08 junio 2009

Televisión de culto

0. Introducción

"La televisión es un medio del que Hollywood no se podrá librar fácilmente; creo, por tanto, que deberemos unirnos a los productores de televisión y cooperar con ellos"

Hedda Hopper: The Hollywood reporter (mayo 1950)


Menudo follón armó en Norteamerica el nuevo invento a finales de los años cuarenta. Los cimientos de Hollywood se resquebrajaron más de lo que ya estaban, hasta el punto que muchos empezaron a cantarle las exequias culpando por completo a la televisión, cuando esto en realidad no era asi del todo. La estructura industrial de la Meca del Cine ya estaba debilitada por las leyes antimonopolistas y por los cambios sociales desde poco antes. El fin del sistema de estudios se avecinaba. Cada vez había más guionistas, directores y actores que se independizaban de las majors. Los estudios se vieron obligados a abandonar la producción en cadena, la eficacia de los seriales y películas de género daba signos de agotamiento. Se optó por el gran espectáculo, la superproducción e inventos ridículamente deliciosos como las gafas de 3d para arrojar objetos al espectador. Luego vendría el Cinemascope y el Cinerama. Pero nada parecía ya detener la bajada del número de espectadores que veían como gran alternativa, más cómoda por lo doméstica, el mundillo catódico. Nada de lo propuesto por un Hollywood agonizante pudo dar mejores resultados que la aparición de los drive in's, curiosamente. Toda estrategia de cine al aire libre. Pero aquello no bastaba. El pánico se había adueñado de los magnates de siempre. En las películas se llegó a prohibir que apareciesen esos aparatos diabólicos en los salones de los protagonistas. David Niven le daba una patada a un televisor en Feliz aniversario (1959).

Sin embargo, la relación cine, televisión y radio siempre había sido muy buena. La Radio Corporation of America, que fundó las cadenas de televisión NBC, ayudó también a crear la RKO; la empresa radiofónica CBS se salvó en 1929 de la quiebra gracias a una fuerte inversión de la Paramount, en los años 40 la 20th Century Fox se mostró de acuerdo en emitir sus Movietone News en la televisión cinco noches por semana, e incluso la MGM, la más conservadora de las "cinco grandes" compró acciones en una cadena de televisión de Los Angeles. Para rematar, el mago de Burbank, Walt Disney firmó un acuerdo entre un estudio y una cadena de televisión- la ABC-Tv -vendiéndole una serie de entretenimiento, for all the family titulada Disneylandia.
Es decir, que a la larga, las soluciones a la desesperada bien vendrían de tradición. De ese remedio infalible que es el de "si no puedes vencer al enemigo, únete a él".
Jack Warner fue el que peor lo llevó al principio. Fue el más reacio a un cambio de actitudes empresariales. Pero curiosamente al acabar cediendo fue el que más beneficios sacó, a la par que abría el camino definitivo para la consolidación de esas relaciones cine-televisión. No sólo vendió a una cadena la serie Warner Brothers presenta (películas dramáticas de cincuenta minutos), también trailers de sus inminentes estrenos y publicidad de sus estrellas. La serie Warner estaba compuesta por títulos como Casablanca, King's row, o Cheyenne (esta última fue una de las series más influyentes de toda la historia). A este hilo, conviene apuntar que el Oeste televisivo bebía directamente de las fuentes más puramente cinematográficas, o sea, de los orígenes. Y es posible hallar hasta bien adentrados los años sesenta en títulos clave como Bronco, Wanted dead or alive, Bonanza o Gran Chaparral un inmovilismo en temáticas y tratamientos estéticos (el look Warner) en donde las modas recientes al respecto (el spaghetti western) parecían no enturbiar una pureza milagrosa. En menos palabras: cuando el cine entró en crisis, la televisión fue el último garante de las esencias del género.

