando su seriedad, su melancolía, su reserva desde que era niño, intuímos en el muchacho un mundo interior aprovechable, tal vez lleno de complejos no asumidos, típicos de adolescente (o sea, de dolores), no integrado en esa neurosis de la vida en directo, que tan bien parecía sentarle al más extrovertido David, hermano mayor.
El vestuario del principio (chaquetas del college, jerseys de punto de colores alegres, pantalones de pinzas, camisas blancas por encima del pantalón) fueron con la aparición de la rock star sustituidas por prendas más audaces: cazadoras de rockabilly y pantalones vaqueros, básicamente. El que llegó más lejos en vestuario informal fue David. Por supuesto, que nunca renunciaron al modelo golfista para la práctica de ese deporte pijales, el smoking y la pajarita para las múltiples salidas fiesteras, puestas de largo y rendez vous con muchachitas en flor. Pero hubo momentos extraordinarios en los que el David de antaño se soltó el tupé dándonos a los fetichistas del blue denim ratos de satisfacción absoluta.
David es el gran hallazgo de la telecomedia. Dotado para la sonrisa franca, para el gesto indolente o bonachón era más atlético que Rick, aunque cantase peor. En el capítulo titulado The Motorcycle batió records, si cabe, en el curioso arte del sex appeal acnéico, al utilizar una prenda sagrada como era una cazadora de cuero negro, idéntica a la de Brando, mientras desesperaba a su padre, que temía que su hijo acabara de delincuente juvenil despeñándose por cualquier acantilado.

La repercusión de David entre las jovencitas debió ser muy grande. Sino tanta como la de su hermano, nada desdeñable. La carrera cinematográfica del adonis también estaba en un buen momento (la de su hermano, otro tanto) y sus exhibicionismos lights (y tan importantes por eso mismo) causaron sensación: limpiando el coche con camisetas ceñidas a su imponente torso, esos vaqueros claros de inquietante bultámen, poniendo mohines de hustler AMG cuando su padre le cacheaba los bolsillos traseros... Y lo bueno de todo es que sabíamos que, pese a que salían con muchas chicas (entre ellas, la lobita Tuesday Weld; pero lo normal eran las del vergel como Roberta Shore, de erotismo más reprimido), seguían compartiendo los hermanos la misma habitación. Seguían siendo castos varoncillos. ¿Se imaginan la cara que hubiese puesto la gran Harriet de descubrir una mañana las sábanas húmedas de cualquiera de sus fellows antes de meterlas en la lavadora marca HotPoint (distribuidora oficial de electrodomésticos de la familia)?.
Ozzie Nelson acertó en dejar a sus cachorros libres. Y a Rick lo vimos más en el instituto que en casa. Y Dave empezó a trabajar en un bufet de abogados. La vida fuera del nido estaba a la vuelta de la esquina. Pero nunca tan espectacular como cuando Morfeo dictaba sus leyes y Ozzie se ponía a soñar de madrugada en otras series de acción y aventura que pudiesen también estar en la suya. Y asi soñó, para desespero de la pobre Harriet que era despertada cada dos por tres, en que David era el protagonista de una fantasía oriental (en el delicioso The sea captain). Verlo vestido de grumetillo, primero siendo seducido por una odalisca de bazar y luego saltando almenas por que lo perseguían unos árabes malos es placer de dioses catódicos. También papá soñó en que sus hijos se veían envueltos en una trama policíaca (¿era la época oo7?), de la que salían airosos gracias a su pericia en las artes marciales (Rick estaba aprendiendo karate, Dave entrenaba lucha libre). Desde luego, ese padrazo albergaba extraños deseos homófilos por sus retoños.

A lo largo de más de cuatrocientos capítulos, la familia Nelson se mantuvo perenne en su filosofia patriótica. Sanos y unidos. Su casa inexplicablemente acogió a las nuevas inquilinas (esposas e hijas de los muchachos), lo que demostró que incluso en Estados Unidos el casado de clase media no tiene por que buscar casa teniendo la de sus padres. En 1966, el final se aproximaba para los Nelsons. Y es que aquel nido se estaba hundiendo por su propio peso. Y, lo que es peor, se asemejaba a la metáfora del presidio.
Para que no nos lo pareciese tanto por alli aparecieron además rostros conocidos de la gran pantalla. Y las fuentes de ingresos subieron como la espuma gracias a la publicidad intercalada, a los patrocinadores. Estes detalles son en si mismos una verdadera gozada. Repasar esos viejos spots tienen un encanto con calidad de bonus extra. La marca de cámaras de fotos Kodak fue la firma más segura. Pero también hicieron promoción de alimentos caninos, productos para combatir la halitosis (¿Ozzie o Harriet?), tortitas pasteleras de una émula de la negra de Imitación a la vida.... Y, por supuesto, de la Coca Cola (por Anita Bryant, acompañada en bañador por los Brothers Four).
Como verán, desde la humildad, desde la sencillez, Ozzie, Harriet, Rick y David consiguieron reflejar en actitudes, pero también en detalles externos como los peinados y el vestuario, una parcela de tiempo que muchos como yo no vivimos pero que, de manera absurda, añoramos. Ahora está al alcance de nuestra mano darle para atrás al reloj, a un precio módico, con la reedición en DVD de sus aventuras.
Y, finalmente, la pregunta del millón, ¿quién estaba más bueno Rick o Dave?. O por suavizar, ¿a quienes salieron más, a papá o a mamá?.



Véan el próximo lunes en este mismo canal...
DECOY (1957)

2 comentarios:

fulgencio pimentel dijo...

Hola Maciste, te he enviado una respuesta en el blog de los hermanos pizarro, con un par de canciones. Te leo poco, porque soy perezoso y disperso, pero te leo.

maciste II dijo...

Qué grata sorpresa,Fulgencio.
Desde aquellos tiempos tranquilos de las italianísimas...
Pasé meses elucubrando qué pudo haber pasado contigo/conmigo. Que te dije o te dejé de decir para tu desaparición fulminante.
Sea como sea,esta es tu casa siempre que necesites un refugio.