En cambio, no habría que echar las campanas al vuelo pues, viendo la mayor parte de las producciones propias televisivas de los años cincuenta y sesenta, salta a la vista la precariedad de medios con las que se contaba. Hay en todas ellas, sobre todo las series policiales y de ciencia ficción, un look idéntico a cualquier serie B de los años cuarenta, de los llamados "estudios pobres". Los capítulos se rodaban en cinco días. Se hacían como churros; esto es, como parte de una cadena industrial. No exigían elevadas inversiones en publicidad, pues la televisión tenía garantizados sus índices de audiencia. Tras el éxito de la Warner, las demás majors la imitaron, vendiendo a las cadenas sus series, algunas protagonizadas por las grandes estrellas de cada una.
En 1955, se produjo el hecho más relevante. En vista del alarmante cierre de las salas de cine, las productoras vendieron también sus películas, permitiendo asi que estas fueran proyectadas por televisión, con lo que esto atañía de beneficios para ambas partes, amén de la aparición de la figura del distribuidor. Esta fuente de ingresos para las productoras salvó a más de una de la bancarrota. Los directivos del nuevo medio redujeron el número de empleados pues las horas que llenaba el cine eran infinitas. El único problema vino cuando muchos de los directores, guionistas y actores empezaron a reclamar dinero cada vez que sus películas se pasaban por televisión.

Mientras Hollywood buscaba salidas a una crisis que era del todo imparable, vio aún dos casos curiosos de intercambio. Por un lado, directores como Alfred Hitchcock, John Brahm, Samuel Fuller o Mitchell Leisen dieron el salto a la televisión, creando sus propias series, o dirigiendo capítulos donde se alternaban artesanos de diferente nível de calidad. Por otro, profesionales educados en el nuevo medio, con el tiempo saltarían a la pantalla grande, convirtiendose en importante reemplazo de la anterior generación. Entre estos últimos, destacaríamos a John Frankenheimer, Martin Ritt, Sidney Lumet o Robert Mulligan, cuyos inicios parten de los dramáticos para televisión. Otro nombre fundamental entre esta generación televisiva sería el del dramaturgo y guionista Paddy Chayewsky, quien dio al movimiento su título más famoso (Marty), película oscarizada en su tiempo (1956), válido intento de un cine neorrealista a la americana y creación involuntaria del antihéroe, o del ídolo cotidiano y feo (interpretado por Ernest Borgnine), arquetipo que tanto se explotaría en los setenta con los señores Hoffman y Pacino.
Sea como fuere, dentro de aquella ensalada revuelta de personalidades, de préstamos y deudas estéticas, lo que quedaba claro es que el cine cada vez tendía a parecerse a la televisión y la televisión cada vez más al cine. Pauline Kael en un artículo interesantísimo, anotó el peligro del trasvase, en tanto que la claustrobia del drama televisivo era incompatible con el cine, exigiendo una evolución hacia un lenguaje más abierto (esta señora crítica se olvidaba de cuánta claustrofobia nos obligó a soportar Hollywood en tantas adaptaciones teatrales desde los años treinta hasta la irrupción de Tennessee Williams, por ejemplo). Pero no andaba equivocada. Si esa iba a ser la norma, entonces maldita sea la gracia que hacían señores como Ritt o Delbert Mann, por otra parte, empecinados en demostrar su nulo sentido cinematográfico a lo largo de su carrera.
En esta presente serie, intentaremos acercarnos a la gran televisión norteamericana (e inglesa) desde ámbitos bien diferentes. Con sitcoms familiares, series infantiles, oestes y musicales, concursos, ciencia ficción y drama pero con la antena bien orientada, para que ninguna interferencia nos impida ver los defectos antes reseñados y, por descontado, sus grandes aciertos. Inclusive, nos acercaremos al invento como ventana de alto valor sociológico con los cambios políticos y sociales, con la nueva permisividad de principios de los setenta y el fatídico hecho de la guerra del Vietnam. Todo pasaría, en su debido tono, por la caja tonta yanqui. La mayor parte de los nombres, de los títulos, no llegaron a España. Pero eso no le impedirá al lector más vivaz una busca en estas líneas de las causas y consecuencias de determinadas temáticas infiltradas en millones de hogares norteamericanos. Gracias a la eterna ingenuidad de ese pueblo, tal handicap dejaría de serlo en tanto que espejo universal de un mundo en crisis abocado desde el entretenimiento doméstico a la más absoluta inercia actual.


Véan el próximo lunes...
THE ADVENTURES OF OZZIE AND HARRIET (1952-1966)

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